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Ver productosEl mundo necesita hoy un nuevo pacto internacional de gran alcance, como el de Bretton Woods en 1944, que incorpore el aspecto digital y de gobernanza tecnológica.

4 de febrero de 2026 - 16min.
Economista del Estado. Ha sido secretaria general de Ciencia e Innovación, secretaria de Estado de Comercio y presidenta del ICEX España Exportación e Inversiones.
Avance
La actual arquitectura económica mundial fue diseñada en una época y unas circunstancias muy distintas de las de ahora. Han quedado parcialmente obsoletos el orden de la posguerra e incluso la malla de normas que reforzaron el uso del derecho internacional frente a la ley del más fuerte. El orden global se ha visto sometido a embates como la crisis de 2008, la pandemia de covid-19, y la guerra comercial entre EE. UU. y China, que han puesto en evidencia disfunciones generadas por la globalización, lo cual ha desatado, a su vez, una ola proteccionista en lo económico y de populismos y nacionalismos en lo político.
Es más necesaria que nunca una gobernanza global que represente mejor a todos (más inclusiva), con normas acordadas democráticamente (más legítima) y guiada por principios ecológicos y de justicia social (más sostenible). Para lograrlo, los Estados deberían acordar y alcanzar cinco grandes pactos. En primer lugar, un pacto económico, financiero y fiscal internacional que coordine estabilidad, acceso justo a liquidez, gestión ordenada de deuda soberana y un conjunto de normas para la gobernanza y transparencia financiera global. Un pacto comercial, en segundo término, que contribuya al desarrollo inclusivo, reduzca las tensiones geopolíticas y fomente la transición ecológica; para ello se deberá reforzar la transparencia, evitando prácticas desleales y ofreciendo un espacio equilibrado tanto para economías desarrolladas como en desarrollo. El tercer pacto es el digital que sirva para regular la gobernanza tecnológica estableciendo reglas multilaterales sobre el uso de datos personales, privacidad y propiedad digital. En cuarto lugar, un pacto social y de derechos humanos que garantice el respeto y la igualdad de las mujeres; empleo digno, inclusivo y sostenible; salarios justos; y que fortalezca el dialogo social entre estados, sindicatos y empresas para equilibrar productividad con bienestar. Por último, un pacto por la paz y la seguridad global que regule la carrera armamentista y conforme una nueva arquitectura, mediante mecanismos institucionales que aseguren su cumplimiento. Se trataría, en fin, de cambiar las reglas del juego para equilibrar poder, reducir desigualdades y afrontar colectivamente las amenazas que se ciernen sobre el sistema económico internacional.
ArtÍculo
Cuando hablamos de economía global nos solemos referir al conjunto interconectado de actividades económicas que ocurren entre los países del mundo, lo que significa pensar en comercio, finanzas, personas o tecnología que circulan a nivel internacional, detrás de los cuales existen reglas, acuerdos e instituciones que ordenan cómo se mueven los capitales, cómo se resuelven disputas comerciales y cómo se coordinan los países frente a crisis, es decir, todo lo que venimos a llamar una gobernanza económica global definida.
Las reglas que tenemos hoy fueron diseñadas en otro mundo, tras la Segunda Guerra Mundial, con EE. UU. como gran potencia global y con Europa en plena reconstrucción. Esta arquitectura económica internacional se fue construyendo desde ese momento hasta ahora como consecuencia de diferentes periodos de crisis. Ocurrió con Bretton Woods en 1944, diseñado para un mundo de posguerra con predominio de potencias occidentales y un grado de interdependencia mucho menor. Más tarde, se estructuró la relación entre estados soberanos mediante regímenes supranacionales sobre la base de principios neoliberales-institucionalistas durante los años setenta y ochenta, y ello permitió el auge de la cooperación internacional y la integración económica global. Instituciones como Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM), entre otras, reforzaron el uso del derecho internacional frente a la ley del más fuerte, que había sido la base relacional entre territorios en periodos anteriores, y todo ello ayudó al avance de la globalización bajo el entendimiento de beneficios mutuos mantenidos en el tiempo.
La actual ola proteccionista surgida tras la crisis financiera de 2008, la pandemia de covid-19, y la guerra comercial entre EE. UU. y China han puesto en evidencia la necesidad de un rediseño institucional, pues nos encontramos ante circunstancias que no están siendo adecuadamente internalizadas en las reglas de juego vigentes. Hoy, vivimos en un escenario mucho más complejo (una economía mundial altamente integrada, multipolar, digital, con crisis climáticas, crecientes externalidades globales y tensiones geopolíticas permanentes) y esas viejas instituciones antes mencionadas no alcanzan a dar respuestas a las necesidades de países ni tampoco de ciudadanos.
Hemos avanzado ya veinticinco años de este siglo XXI y nos encontramos con una gobernanza global en crisis, con signos de obsolescencia, en transformación y en construcción de una nueva realidad mundial que va a demandar de nuevas normas, pactos y acuerdos internacionales mediante los cuales se regule la economía internacional que se está conformando hoy. Su forma definitiva dependerá de múltiples factores políticos, económicos, tecnológicos y sociales, para enfrentar los retos actuales, que demandarán reformar instituciones, redistribuir el poder, e integrar conceptos como el de sostenibilidad y justicia global, para dar respuesta a cambios estructurales como la multipolaridad, la digitalización y los desafíos ambientales. La gobernanza económica del futuro tiene que hacerse más ilusionante para las generaciones que van a vivir ese mundo crecientemente complejo e interdependiente, y para ello deberá ser más inclusiva, democrática y resiliente, o correrá el riesgo de volverse irrelevante.
Cuando China entró a formar parte de la OMC a comienzos del siglo XXI, se le dieron facilidades que impulsaron sus exportaciones al mundo, permitieron que su economía creciera de forma explosiva y el país se consolidara como una nueva potencia global, al mismo tiempo que empezó a debilitarse el poder dominante y hegemónico de Estados Unidos. Esto puso en evidencia disfunciones económicas generadas por la globalización y los cambios tecnológicos, que han traído como consecuencia un surgimiento del populismo y el auge de partidos políticos extremos en diferentes países occidentales y menos desarrollados y un retorno de los nacionalismos identitarios, tensionando el actual sistema económico internacional y poniendo en cuestión las bases ideológicas e institucionales que sostenían el orden liberal internacional. Este cambio se ha reflejado en un mayor peso del G20 (ampliado con China, India, Brasil y Sudáfrica) frente al G7 como principal espacio de coordinación económica internacional, en la puesta en marcha de iniciativas como la de la Franja y la Ruta (un plan Marshall auspiciado por China para algunos países asiáticos), la aparición de nuevas instituciones multilaterales y el fortalecimiento del grupo BRICS, muy críticos con el dominio occidental sobre el FMI y el BM.
Todo este entorno cambiante nos lleva a preguntarnos hasta qué punto las instituciones hoy existentes están preparadas para enfrentar los nuevos desafíos interrelacionados de la economía internacional tales como: la desigualdad global y regional con una concentración de riqueza asimétrica entre el Norte y el Sur del mundo; la crisis climática y la transición energética que exigen una integración más profunda entre economía, medio ambiente y desarrollo; la aceleración de procesos como la digitalización, la relocalización de cadenas de valor y la multipolaridad emergente e inestable; o un poder global repartido entre varios actores (EE. UU., China, la UE, India, y bloques regionales) con intereses divergentes que puede fortalecer el multilateralismo o fragmentarlo en acuerdos bilaterales o regionales.
Está claro que el actual sistema económico internacional de corte neoliberal está hoy en cuestión y existen ya debates abiertos sobre cómo será el sistema que lo sustituya: si un retorno al concepto de «equilibrio de poder» imperante entre los imperios europeos que se disputaron el territorio durante siglos mediante el juego de alianzas entre ellos; el retorno de «reyes/lideres absolutistas y personalistas» no basados en estados soberanos, sino en élites político-económicas que deslegitiman las estructuras tradicionales del Estado y la división de poderes en favor de ciertas élites económicas y tecnológicas que pueden ejercer un control total sobre el sistema (véase a modo de ejemplo el Trump 2.0), o cualquier otro sistema. El riesgo de que el nuevo sistema internacional torne en uno u otro sentido es hoy muy grande y por ello los líderes mundiales deben fijarse como objetivo el conseguir una gobernanza global que represente mejor a todos (más inclusiva), con base en normas acordadas y con participación democrática (más legitima), con capacidad de acción rápida ante las crisis venideras (más eficaz) y guiado por principios ecológicos y de justicia social (más sostenible).
Está claro que en esta nueva realidad será indispensable integrar la dimensión ambiental a la gobernanza económica, incluyendo mecanismos de financiamiento climático, transición energética justa y cooperación en tecnologías limpias. Habrá que abordar cómo evitar que la brecha digital sea una nueva forma de desigualdad estructural, estableciendo nuevos marcos regulatorios globales por el impacto de la inteligencia artificial, la economía de plataformas, las criptomonedas y la automatización. Y asimismo será preciso abordar la pérdida de confianza y el descontento ciudadano con la globalización y las instituciones internacionales mejorando la transparencia, la participación y la rendición de cuentas para su reconstrucción, ya que consideran sirven a las élites económicas y esto alimenta el nacionalismo económico y el populismo. Pero para conseguir todo ello, se requiere que los Estados se pongan de acuerdo y lleguen a pactos internacionales económicos, fiscales, digitales, climáticos, financieros y sociales.
Como ya se ha mencionado, el sistema financiero internacional actual creado tras la Segunda Guerra Mundial (Bretton Woods) que dio lugar al FMI y al Banco Mundial, con reglas dominadas por EE. UU. y Europa, hoy está en crisis por ser insuficiente y asimétrico y esta crisis no es solo coyuntural, sino estructural y multidimensional pues combina problemas de deuda e inflación, tensiones geopolíticas, disrupciones tecnológicas y desigualdades sistémicas. Por ello, los Estados deberían plantearse la necesidad de crear un nuevo sistema o marco multilateral vinculante que coordine estabilidad macro financiera, acceso justo a liquidez y financiación (incluyendo clima y desarrollo), gestión ordenada de deuda soberana, y un conjunto de normas para la gobernanza y transparencia financiera global. Podría hablarse de un pacto económico, financiero y fiscal internacional con protocolos técnicos sobre deuda, liquidez, impuestos, y clima entre otros, que podría tener una función complementaria y coordinadora frente a FMI, Banco Mundial, Banco de Pagos Internacionales, bancos regionales de desarrollo y la ONU, actuando como plataforma de coordinación y árbitro en materias donde hoy faltan reglas multilaterales eficaces. Con mecanismos de voto ponderado (democratizado) que aumenten la representación del Sur Global, pero con un límite de bloqueo que evite vetos de una sola economía pequeña.
Tenemos hoy un endeudamiento excesivo (deuda pública y privada) tanto de países como de empresas y familias que acumulan niveles históricos y genera riesgos de sostenibilidad, especialmente cuando las tasas de interés suben, y es por ello que los países emergentes están demandando mayor representación y poder de voto ampliado en las instituciones financieras internacionales, y la puesta en práctica de mecanismos de deuda soberana justa que eviten el sobreendeudamiento, y priorice el desarrollo sostenible, quizá creando una moneda de reserva global alternativa al dólar (algunos economistas reclaman unos derechos especiales de giro ampliados), aunque aún no existe un sustituto sólido. El hecho de que el dólar siga siendo la moneda dominante genera una dependencia global de la política monetaria de EE. UU. y una especial vulnerabilidad para estas economías emergentes que además se enfrentan a una inflación global persistente.
Asimismo, el auge de las criptomonedas y la experimentación con monedas digitales de bancos centrales (CBDC) plantea desafíos a la estabilidad monetaria, la regulación y la soberanía financiera; y, por otro lado, las plataformas fintech aumentan la inclusión financiera y, a la vez, generan riesgos por la falta de supervisión comparable a la banca tradicional, y esto es relevante pues gran parte de la población mundial sigue sin acceso a servicios financieros seguros y asequibles.
El sistema sigue fomentando la concentración del capital y tiende a beneficiar a los mercados desarrollados y a las grandes corporaciones, aumentando la brecha entre centro y periferia. Esta es la razón por la que, en el terreno fiscal, cada vez hay más voces y países que claman contra la evasión fiscal corporativa. Por ello, un pacto fiscal global debería basarse en la transferencia de datos fiscales entre países, en incluir un impuesto mínimo corporativo global como el acordado en la OCDE (15%), en la eliminación gradual de los paraísos fiscales (quizá fijando sanciones internacionales), y en la creación de un fondo global de equidad y cohesión que apoye a países más vulnerables.
Los datos de la evolución del comercio internacional durante las décadas de globalización avalan que este ha sido impulsor de crecimiento de la riqueza global de manera considerable, pero también ha traído desigualdades y deterioro ambiental. La OMC y su antecesora el GATT que fueron lideradas durante décadas por EE. UU. como gran impulsor del comercio internacional, enfrenta una crisis de legitimidad y eficacia que exige una reforma profunda, especialmente desde que el Liberation day acabó con el orden comercial basado en normas de no discriminación. Su principal problema es el estancamiento del sistema de solución de diferencias, especialmente por el bloqueo del órgano de apelación, que genera inseguridad jurídica en las disputas comerciales.
Ello requiere de un pacto urgente y renovado que ponga en marcha una reforma que tenga en cuenta los aspectos que más han frenado su evolución; garantizando que el comercio contribuya al desarrollo inclusivo, reduzca las tensiones geopolíticas y fomente la transición ecológica; reforzando la transparencia, evitando prácticas desleales y ofreciendo un espacio equilibrado tanto para economías desarrolladas como en desarrollo; revisando las reglas de propiedad intelectual que garanticen el acceso universal a tecnologías claves para el bienestar social como las médicas y energías limpias; y dando mayor participación a los países del Sur Global en los órganos de decisión. Todo ello incluyendo principios vinculantes de trabajo decente, derechos humanos y sostenibilidad ambiental, y regulando temas estancados como el comercio electrónico, las cadenas de valor globales o los subsidios estatales estratégicos, debería formar parte de un nuevo consenso global que diera lugar a una nueva OMC reformada que hiciera posible un comercio más justo, previsible y sostenible.
Pero un pacto de comercio justo y medioambiental que aborde la crisis climática debería recoger también acuerdos regionales que promuevan cadenas de valor con normas sociales y ecológicas exigentes, evitando el «dumping ambiental», definiendo mecanismos de ajuste fronterizo por emisiones de carbono, y estableciendo sistemas de apoyo financiero y tecnológico a países con menores capacidades para transitar hacia una economía baja en carbono; promoviendo la coordinación global de mercados de carbono justos y transparentes; estableciendo un fondo de pérdidas y daños real y operativo, financiado por países industrializados y grandes emisores; y, en definitiva, fijando un pacto climático universal vinculante, con metas claras y sanciones por incumplimiento. Los flujos financieros internacionales aún no se alinean con la transición energética y la sostenibilidad y los eventos climáticos extremos generan costes crecientes y riesgos para aseguradoras y bancos.
Existen otro posibles escenarios para el sistema de comercio mundial en el futuro como podría ser un comercio sin normas, un nuevo orden comercial fragmentado y multipolar estructurado en torno a diversos intereses o —como se sugiere en los párrafos anteriores—, la creación de un nuevo orden regulado bajo una OMC reformada u otra institución que la sustituyera, recogiera y gestionara las reglas que se establecieran; pero esta última alternativa pasa por la aquiescencia de los dos grandes líderes actuales (China y EE. UU.) que autorizaran someterse a normas y pasa también por la capacidad del resto de países del mundo para acordar y regular un sistema sólido de comercio internacional.
De todos es sabido que la revolución digital ha transformado nuestras vidas, la economía, la seguridad y la privacidad y, sin lugar a duda, no es posible plantear la creación de un nuevo sistema económico internacional sin que este incorpore un pacto digital y de gobernanza tecnológica, que regule el tránsito y la gobernanza de datos, pues, a día de hoy, no existe una regulación global coherente. La nueva gobernanza de datos y soberanía digital a nivel global debe concebirse como un marco equilibrado que diseñe reglas multilaterales sobre el uso de datos personales, privacidad y propiedad digital, que garantice la libre circulación de información necesaria para la economía digital, pero respetando los derechos fundamentales de los ciudadanos y la capacidad de los estados para proteger sus intereses estratégicos, adaptándose a la diversidad cultural y normativa de cada región. Esta nueva gobernanza debe fomentar la interoperabilidad regulatoria, de modo que los flujos de datos transfronterizos sean posibles sin generar asimetrías ni dependencia tecnológica excesiva y para ello, será preciso crear mecanismos multilaterales para coordinar normas sobre almacenamiento, transferencia y tratamiento de datos, evitando que unos pocos actores (elites tecnológicas, grandes plataformas digitales o potencias tecnológicas) concentren el poder sobre los mismos.
Un pacto global en esta materia debería poner el acento en la creación de un ecosistema digital más justo, seguro y leal que garantice la competitividad económica global e impulse el desarrollo inclusivo y sostenible. Esto pasa por garantizar un reparto equitativo de los beneficios de la digitalización, y por definir un marco multilateral o acuerdo global en el seno de organismos internacionales (ONU, OMC, G20) sobre transferencias de datos, ciberseguridad y estándares digitales, impulsando infraestructuras digitales compartidas (inversiones en redes, centros de datos y tecnologías abiertas que reduzcan la concentración en pocas potencias); definiendo estándares éticos en inteligencia artificial y big data para el uso transparente y responsable de algoritmos; y fortaleciendo las capacidades nacionales y competencias regulatorias y técnicas de los Estados en desarrollo. ❡
La nueva gobernanza económica global no puede establecerse de manera separada de la justicia social. Los desafíos de transformación tecnológica, crisis climática y desigualdades crecientes deben abordarse mediante una coordinación internacional que garantice respeto a las mujeres como ciudadanos de primera igual que los hombres, y empleo digno, inclusivo y sostenible para todos, con salarios mínimos dignos, protección laboral y negociación colectiva, sin trabajo forzoso, infantil y precario, con protección de los trabajadores en plataformas digitales (gig economy), fortaleciendo el diálogo social internacional (entre estados, sindicatos y empresas) para equilibrar productividad con bienestar, y garantizando derechos laborales básicos incluso en países con menor capacidad, mediante apoyos financieros internacionales.
Todo este abanico de prioridades sociales tendría como objetivo la reducción de las desigualdades y la protección de los más vulnerables, trabajando en línea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y teniendo en consideración lo establecido en el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular (2018), recogiendo la migración climática como categoría legítima dentro del derecho internacional humanitario.
Todos estos pactos, a los que habría que añadir un pacto por la paz y la seguridad global que regulara entre otras cosas la carrera armamentista en nuevas tecnologías (ciberarmas, inteligencia artificial militar, drones autónomos), conformarían la nueva arquitectura global junto con las reglas y normas de actuación. Pero todo ello requiere de mecanismos institucionales que aseguren su cumplimiento, de tribunales globales (fiscales, ambientales, digitales) con jurisdicción supranacional limitada pero efectiva. También es necesario el reforzamiento del Acuerdo de Paris de 2015 sobre los compromisos por un cambio climático global vinculante; urge una reformulación del sistema ONU o la creación de un Consejo de Coordinación Global dentro de él integrado quizá por Estados, sociedad civil, sector privado y academia; y una revisión del contrato social creando espacios de participación ciudadana transnacional, con foros abiertos, consultas vinculantes y mecanismos de control social.
En definitiva, si se quiere construir un nuevo sistema económico internacional y una nueva gobernanza global más preparada para dar respuesta a los actuales desafíos globales, y que evite caer en el poder de las élites o en sistemas basados en equilibrios de poder, es preciso consolidar un marco efectivo, legítimo y ágil, capaz de anticipar riesgos, movilizar recursos, garantizar un desarrollo equitativo y sostenible, coordinar políticas y asegurar su cumplimiento, con beneficios tangibles en resiliencia, y competitividad.
No solo se trataría de reformar instituciones, sino de cambiar las reglas del juego para equilibrar poder, reducir desigualdades y enfrentar colectivamente los riesgos globales. Solo así, esa nueva gobernanza internacional será aceptada e ilusionante para las actuales generaciones que ya conforman el futuro global.
Bibliografía
Banco Mundial. (2024). Informe sobre el desarrollo mundial 2024: Repensar la cooperación para un mundo fragmentado. Washington, D.C.: Banco Mundial.
Organización Mundial del Comercio (OMC). (2023). World Trade Report 2023: Re-globalization for a Secure, Inclusive and Sustainable Future. Ginebra: OMC.
Naciones Unidas. (2018). Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Nueva York: ONU.
OCDE. (2021). Marco inclusivo sobre la fiscalidad de la economía digital: Impuesto mínimo global del 15%. París: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
Foto: Hotel Mount Washington, donde se firmaron los acuerdos de Bretton Woods. CC Wikimedia Commons / Sven Klippel