Manuel Arias Maldonado

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Manuel Arias Maldonado es Profesor profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Ha disfrutado de una beca Fulbright en la Universidad de Berkeley e investigado, entre otros centros, en el Rachel Carson Center de Munich y el Departament of Environmental Studies de la Universidad de Nueva York. Sus último libro son Antropoceno. La política en la era humana y La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI.

American History X: Obama y el relato postsoberano

Obama ha intentado dar forma a una América postimperial que no renuncia al uso de su poder, pero presenta a éste como una instancia reflexiva y falible.

El dudoso encanto de la abstracción

La democracia incuba dentro de sí misma los resortes para su propio socavamiento, al verse dificultada la discución racional sobre los problemas que está llamada a resolver.

Semántica de la Transición: sobre la vigencia de un mito político

En el caso de España, precisamente, cabe preguntarse si ese relato sigue en pie: si la mitología sobre la que se ha asentado la legitimidad del actual régimen constitucional -la transición a la democracia- ha sobrevivido a las tensiones desencadenadas por la crisis.

Toni Erdmann: un milagro alemán

La película de Maren Ade, Toni Erdmann: un milagro alemán, confirma la extraordinaria vitalidad de un medio artístico -el cine- para el que no dejamos de escribir prematuros epitafios.

Recetario antipopulista

Las recetas que se glosan a continuación están lejos de presentarse como infalibles y, si de recetas hablamos, han de verse como un complejo vitamínico para la acción pública y no como un antibiótico cuya ingesta garantiza la desaparición del virus pasado un cierto tiempo.

Presidente Trump: guía de perplejos

De cómo EEUU, según observó en cierta ocasión Don Delillo, produce más historia de la que sus novelistas pueden absorber.

Dylan o la nostalgia del canon

Digámoslo ya: la sociedad pluralista es extenuante. Siempre hay alguien en desacuerdo, cualquier consenso contiene disidencias irremediables, la discusión pública no termina nunca. Para colmo, la eclosión de las redes sociales ha intensificado este rasgo contencioso: cada teléfono es ahora una potencial unidad de emisión de desacuerdos.

El regreso de las multitudes

Pocas fantasías psicopolíticas más instructivas que la fábula del estado de naturaleza. O sea, el relato sobre lo que sucedería si los seres humanos vivieran sin autoridad alguna que los constriñese.

Verano eterno

No diga verano, diga vacación. Dejando a un lado a esos actores secundarios que son los trabajadores del sector turístico, el estío es la temporada del sujeto vacacional: él ejerce como protagonista de un hormigueo global que hará las delicias de los analistas de datos masivos en el sótano correspondiente. Es en el verano cuando nos preguntamos unos a otros por el destino de nuestro asueto, asumiendo la necesidad universal de "cambiar el chip", como dicen los españoles en frase gastada pero reveladora. Reveladora, quiere decirse, de una mentalidad con arreglo a la cual los paréntesis vacacionales tienen como función aliviarnos la carga del trabajo -aunque con ello carguemos de trabajo a otros - para así poder seguir contribuyendo a la factoría de la modernidad. Y es que hasta los soviéticos tenían su dacha. Vaya por delante que hemos avanzado mucho desde que Monsieur Hulot paseara por las playas norteñas de Francia sembrando el caos burgués. Naturalmente, todavía hay familias que se suben al coche y conducen sin pausa hasta el apartamento de la playa, abuela incluida. También allí quedan restos de la batalla cultural, suavizada por la lujuria y el deseo de ganancia de los aborígenes, que retratara Luis García Berlanga en ¡Vivan los novios! Pero la panoplia de posibilidades vacacionales se ha estirado hasta lo indecible, como efecto de la hiperdiferenciación del capitalismo en el lado de la oferta y la individualización expresiva en el lado de la demanda: queremos cosas distintas y el mercado las ofrece, sin que podamos descartar que queramos cosas distintas por ofrecerlas el mercado. De manera que nos encontramos con el resort playero tradicional y la ruralidad con encanto, las aventuras selváticas y las junglas urbanas, el aislamiento waldeniano y el turismo de Holocausto, el desenfreno ibicenco y el campamento infantil, a ferragosteños y septembrinos. ¡A cada cual, lo suyo! Pero todos -o casi todos- en movimiento. Aquellas líneas de Radio Futura: "Es el fin del invierno, iré cerca del mar / Vestiré como un dandi, daré largos paseos / Pensaré en los detalles de mi próximo plan". Aunque el plan a trazar hoy sea, justamente, el de las vacaciones. Si uno espera al mes de junio, lo encuentra todo reservado: hay quienes organizan sus vacaciones en plenitud romántica y están separados a la hora en que despega el avión. Este panorama sirve asimismo para subrayar la importancia que los reclamos estimulares tienen en el capitalismo tardomoderno. Frente a la manida tesis de Guy Débord sobre la sociedad del espectáculo, aquella que introduce una falsa conciencia en nuestra subjetividad y nos hace vivir como esclavos felices, habría que enfatizar la medida en que el capitalismo contemporáneo persigue eficazmente el gozo del individuo: un puro disfrute de alto contenido "sensacional" que ofrece múltiples rendimientos temporales: la anticipación del gozo, el gozo mismo, el recuerdo del gozo. Por eso dice Colin Campbell que el consumo de masas es de raigambre más romántica que protestante: más hedonista que severa. Si el viejo capitalismo industrial se asentaba en la...

Nueve cartas al Brexit

Obsolescencias políticas. Se vuelve a demostrar que el referéndum es un instrumento inadecuado para la toma de decisiones trascendentales en sociedades complejas e interdependientes.

Falsos inocentes. Hitchcock en la era del espectador

Kent Jones y Serge Toubiana han vuelto a poner de manifiesto la vigencia de la obra cinematográfica de Alfred Hitchcock recuperando en un documental la célebre conversación que el director inglés mantuvo con Françoise Truffaut en 1962.
Nueva Revista

Lúculo desencadenado

Alguien caracterizó una vez al ser humano como un animal que guisa. O sea, un animal que refina su ingesta de otros animales -o de distintas especies vegetales- y convierte así un acto banal dentro de la cadena trófica en un contenido de cultura. Desde ese punto de vista, podríamos contemplar el actual protagonismo de la gastronomía en la cultura de masas como un salto evolutivo. Aunque también habrá quien, enfrentado al protagonismo televisivo de un chef estrella, opine que nos encontramos más bien ante una desadaptación a gran escala que anuncia el ocaso de la civilización.Naturalmente, no conviene exagerar. Pero no cabe duda de que hay algo llamativo en la manera en que lo foodie se ha convertido en signo destacado de nuestro tiempo. Desde luego, no es un fenómeno del todo nuevo. El mismísimo Michel de Montaigne, allá por la segunda mitad del siglo XVI, anticipaba la alianza entre retórica y gastronomía cuando describía su charla con el mayordomo italiano de un cardenal: "Me ha pronunciado un discurso sobre el arte de la comida con gravedad y gesto magistrales, como si me hablara de algún punto importante de teología". Entre otras cosas, destaca como si escribiera hoy mismo, el mayordomo le ilustraba sobre el arte de la administración de las salsas o las diferencias entre ensaladas según la estación. Pues bien, se diría que ahora, en la sociedad del espectáculo, todos somos ese mayordomo.Y es que hemos asistido en los últimos años a una exacerbación de la gastronomía y lo gastronómico que ha desbordado todos los límites imaginables. Es claro que la comida nunca ha sido sólo comida: debido a su centralidad antropológica y al hecho de que satisface un apetito del que pueden derivarse placeres animales, la cocina ha entretenido desde siempre nuestras conversaciones y dado lustre a más de una rememoración. Ésta solía ser dolorosa allí donde el subdesarrollo dejaba su sello: los alemanes de distintas épocas han soñado con una Schlaraffenlad, o utopía caracterizada por la abundancia infinita de alimentos, un poco a la manera en que nuestro Carpanta se imaginaba en la posguerra pollos asados cuando paseaba por Madrid. Pero en la era de la abundancia, habiendo pasado España de la cartilla de racionamiento a la consulta compulsiva de Trip Advisor, la comida se ha convertido en una de las bellas artes. O mejor dicho, en la enésima. Porque la comida no ha hecho sino caer inevitablemente bajo la influencia de los procesos de mercantilización y estetización propios de la tardomodernidad.Esto significa, entre otras cosas, que se produce una hiperdiferenciación de la oferta que convive con eso que Marx llamaba el fetichismo de la mercancía: con la salvedad de que en este caso la mercancía es un cocido maragato acompañado de literatura. Si somos más precisos, de hecho, el capitalismo contemporáneo ofrece menos el cocido maragato eo ipso que la experiencia del cocido maragato. Y juega así hábilmente -menos "el capitalismo", claro, que sus actores indidivuales- con la propensión humana a recrear y...
Nueva Revista

Noticia del extranjerismo

Si la identidad es una comparación, las crisis de identidad son comparaciones de las que salimos malparados. O sea, dignidades heridas debido a un complejo de inferioridad sobrevenido. Así ha sucedido con España, tan aficionada a subsumirse en la mirada extranjera para hacerse una idea de sí misma como inclinada a buscar en el exterior los modelos de virtud a los que dice querer aproximarse. Inevitablemente, el resultado es en ambos casos y en las dos direcciones una grosera simplificación que denota la singular obsesión nacional con lo extranjero, convertido de hecho en un auténtico régimen de percepción no carente de elementos disciplinarios. Si, como planteara Edward Said, los novelistas y poetas occidentales se habían "inventado" a Oriente, sustituyendo su heterogénea realidad por un compuesto de imágenes e ideas gradualmente implantadas en nuestra psique colectiva, algo parecido han hecho los españoles con lo foráneo: de la Leyenda Negra a Dinamarca, pasando por los viajeros románticos y el estrellato de los hispanistas extranjeros. Hay un extranjerismo de factura española que es a la vez resumen de nuestras frustraciones y expresión de nuestras inseguridades. Pensemos en cómo, durante las distintas campañas electorales del pasado año, Dinamarca se erigió en el patrón comparativo que servía para desnudar los vicios nacionales y marcar el camino a seguir para la redención de un sistema político y social corrompido desde los cimientos. Bien es cierto que el mismísimo Francis Fukuyama, en su monumental díptico sobre los orígenes y evolución del orden político, también alude a Dinamarca; pero su Dinamarca es menos una estadística matizada por Borgen que el arquetipo de la buena democracia. Simultáneamente, se ha renovado la atención que prestábamos a los corresponsales extranjeros, privilegiados agentes epistemológicos que, inflitrados en nuestro cuerpo social, carecen de las anteojeras de los nativos y pueden ver con más claridad nuestros defectos. ¡Con qué sádica delectación hemos leído los innumerables reportajes titulados The pain in Spain y las crónicas que arrancaban describiendo la visión alucinada del aeropuerto de Ciudad Real emergiendo de la planicie manchega! Sobre las anteojeras del propio corresponsal, dispuesto a identificar rastros de la Guerra Civil en la más banal de las conductas, apenas hemos reflexionado. Ni siquiera los independentistas catalanes han escapado a esta superstición, como testimonia ese "el món ens mira" que oscila entre la aseveración y el anhelo. Si me apuran, incluso el aura que rodea a Luis Garicano, ministro de Economía en el shadow cabinet de Ciudadanos, confirma por enésima vez el prestigio adicional de que goza quien ha hecho su carrera fuera de nuestro país. Tiene su sentido. Sabemos demasiado de España y es inevitable pensar que quien se ha abierto paso en la meritocracia liberal anglosajona tiene algo valioso que enseñarnos. Dada la dificultad que experimentamos para discernir al capaz del incapaz en un contexto social donde el clientelismo y el familismo bloquean las señales de mercado correspondientes, es lógico nos deslumbren aquellos marcadores de mérito que provienen de sistemas que -sin ser perfectos- discriminan en mayor medida a los mejores...
Nueva Revista

Raíces profundas: sobre la posibilidad del ecologismo conservador

 Hasta tal punto estamos acostumbrados a cartografiar la realidad social con arreglo al eje izquierda/derecha, que éste parece haberse convertido en una categoría a priori del entendimiento político: defensa del aborto a la izquierda, libre mercado a la derecha. Sin embargo, es dudoso que exista una ontología política que determine espontáneamente esa adscripción: es sorprendente saber que fue Reagan quien legalizó el aborto en California cuando era gobernador del estado o que la crítica conservadora del libre mercado ha rivalizado a menudo con la formulada por la izquierda. Naturalmente, sería absurdo desdeñar esta divisoria como un mero capricho de los encuestadores: sin la autoidentificación de los ciudadanos a uno y otro lado de la misma -asociada a emociones decisivas para la movilización política- no es posible entender las dinámicas del proceso político y la competición electoral. Pero esa misma identificación conduce fácilmente a juicios de valor apresurados sobre la valencia política de determinados problemas cuya naturaleza, al margen de los clichés, es irremediablemente ambigua. Tomemos en consideración la siguiente historia, relatada por Kelly Reichardt en su película Night moves (2013). Josh y Dena son dos jóvenes norteamericanos preocupados por el medio ambiente de su comunidad local. Ambos llevan vidas tranquilas, que incluyen la colaboración con una granja ecológica dedicada a la producción de alimentos orgánicos con sello local. Su indignación con la destrucción ecológica, no obstante, crece hasta tal punto que se sienten en la necesidad de actuar: hacer algo para cambiar las cosas. ¡Porque las cosas tienen que cambiar! A tal fin, elaboran un sofisticado plan que ha de culminar en la voladura de una presa que consideran dañina para el entorno. Por desgracia, un inocente campista muere en la inundación así provocada y ambos se convierten en prófugos de la justicia. Horrorizados por las consecuencias de su acción, comprenden tarde su error. ¿Son estos activistas de izquierda o de derecha? En la medida en que son anticapitalistas, podríamos responder que su adscripción natural está en la izquierda. Sin embargo, el deseo de preservar el medio ambiente de la predación humana es intrínsecamente conservador. Y, como se ha señalado más arriba, el rechazo del capitalismo no es patrimonio de la izquierda. Más aún, el conservadurismo propende a la crítica del progreso con la misma facilidad que la teoría frankfurtiana, si bien por razones distintas: el conservador lamenta la pérdida de las tradiciones y otorga presunción de validez a aquellas instituciones sociales que han pasado la prueba del tiempo, mientras la izquierda benjaminiana deplora su facilidad para sacrificar a los subalternos de la historia en nombre de las abstracciones. En ambos casos, se contempla con disgusto el predominio de la sociedad sobre la comunidad, que socava por igual los vínculos locales del conservadurismo y la solidaridad de clase de la izquierda. En una palabra, nada impide que un conservador pueda ser ecologista o que un ecologista pueda ser conservador. Si alguien ha defendido con entusiasmo esa posibilidad es Roger Scruton, singularísimo pensador británico que publica monografías con la misma facilidad con la...

La hora del lobo

Durante el episodio cubano de la segunda parte de El padrino, un recién llegado Michael Corleone asiste a un control policial que impide avanzar a su coche. De repente, uno de los retenidos se lanza al interior del coche de los agentes gritando un “viva la revolución” y haciendo estallar una granada. Impresionado, Michael se interesa por la identidad de los revolucionarios.

Psicopatología del independentismo

Mucho se ha discutido sobre las causas del nacionalismo catalán con motivo de su reciente ebullición separatista, momentáneamente frenada en las urnas tras el fracaso del plebiscito fantasma convocado por sus líderes bajo el disfraz de las últimas elecciones autonómicas: tanto se discute como se discrepa.

La nueva vieja izquierda

En 1922, el sociólogo norteamericano William Ogburn acuñó el concepto de "retraso cultural" para referirse al desajuste entre las condiciones materiales de vida y las actitudes y comportamientos sociales: mientras las primeras cambian con rapidez, o al menos vienen haciéndolo durante la modernidad, los segundos presentan mucha más resistencia al cambio.

No es mejor callar: Auschwitz y los límites de la representación

En uno de sus muchos guiños a la hemeroteca, Jean-Luc Godard dejó dicho que un travelling es una cuestión moral. Aludía con ello a la influencia de que goza el cineasta -patrón del arte más democrático de la cultura de masas- cuando presenta ante los espectadores una determinada versión de la realidad y no otra.