Pedro

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El «Estado cultural», una infección totalitaria

La presencia de Rodolfo Chikilicuatre como profesor en las aulas del Instituto Cervantes de Belgrado, días antes de su actuación en el festival de Eurovisión, y el intento de los representantes legales de España por hacer valer ante un tribunal de Tampa (Florida) nuestros derechos de propiedad sobre el fabuloso tesoro de 500.000 monedas de oro y plata expoliado frente a nuestras costas, son hechos de reciente actualidad que mueven a reflexionar sobre el inquietante balance que arroja el actual «poder cultural» de nuestro Estado.Entre ambos episodios fluye una misma estrategia de promoción del ridículo como imagen nacional. No somos nadie, y además nos gusta que fuera nos vean así, ya sea en Eurovisión o en un tribunal norteamericano, instancias ambas a las que acudimos a mendigar una sonrisa compasiva ante nuestra paupérrima condición de nación sin pasado y sin capacidad ni voluntad de futuro. Hemos dejado de ser la patria de Cervantes para ser la patria del «chiki-chiki», onomatopeya asaz elocuente de la fruición con la que todos nos meten mano en el concierto internacional, ya sean unos cazatesoros sin escrúpulos o unos sangrientos piratas somalíes.Si Marc Fumaroli hubiera conocido episodios similares en Francia a la hora de desentrañar los usos y costumbres del «Estado cultural» en el país vecino, habría tenido pocas dudas del acierto de su ensayo sobre la «nueva religión moderna» (Marc Fumaroli, El Estado cultural, El Acantilado, 2007). A la vista de tales episodios, es evidente que España podría encarnar hoy a la perfección uno de los principales diagnósticos de Fumaroli cuando escribe que el Estado ha abandonado su alta función como protector del patrimonio que ha recibido en herencia y se limita a promover productos de incalificable gusto e improbable calidad artística, ya sea en la televisión o en los museos, bajo la coartada de la democratización del acceso a la cultura y la lucha contra el «consumo cultural».Se podría debatir también sobre el grado en que se cumplen en nuestro país las advertencias de Fumaroli acerca del dominio de unas élites o camarillas que imponen el discurso cultural y monopolizan las subvenciones, para extender una red funcionarial y clientelar de las artes y las letras similar a la que el autor denuncia en Francia. Y se podría reflexionar sobre el transformismo del mundo de la cultura, antaño tendente a la rebeldía y a la desconfianza genética ante el poder, y que hoy se ha convertido en España en la correa de transmisión de una ideología oficial que demoniza y excluye a todo aquel que no acate las consignas del republicanismo buenista, asimétrico y plurinacional.El sentido «voluntarista y misionero» del que se ha dotado a la cultura desde los despachos burocráticos la convierte, al decir del autor, en el catecismo de una «nueva religión moderna». Fumaroli señala a esta «nueva religión» como una poderosa plataforma de adoctrinamiento, enemiga del individuo, de su capacidad y talento, porque es por naturaleza uniformizadora e igualitarista, es decir, tendente a cultivar la mediocridad y a ensalzar la...

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