Rafael Gómez Pérez

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Profesor de antropología cultural

Izquierdas y derechas ante la economía y la cultura

Uno de los errores de partida que impiden entender a fondo la realidad es el abuso del pensamiento dicotómico, según el cual las cosas son de una manera o de otra (casi siempre la contraria). Es más ajustado pensar que con mucha frecuencia las cosas son de una manera y de otra, en mezclas variadas, cambiantes y llenas de matices. Hay que tener eso en cuenta al analizar las relaciones entre economía y cultura, entendiendo por cultura no sólo el mundo de las artes sino el de las costumbres sociales, los modos de vida, los prejuicios asumidos, los tópicos, las modas… En definitiva, el tono dominante en una época, su paradigma. Es cierto que la economía es parte también de la cultura, pero se trata de ver dónde hay que poner el acento: más en lo económico o más en lo cultural. Queda claro que lo económico es condición necesaria de cualquier sociedad; pero no es la condición única ni definitiva. Se comprende que lo primero sea el pan (primum vivere): hasta la oración cristiana más difundida lo pide para cada día. Pero el mismo autor de esa oración dejó dicho que “no solo de pan vive el hombre…” La sobreactuación de la importancia de lo económico tiene, desde el siglo XIX y a lo largo del XX una formulación clásica, al lado de otras: la de Karl Marx. En esa obra capital de 1859 que es Contribución a la crítica de la economía política, escribe Marx: “En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad: relaciones de producción que corresponden a un determinado grado de desarrollo de sus fuerzas de producción materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política, y a la cual corresponden formas determinadas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona, en general, el proceso social, político y espiritual de la vida”. En otras palabras, el modo de producción (lo económico) condiciona en general la cultura. Por si no quedara claro, el párrafo termina con la célebre frase: “No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser , sino que, al contrario, su ser social determina su conciencia”. A pesar de su proclamado “materialismo histórico” esta tesis de Marx escondía un cierto racionalismo (que había heredado de la Ilustración) y la historia no le dio la razón. No solo por el colapso económico y político del comunismo, sino por los muchos intentos de suavizar esa rigidez por parte de marxistas menos ortodoxos, desde Lukács, Benjamín o Schaff hasta el más importante de todos, Antonio Gramsci. Gramsci se dio cuenta de que, a la vez que los modos y relaciones de producción, en la historia contaba de forma preeminente el “sentir común” del pueblo, su visión de la vida en general. “El sentido común –escribe Gramsci– es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción...

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