Bradbury, entre los grandes

Se publica la antología más extensa en español de los relatos del autor de «Crónicas marcianas»

Ray Bradbury, en la Feria del Libro de Miami, en 1990. MDCarchives, con licencia CC BY-SA 3.0
Ray Bradbury, en la Feria del Libro de Miami, en 1990. MDCarchives, con licencia CC BY-SA 3.0
Ángel Vivas

Avance

De Ray Bradbury podría decirse —y quizá podría decirlo el mismo Borges— lo que el autor de El Aleph dijo de Stevenson, que era una forma de la felicidad. El muy prolífico Bradbury (1920-2012) nos ha dejado, como se ha dicho, «varias de las fantasías más memorables del siglo XX». Entre ellas, una novela como Fahrenheit 451 y cientos de relatos; relatos que, en ocasiones, agrupaba en un volumen con aire de novela (libros de relatos que se hacen pasar por novelas, dijo él mismo), como fue el caso de El vino del estío y de Crónicas marcianas.

Si en el primero cristaliza una de sus vertientes más características, la de la infancia-adolescencia y el descubrimiento de la vida en un pequeño y arquetípico pueblo americano, el segundo —sin duda, su mejor obra, la más popular— es el responsable, aunque no en exclusiva, de que a Bradbury se le encasille en el género de la ciencia-ficción. Un género que, en todo caso, él dignificó, si no lo estaba suficientemente tras Verne y H. G. Wells, o por sus coetáneos Isaac Asimov y Arthur C. Clarke2001!). Los elogios cosechados por Crónicas marcianas, provenientes de autores serios y respetables, empezando por Borges, o populares, son innumerables.

Como sea, Bradbury rompió las costuras de los géneros y transgredió sus fronteras, con un estilo tan poco científico como poético y metafórico, es decir, literario. José Luis Garci, en un libro pionero, le calificó de humanista del futuro. Algunos temas recurrentes de su obra, como la defensa de los libros (Fahrenheit 451), justifican el apelativo. Más allá de géneros y etiquetas, pocos le discuten a Ray Bradbury su lugar entre los más grandes escritores. La última muestra es el volumen que la prestigiosa editorial Páginas de Espuma, especializada en relatos, y en cuyo catálogo están autores como Bioy Casares, Chéjov, Dickens, Poe, Ionesco, Pessoa, Dostoievski, Kafka, Flaubert, Henry James o Proust, acaba de sacar con más de un centenar de sus cuentos, y que constituye la antología más completa publicada hasta ahora en castellano.

Los aficionados no necesitarán mayor recomendación para reencontrarse felizmente con el maestro. Quienes lo desconozcan tienen una estupenda puerta de entrada al mundo lleno de imaginación y humanismo de un autor que ha sabido llegar al corazón de millones de lectores desde que empezara a escribir.

ArtÍculo

Ray Bradbury. Cuentos. Páginas de Espuma, 2025. 1339 páginas.

Ha quedado —con toda justicia— como uno de los grandes autores de ciencia-ficción, aunque su obra en conjunto desborde esa etiqueta y él mismo le pusiera reparos a la hora de aplicársela. En algún momento, allá por 1970, se habló de la gran terna de la ciencia ficción: Asimov, Clarke, Bradbury; y frente al científico Asimov y el metafísico Clarke, Bradbury era el poeta, calificación que da idea de su carácter un tanto peculiar dentro del gremio y que se le ha adjudicado más de una vez. Kingsley Amis dijo de él que era «el único autor de ciencia-ficción conocido por los que no saben nada de ciencia-ficción». Evidentemente, Ray Bradbury (1920-2012), en su vasta obra narrativa, compuesta sobre todo de relatos, no se ha limitado a este género; pero —además de la magnífica novela distópica Fahrenheit 451, llevada al cine por Truffaut— la que, sin duda, es su mejor obra, en todo caso, la más popular, constituye una de sus cumbres: Crónicas marcianas, por supuesto.

Sin rodeos. Borges (sí, el mismísimo Borges) dice que las crónicas son «admirable ejemplo» de dicho género narrativo. El autor de El Aleph prologó ese y otros libros para la benemérita editorial Minotauro. Y en el prólogo a las crónicas bradburyanas escribió: «¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías y de una manera tan íntima?» Valgan las palabras del maestro argentino para avalar, si es que hiciera falta, al autor de Fahrenheit 451, El vino del estío y de centenares de relatos que le han convertido en un escritor adictivo para millones de lectores.

Considerada a menudo como una novela, y publicada como tal, Crónicas marcianas es, en realidad, una colección de cuentos, unidos y cohesionados por el asunto de la colonización de Marte por los humanos, además de reelaborados para dar al volumen ese carácter unitario. Libro de relatos que se hace pasar por novela, dijo de él el propio autor. El caso es que como tales relatos independientes aparecen ahora en la muy plausible edición que la también benemérita Páginas de Espuma dedica a los Cuentos de Ray Bradbury, la más completa antología de las publicadas hasta ahora en castellano. Lo que, de paso —y, de nuevo, si es que hicieran falta—, incluye a Bradbury en una nómina, un catálogo, que le hermana con Bioy Casares, Chéjov, Conan Doyle, Dickens, Poe, Ionesco, Pessoa, Dostoievski, Kafka, Flaubert, Henry James, Proust…

Relación con España

El volumen es una fiesta para su legión de admiradores, un hito (no digamos un colofón, a Bradbury le queda aún una larga vida editorial) dentro de la buena relación de este escritor con España. Ya desde mediados de los 50, y empezando con Crónicas marcianas, Minotauro, radicada entonces en Argentina, empezó a publicar sus libros. En 2006 ganó el premio Reino de Redonda, siendo nombrado duque (duque de Dandelion) de dicho reino, siendo monarca el español Xavier I (Javier Marías). Y en fecha tan temprana como 1971 José Luis Garci publicó el pionero Ray Bradbury, humanista del futuro. Por cierto, que la huella del americano es bastante patente en algunos relatos de Garci protagonizados por su personaje Adam Blake, aventuras recientemente recuperadas por Reino de Cordelia.

El ensayo de Garci, del que hay una edición de 2019, sigue siendo una útil introducción a la obra de nuestro autor. En la carta de presentación del volumen que el escritor mandó a Garci decía que esperaba visitar España en un año cercano. Tardó veinte años en hacerlo, pero en 1991 este hombre que no conducía y tenía miedo a los aviones estuvo en un curso de verano de la Universidad Complutense en el que, además de mantener un diálogo público con el propio José Luis Garci, proporcionó a sus lectores que tuvieron la suerte de estar en el Escorial el recuerdo imborrable de verle en persona (imborrable por razones obvias de admiración, pero también por su atuendo de pantalones cortos blancos y calcetines blancos).

El miedo a los aviones, que le había hecho cruzar América en tren y viajar a Europa en barco cuando fue a escribir el guion de Moby Dick con John Huston, debió de superarlo justo por esa época; en el 92, Arthur C. Clarke se congratula de que haya descubierto los placeres de volar. Sobre su amistad con José Luis Garci, hay un detalle llamativo en una carta que le dirige a Truffaut. Dice que «un fan de Madrid» le ha enviado una reseña española de Fahrenheit 451. Garci es el principal sospechoso.

Bradbury, en fin, puede verse como la solución de continuidad entre la baja y la alta cultura, así como el hombre, al decir de Nietzsche, es la cuerda tendida entre el mono y el superhombre. Sus comienzos, los de Bradbury, fueron, diríamos, canónicos, publicando en las revistas llamadas pulp (a los aficionados no hay que explicarles el término) por el papel barato de pulpa de madera con que se hacían; publicaciones como Weird Tales o Amazing Stories, especializadas en terror, ciencia-ficción y fantasía, recientemente homenajeadas por un aficionado de pro como Fernando Savater. En Weird Tales había publicado, por ejemplo, H. P. Lovecraft, que murió cuando Ray tenía diecisiete años, y Henry Kuttner, del círculo lovecraftiano y uno de los autores de Los mitos de Cthulhu, fue un amigo y mentor de Bradbury en su juventud. Y algún eco lovecraftiano se percibe en los relatos primerizos de este, cuyo primer libro se publicó en… Arkham House.

Esos principios hicieron arrugar el morro a los serios editores de Farrar-Straus cuando un Bradbury veinteañero se dirigió a ellos. Fue otro Bradbury, Walter, con el que no tenía ningún parentesco, el que le abrió las puertas de su editorial Doubleday y, tras sugerirle que enhebrara aquellos cuentos ambientados en Marte, le publicó Crónicas marcianas. El éxito fue fulminante. En los primeros siete meses se vendieron un millón de ejemplares. Y los autores serios empezaron a rendirse ante aquel escritor imaginativo, novedoso y original. Christopher Isherwood escribió una crítica elogiosa y le presentó a Aldous Huxley, quien le adjudicó esa etiqueta que, en cierto modo, se le ha quedado adherida a Bradbury, la de poeta. El libro Ciencia ficción. Crónica visual del género más apasionante de la galaxia dice que, de todos los autores que empezaron en las revistas pulp, él «fue quien más se exigió por elevar la ciencia-ficción al nivel de la poesía».

Defensa de los libros

Crónicas marcianas dio origen al periodo más fértil y mejor de la producción bradburyana, los años 1950-1956, en que aparecen El hombre ilustrado, Fahrenheit 451, Las doradas manzanas del sol y El país de octubre. Pero, probablemente, para muchos de sus lectores resulte difícil recordar sus cuentos asociados al título de un volumen concreto. Bradbury es un corpus, y la mayoría recordará cuentos independientes y la impresión que les produjeron, por lo que está muy bien abordarle tal como está en esta edición de Páginas de Espuma, hecha con un criterio cronológico según la publicación original de los relatos (pues Bradbury los reelaboraba, corregía y reeditaba en sucesivas antologías y publicaciones).

El lector encontrará, eso sí, los rasgos comunes, los hilos que conectan unos relatos con otros. Pues en los más de cien recogidos en este volumen están sus temas clásicos y recurrentes. Así, la reivindicación de los autores de literatura más o menos fantástica, con especial predilección por Poe, espléndidamente homenajeado en Usher II, igual que homenajea a ese subgénero en conjunto en Los desterrados, dos relatos muy relacionados a su vez con la reivindicación de los libros en que consiste Fahrenheit 451. Títulos todos que justifican el calificativo que le aplicó Garci: humanista; algo perceptible en muchos otros relatos, como El peatón o esos (La tienda de maletas) en que los hombres deciden volver a la Tierra precisamente cuanto está siendo destruida por una conflagración atómica.

Otro asunto recurrente es la presencia de la muerte (La guadaña, La lápida, Caleidoscopio), a veces, para resistirse a ella o sobrevivirla (Había una vez una anciana, Un hombre muerto), sobre todo en su primera época. Hay relatos genuinos de ciencia-ficción con aires de space opera y —si no naves ardiendo más allá de Orión— guerras en el Sistema Solar; y, por supuesto, está la presencia de la infancia, ese ingrediente tan característico de su obra, aunque sea de un modo tan inquietante como en La sabana, y los pueblos americanos —ese Green Town que refleja su Waukegan natal—; algo (los pueblos y los niños-adolescentes) en lo que es un precedente de Stephen King. Y la desconfianza hacia la tecnología; «me entristecen las cosas que hacemos los humanos con los artilugios que se nos facilitan», le escribió a un crítico y editor. En sus relatos, no le interesaba lo más mínimo la verosimilitud científica, al contrario que Clarke, científico de formación, o, en la actualidad, Kim Stanley Robinson. A él le interesaba otra cosa, la impresión, el efecto en el lector. Que, por ejemplo, el calor generado por el encendido de los motores de un cohete trajera por unos instantes el verano a un pueblo.

Bradbury toca numerosos palos con su estilo personal. Como él mismo dijo: «La fantasía no tiene que ser solo fantasía, debe enraizarse en la metáfora». Suscribía lo que decía su amigo Fellini: «No me diga lo que estoy haciendo. ¡No quiero saberlo!». (Sobre su amistad, le escribió el italiano: «Me da la impresión de que eres el amigo ideal, de esos con los que uno está a gusto aun en silencio»). No le interesaban las etiquetas, insistía en la necesidad de ser fiel a sí mismo, «desarrollando una imaginación y un estilo propios»; ser sincero como escritor con respecto a las propias ideas y emociones, ya proporciona un estilo innato, pensaba.

Y en su modo de trabajar nunca desaparecía el niño que fue; él decía que ese niño trabajaba con él: «Sus primeros gozos y mi reciente sabiduría componen y engendran los relatos». Theodore Sturgeon dijo que le costaba poco ser como un niño, pero no infantil. Sobre este y otros testimonios, es muy útil leer su correspondencia.

Los elogios que ha provocado Bradbury llenarían una enciclopedia. El escritor y editor Ray Russell dijo que, «en lugar de desertar de la ciencia-ficción, la elevó al tiempo que él se elevaba». Y la citada Crónica visual, que «dio al mundo varias de las fantasías más memorables del siglo XX».

Borges sostenía que Stevenson era, para él, una de las formas de la felicidad. La legión de lectores de Ray Bradbury podría decir lo mismo del autor de Crónicas marcianas.


La imagen de arriba es una fotografía de Ray Bradbury en la Feria del Libro de Miami, en 1990. MDCarchives, con licencia CC BY-SA 3.0. Se puede consultar aquí.