Lorenzo Silva

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Escritor. Premio Nadal

Vindicación del artista adolescente

¿Quiénes éramos? Para dar respuesta a esa pregunta de griego malcriado sólo había tres posibles ideólogos en el grupo. De esos tres, dos, Néstor y yo, éramos en la práctica uno, porque nuestras ideas al respecto, más que coincidir, se confundían. El otro era —prefiero recordar aquí el seudónimo que él mismo se impuso— Sócrates P. Sin duda habría sido él quien más vocación habría tenido —o tuvo— de aceptar el reto. Sin embargo, no me parece que hubiera debido prestarse mucha atención a sus seguramente sentidos y rigurosos argumentos. Sócrates P. creía, a su manera, en la república de los sabios. En anteriores experiencias comunitarias había intentado votar leyes que definieran cuándo un miembro podía ser expulsado o reconvenido, sin arbitrariedades y en virtud de la más acendrada razón práctica —o acaso pura—. Aunque al topar con Néstor y conmigo comprendiera que en aquella negligente congregación proposiciones de esa laya habrían sido acogidas con una estruendosa carcajada, y se cuidara, en consecuencia, de exponerlas, cabe cuestionar que hubiera llegado a deshacerse de tan nobles aspiraciones en la medida suficiente para no desfigurar en un sentido ejemplarizante aquella reunión más o menos casual de extraviados en la que inopinadamente él había ido a caer. Ahora he olvidado las caras y los nombres exactos de muchos de aquellos compañeros de entonces. Recuerdo que casi todos eran generosos y leales, los seres de más limpio corazón que nunca encontré. Algunos no entendían o consideraban peligrosas las veleidades a que Néstor y yo nos prestábamos, y sin embargo continuaron a nuestro lado el tiempo necesario para tener sobrado derecho a irse luego sin que nadie pudiese acusarlos de desertores. Otros persiguieron sus propios fines, y debieron de alcanzarlos, porque no apuntaban demasiado alto. Todos nos divertíamos, y disfrutábamos de la dulce sensación de despreciar desde nuestras diversas inferioridades —casi todos éramos desgraciados con las chicas, por ejemplo— a aquellos que no podían hacernos sombra en los tres o cuatro asuntos que decidimos que tenían importancia. Hicimos pocas cosas, aparte de emborracharnos y de mofarnos de todo con oficio y sin él. O no hicimos nada, al fin y al cabo. Pero siempre supimos que podíamos hacer más que los otros, sin arrogancia, porque nos constaba que los otros también lo sabían. Optábamos por abstenernos con la calma de quien cumple con su conciencia, sin exigir tener razón para que ello nos consolara de no tener otra cosa. Nada nos obligaba a ser brillantes, ni siquiera útiles. Así obtuvimos algo semejante a la paz interior que luego tanto habría de faltarnos. Con todo, la separación de todos ellos fue aceptada, tanto por Néstor como por mí, con la naturalidad con que se recibe una noticia prevista. No hubo traumas en la ruptura, que fue bastante gradual, salvo excepciones. Una de ellas, la única auténticamente trascendente para mí, fue Sócrates P. Ya desde el comienzo de nuestra relación con él los términos fueron peculiares. Antes de trabar conocimiento directo le habíamos observado, y disponíamos además de referencias...

Los finales de don Justo

Lorenzo Silva nos ofrecernos uno de sus escasos relatos... bellos por su rareza, inteligentes y divertidos por su brevedad, como podrán apreciar los lectores de Nueva Revista.

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