«La tumba de Antígona», de María Zambrano: una ética para nuestro tiempo

La filósofa actualizó la tragedia de Sófocles, desde su vivencia del exilio, y extrajo una lección universal: no hay comunidad sin duelo, ni justicia sin piedad

Antígona y Edipo. CC Wikimedia Commons
Alicia Nila Martínez

María Zambrano. (Vélez-Málaga 1904-Madrid, 1991). Filósofa y escritora. Discípula de Ortega y Gasset, fue profesora auxiliar de Zubiri en la Universidad de Madrid. Tras la Guerra Civil, vivió un exilio de casi medio siglo en Cuba, Puerto Rico, Italia y Suiza. Obtuvo los premios Príncipe de Asturias y Cervantes. De su extensa obra, entre la reflexión filosófica, la razón poética y el compromiso cívico, destacan El hombre y lo divino, Los intelectuales en el drama de España, Delirio y destino y La tumba de Antígona.

Avance

La Antígona de Sófocles obsesionó durante años a María Zambrano por su eco universal y por su significado ético y político. «No podemos dejar de oírla, porque la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida. Antígona está enterrada viva en nosotros, en cada uno de nosotros», llegó a decir. Durante veinte años, la filósofa pensó y elaboró una obra que se publicó en 1967, a caballo entre la representación teatral, la razón poética y el ensayo, en la que se sirve del trágico personaje para meditar sobre el duelo, la dignidad humana, la libertad y la justicia. A nadie se le escapan los acentos autobiográficos de la obra, dada la trayectoria de una autora que vivió en el exilio durante 40 años, por ser coherente con sus ideas y desafiar al autoritarismo.

Hija y nieta de maestros, alumna de Ortega, Besteiro y García Morente en la Universidad Central, María Zambrano se formó en la Residencia de Señoritas, donde compartió aula con Victoria Kent, Rosa Chacel y Clara Campoamor, oyendo a ilustres conferenciantes como Unamuno y Marie Curie, y allí aprendió que educar es invitar a despertar. Se trataba de ensanchar la conciencia y preparar al ser humano para la libertad y el juicio moral y, en consecuencia, para saber decir No a lo injusto, aun pagando el precio del ostracismo. La filósofa abandona España al término de la Guerra Civil y vive un largo exilio entre Francia, México, Cuba, Puerto Rico, Suiza e Italia, atravesado por dificultades económicas e inestabilidad política. Será, sin embargo, fecundo en ensayos que desarrollan su pensamiento, como La confesión: género literario; El hombre y lo divino; Hacia un saber sobre el alma; y Persona y democracia.

Una de las obras más representativas del ethos de Zambrano es, sin duda, La tumba de Antígona que, aunque publicada en los años 60, cobra singular vigencia en nuestros días. Se puede decir que es un texto para todas las épocas, como ya lo era la tragedia de Sófocles, que la autora actualiza y universaliza al mostrar un dilema eterno: obedecer una norma injusta o mantenerse fiel a la verdad. El gesto de Antígona es la afirmación de una ley anterior a la política, la que protege la dignidad del ser humano y sostiene el recuerdo de quienes han sido relegados al silencio. Al restituir la voz a los vencidos de la historia, Zambrano ofrece una lectura alternativa de la figura femenina. Su Antígona no es mártir política ni heroína trágica, es una conciencia que despierta.

La tumba de Antígona no solo reescribe un mito antiguo. Nos propone una ética para nuestro tiempo. Allí donde la memoria se debilita y el vínculo humano se quebranta, Zambrano apunta hacia una lección íntima y universal: no hay comunidad sin duelo, ni justicia sin piedad

ArtÍculo

Seis décadas después de su publicación, La tumba de Antígona (1967) sigue siendo uno de los textos en los que María Zambrano pensó con mayor hondura la relación entre memoria, piedad y justicia. Lejos de una mera reescritura del mito clásico,1 la filósofa hace de Antígona un lugar de meditación sobre el duelo y la dignidad humana. En tiempos de ruido y desmemoria, su lectura del mito de Sófocles continúa interpelándonos porque nos recuerda que toda justicia comienza con la custodia del vínculo frágil que nos une.

María Zambrano. «La tumba de Antígona». Cátedra, 2024

Zambrano se había formado intelectualmente en el Madrid de las primeras décadas de 1930, cuando la ciudad fue mucho más que la capital administrativa de España. Las reformas educativas y culturales emprendidas entonces convirtieron a la ciudad en un laboratorio ético y cultural. Las resonancias krausistas de la Institución Libre de Enseñanza, la vitalidad intelectual de tertulias y cafés, así como la cercanía de la vida política, avivaron la conciencia de una ciudadanía femenina que comenzaba a reclamar voz plena en el espacio público.

Residencia de Señoritas, el despertar de la conciencia

La ciudad fue entonces el campo de pruebas necesario para el nacimiento de la Residencia de Señoritas. Fundada en 1915 bajo la dirección de María de Maeztu, fue una de las iniciativas de mayor alcance propuesta por la Junta para Ampliación de Estudios. En sus aulas, jóvenes españolas y extranjeras compartían un proyecto cultural que aunaba estudio, humanismo y compromiso cívico. Las primeras treinta residentes tomaron posesión de las instalaciones cuando sus ocupantes masculinos se mudaron al edificio que hoy ocupa la Residencia de Estudiantes.

Aunque haya gozado de una menor visibilidad pública que la afamada colina de los chopos, los pequeños hotelitos ubicados entre Fortuny y Miguel Ángel fueron escenario de una intensa actividad intelectual de marcado acento femenino. Por las aulas y estancias de la Residencia pasaron alumnas como Victoria Kent, Maruja Mallo, Rosa Chacel y Clara Campoamor, así como conferenciantes de la talla de Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset y Marie Curie.

María Zambrano será primero alumna y después profesora de esta institución. Tras estudiar filosofía en la Universidad Central bajo la tutela de Ortega, se incorporará en 1935 al claustro de la Residencia. Desde aquellas aulas transmitió a sus alumnas la importancia del pensamiento crítico y de los valores éticos, integrando así su ideal de la razón poética en la práctica pedagógica. El modelo educativo de la Residencia rechazaba la disociación entre conocimiento y vida, un planteamiento que no podía estar más en consonancia con la visión formativa de Zambrano. Hija y nieta de maestros, creía firmemente que la educación podía transformar la sociedad, convicción que marcaría para siempre su compromiso intelectual y cívico.

La Residencia aspiraba a formar conciencia, no solo inteligencia. En ese rico contexto cultural, Zambrano comprendió que el pensamiento debía brotar del trato íntimo con la experiencia humana: el dolor, la belleza y la historia vivida. La institución le brindará el entorno profesional y cultural adecuado para desarrollar la sensibilidad trágica y compasiva que, años más tarde, cristalizará en las páginas de La tumba de Antígona. Allí comenzaba a gestarse la forma de pensamiento que convertiría la pedagogía en ética y, finalmente, en mito.

El umbral entre el aula y la polis

Aunque la estancia en la Residencia pueda parecer un capítulo inicial en la vida de María Zambrano, su trascendencia en el desarrollo intelectual de la escritora es incontestable. Allí comenzó a explorar la relación entre razón y piedad, entre política y destino personal, entre libertad y responsabilidad histórica. La Residencia fue, en sentido estricto, la matriz donde Zambrano forjó su singular forma de entender pensamiento y vida.

Su paso por esta institución le mostró, con meridiana claridad, que educar no es transmitir saber, sino invitar a despertar. En ese laboratorio pedagógico —tan moderno como íntimo— se anticipa ya la ética trágica que sustentará la forma mentis de La tumba de Antígona: la libertad no se concede, se conquista desde dentro o, como diría su compañera Clara Campoamor, «se aprende ejerciéndola».

Para Zambrano, enseñar equivalía a ensanchar la conciencia y preparar al ser humano para la libertad y el juicio moral. De ahí que su filosofía se oriente siempre hacia la formación integral del sujeto, entendida como un camino de autoconocimiento y de encuentro con el otro. Este vínculo entre formación, libertad y conciencia moral se hará especialmente visible en obras como La confesión: género literario (1943), Hacia un saber sobre el alma (1950) y Persona y democracia (1958).

La Residencia fue para Zambrano un auténtico umbral —y pocas nociones le fueron tan propias—, la brecha necesaria entre el aula y la polis que le permitió vincular aprendizaje y responsabilidad moral. Allí aprendería que educar significa dar futuro, pero también exigir memoria; que la fidelidad a la verdad puede costar la expulsión o incluso el sacrificio.

No es casual que cuando Antígona clama ante la Harpía que «hay otra Ley, la Ley que está por encima de los hombres y de la niña que llora, como yo lloré» (p. 205), su palabra abandone la esfera del mito para convertirse en logos que interpela nuestro tiempo. Esa palabra es tanto la herencia de una maestra que creyó en que enseñar es preparar para decir No a lo injusto, aun pagando el precio del exilio o del silencio impuesto.

La tumba de Antígona, la escritura del exilio

Ese impulso formativo se concretará en La tumba de Antígona, donde Zambrano retoma el mito clásico para desplazarlo hacia el terreno de la conciencia. La tragedia pasa de centrarse en el enfrentamiento entre leyes para convertirse en la historia de una decisión interior: la elección entre obedecer una norma injusta o mantenerse fiel a la propia verdad.

El gesto de Antígona no es una simple protesta, es la afirmación de una ley anterior a la política, la que protege la dignidad del ser humano y sostiene el recuerdo de quienes han sido relegados al silencio. El conflicto trágico se interioriza y se convierte en una experiencia ética que resuena claramente en la trayectoria vital de Zambrano.

La filósofa abandona España al término de la guerra civil y no regresa para quedarse hasta los últimos años de su vida. Empieza entonces un largo viaje, entre Francia, México, Cuba y Puerto Rico, atravesado por dificultades económicas e inestabilidad política. Tras más de cuarenta años lejos de España, el exilio dejó de ser una circunstancia histórica para convertirse en una forma de vida. Un lugar geográfico y espiritual desde el que escribió buena parte de su obra.

Entre 1964 y 1972, Zambrano reside en Roma y allí toma su forma definitiva La tumba de Antígona. El texto se publica en México en 1967 por Siglo XXI Editores y es el fruto de esa vida nómada y desplazada que su autora había vivido hasta entonces. Inicialmente, no se concibió como pieza destinada a la representación, sino como una obra a medio camino entre el drama y la reflexión filosófica.

Quizás porque la figura mítica de Antígona le permitió a la propia Zambrano repensar cuestiones que atravesaban su propia biografía: la pérdida, el desarraigo, la memoria y la fidelidad a una verdad interior cuando la historia se vuelve inhóspita. Como escribiría en El hombre y lo divino, «la piedad se manifiesta en lenguaje sagrado, que es acción» (p. 206).

Una voz que vuelve, la vigencia de Antígona

En un siglo atravesado por totalitarismos, destierros y genocidios, Zambrano ofrece una Antígona que elige enterrarse en vida con la certeza de que la tumba no es el final del camino. Si la versión sofoclea presenta la grandeza del gesto trágico, la de Zambrano desplaza la mirada hacia el acto íntimo que sostiene nuestra humanidad: enterrar al hermano, preservar la memoria del inocente, sostener la dignidad allí donde la violencia amenaza con borrarla.

En La tumba de Antígona, María Zambrano convierte el mito en una reflexión sobre la reparación, modificando el destino trágico fijado por la tradición clásica. En la tragedia ática, Antígona descendía al límite para dar sepultura al hermano proscrito; en la versión zambraniana, ese descenso es un umbral. La tumba deja de ser clausura y se convierte en el lugar desde el que puede repensarse la historia.

En su reescritura, la protagonista accede a un espacio donde la historia y la voz humana se quiebran, pero también donde la palabra puede renacer. Desde la piedad y el rito, Antígona afirma una ley no escrita que antecede a toda norma política.

Una ética para nuestro tiempo

Al restituir la voz a los vencidos de la historia, Zambrano ofrece una lectura alternativa de la figura femenina. Su Antígona no es mártir política ni heroína trágica, es una conciencia que despierta. Poco importa que ese silencio sea fruto del destierro o de la propia fragilidad humana; el pensamiento zambraniano insiste en que Antígona no muere solo por el hermano; muere por el derecho a la memoria, por la convicción de que toda justicia comienza en la piedad hacia los desposeídos.

La tumba de Antígona no solo reescribe un mito antiguo. Nos propone una ética para nuestro tiempo. Allí donde la memoria se debilita y el vínculo humano se quebranta, Zambrano apunta hacia una lección íntima y universal: no hay comunidad sin duelo, ni justicia sin piedad. Su obra se convierte así en una forma de hospitalidad para los muertos y para los vivos que todavía buscan su lugar en el mundo.

  1. Según el mito clásico, recreado entre otros por Sófocles, la joven Antígona desafía las leyes humanas apelando a las divinas. Durante el asedio a Tebas, había quedado insepulto y sin honras fúnebres el cadáver de su hermano Polinices, por orden de Creonte, rey de Tebas; pero Antígona le dio sepultura, desafiando la prohibición. En castigo, Creonte ordenó enterrar viva en una tumba a la joven, que una vez allí se quitó la vida. ↩︎

Imagen de cabecera: Edipo y Antígona. Óleo sobre lienzo, de Charles Jalabert (1842). El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.