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Paul Johnson es conocido como historiador bien documentado. Ha abordado temas de historia antigua, moderna, y sobre todo contemporánea, relacionados con el nacimiento y desarrollo de nuestro mundo actual, y también las biografías de personajes clave para explicarlo. También es Paul Johnson periodista de nota. Su columna semanal en The Spectator es de lectura obligada por el tema que elige, de rabiosa actualidad; por su clarividencia al tratarlo; y por el modo de exponer: suele llamar al pan, pan, y al vino, vino, decir honradamente, con claridad meridiana y sin complejos, lo que piensa.

Nació Paul Johnson de padres católicos, frecuentó colegios católicos y se confiesa católico. En este libro se propone ayudarse a sí mismo y ayudar a otros a aclarar las propias creencias, y a compartir con los demás la fuerza y el consuelo de la fe. No se trata, por tanto, de un libro de teología. Y más que búsqueda, el libro viene a ser testimonio lúcido, que recoge las conclusiones del autor a lo largo de su andadura personal. No omite ninguno de los temas relacionados con la fe en Dios y en la Iglesia que se plantea la gente hoy y surgen a menudo en el ámbito de la opinión pública, e incluye la descripción del proceso que él ha seguido al discurrir sobre muchas cuestiones.

En el primero de los dieciséis capítulos estudia si hay alternativa a la fe en Dios. Tras afirmar la claridad de la existencia divina, considera la naturaleza de Dios y el problema del bien y del mal. Hace desfilar después ante el lector cuestiones como las relaciones de la belleza y el arte con Dios; nuestra responsabilidad respecto a los animales y el Medio ambiente; las perspectivas que plantea la posibilidad de que existan otros mundos con seres como nosotros; el papel del dogma, la autoridad y la liturgia en la Iglesia; las relaciones de los católicos con personas de otras confesiones; los novísimos -Muerte, Juicio, Infierno y Cielo-; y por último, el tema de mayor importancia práctica, a su juicio: la oración.

Este libro puede ayudar a resolver las dudas de mucha gente, a fortalecer su fe, pues el autor expone bien, de modo que pueda resultar atractiva, la doctrina católica sobre muchas cuestiones. Aunque no escribe por experiencia propia, pues se confiesa afortunado, es particularmente recomendable su enfoque acerca del dolor. En cambio, respecto a la ordenación de mujeres escribe que vivirá lo suficiente para ver mujeres sacerdotes. Pienso que, aunque viva muchos años, no se cumplirá su pronóstico. Probablemente envió el manuscrito a la imprenta antes de que la Congregación romana competente dejara pocas dudas sobre la cuestión, al declarar que la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres.

Alude solo de pasada al sacramento de la penitencia. El Dios de los católicos es un Dios que perdona a quien se duele de sus pecados y los confiesa. Porque esto es apoyo firme y consuelo para los creyentes que nos sabemos pecadores y suscita la admiración en muchos que no son católicos, sería preferible que hubiera tratado esta cuestión de modo más directo. En cambio, su insistencia en la necesidad de rezar, en la oración como remedio a todos los males y deficiencias, puede hacer mucho bien. Al referirse al cielo, por ejemplo, dedica diez páginas a explicar por qué ni las descripciones al uso ni las representaciones de los artistas le ayudan a imaginar en qué consiste la vida eterna. Además de que él mismo califica su análisis de «tosco», acaba confesando que lo que importa es rezar para que seamos dignos de esa vida y logremos alcanzarla.

Respecto al cielo se echa de menos el texto clásico de San Agustín en De civitate Dei sobre la felicidad plena, cierta, segura, eterna: «no habrá mal alguno ni faltará ningún bien; toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo para todos; ni por pereza cesará allí la actividad, ni se trabajará por necesidad; nadie será alabado por error o adulación; habrá honor verdadero, que no se negará a nadie digno ni se otorgará a nadie indigno; habrá paz verdadera; nadie sufrirá contrariedad ni de por sí ni por parte de otro. Será premio de la virtud el mismo que concedió la virtud de la que se prometió como premio; mejor y mayor que el cual nada puede existir; a quien veremos sin fin, amaremos sin hastío, alabaremos sin cansancio…».

Imagino que si firmara esa recensión un agnóstico o un ateo (que, según Johnson, abundan cada vez menos), hubiera manifestado su enmienda a la totalidad y sus muchas discrepancias de detalle. No es el caso. Valga la aclaración para entender que a lo largo de estas líneas se insinúe más la aprobación, y hasta la admiración a veces, que la crítica inmisericorde.


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