Hipólito González Navarro

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Otras prótesis

LEO EN EL AUTOBÚS. No me queda otro remedio. Pero no sólo por tener ahora esta criatura que llora de sol a sol desde que nació, no, es que me toca desde entonces pagar en largos viajes la idea feliz de cambiar una relajada existencia en el centro por la modernidad de esta urbanización, por no hablar de otros asuntos más peliagudos ya de entrada.Así es que yo ahora, lo que son las cosas, leo en el autobús. Todos los días, de lunes a viernes. Podría tal vez leer en el metro, o en los taxis, pero no, leo en el autobús, exclusivamente y por obligación.Lo del impermeable amarillo sí es por gusto, nada ni nadie me obligan a llevar semejante facha.Leo pues, vestido de amarillo, en el autobús y en ningún otro sitio. En los autobuses. Varias líneas son las que me trabajo: CR-6, 18, 7, 51, 32, en unas combinaciones que de haber empleado en la lotería otro gallo quizá me estuviese cantando ahora. El recorrido de todas y cada una de las líneas es premeditadamente barroco, el de la 51 casi rococó. No hay más que comprobarlo sobre un mapa para ver enseguida que lo mismo avanzan que retroceden, picoteando aquí y allá las esquinas del montón de barrios que conforman esta periferia. Y cómo contrasta este diseño de las líneas de superficie con la terca esquematización de las que escarban por debajo, con una eficacia de ratones equipados con tiralíneas. Qué odiosa rectitud, me digo siempre ante las feroces bocas del metro.La urbanización. La urbanización es una urbanización más, ninguna jauja. El trazado de las calles hasta podrían haberlo dispuesto los mismos que dibujaron las líneas del metro; si no los mismos, sí al menos algún cerebro con idéntica obsesión. Las calles y las casas son todas iguales, de tal manera iguales que aquí se le pone la cosa cuesta arriba —y parecerá un ejemplo— al alcoholismo y otros entretenimientos parecidos, pues qué borracho o soñador iba a encontrar aquí una puerta distinta a las demás. Vetadas las salidas de la poesía o del alcohol, valga pues un sustituto más civilizado, o casi, esta ocupación de leer durante horas, vestido de amarillo, en las idas y a las vueltas, siempre en autobús.La urbanización le había gustado a Clara desde siempre, pero acabó por convertirse en una verdadera obsesión cuando el embarazo, cuando no supimos negarnos a la evidencia de qué cosa tremenda sería que nos saliese el hijo con ese antojo, igual los lunares verdes de los pinos que las manchas rojizas de las fachadas de los adosados. El temor, supongo, de un embarazo a destiempo, rebasados con creces los cuarenta, casi llegando al medio siglo. Meses y meses hipotecados más que con la casa con complicadas analíticas y ecografías, un fantasmal remolino de antojos (fresas en noviembre, Clara), pero nunca, o por lo menos muy improbables entonces, esos ojos tan depuradamente azules como el agua de las piscinas, que todavía hoy no sabemos o...

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