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ltm1.jpgEl siglo XX ha sido el siglo de las mujeres. La revolución femenina ha roto más moldes y ha cambiado más costumbres que todos los milenios precedentes. La mujer ha conseguido libre acceso a la educación, a la política y a las esferas de poder; ha roto su dependencia con el hombre y ha entrado en el mundo del trabajo, consiguiendo la autonomía económica. Todos los campos del trabajo y de la actividad humana, sin excepción, al menos en la teoría, le han quedado abiertos. Esta tendencia resulta tan fuerte, que se ha llegado a pensar no sólo en una destrucción de los antiguos roles sexuales —la mujer en el hogar, el hombre en el mundo exterior— sino hasta en una posible inversión. El futuro nos depararía la feminización del hombre, la crisis del varón y del padre que, perdido en un mundo cambiante y cada vez más controlado por las mujeres, no sabría encontrar su posición en la sociedad ni en la familia.


En La tercera mujer, Lipovetsky analiza con finura, inteligencia y moderación, todos esos cambios sociales, pero las conclusiones a las que llega son bastante diferentes y no exentas de un cierto tono polémico. Considera cierto, ante todo, como un hecho radicalmente positivo e irreversible, que la mujer ha roto todos los moldes sociales que la tenían constreñida y limitada. El empuje de las sociedades democráticas, del igualitarismo y de las luchas feministas ha logrado que hoy la mujer sea quien determine su futuro. Ya no hay caminos obligados ni opciones inevitables (por ejemplo, el matrimonio).


Es ella quien, libremente, puede construir su destino. Pero, añade el autor, y aquí radica la originalidad de su posición, esto no quiere decir en absoluto que los roles sexuales del hombre y de la mujer hayan desaparecido o que sean intercambiables. Esos roles persisten, aunque se han hecho compatibles con los ideales de igualdad y de autonomía. Y persisten porque las mujeres están interesadas en mantenerlos.


La primera mujer fue un ser infravalorado y despreciado; la segunda, que comenzó a formarse a partir de la Baja Edad Media y del Renacimiento, fue un ser exaltado y mistificado, pero seguía sometida al hombre. La tercera mujer, según Lipovetsky, es la que caracteriza a nuestras sociedades posmodernas. Es un ser libre, capaz de autoproyectar su destino, pero que quiere mantener en parte los roles antiguos, seguir siendo femenina y diferente del hombre.


Lipovetsky elabora esta tesis a través de interesantes análisis sobre temas tan variados como la seducción, la belleza, la maternidad o el poder político o económico, mostrando en cada caso cómo, frente a una situación inicial para el hombre  y la mujer, ambos adoptan posturas estructuralmente distintas. Esa diferencia de actitud, y es aquí donde radica la novedad de la sociedad actual, no es algo socialmente impuesto, sino el fruto de tendencias subjetivas que el hombre y la mujer desean mantener. Así, por ejemplo, indica que la especial relación de la mujer con el mundo doméstico no se produce sin más por una imposición del varón, sino porque la mujer valora de modo especial el mundo privado y encuentra en la educación de los hijos y en la ordenación y creación del mundo interior del hogar unas satisfacciones y unos márgenes de desarrollo personal a los que no está dispuesta a renunciar. De igual modo, explica Lipovetsky que aunque existen razones de índole social para explicar por qué la mujer está muy alejada de la cúpula económica y política de nuestras sociedades, éstas no dan razón suficiente de esa situación. Hay otras cuestiones que las completan y las justifican de manera mucho más clara y que son internas a la estructura y al modo de ser femenino: su deseo de establecer un equilibrio entre vida familiar y profesional; la mayor relevancia que concede al éxito sentimental frente al social; el hecho de que el poder por el poder no consigue imponerse a la mujer como una finalidad existencial profunda; su diferente actitud ante el riesgo y la competencia, etc.


Para el autor, por tanto, lo que nos depara el futuro es una permanencia de los roles sexuales pero como referentes blandos, es decir, como esquemas que se imponen interiormente sobre el hombre y la mujer por su diferente identidad y por las distintas motivaciones que los impulsan, pero no por una constricción social que impediría elegir el propio destino o el propio modo de vida. Así, Lipovetsky considera que el futuro nos ofrecerá una perpetuación tendencial de los roles clásicos: una mujer más pendiente de la belleza y de lo relacional, de lo expresivo y de la persona; y un hombre más pendiente de lo instrumental y efectivo, del poder y del mando.


Siempre, eso sí, en el marco de una sociedad abierta y posmoderna en la que cada uno puede decidir su propio destino.


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