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Ver productosEl exmagnate de prensa y candidato al Nobel de la Paz ha sido condenado a 20 años, y puede convertirse para Pekín en lo que Mandela fue para el apartheid surafricano y Sajarov y Solzhenitsin para la URSS de Breznev

17 de febrero de 2026 - 12min.
Avance
Un tribunal de Hong Kong ha condenado al empresario y activista prodemocrático Jimmy Lai a veinte años de prisión por «conspiración con fuerzas extranjeras», en aplicación de la Ley de Seguridad Nacional impuesta por Xi Jinping en 2020. El juicio fue una farsa, porque Lai estaba condenado de antemano, y la sentencia refleja que la antigua colonia británica se ha convertido de facto en apéndice de Pekín, pese al modelo prometido de «un país, dos sistemas».
Nacido en 1947 en Guangzhou, Lai huyó con doce años a Hong Kong escapando de la pobreza y de la represión del régimen de Mao Tse-Tung. A base de trabajo duro, logró prosperar como empresario textil y fundó la marca Giordano, antes de convertirse en multimillonario y magnate de medios. La represión de las protestas de Tiananmén en 1989 transformó su vida: decidió dedicar su fortuna a defender la democracia y creó el semanario Next y el diario Apple Daily, publicaciones críticas con el Partido Comunista Chino.
Con el paso de los años, Lai se convirtió en uno de los rostros más visibles de la disidencia hongkonesa, participando en protestas como la Revolución de los Paraguas y denunciando la erosión de libertades. Cuando se impuso la Ley de Seguridad Nacional y se cerró Apple Daily, el magnate tuvo ocasión de escapar, pero en lugar de eso permaneció en Hong Kong hasta que fue arrestado.
Convertido al catolicismo a los 50 años por influencia de su esposa, Teresa Li, fue bautizado por el cardenal Joseph Zen, otro disidente que también ha estado en prisión. Jimmy Lai afirma que la fe y la oración sostienen su resistencia, a pesar de las duras condiciones de la condena, que —como ha dicho su hijo Sebastián— equivale a una pena de muerte, dada su edad (78 años) y sus problemas de salud. El caso del activista ha suscitado un clamor internacional, por parte de gobiernos y organismos, pidiendo su excarcelación. Símbolo de la lucha por la libertad frente al autoritarismo chino, fue propuesto para el premio Nobel de la Paz, en 2023. Jimmy Lai puede convertirse para Xi Jinping en lo que fueron Mandela para el régimen del apartheid surafricano o Sajarov y Solzhenitsin para el régimen soviético de la era Breznev.
Análisis de nueva revista
Un tribunal de Hong Kong ha condenado al disidente anticomunista Jimmy Lai a 20 años de cárcel por «conspiración con fuerzas extranjeras». La sentencia, la más severa dictada desde la entrada en vigor de la ley de seguridad nacional en 2020, convierte al empresario en el símbolo más visible de la lucha contra la represión comunista en la antigua colonia británica.
En teoría, rige en Hong Kong el modelo pactado entre el Reino Unido y China, «un país, dos sistemas», pero en la práctica la democracia ha sido desmantelada y el enclave resulta ser un apéndice controlado por el Partido Comunista. Y Lai se ha significado durante las últimas décadas como el enemigo público número uno del régimen de Pekín.

Sobre todo, porque se trata de un hombre nacido en China que para huir de la miseria y la opresión de la República Popular llegó siendo un niño a Hong Kong y fue capaz de levantar un emporio —primero textil y luego de medios de comunicación— y se ha dedicado a defender la libertad y los derechos humanos, criticando la injerencia de China comunista en el antiguo enclave británico.
Lai fue arrestado en 2020, al amparo de la ley de seguridad nacional, y sus medios de comunicación, la revista Next y el diario Apple Daily, clausurados, a fin de acallar una voz crítica. Pero lo que Pekín no ha podido apagar es el clamor internacional a favor del disidente, que en 2023 fue propuesto al premio Nobel de la Paz por una comisión del Congreso de EE. UU. junto con el cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, que también fue perseguido por las autoridades comunistas.
La vida de Jimmy Lai parece una novela de Dickens: niño criado en la pobreza que recogía colillas de cigarrillos para venderlas y poder comer, y que, a base de tesón y trabajo duro, se convierte en millonario y magnate de medios de comunicación. Pero la novela de su vida da un giro y ahora, cuando ha llegado a la vejez, comienza a parecerse a las peores pesadillas descritas por Solzhenitsin.
Lai Chee-Ying, más conocido como Jimmy Lai, nació en 1947 en un suburbio de Guangzhou (China). A los dos años, Mao ganaba la guerra civil que libraba con los nacionalistas de Chang Kai Chek y nacía la República Popular comunista. Cuando Lai tenía tres años, su padre abandonó el hogar rumbo a Hong Kong, y su madre fue víctima de los funcionarios comunistas que la obligaron a desfilar por las calles con un gorro de burro y a pedir perdón de rodillas por su pasado burgués y contrarrevolucionario. Lai y sus dos hermanas recogían colillas usadas para revenderlas como cigarrillos, robaban comida y hacían de raterillos para gángsteres locales.
A los doce años, huye de la hambruna en dirección a Hong Kong, entonces colonia británica, embarcando como polizón en un pesquero. Una vez allí, dormía en un tablón en una fábrica de guantes, trabajaba duro por sueldos de miseria y llegó a perder un dedo y quedar sordo de un oído por un accidente laboral. A los 26 años, con 900 dólares en el bolsillo y otros 385 prestados, invirtió en la bolsa de Hong Kong y con las ganancias adquirió una fábrica textil, y comenzó a proveer sus productos a grandes minoristas estadounidenses.
En 1981, Jimmy Lai fundó Giordano, que revolucionó el mercado de ropa de Hong Kong con su concepto de «moda rápida». Veinte años después, aparecía en la lista de Forbes como uno de los hombres más ricos del enclave, con un patrimonio de 1.200 millones de dólares.
Era el típico nuevo rico, con Rolls Royce y un oso como mascota, que no se metía en política, ni tenía la menor inquietud social… hasta que la brutal represión del gobierno chino contra los manifestantes de Tiannamen, en 1989, le hizo reaccionar. «Mi corazón se abrió. Fue como si mi madre me llamara en plena noche», confesó. Imprimió las caras de los líderes estudiantiles en camisetas, las vendió y recaudó 200.000 dólares para el movimiento democrático. No contento con eso, Jimmy Lai decidió usar su fortuna para defender los ideales democráticos frente al régimen comunista de Pekín. Primero fundó el influyente semanario Next y después el diario Apple Daily.
Este último era un tabloide que combinaba opiniones controvertidas, periodismo de investigación contundente y exclusivas de paparazzi. Lai puso a sus periodistas y fotógrafos en scooters para cubrir «los altibajos de la efervescente democracia de Hong Kong», cuenta la periodista Tina Brown.
Un artículo publicado en 1994, en el que se criticaba abiertamente al entonces primer ministro chino Li Peng, lo enemistó definitivamente con Pekín. El Gobierno chino presionó a las autoridades de Hong Kong para arruinar los negocios de Lai y la respuesta de este fue vender sus acciones del holding textil para fortalecer Apple Daily.
Lai se significó, entonces, como uno de los principales disidentes del Gobierno chino, comparable a lo que fue el físico ruso Andrei Sajarov frente a la URSS de Breznev, como dijo el vicepresidente americano Mike Pence. Sus medios de comunicación se convirtieron en arietes, primero contra Pekín y después contra su gobierno títere en Hong Kong, cuando el enclave dejó de ser colonia británica en 1997.
Para muchos ciudadanos de Hong Kong, Lai representaba la defensa de la libertad de expresión. Para las autoridades de Pekín, en cambio, era un traidor, un actor incómodo que desestabilizaba el orden público.
El magnate encabezó movimientos de protesta como la llamada Revolución de los Paraguas, de 2019, cuando millones de hongkoneses salieron a las calles para exigir democracia real y sufragio universal, y fueron reprimidos por la policía, que no dudó en lanzar gas pimienta contra aquellos.
Le costó caro. Fue detenido en varias ocasiones y amenazado de muerte; y tuvo que sufrir el acoso de sicarios que, entre otras cosas, asaltaron su casa lanzando cócteles molotov. De nada sirvieron las protestas de Naciones Unidas, ni las denuncias de diversas organizaciones internacionales por lo que consideraban ataques a la libertad de expresión.
Con la ley de seguridad nacional en 2020, Xi dio una nueva vuelta de tuerca contra la antigua excolonia, ya que, como dijo Lai, era «una sentencia de muerte para las libertades de Hong Kong». Comenzando por la libertad de expresión: las autoridades congelaron los activos de la empresa editora de Apple Daily y el diario se vio obligado a cerrar. El propio empresario no tardó en ser arrestado, bajo las acusaciones de terrorismo, subversión y connivencia con fuerzas extranjeras. Lai tuvo la oportunidad de escapar al extranjero, pues posee casas en Kioto, Londres, París y Taipéi, pero en lugar de huir redobló sus esfuerzos en la lucha por la democracia, señala su biógrafo Mark Clifford. En sus últimos cinco meses de libertad, transmitió en directo programas semanales de vídeo con políticos, diplomáticos, periodistas y figuras religiosas.
Incluso en prisión, sigue jugando un papel decisivo, porque se ha convertido en un símbolo de resistencia frente a la tiranía. «Era tan aburrido ser solo un empresario y limitarse a ganar dinero», ha llegado a decir. «Quería vivir mi vida de una manera significativa; me alegro de haberlo hecho». Jimmy Lai es ahora la voz de los sin voz: los 1.800 presos políticos de Hong Kong, que tiene una población de 7,4 millones de personas.
Tras un lustro entre rejas, Lai ha sido condenado a veinte años. El juicio fue una farsa, pues antes incluso de que comenzara, Pekín ya lo había declarado culpable. Como recuerda su hijo, Sebastián Lai Sung-yan, el ministro de seguridad de Hong Kong se jactaba de una tasa de condenas del 100% por cargos relacionados con la seguridad nacional.
Los veinte años de cárcel que le han caído a Lai significan, en la práctica, cadena perpetua, pues el reo tiene 78 años y no está bien de salud (padece de diabetes e hipertensión). Para su hijo Sebastián, la sentencia «equivale a una pena de muerte».
En el juicio, y junto a la esposa del condenado, se sentaba el cardenal Joseph Zen, cuya presencia se interpretó como un gesto de apoyo hacia un católico comprometido. Porque ese es otro aspecto esencial de la vida y la trayectoria del empresario. No solo sufre persecución por sus ideas, sino también por la fe.
Jimmy Lai llegó al cristianismo gracias a su mujer, Teresa Li, ferviente católica, con la que se casó en 1991. Después de ser bautizado, en 1997, por el propio cardenal Zen, se sintió doblemente animado a seguir luchando por la libertad y por la dignidad humana, y también por el derecho a la religión, gravemente conculcado en China, al tiempo que se despertaba en él la conciencia social y la preocupación por quienes sufrían la opresión y la miseria. Donó mucho dinero a las diócesis católicas y se implicó en diversas obras de beneficencia.
La fe es también la que le ha sostenido en la cárcel, donde actualmente se dedica a la oración, dibuja crucifijos y regala sus obras a los demás, incluso a los guardias que lo maltratan. Su hija, Claire Lai, ha subrayado su faceta religiosa con el versículo del Evangelio: «Bienaventurados seréis cuando […] os persigan»; y cómo al llegar a Hong Kong, siendo niño, Jimmy Lai descubrió «los grandes amores de su vida: Dios, la familia y la libertad».
No parece que Pekín vaya a ceder ante el clamor internacional contra la condena, tanto de gobiernos, con el de EE. UU. en primer término, (el secretario de Estado Marco Rubio calificó la sentencia de «injusta y trágica»), así como de la Unión Europea, de obispos católicos de todo el mundo y de diversas organizaciones, como el Observatorio de Derechos Humanos, Amnistía Internacional, el Pen Club y el Instituto Internacional de Prensa.
Claro que Jimmy Lai no es uno más de los miles de presos de conciencia anónimos del Gulag chino, sino un personaje de relieve mundial y un campeón de los derechos humanos. En ese sentido, «el Partido Comunista Chino lo teme. Su valentía importa», apunta Mark Clifford.
Efectivamente, este hombre forjado a sí mismo ha demostrado que no teme a nada. Cuando en 2020 el gobierno prohibió la conmemoración de la masacre de Tiananmén, Lai se arrodilló desafiante y solo en el Parque Victoria de Hong Kong; y encendió una vela en recuerdo de las víctimas. «Si conmemorar a quienes murieron por la injusticia es un delito, entonces.. que yo sufra el castigo», declaró ante el tribunal antes de ser condenado a catorce meses de prisión por «incitar a una reunión ilegal».
Jimmy Lai puede convertirse para Xi Jinping en lo que fueron Mandela para el régimen del apartheid surafricano o Sajarov y Solzhenitsin para el régimen soviético de la era Breznev.
La tesitura brinda una oportunidad de oro a la administración Trump para presionar a China y lograr la excarcelación del disidente por razones humanitarias, opina Jianli Yang, investigador de la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard. Máxime cuando ya en su primer mandato, el presidente republicano dejó pasar la ocasión de lograr la liberación de otro disidente, el premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, que falleció bajo custodia china a causa de padecer cáncer de hígado. El gobierno de Xi Jinping se había negado a permitirle viajar al extranjero para recibir tratamiento.
Para Trump, lograr la liberación de Lai sería un éxito rotundo, que distinguiría su segunda presidencia de la primera y lavaría su imagen, como defensor de los derechos humanos, de cara al test que suponen las elecciones de mitad de mandato de noviembre. Y para Xi, poner a Lai en libertad condicional por motivos médicos sería un gesto de buena voluntad diplomática que podría relajar las tensiones con Washington, ante el próximo encuentro que mantendrán en abril con el presidente americano.
Pero, de momento, nada permite augurar que vaya a imponerse la magnanimidad por parte de EE. UU. y China. Aunque los gobiernos occidentales han protestado por la sentencia, sus gestos de presión están siendo más bien tibios. «Veremos que se puede hacer», se limitó a decir Trump cuando los periodistas le recordaron que debía incluir el caso Jimmy Lai en su agenda de temas con Xi Jinping. Y el gabinete de Keir Starmer no ha sido especialmente beligerante en defender al disidente, a pesar de tener la ciudadanía británica. De todo ello se quejaba el columnista Brett Stephens en un artículo de The New York Times, titulado Los disidentes son silenciados y Occidente sigue adelante.
Entrada redactada por Alfonso Basallo con información de China Heritage; Bloomberg Law; The New York Times; The Washington Post; UnHerd; The Hill; The Guardian; Pen International; The Global and Mail y tinabrown.substack.
Para más información: Mark Clifford: The troublemaker. How Jimmy Lai Became a Billionaire, Hong Kong’s Greatest Dissident, and China’s Most Feared Critic (El agitador (o Alborotador). Cómo Jimmy Lai se convirtió en multimillonario, el mayor disidente de Hong Kong y el crítico más temido de China). Free Press, 2025.
Imagen de cabecera: Jimmy Lee, en el centro, en diciembre de 2020, cuando entró en vigor la Ley de Seguridad Nacional. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.