Javier Borràs Arumí

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Periodista

“Que el bien os acompañe”: el viaje a Armenia de Vasili Grossman

El autor de la famosa novela ‘Vida y destino’, prohibida en la URSS por los paralelismos entre el Gulag y los campos de concentración nazis, hizo un retrato de Armenia en un libro de viajes, 'Que el bien os acompañe', que ahora se publica en castellano.

“El meteorólogo”. Volver a leer sobre el horror

“El meteorólogo” de Olivier Rolin, recién traducido por la editorial Asteroide, sabe concretar el horror del totalitarismo en la figura de Vangengheim, “una especie de Santo Job comunista”.

Por qué Kissinger todavía importa

Tanto si crees que Kissinger debería estar en prisión por crímenes de guerra, como si crees que debería ser el futuro Secretario de Estado, reza para que -entre rejas o en un despacho- siga escribiendo libros.

¿Qué podemos aprender de China?

Podemos aprender que China se piensa a sí misma como se pensaría el Egipto faraónico, si todavía existiese. Que a finales del siglo III antes de Cristo, durante el auge y caída de la dinastía Qin, en China ya se disputaba una gran batalla entre los partidarios del feudalismo y los del absolutismo, una lucha que llegó a Europa más de mil quinientos años después. Que dos discípulos de Confucio, Mencio y Xun Zi, inauguraron —en los albores del siglo III antes de Cristo—un enfrentamiento filosófico entre aquellos que consideraban que la naturaleza del hombre era buena y los que creían que era mala. Que si China es una civilización —grande, fuerte— capaz de tener perspectiva histórica de más de veinte siglos, ¿qué valor puede tener la vida de un hombre ante esa rueda inmensa?  Que si China ha roto las concepciones del tiempo también lo ha hecho con las del espacio. Que más allá de las millones de almas que habitan en grises mega-ciudades de las que no habíamos oído nunca el nombre —y que, si viajásemos a ellas, nos parecerían todas iguales—, China se extiende hacia paisajes insospechados propios de un imperio. Al noroeste, desiertos ardientes donde los hombres degüellan corderos y rezan a Alá. Bajando al sur, cadenas de montañas que desembocarán en los picos más altos del mundo, donde los hombres llevan sombreros de vaquero, los templos se adornan de papeles multicolores y las viejas esconden, temerosas, pequeñas fotografías del Dalái L—ama debajo del colchón. Más hacia el este, siguiendo la costa, aparecen las palmeras, la humedad, los barcos y puertos donde antes desembarcaban piratas y ahora embarcan contenedores de mercancías, mientras —a lo lejos— se observa una gran isla de playas paradisíacas llena de hoteles de cinco estrellas y bases militares. En este momento, si cruzáramos al extremo norte del país, nos encontraríamos ante una gran tundra desértica y helada, donde el número de almas va descendiendo y el mandarín se mezcla con los acentos rusos y coreanos. Que si China no es un país sino una civilización, tampoco es un estado, sino un continente.  Que esta inmensa masa de tierra está habitada por un pueblo que fue asaltado, durante el siglo XIX y XX, por potencias occidentales, por Rusia y por Japón, pero ha sabido salir adelante creyendo en sí mismo, en lugar de refugiarse en el victimismo o el complejo de inferioridad, enfermedades de los países pos-coloniales. Que aunque no olvida los agravios, ni de hace ochenta años ni de hace milenios, eso no lo frena en su camino de saber lo que quiere y tener grandes ambiciones. Que este sentimiento se extiende desde las élites políticas del país —con todo lo admirable y temible que eso comporta— hasta al niño chino de seis años que conocí en un parque de Pekín y me explicó que, de mayor, quería ser Premio Nobel de Ciencia.  Que toda esta energía nacional está sustentada en los personajes más fascinantes que he conocido: los ancianos chinos. Seres humanos que...

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