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Ver productos«The New York Times» desvela en un artículo qué ocurrió en la sala de crisis de la Casa Blanca, donde el presidente se dejó persuadir por Netanyahu de una acción militar desaconsejada por sus asesores.

8 de abril de 2026 - 5min.
Avance
La decisión de Estados Unidos de entrar en guerra contra Irán no fue el fruto de ningún consenso estratégico. Fue, más bien, el triunfo del instinto sobre el análisis militar y el resultado de la influencia de Benjamin Netanyahu sobre Donald Trump, sumada a la fe ciega del presidente estadounidense en su fuerza militar. Los ataques son también el resultado de un sistema de toma de decisiones en el que las voces más prudentes —el vicepresidente JD Vance fue el más crítico, pero otros hablaron de un plan «ridículo»— se vieron acalladas por la personalidad de ambos líderes.
La guerra se fraguó a partir del 11 de febrero, en la Situation Room (sala de crisis) de la Casa Blanca, según desvela The New York Times en un extenso artículo de los reporteros Jonathan Swan y Maggie Haberman, titulado How Trump Took the U.S. to War With Iran (Cómo Trump llevó a Estados Unidos a la guerra con Irán), donde cuentan los detalles de aquellas reuniones. El texto es un anticipo de su libro Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump (Cambio de régimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump), de próxima aparición.
Lo que sigue es un resumen de lo que narran ambos periodistas, después de realizar numerosas entrevistas con la condición de mantener el anonimato, en las que se revelan las discusiones internas sobre los asuntos más sensibles para el país y para el mundo.
ArtÍculo
Netanyahu, según cuentan Jonathan Swan y Maggie Haberman, acudió a la Casa Blanca con un mensaje claro: Irán era vulnerable y el momento para actuar había llegado. La reunión fue convocada con tanta urgencia que empezó sin la presencia de JD Vance, todavía de vuelta de un viaje oficial a Azerbaiyán. A través de gráficos, informes de inteligencia y una escenografía muy bien preparada marco para persuadir a Donald Trump, el primer ministro israelí defendió que una ofensiva conjunta podría desmantelar el aparato militar iraní e incluso abrir la puerta a un cambio de régimen.
Trump no necesitó demasiado tiempo para formarse una impresión. «Me suena bien», respondió tras la primera exposición. No era una decisión formal, pero sí un indicio de lo que ocurriría. Sin embargo, cuando el aparato de inteligencia estadounidense analizó el plan con más detalle, la conclusión fue mucho menos optimista. El proyecto israelí presentaba una doble cara. Algunos objetivos eran viables, como eliminar a líderes iraníes y degradar su capacidad militar, pero otros eran mucho menos factibles. Provocar un levantamiento interno y lograr un cambio de régimen se consideraba poco menos que ilusorio. El director de la CIA, John Ratcliffe, lo resumió con una palabra: «ridículo». El secretario de Estado, Marco Rubio, amplió la explicación: «En otras palabras, es una tontería».
Pero Trump no necesitaba que todos los objetivos fueran alcanzables para avanzar. Bastaba con que algunos lo fueran. El resto, como el propio presidente sugirió, sería un «problema de ellos», lo que dijo con deliberada ambigüedad, sin explicar si se refería a los israelíes o al pueblo iraní.
Dentro de la Administración, las posiciones estaban lejos de ser homogéneas. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, era partidario de actuar cuanto antes: si el enfrentamiento con Irán era inevitable, mejor adelantarlo. Otros, como Rubio, se movían en una zona intermedia: preferían evitar la guerra, pero aceptaban su lógica si los objetivos eran limitados. La jefa de gabinete, Susie Wiles, mostraba preocupación, sobre todo por el impacto económico y político, pero evitaba enfrentarse abiertamente al presidente.
La oposición más clara procedía del vicepresidente JD Vance. Su diagnóstico era inequívoco: una guerra con Irán podía desestabilizar la región, disparar los costes económicos y romper la coalición política que había llevado a Trump al poder. Pero su lealtad era mayor que sus convicciones: «Creo que es una mala idea, pero si quieres hacerlo, te apoyaré», le dijo a Trump. Pese a las dudas de la mayoría, nadie se atrevió a tratar de frenar la decisión presidencial.
En paralelo, los militares advertían de los riesgos. El jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, subrayó que una campaña contra Irán agotaría rápidamente los arsenales estadounidenses, ya tensionados por otros conflictos. También señaló la dificultad de controlar la escalada y el riesgo de que Irán respondiera bloqueando el estrecho de Ormuz, una arteria vital para el suministro energético global. Su papel, que hemos visto innumerables veces en el cine, era solo el de plantear los escenarios posibles, no de advertir al presidente de un posible error.
Como cuentan los periodistas del New York Times, Trump tendía a escuchar la parte del análisis que confirmaba su intuición e ignoraba el resto. La experiencia de la operación desplegada en enero en Venezuela, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro en su propio país, le daba alas adicionales. Ese precedente resultó decisivo. El éxito en Venezuela reforzó la percepción del presidente de que las operaciones complejas podían resolverse de forma rápida y limpia, con un coste limitado. Nadie era capaz de apartarlo de su visión de una «guerra corta».
Los autores del artículo insisten en este rasgo: la tendencia de Trump a confiar en su instinto frente a evaluaciones más prudentes. El presidente «sopesaba opciones y riesgos», pero su confianza personal acababa prevaleciendo sobre las dudas internas. También subrayan las fracturas dentro de su equipo y la forma en que, en última instancia, todos terminaron alineándose con su decisión.
El artículo cita otro factor oculto, pero decisivo: «Aunque no se mencionaba explícitamente, siempre estaba presente la motivación adicional de que Irán había planeado asesinar al Sr. Trump como venganza por el asesinato en enero de 2020 del general Qassim Suleimani, a quien Estados Unidos consideraba una figura clave en la campaña iraní de terrorismo internacional».
La oportunidad definitiva llegó con un informe de Inteligencia: la posibilidad de atacar a la cúpula iraní reunida en un mismo lugar. En términos militares, era una ventana excepcional, en un contexto en el que las negociaciones diplomáticas estaban atascadas. Los diplomáticos estadounidenses creían que un acuerdo con Irán era posible, pero que requeriría meses.
En la reunión final, el 26 de febrero, el debate fue casi una representación, porque las posiciones estaban claras de antemano. Trump pidió opiniones y nadie se opuso frontalmente. En ese momento pronunció la frase que sellaba el proceso: «Creo que tenemos que hacerlo».
Foto: Donald Trump y JD Vance, en una reunión en la sala de crisis. © Casa Blanca, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Este artículo ha sido elaborado en colaboración con el Taller de Periodismo de Nueva Revista en Universidad Villanueva.