Alejandro Gándara: «Los textos robados a la felicidad»

Alejandro Gándara hace una relectura de textos clásicos para extraer de ellos enseñanzas vitales

Discurso de Sócrates, obra del artista belga Louis Joseph Lebrun (1867)
Discurso de Sócrates, obra del artista belga Louis Joseph Lebrun (1867)
Ángel Vivas

Alejandro Gándara (1957) es novelista y ensayista. Fundó la Escuela de las Letras y la Escuela Contemporánea de Humanidades. Ha ganado los premios Nadal y Herralde de narrativa y Anagrama de ensayo.

Avance

Alejandro Gándara ganó el premio de ensayo Eugenio Trías con Los textos robados a la felicidad, un trabajo filosófico que es una relectura de pasajes clásicos, griegos y bíblicos, de los que extraer, en contra de lo que ha venido diciendo la tradición, enseñanzas para la felicidad. Pues dichos textos «esconden en su interior un tesoro de sabiduría para poder vivir sin miedo y sin angustia». A través de capítulos del Antiguo y el Nuevo Testamento, de Platón, Esquilo, Epicuro, Safo, y personajes como Edipo, Antígona o Diotima, Gándara se ocupa del amor, la justicia, la familia (cuyas leyes pueden chocar con las de la ciudad: Antígona), el dolor, el perdón, la culpa, el saber y la acción, entre otras cuestiones.

La gran conclusión del libro es la afirmación de la vida, precisamente porque se reconocen los males que la acechan y la constituyen. El infierno está ahí y hay que mirarlo de frente. El triunfo consiste en elevarse sobre la calamidad inevitable. Lo que no es inevitable es el daño que nosotros podamos hacer; ahí entra nuestra responsabilidad. Igual que es nuestra responsabilidad (véase la parábola de los talentos) emplear de un modo útil lo que se nos da: el saber implica acción y, en la vida, los pensamientos deben corresponderse con los actos. Dicho de otro modo, la vida es lo que hacemos con ella y «quizá la felicidad no sea otra cosa que, al término de nuestra duración, contemplar el paisaje que se extiende desde nuestro nacimiento hasta este momento postrero, y decir que hemos vivido, que hemos creado nuestra vida».

En ese trayecto, es esencial el amor, la fuerza que nos empuja a ir tras la belleza, pero que, sobre todo, se prolonga más allá de nosotros, en los hijos de ese amor con la belleza. Y el amor verdadero no es el amor publicitario, aventurero y radiante, novelero, ni el que se deja manipular por el Yo, sino el que nos lleva al conocimiento, el que nos empuja a aprender junto al otro.

La vida es difícil y precaria, llena de preguntas y paradojas, asediada por el mal, el dolor y la incertidumbre. Pero debemos mantener la fe en que, pase lo que pase, el mundo será mejor gracias a nuestros actos. Debemos ir hacia el bien con voluntad inquebrantable; pues lo que crea buenas personas y buenas ciudades no es la meta, sino el camino elegido.

Hay que amar la vida sin esperanza en salvarnos de lo que somos, pero con fe en lo que somos. Manteniendo «la sonrisa melancólica que, al final de todo, debiera provocarnos la mortalidad». Pues lo único que tenemos es este tiempo de ahora, este presente, estar aquí, respirar este aire, moverse en esta luz. Eso es nuestro, nadie nos lo puede quitar. «Y este aire y esta luz están bien», concluye Alejandro Gándara un trabajo brillante, lleno de sugerencias que invita también a (re)leer los textos de que se ocupa.

ArtÍculo

Los textos robados a la felicidad, con el que Alejandro Gándara ganó el premio de ensayo Eugenio Trías, es una relectura de un grupo de pasajes clásicos —griegos y bíblicos— para extraer de ellos, y a menudo en contra de lo que ha venido diciendo la tradición —«la catequesis de uno u otro signo»—, enseñanzas para la felicidad, ya que «esconden en su interior un tesoro de sabiduría para poder vivir sin miedo y sin angustia». La misión del libro, dice Gándara, es rescatar esos textos y devolverlos a sus legítimos dueños, que no somos otros que los hombres de hoy, como los de todos los tiempos.

Alejandro Gándara. Los textos robados a la felicidad. Galaxia Gutenberg, 2026. 334 páginas.

Una conclusión esencial del trabajo, reiterada en páginas posteriores, se expresa ya en las primeras: «El triunfo consiste en elevarse sobre la calamidad, no en que no suceda» (palabras en las que parecen resonar las de Marco Aurelio: «Esto igual podía pasarle a cualquiera, pero no todos seguirían adelante después de esto sin pesadumbre»); es decir, el mal está ahí y es inevitable; el infierno nos lo da gratis la vida, está garantizado si estamos vivos. La cuestión es cómo nos enfrentamos al mal y lo sobrellevamos o superamos.

Los textos robados a la felicidad es un libro erudito, que disecciona con profundo conocimiento textos antiguos y en algunos casos las traducciones a que han dado lugar (véase el capítulo dedicado a Safo), pero escrito con un estilo accesible que no desdeña coloquialismos («es para echarse a llorar», «yo que tú, no apostaría», «ya puestos», «tú verás»); de fácil lectura, por tanto. Otra característica del estilo, que incide en su accesibilidad, son las frases rotundas que funcionan perfectamente como aforismos. Además de la ya citada («el triunfo consiste en…»), hay numerosos ejemplos: «la muerte es falta de inspiración», «no hay ideal sin una firme realidad que lo sustente», «justo es lo que es justo para todos», «la gente enamorada no se siente insatisfecha por no disponer de una definición rigurosa del amor», «fanático: el que cree de manera ciega en las definiciones precisamente porque es ciego».

En cuanto al fondo, lo esencial es esa relectura, ese dar la vuelta o poner al trasluz más de veinte textos clásicos. Así, desde el principio —nunca mejor dicho— señala Gándara que el Génesis, una historia que habla de los límites de lo que podemos llegar a saber y del daño derivado de no respetar esos límites, contiene una fuerza ética y unas «precisas advertencias para una vida buena [que] han pasado históricamente desapercibidas».

Dolor y daño

La historia de Edipo trata el asunto, de eterna actualidad, de juzgar a los demás para no mirar en la oscuridad propia. En otras palabras, de la importancia de hacerse responsable de uno mismo, aunque sea más cómodo —«más enérgico, incluso audaz»— buscar la culpa ajena (los culpables buscan culpables). La cuestión, como nos enseña esta tragedia, es que no podemos escondernos de nosotros mismos. Para Gándara, la tragedia de Edipo ha de ser leída como «una ética sobre la mentira y el dolor, sobre la irradiación de la culpa y sobre el mal elegido. Un espejo de los errores de esta vida». Porque somos responsables de convertir el dolor que viene con la vida (de fábrica, diríamos) en daño (que aportamos nosotros). La cuestión es «si estamos dispuestos a soportar el dolor o si, por cobardía moral y negligencia intelectual, preferimos el daño».

El relato bíblico de José y sus hermanos nos habla del perdón, funda de hecho el pensamiento judío sobre el perdón. Lo esencial en él es que el perdón excluye el olvido y que debemos emprender el camino del perdón a nosotros mismos, pues perdonarnos es el complemento de conocernos y exigirnos, y teniendo en cuenta que perdonarse uno comienza por perdonar a los otros.

La muy citada últimamente parábola de los talentos de los evangelios de Mateo y Lucas tiene también su relectura. El fallo del siervo castigado no es otro que el de no haber hecho nada con lo que sabía. Pues el saber, sostiene Gándara, implica acción. Este capítulo del libro, en el que sobresalen también algunas frases aforísticas («quien no usa lo que sabe pierde incluso el deseo de saber», «ignorante no es el que no sabe nada sino el que no hace nada con lo que sabe», «el conocimiento sin acción es conocimiento desperdiciado»), contiene alguna reflexión sociopolítica por si alguien dudara del interés y la vigencia de los textos antiguos: «¿Las democracias que perpetúan la desigualdad social deben seguir siendo definidas como democracias? La vida está llena de cosas sabidas de las que hacemos caso omiso cuando hay que comprometerse con ellas». O: «No hay ninguna razón para vivir una vida en la que no hay correspondencia entre los pensamientos y los actos».

Otras cuestiones aplicables a la actualidad, aunque menos explícitas, no se le escaparán a un lector atento. No se encuentra el término victimismo en el texto de Gándara, pero este nos recuerda las palabras del coro a la Electra de Sófocles: «No solo para ti se inventó el dolor entre los mortales». «Antígona y Electra —añade— no son dos mujeres dolientes, maltratadas por el Hado y cargando con una desgracia objetiva, aunque lo pretendan y sean convincentes, sino dos egos que explotan».

La relación entre el saber y el hacer reaparece de algún modo cuando escribe Gándara: «La vida humana… es lo que se hace con ella. Sin hacer algo con la vida, la vida no es vida, es solo una peculiaridad de la materia». «Quizá la felicidad no sea otra cosa que, al término de nuestra duración, contemplar el paisaje que se extiende desde nuestro nacimiento hasta este momento postrero, y decir que hemos vivido, que hemos creado nuestra vida. Ese en realidad era nuestro destino, y ha sido cumplido».

Del amor

El personaje platónico de Diotima reflexiona sobre el amor y da pie para profundizar en el asunto. Para la filósofa, el deseo último del amor es la generación y procreación en lo bello, algo más grande que lo meramente bello. Lo primero, reflexiona Gándara, es encontrar el bien; «pero de lo que realmente se trata, por lo que se le busca, es por la generación, por la creación o procreación en ese bien que es bello y verdadero». «La fuerza que nos empuja a ir tras la belleza y a generar en la belleza se origina en algo más fuerte que nosotros (el amor) y produce algo que se prolonga más allá de nosotros, en los hijos de ese amor con la belleza».

Más adelante, cuando se ocupe de Dioniso (cuyo opuesto no es Apolo, sino Orfeo), dirá que las instituciones naturales como la familia son protectoras y salvadoras, y permiten vivir sin inquietud en su interior. La familia, además, es la depositaria de nuestra identidad en el tiempo.

Pero El banquete platónico, dice Gándara, bien mirado, más que tratar del amor, muestra qué es el falso amor, sus sucedáneos, «el amor publicitario, aventurero y radiante», novelero, todo aquel amor al que le falta la sangre del conocimiento con la que alimentar el corazón enamorado. La sabiduría que propone el amor, afirma el autor del libro, es una palpitación, una íntima disposición a saber, una curiosidad que mira el mundo con atención enamorada.

Otras advertencias sobre el amor nos las ofrece Safo, a la que le interesa el amor en cuanto desvelamiento de una conciencia ensimismada que coincide con lo que llamamos Yo; conciencia que entraña todo tipo de peligros. El Yo —la forma en que somos vistos o, mejor dicho, en que queremos ser vistos— no ama, sino que usa el amor para hablar de sí mismo. Safo percibió y quiso deshacerse de ese «elemento autoritario y totalitario que quería mandar en todo y ser obedecido en todo»; de modo que su poesía «sería menos una poesía amorosa que una poesía trágica del Yo». «No hay camino a la felicidad que no advierta de las pasiones destructoras del Yo y de la necesidad de separarse de ellas», concluye Gándara.

En todo caso, el amor es una premisa del conocimiento. «Si no te enamoras de lo que quieres conocer… entonces no lo aprenderás nunca». Primero hay una fascinación. Lévi-Strauss decía que la ciencia nace de la estética: primero contemplamos aquello que nos maravilla y más tarde tratamos realmente con ello. Christopher Marlowe lo dijo a su modo siglos antes: «Quién que amó alguna vez no amó a primera vista». «El amor verdadero es un maestro, un buen maestro. Si no aprendemos junto al otro, ¿eso es amor?», dice, por su parte, Gándara.

Caer diciendo que la vida era buena

Algunos personajes de esta tradición salen peor parados que en la interpretación tradicional. Es el caso de Antígona y de Job. La primera tiene su parte de razón, pues hay que enterrar a los muertos; pero también hay que respetar las leyes de la ciudad, como defiende Creonte. La polis debe imponerse a los vínculos biológicos y sus instituciones derivadas si aspira a sobrevivir. En cuanto a Job, incurre en el «principio de retribución», uno de los grandes enemigos de la felicidad. Job confunde a Dios con sus leyes, la penitencia con la fe, la legalidad vigente con la voz de la conciencia. Job espera, y reclama, constantemente su retribución, pero «si la felicidad depende de la retribución legal y el corazón se identifica con la ley y no con el sentimiento será difícil encontrarla en este mundo». Para quien, como Job, se pregunte por qué hacer el bien si no hay recompensa, la respuesta es fácil: «Porque el bien sigue siendo un bien. Para ti y para todos».

La República de Platón trata, entre otras cosas, de la educación, «la institución que provee de lo necesario para que conseguir las almas sean fuertes y valientes, puedan con lo que a solas no podrían». El libro le da pie a Gándara para reflexiones como estas: «¿Qué otra cosa es lo divino, sino el espectáculo de la fuerza que no creíamos tener y que de pronto se manifiesta en nosotros?». Y: «La convicción moral y la fe en que, pase lo que pase, el mundo será mejor gracias a nuestros actos, es la definición misma de felicidad que resuena en lo más recóndito de nuestro ser: ir hacia el bien, con voluntad inquebrantable»; pues lo que crea buenas personas y buenas ciudades no es la meta, sino el camino elegido.

Este trabajo de Alejandro Gándara, repleto de sugerencias, podría ir encabezado por el apunte machadiano: «-Ya se oyen palabras viejas. -Pues aguzad las orejas». Su conclusión puede resumirse en la necesidad de asumir la mortalidad, igual que nos enfrentamos al mal y debemos soportar el dolor, mirando al infierno de frente. En aceptar la vida tal como es, llena de preguntas (la vida, como la filosofía, consiste en preguntas, en un camino hecho de preguntas) y de paradojas que no se resuelven, una vida construida sobre las ruinas de los ideales humanos. Hay que amar la vida sin esperanza en salvarnos de lo que somos, pero con fe en lo que somos. Y hay que recoger ese legado de Epicuro, «la sonrisa melancólica que, al final de todo, debiera provocarnos la mortalidad». O caer diciendo que la vida era buena.

«En la incertidumbre y en las mil inquietudes que atraviesan la existencia lo único que tenemos es este tiempo de ahora, este presente, estar aquí, respirar este aire, moverse en esta luz». Eso es nuestro, nadie nos lo puede quitar. «Y este aire y esta luz están bien. Ojalá puedas sentirlos», concluye Gándara.

No es la menor virtud de este ensayo que reinterpreta la tradición el hecho de ser un estímulo, una invitación a la (re)lectura de los textos de que se ocupa.


La foto que encabeza el artículo reproduce el cuadro Discurso de Sócrates, del artista belga Louis Joseph Lebrun. Es de dominio público y puede consultarse aquí.