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EL pasado ocho de mayo, se cumplieron cien años del nacimiento, en Cádiz, de José María Pemán, uno de los escritores españoles más significativos y polifacéticos del presente siglo. Pemán se licenció en Derecho en la Universidad de Sevilla y se doctoró en la de Madrid. Sin embargo, ejerció muy poco tiempo la abogacía, para dedicarse de lleno a la literatura en todos los géneros, pero yo centraré este comentario en su poesía, para rendir pleitesía a quien falleció en 1981 y estimo no ha sido realmente valorado en toda su dimensión literaria.

LA VIDA SENCILLA

Su primer libro, La vida sencilla, tuvo una acogida fervorosa; se agotó inmediatamente y la crítica, al referirse a él, consideró que se trataba de la revelación de una nueva voz poética con singulares valores. Le dedica a su madre el primer poema, compuesto en cuartetos asonantados y dividido en tres partes, bajo el título de “Elogio de la vida sencilla”. He aquí la parte inicial: “Vida inquieta, frenesí/ de la ambición desmedida…/ ¡Qué mal comprende la vida/ el que la comprende así!/ La vida es soplo de hielo/ que va marchitando flores:/ no la riegues con sudores/ ni la labres con desvelo;/ la vida no lo merece:/ que esa ambición desmedida/ es planta que no florece/ en los huertos de la vida./ Necio es quien lucha y se afana/ de su porvenir en pos;/ gana hoy pan y deja a Dios/ el cuidado de mañana./ Vida serena y sencilla, / yo quiero abrazarme a ti,/ que eres la sola semilla/ que nos da flores aquí./ Conciencia tranquila y sana/ es el tesoro que quiero;/ nada pido y nada espero/ para el día de mañana./ Y si así, se me da ese día/ algo, aunque poco quizás,/ siempre me parece más/ de lo que yo le pedía./ Ni voy de la gloria en pos,/ ni torpe ambición me afana,/ y al nacer cada mañana/ tan sólo le pido a Dios/ casa limpia en que albergar,/ pan tierno para comer,/ libro para leer/ y un Cristo para rezar:/ que el que se esfuerza y se agita/ nada encuentra que le llene,/ y el que menos necesita/ tiene más que el que más tiene”.

Tras este poema, que traza una poética de vida, incluyó Pemán en su primer libro, otro distinto: “El Viático”, con el que ganó la Flor Natural de los Juegos Florales de Sanlúcar, en 1922. Está escrito intentando reflejar lo mejor posible la fonética andaluza. Es un poema en el que se denota una clara influencia de Gabriel y Galán. Todo un dramático monólogo, muy propio para los recitadores de la época, que finaliza así: “Y si al lado no pues sé porque en la Gloria/ no se admiten pecadores junto a santas,/ ¡aparéjame a lo menos un sitito/ a la vera de la puerta, pa mirarla”. Realmente, Pemán estaba entonces buscando su camino como poeta, y en tercer lugar inserta “Serranilla”, una composición que lleva una cita del Marqués de Santillana: “Desde que nací/ no vi tal serrana…”. Luego, un poema en alejandrinos para homenajear al castellano viejo; “El abuelo”, otro poema a lo castizo para el recitado; cantos a la sierra y al mar, a la copla en la era, un “billete” de cortejador a su reina; una serenata a Galicia; una sonata muy rubenniana; y versos para pleitesías, hacen de La vida sencilla, con los anteriormente citados, un libro de poemas colorista, muy narrativo, bucólico, romántico en su trasfondo, que en su momento era lógico que fuera elogiado por la crítica, pues en aquellos años veinte aún no habían calado suficientemente en los ámbitos literarios los giros más renovadores de las vanguardias.

Manuel Machado dejó escritas unas cuantas páginas sobre José María Pemán y su obra. En ellas apunta acerca de los principios líricos del autor gaditano: “…en la búsqueda de sí mismo que todo artista emprende de muchacho, Pemán se dice influido por cierto linaje de poetas y de poesía inmediatamente anterior a su hora: la castellanidad pegujalera de Gabriel y Galán y el dramatismo castúo de Chamizo, Medina, Sotomayor…, y aun declara deber su primer gran triunfo a una composición, titulada El Viático, y que, en efecto, recuerda mucho a El embargo, de Gabriel y Galán. También nos habla de sus coqueteos con la Musa nueva, a través, principalmente, de Rubén Darío el grande, y de los simbolismos pasados por agua de ciertos vates hispanoamericanos que inspiraban en Cádiz un notable cenáculo modernista.

Imbuido todavía en tales influencias, José María Pemán publicó, tras La vida sencilla, el volumen Nuevas poesías. Lo hace cuando ya está inmerso en otras actividades culturales, emprendiendo su brillante trayectoria como orador y practicando otros géneros, especialmente el artículo. Nuevas poesías no difiere mucho, casi nada en realidad, del libro primero. Su poesía se mantiene anclada en una tendencia que ya se diluía y que no siguen sus compañeros de generación. En este sentido, son muy claros los versos del poema en quintillas “Aquí me tienes, lector…”, que abre el conjunto: “Y es que si vivir pudiera/ donde mis sueños están,/ en otro siglo viviera,/ en donde a la postre, diera/ en fraile o en capitán”.

Sí, en Nuevas poesías, Pemán mantiene el tono y la temática de su primer libro. La mayoría de los poemas se prestan a un recitado grandilocuente y teatral, sobre todo los titulados “Las primeras aguas”, “Lección de vida (Meditación de un amanecer en tiempo de sementera)”, “La pisa del mayeto”, “Salmo de pasión y de dolor” y “Ante el Cristo de la Buena Muerte”. Algunos son poemas exaltativos del trabajo; otros, enaltecedores de gestos caballerescos, y oracionales o devocionales, enardecidos por un acusado sentido religioso, centrado en el cristianismo más fervoroso que imaginarse pueda. Verbigracia: “¡Cuerpo llagado de amores,/ yo te adoro y yo te sigo!/ Yo, Señor de los señores,/ quiero partir tus dolores/ subiendo a la Cruz contigo”.

Insistimos: por aquel entonces, José María Pemán, estaba sumido como poeta en un mimetismo muy elocuente. Estos versos de “Ante el Cristo de la Buena Muerte” parecen estar concebidos después de conocer el poema “La Saeta” de Antonio Machado. Pero eran más acentuadas las influencias de poetas de menor entidad, las que arriba quedan apuntadas mediante el comentario de Manuel Machado. Lo que sí es un giro temático nuevo que Pemán incluye en Nuevas Poesías es el amor. Lo hace con los poemas “A embreñarme voy, zagala” y “Canción vulgar”. Este último está dedicado a su mujer. Finaliza así: “Esta es, mujer, la canción/ de mis sentidos amores,/ tan escasa de primores/ como henchida de emoción./ Tú, que con el corazón/ sabes, mujer, vislumbrar/ cuanto no pude expresar/ en mis pobres versos…, ¡dime/ si no es mi canción sublime/ a fuerza de ser vulgar”.

Nunca renegó José María Pemán de sus libros primeros, de sus poemas de los años veinte, poemas que son de menor calidad de cuantos seguidamente escribiera, cuando encontró su auténtico son lírico y dióle a sus composiciones un aire alado, una ondulante musicalidad. Sí, Pemán mantuvo siempre en sus antologías los poemas de su primera etapa, en la que pese a las citadas resonancias de otras voces, también hallamos aciertos poéticos. Por ejemplo: “Todo callaba,/ para que hablasen nuestras almas solas”.

LAURELES Y CRÍTICAS

Pedro Saínz Rodríguez escribió en cierta ocasión las siguientes líneas: “Conocí a Pemán el año en que se publicó su obra A la rueda, rueda, editada por una editorial que yo dirigía. La fama y la popularidad de Pemán han despertado mucha envidia más o menos disimulada. Para escatimar el elogio se alaban algunos sectores de su producción en detrimento de otros. Es una manera de aplicarle aquel género de crítica que un gran satírico definía como el arte de azotar a un poeta con los laureles de otro”. Cierto. A Pemán le han criticado diciendo que era mejor articulista que poeta, o que era mejor poeta que novelista, incluso que su teatro era lo único salvable de su escribanía creativa. No obstante, cuando publica A la rueda, rueda, su tercer poemario, en 1929 -ya habían aparecido sus libros en prosa Cuentos sin importancia y Romance del fantasma y Doña Juanita, así como su ensayo político El hecho y la idea de la Unión Patrióticas-, los críticos denotan el hallazgo de su primera fórmula poética auténtica. Manuel Machado lo comenta con estas palabras: “Es en su mayor parte un delicioso cancionero que podríamos concatenar a los mejores de nuestra poesía —verdaderamente nuestra: fines del XV y principios del XVI—tan sabrosa y clara, anterior al Renacimiento: A la vera del prado/ se dormía la niña/ con el son de las hojas del álamo. Pero en la segunda parte de este libro hay —prosigue Manuel Machado—, entre otras composiciones de gran envergadura, una titulada Romance del hijo, del más hondo sabor humano y la más fuerte emoción cordial. La forma es perfecta; pero el fondo —el tema, tan conocido, del primer sentimiento paternal— rara vez se ha tocado con tan profundo acierto”.

Un lirismo fraterno como estampas costumbristas o románticas hallamos a lo largo de A la rueda, rueda. José María Pemán se deja llevar por temas ciados, pero los afronta como si los descubriera alguien por primera vez: “¡Barrio de los marineros/ en donde estaba mi amor!/ Al fondo de cada calle/ un mar de rosa y de sol./ Haciendo redes, cantaban/ cinco muchachas en flor,/cinco marineritos/ coreaban la canción./ A la blanca niña aquélla/ —¡ay qué dolor, qué dolor!—/ un marinero genovés!se la llevó…! Se iba la canción doliente/ sobre la brisa hacia los/ mástiles ensangrentados/ de poniente y de ilusión./ Y yo pasaba soñando/ —barrio de los marineros/ en donde estaba mi amor—/ soñando por esas calles,/ hacia el mar de rosa y sol”.

La cuarta parte de este tercer poemario está compuesta de romances y baladas. Entre los romances, destacan los titulados “Romance del rayo del sol” o “La infanta jorobadita”. En uno el poeta agradece a Dios las maravilla de los bienes de la Naturaleza, y finaliza con estos cuatro versos: “Todo el arte de vivir/ en paz y resignación,/ está en saber alegrarse/ con cada rayo de sol…”. En el otro, presenta una escena tierna y fantasmagórica, propia de un autor teatral, que quizá tenga su antecedente en el poema de la cojita de Juan Ramón Jiménez, pues si alguna influencia se halla en A la rueda, rueda, sería la juanramoniana en algunos aspectos. El libro se cierra con “Romance del hijo”, cuya segunda parte empieza con esta docena de octosílabos: “Un hijo es como una estrella/ a lo lejos del camino:/ una palabra muy breve/ que tiene un eco infinito./ Un hijo es una pregunta/ que le hacemos al destino./ Hijo mío, brote nuevo,/ en mi tronco florecido,/si no sé lo que será/ de ti cuando me haya ido,/ si no es mío tu mañana,/ ¿por qué te llamo hijo mío?”

Por aquellas fechas, José María Pemán también había iniciado su faceta de autor de teatro, con Isoldina y Polión, pero seguía centrado en la poesía. Escribe un segundo cancionero, en el que intenta darle sentido popular a coplas y canciones, en composiciones como “Villancico del pescador de truchas” y otras de índole amorosa y manriqueña, pero siempre prevalece una regiduría culta a la hora de la expresión. Quizá por ello esta faceta de la lírica del poeta gaditano nunca ha sido asumida por los cantaores de flamenco.

Y llegamos a los dos libros de poemas más populares de José María Pemán: Barrio de Santa Cruz y Señorita del mar, que datan de 1931. En el primero, plasma su visión de unos pasajes sevillanos urbanos de fama universal. Y realmente consigue descripciones poéticas tan bellas como la que resume en el poema inicial, “El barrio misterioso”: “Un misterio que se esconde,/ una canción que se va…/ Rumor de fuentes lejanas,/ fugas de sombra en la cal;/ enredo de calles hondas/ sin principio ni final…/ Todo el barrio es una niña,/ con un beso a flor de labio/ que no acaba de dar”. La metáfora es lucida y lúcida, indiscutiblemente, en el poemario de pleitesía a una Sevilla de tarjeta postal y ecos de antaño, en donde sitúa a personajes castizos, singulares y entrañables.

Y es en algunas composiciones breves donde Pemán luce su decir lírico en su oda a Sevilla. Por ejemplo, en “Tarde”: “Nube alta. Viento frío./ La tarde dobla en el río su capote de paseo…/ ¡Flores tiene mi deseo/ para ti, cariño mío!”. A los poemas de El Barrio de Santa Cruz le añadió Pemán otros posteriores, entre los que se halla “Soledad”, que puede considerarse uno de sus más emblemáticos: “Soledad sabe una copla/ que tiene su mismo nombre:/ Soledad./ Tres reglones nada más: tres arroyos de agua amarga,/ que van, cantando, a la mar./ Copla tronchada, tu verso/ primero, ¿dónde estará?/ ¿Qué jardinerito loco, con sus tijeras de plata/ le cortó al ciaré la punta,/ Soledad?/ ¿Qué ventolera de polvo/ se te llevó la veleta,/ Soledad?/ ¿o es que por llegar más pronto,/ te viniste sin sombrero,/ Soledad?/ Y total: ¿qué más da?/ Tres versos: ¿para qué más?/ Si con tres sílabas basta/ para decir el vacío/ del alma que está sin alma:/ ¡Soledad!”. Pero no olvidemos que en ese manojo de composiciones Pemán insertó su primer poema propiamente flamenco, el romance “Elegía a la muerte del maestro”, escrito en memoria de don Antonio Chacón, el gran cantaor jerezano.

PEMÁN Y LO ANDALUZ

Existía ya en José María Pemán un tono lírico de cantor empedernido, de exaltador de virtudes humanas desde un concepto cristiano arraigadísimo, cuando escribe en los primeros años treinta estas poesías, en las que se advierte un insoslayable acento del machadianismo reinante, pero un tanto declinado al tratamiento de lo tópico para justificarlo. Así, como emulando al Manuel Machado del monumental poema “Adelfos”, Pemán escribe por entonces los cuartetos que titula Soy andaluz, de menor entidad poética, pero con el mismo sentido confesional y, a la par, ególatra: “Soy andaluz: andaluz/ que es decir con ufanía/ gran señor de la armonía/ y emperador de la luz./ Soy del egregio solar/ reverberante y sonoro/ de las cigarras de oro,/ nacidas para cantar./ ¡Noble oficio de cigarra,/ y noble mano la mano/ hecha para el soberano/ gesto de herir la guitarra!/ ¡Y noble esta tierra mía,/ florida, a fuerza de afanes,/ de coplas y de refranes,/ de indolencia y de ironía!/ Esta limpia aristocracia/ de andaluz, sólo me obliga/ a que cante y a que diga,/ con claridades de gracia,/ en un verso musical,/ cuanto sueñe y cuanto sienta./ ¡Que solo me piden cuenta/ de si canté bien o mal!/ Porque yo soy andaluz,/ que es decir, con ufanía, gran señor de la armonía/ y emperador de la luz”.

Indiscutiblemente, para Pemán todo en el andaluz y lo andaluz era casi glorioso y admirable, poseedor de una distinción inefable que lo individualiza hacia la perfección. En su entendimiento de lo andaluz se soslayan importantes realidades y se contemplan demasiados aspectos, sin adentrarse en lo socialmente negativo, quizá por su genuino impulso anímico a glosar lo bello de las cosas por encima de toda otra particularidad. No sabemos si esta actitud responde a la razón que dio de la literatura pemaniana José Camón Aznar: “Frente al fatalismo andaluz, Pemán ha sustituido el ceño trágico por un resignado humanismo (…). Una creencia limitada por el humanismo y por la poesía: esa es la personalidad literaria de Pemán”.

Las Tres poesías andaluzas destinadas a la recitación, originales de José María Pemán, son “Feria de Abril en Jerez”, “Presentación del recitador Pepe González Marín a los pueblos de América” y “Acuarela de la salida de Nuestro Padre Jesús Nazareno, el de Santa María”. La primera es una de las poesías más populares de la España de los años treinta a los sesenta, cuando menos, y sigue siendo recordada en algunas funciones teatrales. Las poesías para recitar han oscurecido buena parte de la obra lírica de Pemán, muchísimo más importante. El libro Señorita del mar, un itinerario lírico de Cádiz, es menos conocido que el poema a la feria jerezana. Libro exaltativo de su ciudad natal, Pemán pone en él su fecundidad grácil. Y junto a los versos grandilocuentes de Exorcismos -donde se alza triunfante la oda a todos los valores imaginables de un lar, desde la historia hasta la sabiduría nata-, incluye composiciones que cantan al pueblo llano y sencillo, como “La casa de los siete pisos”, en la que toma como espejo una casa de vecinos del barrio de Santa María, “Siesta en Puerta de Tierra” o “Elegía del niño mariscador”.

Decíanos el maestro Manuel Machado que todo poeta es de su tierra y, si puede, del mundo entero, pero que mientras más hondamente de su tierra, más ampliamente universal. Y al socaire de esta razón nos preguntamos: ¿trascienden los poemas, tan puntualmente gaditanos de Pemán, más allá de la latitud que los motiva? Es un mayúsculo interrogante que nos llevaría muchísimo espacio contestar, tanto para afirmarlo como para negarlo. Preferimos por el momento recoger unas líneas de otro poeta andaluz, de Manuel Diez-Crespo: “Recuerdo un día que, dando yo un paseo por Sevilla con José María Pemán, me dijo con cierta sonrisa picara y escéptica a la vez: Yo todos los días me levanto asustado, me reí. Lo comprendí perfectamente. La luz antigua y noble se asusta de las tinieblas. Se asusta del absurdo; es decir, de lo que no tiene armonía. Y Pemán es la armonía”. En 1932, José María Pemán publica un poema que en intención y resultado va más allá de su gaditana temática, y quiere armonizar con sus versos la entidad de toda la nación española. Es “Elegía a la tradición de España”. Comienza así: “Me duele España en mí, como si fuera/ carne en mi carne: siento/ como el temblor de un viejo tronco al viento/ o el desasirse de una enredadera./ Ramas tronchadas de una primavera,/ siento en mí los sentires más amados/ como Cristos manchados/ de sangre y de saliva:/ ¡y me duele en el alma, en carne viva,/ la mella de los siglos arrancados!”. Su estado de ánimo ante las circustancias políticas y sociales, que no respondían ideológicamente a sus creencias conservadoras ni a su monárquico fervor, promovieron una sui generis elegía, que justificaba con las siguientes palabras: “No son estos, pues, versos de guerra. Son más bien versos de dolor y de súplica. Piden paz y tolerancia. Abogan, sin odio y sin ira, por esencias de España”. A lo largo del poema evoca las excelencias de las regiones españolas y finalmente ruega entre signos de admiración: “¡Siembra rosas de olvidos y perdones/ y unge de compasión y tolerancia/ labios y corazones!/ ¡Danos la paz! ¡Acerca a los hermanos!/ ¡Abre acequias de amor en los secanos/ y pon el agua de la Vida en ellas!/ ¡Tú que tienes el viento y las estrellas,/ Señor de los Señores, en tus manos!”. A mi juicio, la motivación del poema, tan turbadora para su autor, le arrastra a dar más importancia al mensaje que a la forma, por lo que en el poema no se refleja la sutileza característica de sus poemas inmediatamente anteriores, en detrimento de la calidad lírica y en beneficio de su proclama henchida de inquietud y temores, desde su óptica espiritual y humana.

De la misma época es su “Canto libre” —donde canta aspectos de la naturaleza, desde la lluvia al otoño, pasando por una “Epigrammata Erótica”— y su “Canto libre de Juventud” para ensalzar a Andalucía y rogar por ella a la Virgen, glosar el paso libre de Aníbal por el Pirineos (que es una versión libre del un fragmento del Canto VII del poema Canigó, de Mosén Jacinto Verdaguer), más tres composiciones que denomina sáficoadónicas, que se me antojan unos ejercicios poéticos demostrativos de sus cualidades para la retórica, en el mejor sentido. Unos desafíos a sí mismo, que Pemán se solía imponer, como si a la vez de poeta se quisiera sentir un gran gramático a la hora de escribir en verso clásico pero blanco, rehuyendo rimas y asonancias en la mayoría de tales obras.

En Poesía Sacra, uno de sus poemarios más amplios, Pemán vuelve al romance, a los pareados, a las formas cancioneras, junto a otras composiciones de verso mayor, medidos o libres. Está dividido en seis apartados: “Poesías del conocimiento y del amor de Dios”, “Poesías del ascenso del hombre a Dios”, “Meditaciones”, “Oraciones”, “Marianas” y “Varias”. Es complejo seleccionar un poema que resulte representativo de ese contenido temáticamente religioso, porque es muy variopinto en sus enfoques y entonaciones líricas. Pero puestos en esta tesitura, me dejo llevar por el gusto personal y escojo para transcribirlo el “Romance de los siete pecados capitales”, pues creo, además, que es uno de los mejores romances escritos por Pemán. Aquí lo tenemos, es todo un poema simbolista: “Tarde abajo el mayoral/ de los siete toros negros,/ va sorbiéndose en un triste/ rojo crepúsculo lento./ Zahones de hipocresía/ lleva, y por pica el Deseo;/ con azahar de inocencia/ tiene los estribos hechos./ Los toros con siete lunas/ van corneando los vientos;/ jazmines de baba espesa/ tirando van contra el cielo./ —¿A dónde vas, mayoral?/ -A tu corazón los llevo./ Prepara tu mariposa/ de seda y luz para el juego,/ sácale fdo a tu espada/ con pedernales de miedo./ ¡Fina viene de pitones/ la luna de un mal deseo!/ ¡Brava corrida, la tarde/ aquella de mi tormento!/ Yo solo con alamares/ y seda morada en medio./ Yo con la espada y la duda./ Contra mí siete deseos./ Me rozaron en las carnes/ las siete liras de hueso./ Geráneos de sangre fresca/ mis alamares prendieron./ Me salpicaron de espuma./ No me llegaron al cuerpo./ Cuando la tarde sorbía/ rojo el crepúsculo lento,/ por los prados, ya sin toros,/ luz de aurora en el sombrero,/ sin espuela y sin estribos,/ llagaba el Mayoral Bueno./ Vendas de seda traía/ y aceite de olivos nuevos;/ arena fresca en las manos/ para enarenar el ruedo./ —¿A dónde vas, mayoral?/ —A tu corazón los llevo…”.

La poesía religiosa de José María Pemán ha sido considerada por algunas personalidades de las letras, como equivalente a la de algunos clásicos. No considero cierta tamaña apreciación, pero sí reconozco que tiene su singularidad, sobre todo en lo que atañe a los dogmas católicos, y por ello debe estar en los lugares destacados de los poetas que han escrito poesía religiosa centrada en creencias doctrinales concretas. A la hora de ordenar sus poemarios, Pemán situó inmediatamente después de Poesía Sacra a sus poemas de Las flores del bien -estoy citando a través de Obras selectas, inéditas y vedadas (Dopesa, Barcelona, 1972)-, pero hay que advertir que con anterioridad publicó Salmo a los muertos del 10 de agosto y Poema de la Bestia y el Ángel, Por Dios, por la patria y el Rey, Las Musas y las horas y algunos que otros títulos un tanto desperdigados en variadas publiaciones. Son poemas de signo y tono epopéyicos, escritos en los tiempos de la guerra civil, en los que la politización del poeta está patente, por lo que se hallan inmersos en la efervescencia de su ideología de una forma tan marcada, que resultan proclamas de sus ideales frente a otros, con la patria por medio, en una enervación de sentimientos. Los aciertos poéticos que se puedan hallar en estos poemas, un tanto circunstanciales, aunque escritos desde convicciones ciertas, quedan en segundo plano por todo lo comentado.

A estas alturas de la trayectoria creativa de José María Pemán, también se había consolidado su obra teatral. Finalizada la guerra, su poesía vuelve a serenarse, como se demuestras en los poemarios que paulatinamente fue escribiendo y estampando, entre ellos Las flores del bien. Este libro, dividido en varias partes, puede considerarse una especie de antología de cuantos temas cultivó a lo largo de su amplia producción lírica.

De él opinó el mismísimo Manuel Machado, que era la obra cumbre de José María Pemán. Y llegó decir más, posiblemente llevado de su amistad con el poeta gaditano: “Es la obra clásica y madura de la poesía contemporánea”. Considerar esta afirmación cierta o exagerada no entra en mis propósitos, porque las valoraciones personales pueden ser verdaderas o no a la hora de hacerlas públicas y nunca lo sabremos.

Queda claro que, a José María Pemán, versificar cuanta vivencia quiso dejar en el papel se le convertía en un gozo. El hecho en sí de plasmarla en versos le satisfacía por encima de la entidad artística que consiguiera. Otro aspecto de sus satisfacciones líricas eran los homenajes. Escribió muchos y tan dispares en motivaciones y personajes, como Elegía a Zenobia y Balada a las mocedades de Roldán o Soneto a Luis Cernuda y Las manos de Lola Flores. Poeta diverso en formas y temáticas, José María Pemán, que como dramaturgo también diversificó los modos y argumentos literarios, y que como articulista se puede considerar un maestro en toda la extensión de la palabra, fue en la poesía donde quizá dejó más patente sus sentimientos y creencias, donde más desnuda y patente se trasluce su personalidad espiritual y humana.


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