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Ver productosEn su conferencia «¿Se puede atender la crisis educativa desde la universidad?», la catedrática sueca propone el regreso a la lectura comprensiva como gran remedio para la crisis de la escuela… y de la universidad

12 de febrero de 2026 - 6min.
Inger Enkvist (Värmland, 1947). Hispanista y pedagoga sueca, catedrática emérita de la Universidad de Lund (Suecia). Autora de numerosos y prestigiosos ensayos y artículos académicos.
Avance
La tesis que defendió Inger Enkvist el pasado 7 de febrero, en su ponencia en el congreso Universidad, quo vadis?, organizado por la Fundación CLE en el marco del Posgrado en Educación Clasicorrealista y Humanidades, es que los problemas en la universidad proceden de la escuela: de la enseñanza en secundaria y en el bachillerato. Los estudiantes, antes de llegar a la universidad, deberían saber leer con fluidez y comprender lo que leen. Para ello se requiere un marco referencial general, conocimientos en campos variados y buenos hábitos de estudio. Hace treinta años no era necesario subrayar esa verdad, señaló Inger Enkvist, hoy en día sí.
Una catedrática de Derecho en una universidad pequeña francesa, contó Enkvist, espantada porque sus estudiantes no manejaban la lengua francesa como debían, empezó a ponerles dictados en la primera semana de su curso, como si estuvieran en primaria. Les situaba ante la evidencia de que necesitaban reforzar su conocimiento de la lengua francesa, y así, y con una serie de lecturas adecuadas, cambió a mejor a sus alumnos. Enkvist la puso como ejemplo de lo que se puede hacer. La catedrática francesa mencionada es Aude Denizot, profesora de Derecho en Le Mans Université. Denizot publicó sus experiencias en Pourquoi nos étudiants ne savent-ils plus écrire ? (2022).
ArtÍculo
En los años 60, con el empuje de la llamada «educación progresista», triunfó la idea de que hay que utilizar la escuela para «cambiar la sociedad». James S. Coleman (1926-1995), sociólogo estadounidense, en su informe Equality of Educational Opportunity (1966), tras investigar cómo disminuir la brecha de notas entre los alumnos de origen europeo y los afroamericanos, concluyó que lo que marcaba la diferencia era el hogar, pero ya que la casa no se podía cambiar, quizás se lograra algo mezclando a los alumnos. También señaló que lo de invertir más dinero en la escuela y en la enseñanza, a partir de cierta suma, no da mucho resultado. Antes, John Dewey (1859-1952), filósofo y pedagogo estadounidense y una figura clave de la educación progresista, defendió que la escuela debía conectarse con la vida social y formar para la democracia, en The School and Society (1899) y en Democracy and Education (1916). Deseaba imponer el socialismo pero sin violencia.
El modelo escolar que tenemos ahora en todo Occidente se podría calificar de escuela única: todos los alumnos deben estudiar juntos en la misma aula, con el mismo currículo y con los mismos profesores, y los profesores deben tener una formación estatal, dijo Enkvist. Pero, como señaló, hemos llegado a una situación en que «la convivencia en el aula viene a tener más importancia que los conocimientos», y este panorama «se presenta como democrático», sin que nadie haya «votado exactamente eso».
Richard Arum y Josipa Roksa, en Academically Adrift [A la deriva académicamente], publicado en 2011, analizaron los conocimientos de los estudiantes al empezar la universidad en los Estados Unidos y después a los dos años y a los cuatro años. Llegaron a la conclusión de que el 35 % de los universitarios no aprendían casi nada. «Un escándalo», según Enkvist. Los alumnos, además, esquivaban los cursos exigentes.
Desde los años 60 reina la idea de que la universidad, continuó Enkvist, «no debe servir ni siquiera en primer lugar para aprender». Es un lugar donde se exhibe que se «es joven, y se goza de ser joven, hacer amigos y construirse una red», que más tarde será importante para el éxito en la vida profesional. Se anteponen los contactos a los conocimientos. «Esto es horrible, es horrible como dato social», señaló Enkvist, «es horrible si pensamos en el desarrollo intelectual, es horrible para la universidad y es horrible para los profesores universitarios, es directamente humillante para los profesores universitarios». Cuando uno mira el folleto explicativo de una universidad, añadió Enkvist, se ven «edificios muy elegantes, una foto de la biblioteca y alguna mención a las ayudas que se pueden obtener. Pero no hay profesores. Estamos cancelados completamente, así que la universidad es un mundo de jóvenes que van a pasarlo bien dentro de un ambiente agradable. Eso es lo que venden».
Bryan D. Caplan (nacido en 1971 en Northridge, California) es economista y profesor en George Mason University. En The Case Against Education: Why the Education System Is a Waste of Time and Money (2019), dijo que con los cursos MOOC (Massive Open Online Course: Curso en línea abierto y masivo) ya no habría estudiantes en los campus porque todo el mundo estudiaría en su casa y con profesores muy buenos detrás de la pantalla, en algunos casos, los mejores. «Esa moda ya pasó —subrayó Enkvist—. Podemos aprender de estos cursos y seguramente muy bien, pero no proporcionan un diploma, y la universidad, como expone el mismo Caplan, no “vende” solo contenidos, sino credenciales, créditos». Se quieren «los créditos y el nombre de la universidad, no el conocimiento».
Enkvist denunció que en la universidad, en general, los estudiantes no tienen interés por asistir de vez en cuando a clases que quizás no sean de su carrera, pero que pueden resultar muy interesantes también para ellos, para ampliar su «cultura general, conocer nuevas teorías, catedráticos valiosos y ganar nuevos amigos en otras disciplinas». Los catedráticos, dijo, no nos vemos importunados «por tener que acoger a alumnos que quieren aprender más y ampliar su punto de vista. Debería preocuparnos. Quiere decir que no hay inquietud intelectual».
Hace algunos años, relató Enkvist, organizó un simposio en su universidad con catedráticos españoles, sobre cómo ayudar a que los estudiantes pensaran. Todos los ponentes proporcionaron la misma receta: leer, leer y leer. Para poder entender un campo se necesitan puntos de referencia y el pensamiento surge casi siempre en la comparación entre la experiencia y lo que dice un texto o entre lo que dice un texto y otro texto. Si conocemos muchos textos en el campo en cuestión, mejor para el experimento. Si eso se relaciona con puestas en común de lo leído, exposición oral y reflexión escrita, los resultados pueden ser sorprendentes.
Enkvist recordó que hay que disponer de conocimientos para ser creativos. El padre de Mozart era profesor de música, el padre de Picasso, profesor de pintura. Antes de empezar a producir, Mozart y Picasso vivieron «muchas, muchas horas de instrucción y de práctica». Ser creativo, sobre todo, es «combinar los elementos de diferente manera, nueva y a veces útil». Pero se necesitan conocimientos previos para la creatividad y para la comunicación, porque es imposible comunicar bien lo que se desconoce.
Finalmente, Enkvist incidió en que el conocimiento crítico consiste en «poder comparar una cosa con otra», para lo que se necesita «conocer varios textos o textos y casos de la experiencia». Con la comparación, puede surgir la chispa. No se trata de «espíritu crítico» en el sentido de rebelarse contra todo, sino de «pensamiento crítico»: conocer y comparar.
Más sobre Inger Enkvist:
Mejorando el sistema educativo
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