Miguel Platón

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Periodista

Después de una tregua

De cómo las negociaciones de tregua obtuvieron un balance negativo tanto para la sociedad española como para el Estado.

Un fracaso innecesario

En abril de 1931, tras la irregular aunque pacífica proclamación de la II República, la sociedad española tenía bazas sobradas para establecer una democracia estable, que hubiera podido perdurar hasta nuestros días. El fracaso de aquel sistema constituyó una de las tragedias históricas de España, cuyos efectos se prolongarían casi medio siglo.Durante mucho tiempo se han querido explicar las causas de esa experiencia frustrada por el atraso económico y social de España. En gran medida, sin embargo, ese tópico no responde a la verdad. Los estudios de economía comparada del profesor Angus Maddison, publicado por la OCDE, muestran que la economía española había experimentado, entre 1913 y 1929, el mayor crecimiento de Europa occidental. La renta era similar a la italiana, doblaba la portuguesa y no estaba demasiado lejos de Francia (2.713 dólares de 1990 per cápita en 1931, frente a 4.171).No se trataba sólo de la producción económica. En los diez años anteriores se habían producido avances sin precedentes en cuestiones como la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la redención del analfabetismo, la extensión de todos los niveles de enseñanza, el acceso de la mujer a estudios y profesiones, el suministro energético, las infraestructuras y la tecnología. No era suficiente, pero la dinámica resultaba innegable. La crisis mundial iniciada a finales de 1929, sumada a una meteorología agraria especialmente desfavorable, habían causado una depresión que se extendería de 1930 a 1932, pero no representaba un desafío imposible, como demostró la experiencia de otros países europeos.Tampoco podía negarse que la monarquía de Alfonso XIII había emprendido un sincero proceso de normalización democrática. Las elecciones municipales del 12 de abril se celebraron libremente y fueron ganadas por los candidatos republicanos en la mayor parte de las grandes ciudades. Ese proceso, que debía continuar con elecciones provinciales y generales en los meses de mayo y junio, respectivamente, se había visto entorpecido por las maniobras dilatorias y los pequeños intereses de algunos de los dirigentes tradicionales incorporados a los gobiernos de Berenguer y Aznar, como el conde de Romanones, quienes no percibieron los movimientos políticos de fondo que se producían en la sociedad española.En todo caso, el rey, el Consejo de Ministros y el resto de las instituciones del Estado, así como la Iglesia y los empresarios, aceptaron la toma del poder semirrevolucionaria que el 14 de abril llevaron a cabo los partidos republicanos, los cuales obtuvieron, entre ese día y el siguiente, el pacífico acatamiento de todas las autoridades del país, la mayor parte de las cuales y sin que se manifestase oposición alguna fueron destituidas de sus cargos.Sobre ese cheque en blanco, sin embargo, la mayoría de izquierda de los primeros gobiernos republicanos construyó de forma deliberada un régimen sectario, como llegaría a proclamar con orgullo quien presidió el Consejo de Ministros durante casi toda esa etapa, Manuel Azaña. La Constitución de 1931 no sólo marginó a la derecha, sino que puso trabas al libre ejercicio de la fe católica, en contra de los principios de libertad que cabía...

Un caso periodístico abierto: el 11-M

El autor nos habla sobre las reglas de procedimiento que deben ser aplicadas cuando se trata de información sobre atentados terroristas.

El Imperio en el avispero

De cómo el avance anglonorteamericano se hizo con Iraq, el empobrecimiento del país, la carencia de cultura política, etc.

España ya no es diferente

Veinticinco años de vivencias son tan sólo una gota de agua en el océano de la Historia. Sin embargo, nuestro país ha experimentado en estas últimas décadas cambios políticos, económicos y militares de tal embergadura que la España de 1975 apenas podría reconocerse en los periódicos de hoy. Tras perder el lastre de la dictadura y ganar terreno en la incorporación a la Unión Europea, Miguel Platón radiografía el perfil de una nación moderna que ha dejado de ser diferente. Para ello, el autor se apoya en los estudios de Carlos Seco Serrano, Juan Velarde Fuertes y José María Marco.

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