Quiero entender tu mente

Conocer el mundo interior de los menores es clave para su desarrollo emocional

Foto: Pixavay / ambermb
María de los Ángeles Cueli Naranjo

María A. Cueli Naranjo. Investigadora predoctoral en el Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra. Licenciada en Psicología por la Universidad de La Habana y Máster en Psicología Aplicada por la Universidade da Coruña. Su línea de investigación se centra en la efectividad de la Terapia de pareja focalizada en las emociones.

Avance

Las palabras, gestos y respuestas que niños y niñas reciben de sus figuras cuidadoras participan en la construcción de su mundo interno. Para la infancia, las personas adultas funcionan como un espejo: a través de su mirada, su tono y su forma de acompañar, los menores aprenden progresivamente a interpretarse a sí mismos, a reconocer sus emociones y a valorar lo que sienten. Cuando ese espejo transmite calma, respeto y afecto, favorece una voz interior más segura, compasiva y capaz de sostenerse ante las dificultades. Si  predominan la crítica, la dureza o la impaciencia, esas experiencias también pueden incorporarse como formas de diálogo interno.

No se trata de una crianza perfecta, sino de una presencia consciente. Cada interacción cotidiana ofrece la posibilidad de reparar, cuidar el vínculo y mostrar que incluso en los momentos difíciles es posible sentirse querido, comprendido y acompañado. La capacidad de mentalizar de las figuras cuidadoras, es decir, la habilidad para comprender especialmente los sentimientos y pensamientos de los menores, influye notablemente en la capacidad que estos tendrán en la adultez para hablar de su mundo interior, para vincularse y, por ende, en su salud mental.

ArtÍculo

el llanto inconsolable de una niña tras perder su juguete favorito, la ira de un niño frustrado por no poder hacer un plan con su mejor amigo o la agresividad desmedida de un adolescente con su padre tras no dejarle salir de fiesta son situaciones a la que, con frecuencia, se enfrentan los adultos cuidadores. Frente a estos escenarios, es habitual que busquen una solución inmediata para corregir estas conductas negativas, invalidando en muchos casos el sentir del menor o perdiendo de vista el contexto de cada situación. Pero, ¿qué pasaría si en vez de solo corregir estos comportamientos —que no deja de ser necesario—, se abriera un espacio al diálogo para intentar entender qué está pasando más allá de lo visible?

Con frecuencia, los adultos se interesan por lo que pasa en la mente de los menores, por las emociones, deseos, necesidades, pensamientos o intenciones que preceden a sus comportamientos, pero, ya sea por el cansancio del día a día o por la falta de tiempo, pocas veces llegan a descubrirlos. Sin embargo, este interés es muy valioso para el crecimiento emocional de cualquier persona en desarrollo y merece la pena detenerse en él. A esta preocupación o curiosidad genuina por conocer el mundo interior ajeno —y el propio— se le denomina mentalización. Esta capacidad se ha definido especialmente desde el psicoanálisis por Peter Fonagy y su equipo, cuya investigación ofrece varias ideas de gran valor para las figuras cuidadoras. Conocer su existencia y practicarla de manera consciente durante la crianza salvaguarda la salud mental de los menores. La ciencia demuestra que dependiendo de cómo se ha dado este proceso de mentalización, los menores luego pueden convertirse bien en adultos capaces de dialogar consigo mismos de manera coherente y regular sus emociones, o, por el contrario, en personas que desconocen su mundo interior.

Pero, ¿qué es la capacidad de mentalizar?

Mentalizar significa atribuirle un sentido a la conducta propia y a la ajena a partir de elementos no visibles como las creencias, los deseos, las emociones, las intenciones, las actitudes o las necesidades. A estos aspectos se les denomina «estados internos» y su interpretación puede ser un proceso poco consciente o automático. Ocurre, por ejemplo, cuando se presta atención al lenguaje no verbal de una persona o a sus emociones solo a partir de sus expresiones faciales o sus gestos. 

Sin embargo, esta interpretación también puede llegar a ser un proceso bastante consciente, del cual se suele hablar más, ya que hay mayor reflexión acerca de lo que significa una conducta, con base en la experiencia interna y no tanto en indicadores visibles. Como adulto, recurrir a la mentalización para afrontar el caso de la niña que llora inconsolablemente supondría lo siguiente: en lugar de decir «no llores más, no es para tanto», pararse a pensar en lo que está pasando por su mente. El adulto podría reflexionar y preguntarse si quizá la pequeña se comporta de ese modo porque siente que ha perdido algo muy valioso e insustituible, o porque piensa que se sentirá más sola en la cama, ya que el juguete era su única compañía en las noches. Podría decirse que mentalizar en este contexto de cuidado supone mantener una actitud de curiosidad razonable: «No sé exactamente qué te pasa, pero quiero intentar entenderlo contigo».

Mentalizar es una capacidad que poseen los seres humanos —sustentada en distintos sistemas neuronales— que, aunque pueda parecer que propone adivinar lo que está en la mente propia o ajena, se trata de una competencia clave en términos individuales y relacionales. Al permitir organizar y dar un sentido al mundo interno propio, es decir al «quién soy, qué pienso, qué siento», facilita el entendimiento del mundo del otro y, por ende, la empatía.   

Pensar las emociones

Que los adultos responsables pongan en práctica esta capacidad de manera consciente resulta especialmente importante porque los niños y las niñas no nacen sabiendo identificar lo que sienten. Este conocimiento lo consiguen especialmente a través del reflejo o espejo que le hacen sus figuras cuidadoras. Por ejemplo, en el caso del niño que aparentemente está frustrado por no poder hacer un plan con su mejor amigo, es posible que aún no disponga de palabras para comprender realmente lo que le pasa y calmar así su ira.

Si el adulto asume una postura de cercanía y entendimiento, reflejando esta frustración, puede llegar a conocer que quizás tiene miedo a no encontrar entretenimiento en casa. El diálogo con el adulto puede abrir un espacio que permita, en primer lugar, validar el estado emocional —«entiendo que esto te dé mucha rabia»—, y luego organizar la experiencia interna para entenderla: «Quisiera saber por qué te pones tan mal por este amigo, ¿será, tal vez, porque algo te da miedo?». Esta sería una primera traducción de la emoción, que luego será interiorizada por el menor y formará parte de su diálogo interno. En el futuro, será capaz de decir: «Esto me dio mucha rabia, por miedo a quedarme aburrido en casa». 

Si en esa situación, el adulto no asume una postura mentalizante, es posible que las experiencias de tristeza en este menor no sean del todo entendibles y en el futuro solo sea capaz de ver la rabia o la frustración. Igualmente, es posible que le resulte difícil acceder a su historia emocional porque los hechos o las conductas no tuvieron un significado atribuido, es decir, no dejaron una huella. Habitualmente, estas personas cuentan con poco vocabulario emocional.

A día de hoy, ese niño siendo adulto podría preguntarse: «¿Con qué palabras describo lo que siento, si nunca nadie me enseñó a pensar sobre lo que estaba sintiendo, ni atribuirle un sentido de acuerdo a lo que estaba pasando en ese momento?». En el fondo, estos adultos también suelen pensar que nadie se preocupó genuinamente por ellos en la infancia. Los menores que viven experiencias de cierto descuido emocional en etapas más avanzadas suelen tener problemas para regular lo que sienten, especialmente por el desconocimiento de su estado interno. Esta desorganización podría describirse como si las emociones no pasaran por la mente, y movilizaran el comportamiento directamente. Y es porque la mente nunca ha pensado al respecto de las emociones, ni les ha dado una forma.   

En resumen, a temprana edad, los menores comienzan a vivir intensamente su mundo emocional y aprenden a comprenderse a sí mismos cuando primero han sido comprendidos por otras personas. Si no hay una figura que organice y dé sentido a lo que experimentan consigo mismos, y en relación con los demás, poco sabrán en el futuro acerca de lo que pasa en su interior. Y tampoco acerca de lo que puede estar ocurriendo en un otro significativo —dificultad especialmente relevante en las relaciones adultas íntimas—. Con el tiempo, todas las traducciones del mundo emocional provistas por las personas adultas se interiorizan y pueden favorecer el autoconocimiento y la compasión, esenciales en momentos de dificultad cuando se necesita ayuda.

Claves para una educación sensible

El camino de favorecer un tipo de crianza que no reduzca a los niños y niñas a sus conductas —al llamarlos malcriados, pesados, molestos o llorones—, debe tener en cuenta que tanto las palabras como el modo de hablar son clave. No solo importa lo que se dice, sino desde dónde se dice. Si el menor recibe mensajes de crítica o rechazo, su diálogo interno tomará este tono negativo cuando piense sobre sí mismo. No es igual poner un límite ante una conducta negativa, bajo la etiqueta de «lo haces para molestar», que decir «parece que estabas buscando atención, pero esta no es la manera correcta». La primera respuesta sella una posible identidad negativa sin importar el contexto y desconociendo los estados internos; la segunda describe una conducta y abre una posibilidad de cambio o de indagación.

Un trato amable en el vínculo con los menores favorece en estos una voz interna más segura y compasiva. Mientras que un diálogo impaciente y poco comprensivo puede generar mucha autocrítica y vergüenza en el futuro. Aunque se elijan conscientemente las palabras que se deseen cultivar en los menores, ello no garantiza por sí solo su salud mental plena, pero sí posibilita una base emocional más segura. De esta manera, aprenden a conocer mejor su mundo interior sin quedar atrapados en él.

No se trata de educar de manera perfecta, sabiendo también que los propios adultos cuidadores pueden no haber tenido un buen espejo emocional. Pero sí de aprovechar pequeñas oportunidades para cultivar ese entendimiento que se desea tengan los menores en el futuro consigo mismos y con los demás. Se trata de mostrarles de pequeños que se pueden sentir entendidos, incluso en los peores momentos. A veces basta con una frase validante, una mirada menos acusadora o una pregunta curiosa. 


La imagen que ilustra este texto es del repositorio de Pixabay, la firma ambermb y se puede consultar aquí.