Pablo Hispán

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Pablo Hispán Iglesias de Ussel es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Navarra. Universidad en la que se doctoró en Historia Contemporánea. Ha desempeñado distintos cargos en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Es autor de varias publicaciones sobre diversos temas como la Economía sumergida, Política monetaria, Política regional, Globalización y temas de la Unión Europea.

Revisando la historia de las derechas españolas

Con sus “Estudios revisionistas”, el profesor González Cuevas se revela como el conocedor más profundo del pensamiento de la derecha en España en todas sus manifestaciones.

Los católicos entre la democracia y los totalitarismos. Política y religión 1919-1945

La crisis que asoló Europa entre 1919 y 1945 afectó también a la posición de los católicos en la esfera pública. En las sociedades sacudidas por la I Guerra Mundial los cambios que trajo el fin de la contienda permitieron dar paso a una nueva etapa. En el período inmediatamente posterior, en Alemania, la República de Weimar se asentó sobre la cooperación entre los socialdemócratas y el partido católico Zentrum, Francia recuperó sus relaciones bilaterales con la Santa Sede, Gran Bretaña las estableció, por vez primera un Presidente de Estados Unidos visitó a un Papa e incluso con la Unión Soviética se mantuvieron contactos diplomáticos. En Italia, los católicos participaron abiertamente en la esfera pública a través del Partido Popular, una fórmula apoyada por el Papa Benedicto XV. Este pontífice involucró abiertamente a la Iglesia en las cuestiones de su tiempo, llevó a cabo una iniciativa de paz durante la I Guerra Mundial, que fue rechazada por los contendientes, y, a su fallecimiento, los católicos se encontraban en una mejor situación en el seno de sus sociedades. Su muerte coincidió con la eclosión de lo que se ha dado a conocer como el tiempo de las religiones políticas. Las democracias parlamentarias tuvieron que hacer frente a nuevas ideologías que polarizaron las sociedades en un momento de crisis económica con el objetivo de llevar a cabo una ocupación total del Estado para construir una nueva sociedad. Si en un primer momento el comunismo soviético pudo ser contenido militarmente por Polonia y por la guerra civil que sufrió Rusia y también fueron controlados los brotes revolucionarios que se dieron en Europa inmediatamente después de finalizada la Guerra Mundial, el fascismo italiano fue el primer movimiento que desbarató a una democracia parlamentaria. Poco después, en Alemania, el nazismo a imitación del fascismo trató de acabar con la república de Weimar. A partir de entonces la tensión interna se extendió por el conjunto de las sociedades europeas. El nuevo Papa, Pío XI, tuvo que navegar entre estas aguas turbulentas. Para la actuación de los católicos en la esfera pública prefería la Acción Católica, mucho más dependiente de la jerarquía y con un proyecto claro de restauración de la unidad social y no la división aparejada a la participación a través de los partidos políticos. Además, desvincular a la Iglesia del Partido Popular en Italia podía eliminar interferencias y abrir la posibilidad de resolver cuestiones pendientes en las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno de Italia, especialmente la situación jurídica de la santa sede, todavía en precario desde 1870. Resolver esta cuestión tan significativa era para Mussolini una oportunidad para garantizarse el apoyo de una mayoría de los católicos italianos. Los acuerdos de Letrán de 1929, entre otras cosas, crearon el Estado de la ciudad del Vaticano con lo que la Iglesia podía contar con un nuevo instrumento de acción pública. El profundo simbolismo del acuerdo no impidió que surgiesen conflictos cuando, en su afán por monopolizar y reordenar la vida social, el Estado fascista...

La salida tecnocrática, una historia actual

Espero no defraudar a personas inteligentes y amigas de cosas interesantes al abordar un tema entendido en España como una mera experiencia del pasado por más que uno de los hombres públicos del momento —figura argentina en altísimas dignidades y ahora en Roma— ha calificado como el paradigma dominante, a cuya lógica vivimos mundialmente condicionados. Algo así como «todos somos tecnócratas, aunque no lo sepamos», vendría a decir en la primera encíclica. No esperen de mí una respuesta nítida y clara, una toma de posición rotunda, somos conscientes como nunca de que estos los vivimos no son la «plenitud de los tiempos» ni el final de esa historia que nos llega desde el siglo XV. Pero sí hemos dejado atrás las explicaciones globales, se agotaron, o condujeron a callejones sin salida. Y a pesar de todo no ha habido época más creída en la inteligencia técnica y el progreso tecnológico indefinido. Todo lo que no se someta a ese criterio se vuelve sospechoso. También la política y los políticos. En este marco cultural quizás lo primero que conviniese aclarar es que la política siempre ha tenido muy mala fama. Creer que esa «filosofía de la sospecha» es una tacha exclusiva de nuestros tiempos y que existe un pasado remoto o un lugar en el que la sociedad valorase la política como una actividad noble, es volver a hacerse ilusiones, creo yo. Cierto que, si uno lee en Tucídides la oración fúnebre de Pericles al final del primer año de la guerra del Peloponeso, podría albergarlas, con tal de no saber que Pericles moriría de peste poco después y la democrática Atenas perdió la guerra con la autocrática Esparta, sin olvidar al Platón de La República partidario de un gobierno por los muy pocos, y solo filósofos, es decir, él, sus amigos y sus discípulos. Es decir, la reflexión política versa sobre quién tiene derecho a mandar y cuál sea el título que lo habilita y, a pesar de esa primera racionalización platónica, la identificación del político con el demagogo ha sido moneda común. A pesar de que decir «política» y «lucha entre grupos por el poder» venga siendo el vocabulario habitual desde El Príncipe a la ética de la responsabilidad o desde Utopía a la ética de convicción. Frente a esa idea clásica o moderna de entender la política, que no encerraba sino una idea noble de la tarea, ha existido una pulsión por resolver su naturaleza ética y conflictiva, dejándola de lado como cosa de aventureros y demagogos. Un buen punto de partida fue el siglo XIX. En Saint Simon surge una propuesta intelectual de organizar la sociedad sometida la política a la economía y que solo técnicos competentes administrasen el Estado. En un principio, el aristócrata francés propuso que fueran los industriales quienes dirigiesen el erario público. Mucho más elaborada fue la propuesta de Comte, al entender la política como una ingeniería social. Desde Comte, demente genial, megalómano que desde una habitación del tercero izquierda trató de fundar una religión —en palabras de Ortega—,...

Los poderes morales en la práctica

  En el momento álgido del imperialismo británico, Lord Palmerston acuñó la célebre afirmación de que la Gran Bretaña no tenía eternos aliados ni enemigos perpetuos, solo intereses que eran eternos y perpetuos. Aunque la observación del político whig ha pasado a la historia como la manifestación extrema del pragmatismo en política internacional, ocultaba una realidad, y es que, si bien los británicos en los asuntos europeos podían estar relativamente distantes mientras al otro lado del Canal no existiera una potencia hegemónica que amenazase su seguridad, en sus inmensos dominios extendieron una weltanschaung de tal modo que, siglo y medio después de esa declaración, el historiador Tony Judt, descendiente de inmigrantes judíos de origen ruso y que había nacido en Londres en 1948, diría poco antes de fallecer: «Cuando me encuentro con alguien de mi generación procedente de Calcuta o de Jamaica, nos sentimos inmediatamente cómodos el uno con el otro, intercambiando referencias que van desde la literatura al críquet; lo que para nada ocurre en la misma medida cuando son de Bolonia o Brno».  Todo poder que aspire a ser hegemónico, y Gran Bretaña lo fue en el XIX en aquello que no fuera Europa, como los franceses comprobaron bien en la crisis de Fashoda, se conforma en torno a una cosmovisión, en el caso referido, el liberalismo parlamentario y económico de la Corona anglicana.  LA PRETENSIÓN UNIVERSALISTA  En la Europa continental, los ejemplos no han faltado desde la idea de cristiandad con la que la familia Habsburgo quiso consagrar su control sobre los viejos territorios del Sacro Imperio, o la ruptura napoleónica del equilibrio de poder configurado en Westfalia en 1648, al albur del cambio cultural impulsado por la Revolución francesa. «El espíritu universal a lomos de un caballo», describió un impresionado Hegel al ya emperador después de Jena. La era de los totalitarismos ha sido llamada como la de «las religiones políticas». El comunismo fue, en su eje principal, una religión política al servicio de un poder con aspiraciones globales; la Unión Soviética. Algo similar se puede decir de los fascismos.  Aunque entre las grandes potencias las tensiones de carácter territorial se han mitigado, la pretensión universalista de los poderes con aspiraciones globales no ha desaparecido. Un universalismo que, a diferencia del pasado, no excluye la posibilidad de convivencia entre ellos, aunque en un equilibrio no exento de problemas y contradicciones. Los líderes de Estados Unidos han acostumbrado a revestir su política exterior con un discurso moralista de alcance universal. Desde que George Washington comenzara a sentar las bases de la política exterior de la joven nación, sus dirigentes asumieron el criterio de que los valores democráticos que habían sustentado la independencia de la joven República les conferían un carácter excepcional, casi mesiánico.  El propio Barack Obama, en su discurso de recepción del Premio Nobel de la Paz, no olvidó decir que «el mundo debe recordar que no fueron simplemente las instituciones internacionales quienes trajeron estabilidad al mundo posterior a la II Guerra Mundial. Por encima de los errores que hemos cometido...

La politica exterior despues caida muro

Hay libros que desde el título influyen en la comunidad política. Así ocurrió en 2002 con la obra de Joseph Nye The paradox of american power.Desde entonces es un lugar común referirse al soft power y al hard power al reseñar las diferentes opciones políticas, económicas, militares, o culturales a la hora de ejercer el poder.Desde que hace unos meses aparecieran estas memorias de Haass, es frecuente la utilización de los términos guerra de necesidad y guerra de elección, en esta ocasión referidos a la cuestión de Afganistán. Lo hizo Obama en su discurso del pasado agosto en el que defendió la necesidad de una escalada de tropas al afirmar que el conflicto era una «guerra de necesidad». Lo han hecho los críticos con dicha política al entender que en caso de incrementarse la presencia de tropas en Afganistán se convertiría en una «guerra de elección». Precisamente como consecuencia de este debate, la Administración Obama entró en un proceso de revisión de su estrategia que se espera finalice a la conclusión de la gira por Extremo Oriente.Richard Haass es desde 2003 el presidente del influyente Council on Foreign Relations y durante las Administraciones Carter, Reagan y los dos Bush tuvo diversas responsabilidades en los Departamentos de Defensa, Consejo Nacional de Seguridad y en la Secretaría de Estado. Es decir, en los tres órganos desde dónde se diseña la política exterior de Estados Unidos. Ha sido, por tanto, un testigo privilegiado de los principales cambios internacionales y de las más importantes crisis que se han afrontado en los últimos treinta años.Esta obra hace un recorrido por los principales acontecimientos que le tocó afrontar aunque se centra especialmente en las dos guerras de Irak. La primera, bajo mandato de George H. Bush, que se desencadenó como consecuencia de la invasión de Kuwait en agosto de 1990 por tropas iraquíes. En dicho momento Haass era el responsable para Oriente Medio en el Consejo de Seguridad Nacional. La segunda, en 2003, durante el mandato de George W. Bush, Haas era el director de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado.Dos guerras diferentes, dirigidas por dos presidentes distintos y que él vivió desde responsabilidades diversas. La primera como asesor directo del presidente en la Casa Blanca, con lo que era parte directa del proceso de toma de decisiones. La segunda, como asesor del secretario de Estado, el autor reconoce que apenas pudo influir en una decisión de la que discrepaba. En este sentido, unode los momentos más importantes que narra es una reunión que mantuvo con la que había sido su amiga y en esos momentos era la consejera nacional de Seguridad, Codoleezza Rice en julio de 2002. Cuando Haass trató de llamar la atención de Rice sobre los errores de una escalada bélica con Irak, la respuesta de la consejera fue «ahorra esfuerzo, el presidente ha tomado ya su decisión».Sobre eso también reflexiona el autor, sobre el liderazgo y la forma de ejercerlo, pero también sobre el papel de los asesores...

1951-1956: las empresas modernizadoras de las minorías dirigentes

Gonzalo Redondo fue un investigador infatigable. Un cáncer fulminante evitó que pudiera concluir el ambicioso proyecto historiográfico que puso en marcha a partir de 1993 para el estudio de la política, cultura y sociedad en España durante el régimen de Franco. A pesar de ello, pudo ver publicados los dos primeros volúmenes y entregó a la editorial el tercero (1951/1956), que ahora ha salido a la luz. Con ello, y parafraseando las que fueron las últimas declaraciones públicas de Raymond Aron, Gonzalo Redondo ha dicho lo esencial sobre la historia de España entre 1939 y 1956.Son dos los elementos que de modo permanente laten en la obra de Redondo. Por un lado, el reconocimiento del valor de cada hombre, decada mujer, y su libertad, por encima de proyectos ideológicos, nacionales o culturales, por muy bienintencionados que éstos pudieran ser. Para él, el sentido de la historia es permitir que cada hombre alcance tendencialmente su plenitud.Por otro lado, centró su ámbito de investigación en la España de Franco. Su intención no era la de hacer un estudio de un aspecto de nuestra historia reciente, sino investigar la respuesta del tradicionalismo a la modernidad, cómo se desarrolló y por qué fue inevitable su fracaso, a pesar de contar con un control y apoyo absoluto por parte del Estado y el empeño y la dedicación de unas élites comprometidas.Denominaba tradicionalismo a lacultura política que hizo de la unidad de la nación el eje su discurso ideológico. Una unidad en la que la religión católica era un elemento decisivo, reduciendo la fe religiosa a una consideración meramente cultural.De esta manera, al constituir la unidad de España sobre la religión católica, se derivaba la convicción firme de que el fundamento cultural era único e inalterable, y debía ser objeto de enérgica censura cuantos intentaran criticarlo o poner en duda el más pequeño de los factores que lo integraban. Admitir el pluralismo era admitir dudas sobre la unidad de España. Al mismo tiempo, era un imperativo que esa unidad fuese dirigida por quienes mejor habían captado su sentido. Ese fue el terreno de la confrontación entre las minorías dirigentes que compartían -—con matices de carácter menor—- esa cultura política, pero que su carácter exclusivista les hacía incompatibles.Hay quienes denominan a esta cultura política como nacional-catolicismo, y en general es el término aceptado por la historiografía, como un modo de calificar la estrecha relación -—se llega a hablar de enfeudamiento—- de la Iglesia católica con el régimen. Gonzalo Redondo entiende que para los tradicionalistas, los privilegios que otorgaban a la Iglesia no eran un servicio, y sí, principalmente, un modo de fortalecimiento del Estado, y por ende de su proyecto político y cultural.Por esta razón, en la época que estudia, cuando estas dos esferas pudieron entrar en colisión en aspectos sensibles -—la educación-—, a los dirigentes tradicionalistas no les tembló el pulso para decantarse por el monopolio del Estado. Así ocurrió que la Ley de Enseñanzas Medias o el bloqueo al proyecto de una universidad de...

Fareed Zakaria y el futuro de Estados Unidos

La política exterior, junto a la seguridad, son las dos esferas que tradicionalmente han sido competencia exclusiva de los Estados modernos. La influencia y pujanza de la sociedad civil en Estados Unidos se comprueba en la capacidad que tienen los actores no estatales para intervenir en la configuración de la misma. Por esta razón, el debate sobre la conformación de la política exterior no queda restringido a un pulso entre las instituciones del Estado como son el presidente, el Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento de Estado y el Senado.A lo largo del siglo XX en Estados Unidos han intervenido decisivamente a la hora de fijar la posición del país en cuestiones internacionales no sólo políticos profesionales y diplomáticos (Welles, Kennan) sino también profesores universitarios (Kissinger, Kirkpatrick, Rice, Brzezinski, Huntington), militares (Marshall, Powell), think tanks (Consejo de Relaciones Internacionales, Brookings, Carnagie, American Enterprise Institute), abogados (Acheson), financieros (McNamara) y hasta teólogos (Reinhold Niehburn). También periodistas, entre los que destacan Walter Lippmann, Irving Kristol y Robert D. Kaplan.Por tanto, think tanks, universidades o medios de comunicación no son instituciones utilizadas por los actores estatales para hacer llegar al conjunto de la sociedad las claves de las decisiones de política exterior, sino que son también verdaderos impulsores de las mismas. Aunque sean de una difusión minoritaria, Foreign Affairs, Foreign Policy o la edición internacional de Newsweek son, además de sólidas fuentes de información, el cauce para el análisis y los ensayos de los foros de debate y propuestas de los policy makers de EstadosUnidos.Fareed Zakaria (Bombay, 1964) es uno de los personajes que hoy en día influyen en la configuración de la política exterior de Estados Unidos. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard, fue editor de Foreign Affairs y en la actualidad es editor y columnista de Newsweek. De origen musulmán, su padre fue un miembro destacado del Partido del Congreso y su madre fue editora del Sunday Times de la India. Es, por tanto, uno de los ejemplos más depurados de la élite política e intelectual de la era de la globalización, a caballo entre Oriente y Occidente.En 1998 publicó su primera obra, From Wealth to Power, un estudio sobre el comportamiento y los ejes de la política exterior de Estados Unidos a lo largo del siglo XIX. El libro mereció los elogios de figuras universitarias de primer nivel como Kenneth Waltz y Samuel Huntington.Mucha mayor repercusión tanto nacional como internacional tuvo en 2003 The Future of Freedom, que ha sido traducido a veinte idiomas. En dicha obra Zakaria aporta un audaz punto de vista sobre cómo la libertad individual se ha abierto paso a lo largo de la historia y señala la necesidad de contar con instituciones independientes como garantía de las libertades frente al populismo, que es la amenaza siempre latente en cualquier democracia.Frente a quienes reducen los sistemas democráticos a formalismos y procedimientos, Zakaria cree que el principal desafío de nuestras democracias es recuperar el constitucionalismo liberal reconstruyendo, tanto las asociaciones civiles como las...

Azaña y su modernización fallida

Manuel Azaña fue, sin duda, una de las personalidades que marcó el siglo XX en España. A él le ha dedicado el historiador Santos Juliá una gran parte de su labor investigadora. En 1990 publicó Manuel Azaña. Una biografía política, centrada especialmente en su etapa republicana. Una biografía que se ha considerado como una referencia imprescindible, y que el autor, con injusta dureza la describe como «manca de la guerra y destierro, coja de juventud e hinchada sobremanera de República». A pesar de esas palabras que dirige a su obra, no dejaba de ser una biografía política, y Azaña no tuvo más responsabilidades políticas de gobierno que entre abril de1931, que fue designado ministro de la Guerra del Gobierno provisional de la República, y 1939, cuando marchó al exilio como presidente de la República.Desde entonces Santos Juliá se ha convertido en el gran divulgador de la obra de Azaña. Aparte de numerosos artículos sobre el personaje y su tiempo, en 2000 prologó los Diarios completos de Azaña. Una parte de ellos, los conocidos como los Cuadernos robados, se habían publicado en 1997 pocos meses después de aparecer entre unos libros pertenecientes a la familia de Franco y ya habían contado con una introducción de Juliá. A comienzos de 2008 han visto la luz las Obras completas de Azaña, recopiladas e introducidas por Santos Juliá y que amplían y mejoran en mucho las publicadas en México en los años sesenta por el profesor Juan Marichal.El objeto de esta nueva biografía, Vida y tiempo de Manuel Azaña (1880-1940) es, como el propio autor reconoce, «ofrecer a los lectores de sus Obras completas un relato continuado de la vida de su autor que ayude a situar los textos». Por tanto, no pretende presentar un Azaña nuevo sino una biografía más completa de su trayectoria intelectual y política.De las 552 páginas dedica un poco más de 250 al Azaña anterior a abril de 1931, por lo que nos encontramos más ante una biografía intelectual que ante una biografía política. O mejor, la biografía de un intelectual y su labor política.A lo largo de esas páginas se expone de un modo coherente cómo se va configurando la compleja personalidad del protagonista. Alcalá de Henares y su familia, los Agustinos de El Escorial, su primer contacto con Madrid y el doctorado, su labor y las polémicas en el Ateneo, los viajes a Francia como pensionado, su crítica a la generación del 98, su apuesta por el reformismo de Melquíades Álvarez y sus diferentes empresas culturales. Para ello, Santos Juliá se vale del enorme aparato documental que se ha ocupado de recoger en la edición de las obras completas y que es una referencia ineludible para cualquiera que quiera acercarse a la época y su protagonista.El interés que despierta la figura de Azaña no es una curiosidad más o menos erudita o una pasión romántica por el personaje y su dramático final en una habitación un hotel de Montauban alquilada por la legación de México, acosado...

¿Están cambiando los tiempos?

Da la sensación de que la cultura occidental lleva encerrada en un bucle desde el final de la Primera Guerra Mundial del que no consigue escapar. A pesar de los incansables intentos pos por intentar superar esta situación o de las propuestas neo de dar por finalizada la historia constantemente aparecen obras interesantes sobre el malestar de la modernidad. Desde dos perspectivas distintas y con estilos narrativos muy diferentes, el catedrático de Sociología Víctor Pérez Díaz y el de Filosofía José Luis Pardo dan una nueva vuelta de tuerca a esta cuestión.Pérez Díaz en El malestar de la democracia, trata de poner sosiego y aportar propuestas a lo que él considera como la consustancial crisis de la democracia liberal dentro de un único ciclo histórico que empezó hace veinticinco siglos. El libro es una radiografía de la situación de la democracia en 2008; sus orígenes, diferentes tradiciones, amenazas, desafíos y oportunidades.No es éste un libro de coyuntura, sino de diagnóstico sobre la democracia en la sociedad occidental. Pérez Díaz advierte del peligro que supone para la democracia la estrategia de dominación de las oligarquías —de izquierda o derecha— y la utilización que hacen de sofistas diestros en manipulación a través del consumo de tópicos y estereotipos difundidos a través de los medios de comunicación y los sistemas educativos. La consecuencia de ello sería la inseguridad y la confusión de las masas.Que a mediados del sigo XIX John Stuart Mill hiciese una advertencia similar en su obra On Liberty contextualiza la situación real de nuestros desafíos y los contornos del progreso que se ha dado en el último siglo y medio. Pero Pérez Díaz rechaza la simplista visión, puramente individualista, del liberalismo clásico o paleoconservador, que él define como la tradición lockeana y reafirma el valor del tejido asociativo en el que el beneficio mutuo va más allá de la reciprocidad, así como el ámbito de la moral de la justa generosidad, liberalidad y benevolencia. Por esta razón entiende que la democracia no es un modus vivendi, sino el escenario de la búsqueda del bien común, una comunidad de discutidores sobre el bien de la ciudad.La obra es una reivindicación del papel de la sociedad y de los valores cívicos del ciudadano para afrontar los desafíos de la democracia moderna, tal y como señala cuando recuerda que la función de las instituciones está en incentivar o desincentivar conductas, pero que lo esencial es la cultura de las gentes que subyace en el uso que hacen de las instituciones. Unos valores cívicos que no son un imaginario abstracto sino que son una forma de vida, como los describe Berlin en su encuentro con Ana Akhmatova en Cuatro ensayos sobre la libertad.De especial interés son las páginas dedicadas a España, donde entiende como una anormalidad, respecto al resto de naciones de nuestro entorno, la existencia de un proyecto político hegemónico, esto es, excluyente del adversario, por parte del partido socialista, que impide, entre otras cuestiones, la presencia de una sociedad bien trabada....
Nueva Revista

Una propuesta para configurar la postmodernidad

Benedicto XVI ha sido el único jefe de Estado al que el presidente Bush ha acudido a recibir en la base aérea de Andrews. Para la preparación del viaje, el presidente de Estados Unidos nombró en el mes de noviembre como embajadora ante la Santa Sede a Mary Ann Glendon, una reconocida intelectual católica que en 1995 fue la jefa de la Delegación del Vaticano en la Conferencia de Naciones Unidas sobre la Mujer en Pekín.El despliegue de gestos de deferencia hacia el pontífice que ha hecho el actual presidente de Estados Unidos contrasta con la realidad de la relación política entre ambos, así como la profunda divergencia con la que comenzaron las relaciones entre el Vaticano y Estados Unidos hace ahora casi cien años.En el mes de abril de 1917 el presidente Wilson introdujo a su país en la gran política internacional al involucrarse en la I Guerra Mundial. Pocos meses más tarde, en el mes de agosto de ese año 1917, el entonces pontífice Benedicto XV, lanzó una iniciativa de paz basada en la «fuerza del derecho» y no en la «fuerza del poder». Pretendía conseguir un final del conflicto en el que los contendientes renunciasen a cualquier tipo de indemnización y conquista, regulasen las cuestiones territoriales de acuerdo con las aspiraciones de los pueblos, garantizasen la libertad de los mares, la reducción de armamentos y el arreglo pacífico de disputas a través del arbitraje.La posibilidad de paz sin victoria fue rechazada por los aliados y dejaron al presidente Wilson el liderazgo en la respuesta al papa. El presidente americano, utilizando una argumentación elaborada por Walter Lippmann, justificó su oposición a cualquier tipo de compromiso de paz alegando que ésta no sería posible sin un cambio en la dirigencia de las potencias centrales.LA CONFERENCIA DE PARÍSMenos de dos años después, el 4 de enero de 1919, el presidente Wilson, dentro de la gira preparatoria de la Conferencia de Paz de París, se entrevistó con Benedicto XV. Era la primera vez que se entrevistaban un papa y un presidente de Estados Unidos. Tampoco hubo ningún acuerdo y el interés del Vaticano por poder participar en la Conferencia de París fue rechazado. Para los dirigentes vencedores, la Santa Sede no debía tener ningún tipo de acomodo en el escenario internacional que se disponían a crear.La Conferencia de París fue un fracaso. Lo que pretendía ser la apoteosis de la modernidad, el escenario en el que los Estados occidentales tenían la oportunidad única de fijar las bases, los principios y las instituciones para la pacífica convivencia entre las naciones, fue una manifestación más de la crisis cultural en la que estaba inmersa Europa y que muchos intelectuales ya comenzaban a detectar (1) .La frustración que produjeron en Estados Unidos los resultados de la conferencia llevó al país a un nuevo retraimiento de los asuntos europeos e internacionales. El senado vetó la participación de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones.Los principios que hicieron fracasar la Conferencia de París en 1919...

Antonio Garrigues, un hombre de concordia en la tormenta

En un momento como el presente en el que las relaciones Iglesia-Estado están de plena actualidad, la última monografía del profesor Fernando de Meer cobra una mayor relevancia de la que ya de por sí posee. Estamos ante un libro que nos dice mucho para comprender qué pasa hoy en día.En esta obra, Fernando de Meer vuelve a demostrar que es un investigador resistente y un intelectual brillante. Más que un historiador total como su maestro y amigo Gonzalo Redondo, de quien se considera deudor de sus planteamientos culturales y de quien fue su más estrecho colaborador, es un historiador que va haciendo catas o prospecciones en momentos clave de la historia de España del siglo XX.Prospecciones con el mismo hilo argumental; las consecuencias que tuvieron en cada momento los planteamientos culturales de los hombres que configuraron la realidad política. Estamos ante un personalista historiográfico que entiende que no hay nada inevitable, que las cosas podrían haber sido de otro modo y que la Historia es la historia de las decisiones libres de los hombres y mujeres.Fernando de Meer, miembro del Grupo de Historia del Siglo X X de la Universidad de Navarra, ha publicado obras que ya son de referencia obligada como La cuestión religiosa en las Cortes Constituyentes de la II República o el El PNV ante la guerra de España (1936-1937). En ambas se describen los debates políticos y las diferentes decisiones que se tomaron en función de los planteamientos culturales, en un caso la cuestión religiosa en la constitución de la República y en el segundo en torno a la posición del PNV —entonces un partido confesional católico— ante la guerra civil.Su investigación Juan de Borbón, un hombre solo, sobre las relaciones de don Juan de Borbón con Franco entre 1941 y 1948, abordó el debate político respecto al futuro de España entre un conjunto de personalidades, todas ellas que se declaraban católicas, y que entendían que sus planteamientos políticos eran consecuencia de sus convicciones religiosas.A través de la figura excepcional de Antonio Garrigues, embajador de España ante la Santa Sede entre 1964 y 1972, se nos presenta una investigación sobre uno de los momentos más importantes del siglo XX, el final del Concilio Vaticano II (1962-1965), su posterior desarrollo y sus consecuencias para España.Como el propio autor señala en el título, Garrigues fue testigo privilegiado desde el Vaticano de un momento de profundas turbulencias tanto para la Iglesia universal como para las relaciones de la Santa Sede con el régimen de Franco. Unas turbulencias que el autor sabe recoger, encuadrar y explicar.Antonio Garrigues (1904-2004), abogado, fue director general de los Registros y el Notariado entre abril y diciembre de 1931 y colaboró con la revista Cruz y Raya desde 1934. Próximo a la familia Kennedy desde la guerra civil, su despacho de abogados canalizó la ayuda financiera que a partir de 1949 comenzó a recibir el régimen de Franco. En 1962 fue nombrado embajador en Estados Unidos.Su biografía constata que era una figura que...

Adiós, Transición, adiós

Si se introduce el término «Transición española» en Google existen más de dos millones de entradas, comenzando, como no podía ser de otra forma, por la explicación que se hace de ella en la siempre actualizada Wikipedia.Profesores de ciencia política como Linz o Huntington encuadran específicamente la Transición española en la «tercera ola» de democratización que se inicia en Grecia, Portugal y España, pasa por Iberoamérica y concluye en los países de Europa del Este con la caída del muro de Berlín.Son centenares los libros que se han escrito desde el punto de vista histórico sobre la Transición española. Todos sus protagonistas han presentado sus versiones de la misma, aunque dos de los principales Adolfo Suárez y Felipe González no lo hayan hecho en forma de memorias, aunque sí a través de diversas entrevistas en las que han narrado los principales acontecimientos de esa época. La inmensa mayoría de los autores han considerado siempre que la Transición empieza con la muerte de Franco, tiene como hitos fundamentales la elección de Suárez por parte del Rey, la Ley de Reforma Política, las elecciones de junio de 1977 y la aprobación de la Constitución en 1978. El amplio triunfo del PSOE en las elecciones de octubre de 1982 cerraría esta etapa.Hasta 2004 fueron decenas los congresos internacionales que abordaron la Transición española, su gestación y su desarrollo como cambio político ejemplar y ejemplarizante. De hecho, había sido considerada como una hoja de ruta para otras muchas, tanto en Europa como en Iberoamérica, y tanto el gobierno socialista (19821996) como el del Partido Popular (19962004) hicieron promoción de modo oficial de esta etapa de nuestra historia.¿Qué ha ocurrido para que después del considerado como el mayor éxito colectivo de nuestra historia contemporánea, y con pocos meses de diferencia, hayan tenido que surgir una «Asociación para la Defensa de la Transición» y una «Fundación Transición Política española»?A partir de la legislatura 20002004 y coincidiendo con el veinticinco aniversario de la aprobación de la Constitución, se ha abierto desde la izquierda española una profunda revisión sobre el sentido y el significado de la transición.Conceptos que hasta el momento sólo eran manejados exclusivamente por la izquierda radical nacionalista vasca, están empapando hoy el discurso de una parte importante de la izquierda del resto de España. Para revisar la Transición se habla de «pacto de silencio» durante esa época, y se considera como «mito fundacional» la visión que hasta el momento se tenía de la misma.Hoy se pretende elaborar un «relato» distinto de la misma al servicio de un proyecto político que pretende cambiar las bases sobre las que se asentó la democracia española.En lugar de un acuerdo entre lo que se había venido denominando como «las dos Españas», la Transición se considera como un proceso político tutelado por el ejército franquista, realizado por las élites del régimen y que obligó a la izquierda a una permanente renuncia para poder participar en el juego político. Para estos autores, no hubo un verdadero cambio político sino que...

El informe Baker-Hamilton

Quizá uno de los rasgos más importantes de la política exterior de Estados Unidos es que conforma sus intereses nacionales en térQminos universales. Por esta razón, por ejemplo, después de dos guerras mundiales, dos presidentes americanos -Wilson y Roosevelt- trataron de reorganizar el orden mundial a través de instituciones globales: la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas. Esta concepción universal -idealista, la denominan algunos, aunque va más allá-, alimentada aún más con el fulgurante desmoronamiento de su enemigo de la Guerra Fría, la antigua Unión Soviética, hizo creer a muchos desde 1990 que Estados Unidos era algo así como la Nueva Roma y que estábamos ante una especie de Pax Americana. ANTECEDENTES Durante los años noventa, los éxitos internacionales de la Administración Clinton, especialmente aquellos en los que se optó por una implicación militar a fondo -Kosovo- hicieron pensar que Estados Unidos era capaz, si se lo proponía, de conformar una realidad internacional más justa. Fracasos como la intervención en Somalia en 1992 o el conflicto entre israelíes y palestinos fueron achacados a otras consideraciones. En el último, la ausencia de un acuerdo final en Oriente Medio, a pesar del compromiso político del presidente Clinton, fue achacada a la falta de voluntad de Arafat. En el caso del conflicto en el Cuerno de África, el análisis que se hizo fue que había sido un error enredar al ejército de Estados Unidos en una operación de paz y reconstrucción. Con ese precedente, las escuelas militares americanas eliminaron todo aquello que tuviera que ver con operaciones de estabilización; el ejército de Estados Unidos estaba para golpear, no para realizar otras operaciones, encomiables y necesarias, pero que correspondía a los europeos o a organizaciones internacionales, como la ONU, llevarlas a cabo. Por estas razones -que apunto de modo esquemático, puesto que el objeto del trabajo es otro- la respuesta de la Administración al atentado contra las Torres Gemelas el 11-S no fue caprichosa. Se habló de extender la democracia, de un Nuevo Gran Oriente Medio y, recuperando términos de la era Reagan, de enemigos situados en un «eje del mal» que iban desde Corea del Norte a Irán pasando por Siria e Irak. Entendieron que no bastaba simplemente con contener los nuevos desafíos sino que era necesario afrontarlos directamente. La amenaza ya no era exclusivamente el terrorista saudí Osama Bin Laden, responsable directo de los ataques en Manhattan, también las dictaduras o los denominados «Estados gamberros» o Estados desestructurados en poder de minorías radicales suponían una amenaza directa para Estados Unidos. El fulgurante éxito inicial que supuso la intervención en Afganistán hizo crecer aún más la creencia de una Pax Americana. Irak sería la siguiente etapa, el punto en el que se entrecruzaba el idealismo de la misión autoencomendada de extensión de la democracia y el realismo de un país con las segundas reservas de petróleo del planeta. El apoyo a un aliado como Israel y las necesidades de petróleo de la economía americana ha hecho de Oriente Medio una región esencial para los intereses americanos....

Por el hombre y su historia

No hace muchas semanas saludábamos, desde estas mismas páginas, la aparición del volumen primero del segundo tomo de la Historia política, cultural y social en la España de Franco (1947-1956) que acababa de publicar Gonzalo Redondo. Lamentablemente, el autor no podrá ver el volumen segundo, ya en prensa. El pasado 18 de abril fallecía como consecuencia de un cáncer que aceptó con fortaleza y sentido cristiano.El eje de la obra de Gonzalo Redondo ha sido la historia de los hombres a lo largo de los dos últimos siglos —sus ideas, proyectos y acciones — ante la cultura de la modernidad. Una cultura cuyo contenido, crisis y respuestas para superar esa crisis, es analizada por Redondo desde distintos enfoques. Todo ello, surcado, como ha escrito Fernando de Meer, «por un anhelo para encontrar aquella interpretación de la historia que permita a la persona humana un pleno ejercicio de su libertad». Por ello, el propio Redondo es continuador de una época en la que se buscaban grandes interpretaciones de la historia.En su respuesta intelectual al sentido de la historia, los hechos responden a causas. Esos hechos, son llevados a cabo por hombres, con unas ideas elaboradas por hombres. Ahí radica la fuerza y el valor de las ideas, ya que al final, estas, en la medida que son interiorizadas —siempre de un modo lento, porque la Historia es lenta— terminan por influir en la realidad.Por esta razón, el hombre y el uso que ha hecho de su libertad desde la Revolución Francesa son el centro su trabajo. Un trabajo en el que los hechos, las causas y el sentido de ambas realidades van de la mano. Por eso sus trabajos de madurez constan de una introducción —que en algún caso sobrepasa el centenar de páginas— en la que se analiza el sentido último de los hechos que a continuación se describen.La obra de Gonzalo Redondo ha sido una observación de la modernidad y su crisis desde diversos prismas.Como siempre ocurre, el camino de llegada no fue ni directo ni preconfigurado. Licenciado en Historia en 1957, Florentino Pérez Embid le propuso realizar un investigación sobre Ortega y Gasset. Pérez Embid estaba interesado en conocer cómo una serie de intelectuales modelaron el pensamiento cultural español en el primer tercio del siglo XX. Por esta razón, sugirió a Redondo analizar la proyección política y cultural de Ortega y Gasset en El Sol y a Vicente Cacho Viu la Institución Libre de Enseñanza. Después de ese inicio, las trayectorias intelectuales de los tres se separaron.Ese es el origen de Las empresas políticas de José Ortega y Gasset, su tesis doctoral defendida en 1967 ante un tribunal formado por Jesús Pabón, Carlos Seco Serrano, Vicente Cacho y su director, Pérez Embid, y que se publicó en dos tomos en 1970.Parafraseando el título de un artículo que escribió Ortega sobre Goethe, podemos decir que Redondo estudia con serenidad a Ortega «desde dentro», para comprenderlo y contextualizarlo. En Ortega descubre el liberalismo, su carácter elitista y su proyecto...

¿Minorías dirigentes?

El autor nos narra el devenir histórico de España entre agosto de 1947 y junio de 1951, además del papel rector que debían asumir las minorías dirigentes para conformar la "conciencia nacional".

Latinoamérica, perdida para siempre

Las diferentes situaciones políticas que se han vivido en los países de Latinoámerica. La izquierda ha asumido el poder en casi toda la región.

Metafísico servicio, que observaría Rocinante

No ha sido un año tranquilo para José Luis Rodríguez Zapatero. Una gestión tumultuosa y tres citas electorales (europeas, referéndum y vascas) han hecho de estos doce últimos meses un período de sobresaltos y crispación.

Es la política, estúpidos

Sobre la nueva victoria republicana en Estados Unidos y la sinceridad del partido demócrata explicando las causas de su derrota. La política de Bush y su equipo.

La palabra la tiene el ajuste fino

Sobre las campañas electorales en EEUU. Han entrado ya en su última etapa antes de las elecciones, se presenta muy igualada y es muy dificil conjeturar sobre el elegido

Ni a la derecha ni a la izquierda, no se despacharán fórmulas mágicas

El autor hace referencia a los puntos débiles de América Latina, tanto en lo político, social, tecnológico y los efectos negativos de la globalización.

Se la juega el presidente

Sobre las futuras elecciones de Estados Unidos, de cómo las anteriores estuvieron dominadas por el impacto del terrorismo en la opinión pública norteamericana y en esta agenda se plantea la recuperación económica y la reforma del Medicare.

Cambio de cara o cambio de disco

La sobradamente conocida obra del historiador francés Braudel, aparecida en 1949 con el título El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, describía la geopolítica de esa zona del mundo cuando por última vez se concentraban en ella los intereses de las principales potencias occidentales. A partir de entonces los reinos empezaron a mirar al Atlántico como eje de sus principales intereses. Quizá dentro de cuatrocientos años aparezca un libro titulado «El Atlántico y el mundo atlántico en la época de G. W. Bush», pero es seguro que, a día de hoy, el centro político de los intereses de las naciones occidentales ha variado, y lo ha hecho a ritmo vertiginoso, sostiene Pablo Hispán, a lo largo de la última década.

Tras el derrumbe de las dobles morales

Numerosos y profundos han sido en todo el mundo los efectos políticos de los atentados terroristas ocurridos ahora hace un año en Nueva York. La posición de España en el panorama internacional ha cambiado también a consecuencia de ellos. Porque si ha aumentado su responsabilidad como socio cada vez más próximo a la sensibilidad y problemas de la Administración Bush, sostiene Pablo Hispán, los retos que ha de afrontar en su entorno geográfico más próximo son, por otra parte, progresivamente complejos.

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