Juan Velarde Fuertes

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Economista. Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense de Madrid. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Manuel Fraga Iribarne (1922-2012)

En la muerte de Manuel Fraga hay que subrayar sin duda su indudable vocación pública. Su figura ha marcado gran parte de la historia política del siglo XX y sus esfuerzos por consolidar política e intelectualmente el conservadurismo justifican sus recuerdos.

Las consecuencias negativas de ocho mitos erróneos (1931-1936)

Los dictámenes principalesYa es posible efectuar un análisis correcto de lo sucedido en el terreno de la economía como consecuencia del cambio de régimen político sucedido desde el 14 de abril de 1931 y hasta el 17 de julio de 1936. Para eso se dispone de una bibliografía adecuada. En primer lugar, es preciso citar el artículo de Román Perpiñá Grau, «Der Wirtschafts sufbau Spaniens und die Problematik seiner Aussenhandelspolitik », publicado en Weltwirtschaftliches Archiv, enero 1935, págs. 61-131. También, por sus colaboraciones en Agricultura y en Economía Española a lo largo de esos años de la II República, es preciso tener en cuenta contribuciones muy valiosas de Manuel de Torres. En el Servicio de Estudios del Banco de España, bajo el impulso de Olegario Fernández Baños, aparecían informaciones de gran interés, como el notable trabajo La crisis económica española en relación con la mundial, o el trabajo de Jáinaga gracias al que existen, por primera vez en nuestra historia estadística, balanzas de pagos españolas, para el periodo 1931-1934. Luis Olariaga, con su maestría habitual, publica en 1933 La política monetaria en España (Victoriano Suárez, 1933). Hay que echar mano continuamente de los trabajos del buen economista Antonio Bermúdez Cañete, aparecidos en El Debate, Acción Española, La Conquista del Estado y Blanco y Negro, así como de los de José Larraz en El Debate. Pascual Carrión publicó Latifundios en España. No se pueden dejar a un lado tampoco dos trabajos de Martín Aceña en colaboración con Francisco Comín, y otro en el libro colectivo Historia económica y pensamiento social (Alianza, 1983), sobre la política monetaria de este periodo; ni el de Jordi Palafox, Atraso económico y democracia. La II República y la economía española 1892-1936 (Crítica, 1994); ni el de Juan Sardá, La intervención monetaria y el comercio de divisas en España (1936); ni el de Pedro Tedde, La economía de la II República, contenido en la Historia General de España, de Rialp; ni la síntesis muy completa de Tamames, en el volumen de Historia Alfaguara, La República. La era de Franco, ni el artículo en la Revista de Estudios Políticos de Gabriel Tortella, publicado en 1983 con el título de «Los problemas económicos de la II República»; ni finalmente datos que aparecen la obra de Tuñón de Lara La España del siglo XX. De la II República a la Guerra Civil (1931-1939) (Laia, 1973). Pero tampocoes posible dejar de citar un ensayo magnífico de Pedro Fraile Balbín, «La intervención económica durante la Segunda República», un capítulo importante de la obra 1900-2000. Historia de un esfuerzo colectivo, editado por la Fundación BSCH el año 2000, y por supuesto, continuamente se han de manejar las Estadísticas históricas de España. Siglos XIX-XX, que se deben a Albert Carreras y Xavier Tafunell, editadas por la Fundación BBVA.Una vez intentado sintetizar todo esto, me encuentro con que la política económica de la II República resulta ser el fruto de ocho mitos que acabaron creando, cuando previamente no existía, una gravísima crisis económica. Esos...
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Endeudamiento y crisis del estado fiscal español

Da la impresión de que los españoles habíamos decidido desarrollarnos con fuerza a través de aquellos sectores que no originasen muchos problemas. Como consecuencia de ello, planteamos avanzar a través de mecanismos que no nos exigiesen inmediata competencia internacional. He ahí la causa común de la prioridad que se otorgó al turismo, y, después, a la construcción. Se trata de sectores donde la cuestión de competitividad española respecto a la extranjera no iba a crear agobios significativos a nuestros empresarios. En el siglo XXI, y en relación con el sector inmobiliario eso se acentuó en grado sumo. Pronto esta última apuesta originó, inmediatamente, un problema importante: el de cómo avanzar de esa manera, poniéndonos, con una economía muy abierta, de espaldas al exterior, lo que forzosamente motivaba que con esa expansión en la industria de la construcción no creábamos una economía capaz de vender multitud de productos a otros países. Pero, de momento, los españoles parecería que no teníamos por qué preocuparnos demasiado por un problema fundamental, el de la productividad dentro de una economía activa, desarrollada, importante, como era nada menos que nuestra economía industrial. Ahí radica el fallo, porque ese, éste de la productividad, era un tema esencial, que nosotros, los españoles, no  podemos soslayar y dejar a un lado. Julio Segura demostró en un estudio que ha dirigido, de qué manera la productividad total de los factores —esto es, no sólo la productividad del trabajo, que muchas veces ofrece cifras engañosas, sino, repito, la productividad total de los factores—, coloca a España en una situación internacional realmente lamentable. Nosotros parecíamos olvidar algo muy esencial. Y he aquí que para intentar obviarlo, nos dedicamos a endeudarnos. Esta actitud provocó un proceso colosal, que ha pasado a afectar al conjunto de la economía española. Progresábamos, y parecía que era fácil y que se provocaba por hallarnos en otro mecanismo que se había puesto en marcha a partir de 1959. Porque no sólo, dentro del proceso de apertura, ingresábamos primero en el GATT, la actual OMC y después pedíamos ingresar en la CEE, dando el primer paso con el Acuerdo Preferencial Ullastres en 1970, y finalmente, con la incorporación plena a partir del 1 de marzo de 1986, sino que, sucesivamente ingresábamos en el FMI, y con ello en el patrón oro-dólar, y tras quebrar éste, pasamos a ser miembros del Sistema Monetario Europeo, o patrón marco alemán, y, finalmente, tras Maastricht, decidimos participar en la creación de un área monetaria óptima, la zona del euro, que empieza a funcionar el 1 de enero de 1999, y dentro de ella perdemos el control del tipo de cambio, con la moneda única, ya que quien decide este tipo de cambio son los mercados, y su control y observación, el BCE, y lo mismo respecto al tipo de interés. Pero, simultáneamente, ni habíamos mejorado nuestra situación en la productividad ni tampoco eliminado rigideces en el mecanismo de los mercados españoles, a diferencia de lo que ocurre en el resto de esa...
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La crisis: una interrogación formidable para Europa

Los momentos de crisis económica siempre ponen a prueba, de una manera u otra, la cohesión de las sociedades. Evidentemente, y con especial fuerza, las entidades supranacionales, o aquellas en las que los lazos económicos no son muy fuertes. En el primer caso se encuentra lo sucedido con la ruptura de multitud de tráficos comerciales como consecuencia de la Gran Depresión. Kindleberger nos presentó de manera gráfica todo el enlace que así se produjo: el proteccionismo rebajaba el peso del comercio internacional; a causa de ello, al disminuir el tamaño de los mercados, caía el PIB de todas las naciones; para evitarlo, las diversas economías nacionales, reforzaban su aislamiento, pasando incluso del proteccionismo a modelos autárquicos; como consecuencia de esta disminución del comercio internacional, todas y cada una de las naciones se empobrecían y eso, al buscar una salida, condujo, a una implosión formidable. Otra situación parecida fue la que siguió a la I Guerra Mundial, hasta provocar una crisis económica muy importante, en buena parte como consecuencia de la política de sanciones que criticó con mucha dureza Keynes en Las consecuencias económicas de la paz. Por ello, al disgregarse el Imperio Austriaco en todo un amplio conjunto de naciones, cada una de las cuales busca montar su propia política económica, se originó una evidente pobreza en toda la Cuenca Danubiana, como nos muestra Frederick Hentz en The economic problem of the Danubian States. A study in Economic Nationalism (Victor Gollancz, 1947). O bien, no se entiende la Guerra de Secesión norteamericana, que se inicia en la primavera de 1861, sin tener en cuenta las consecuencias de la crisis económica de 1857, con una serie de frenos entre los Estados del Norte y del Sur, realidad muy bien expuesta por O. C. Lightner en su The History of Business Depressions, New York, 1922. Ahora, la crisis se precipita sobre los países de la Unión Europea con especial contundencia. El sueño, que pareció convertirse en realidad, de una Europa unida, el que tuvo Carlos V, el que movió a Napoleón, el que intentó Hitler, y el que impulsó el general Marshall a partir de su discurso al recibir el doctorado “honoris causa” por la Universidad de Harvard, al lanzar su Plan, para lograr que las economías europeas se uniesen y, de esta manera, convertirlas en prósperas y aliadas en la lucha contra la amenaza soviética, pareció cristalizar como consecuencia de la coincidencia de pensamiento y de decisión de cuatro personas fundamentales. Por un lado, Monnet, con su planteamiento en búsqueda de un mecanismo que impidiese para siempre los choques franco-alemanes; por otro, tres hombres de frontera típicos. Hay que decir esto porque Schuman había nacido en Luxemburgo y se había convertido en francés tras la I Guerra Mundial; Adenauer—recordemos las denuncias que sobre él se hacen en las Memoriasde von Papen—se convirtió, desde su puesto de alcalde de Colonia, tras la I Guerra Mundial, en claro partidario de una Renania independiente, que sirviese para algo así como lo que parecía que había intentado la Lotaringia...

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