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«En el jardín posterior del Palacio Republicano, en pleno corazón de la Zona Verde, un grupo de jóvenes bronceados, musculosos y con los antebrazos tatuados se bañaban en una piscina grande como la de un balneario. Otros, vestidos con bermudas y con los ojos bien protegidos bajo gafas de sol, yacían despatarrados en las tumbonas a la sombra de unas palmeras altísimas, comiendo Doritos y bebiendo té helado. A un lado, unos hombres vestidos de caqui y unas mujeres con vestidos de verano se relajaban bajo una glorieta de madera. Algunos leían novelas baratas, otros se servían comida de una mesa bufé. Un enorme radiocasete emitía a todo volumen música hip-hop. De vez en cuando, una docena de iraquíes desgarbados, todos ellos idénticamente vestidos con camisa y pantalones de color azul, pasaban por allí para ir a barrer la terraza, podar los arbustos o regar las plan- tas. Se movían en fila india detrás de un corpulento y bigotudo capataz norteamericano. Desde cierta distancia, parecían una cadena de presos».

Sólo es el primer párrafo del prólogo de Vida imperial en la ciudad esmeralda. Dentro de la Zona Verde de Bagdad (RBA, 2008), pero el apunte periodístico es preciso y muy revelador: es junio de 2004, a menos de un mes de que termine el gobierno estadounidense en Irak, y Rajiv Chandrasekaran, redactor jefe del periódico The Washington Post, entonces enviado especial en Bagdad, asiste al caos —cuando no desidia— organizativo en el que se ha sumido la misión estadounidense de reconstrucción de Irak. Dentro de la Zona Verde, el recinto fortificado que albergaba a la Autoridad Provisional de la Coalición (APC), Chandrasekaran emite en su libro un severo juicio sobre la actuación del gobierno liderado por L. Paul Bremer III y el ejército de empresarios o técnicos que había acudido a Bagdad para empezar a hacer carrera. El periodista revela la nula interacción entre los norteamericanos residentes en la Zona Verde y la población de Bagdad, en su mayor parte por culpa del desinterés de los primeros y menos de la enemistad de los segundos. De hecho, son los soldados que salen de la Zona Verde y tratan con los iraquíes, comen en sus casas, compran en sus mercados, los que empiezan a llamar de manera despectiva Ciudad Esmeralda a la Zona Verde —a la que Chandrasekaran compara con un Versalles en el Tigris—, compuesta por el antiguo Palacio Republicano en el que residía Sadam Hussein y los aledaños poblados de chalés y comercios y piscinas y un intento concienzudo de recreación del American way of life —el periodista habla incluso de un «oficial para levantar la moral» que organizaba clases de salsa o yoga y pases de películas en el cine del palacio—.

Rajiv Chandrasekaran ya conocía Irak. Había estado en el país en septiembre de 2002, cuando el equipo dirigido por Hans Blix todavía trataba de probar si en Irak existían o no las famosas armas de destrucción masiva. La siguiente vez que puso un pie en Bagdad fue el día después de que los soldados norteamericanos derribaran la gigantesca estatua de Saddam Hussein. ¿Cuánto tardó el periodista en darse cuenta de que las cosas no se estaban haciendo del todo bien?

«Enseguida —explica Chandrasekaran—, la primera evidencia fue el saqueo. Prácticamente todos los edificios gubernamentales fueron destruidos por los saqueadores mientras los soldados norteamericanos simplemente miraban. Debería haber habido planes para mantener el orden público, pero no los hubo. Y, a partir de ahí, las cosas solo fueron a peor».

Entonces fue cuando el periodista del Washington Post entró en la Zona Verde y pasó a ser testigo, y luego relator, de los esfuerzos no siempre bien encaminados llevados a cabo por los norteamericanos para reconstruir Irak. «En el momento álgido de su actividad —cuenta Chandrasekaran— la APC tenía más de mil quinientos empleados en Bagdad, la mayoría estadounidenses. Era un grupo variopinto: hombres de negocios que militaban en el partido republicano, jubilados que buscaban paladear por última vez el sabor de la aventura, diplomáticos que habían estudiado sobre Irak durante años, graduados recién salidos de la universidad que nunca habían tenido un trabajo a jornada completa, funcionarios gubernamentales atraídos por el veinticinco por ciento de salario adicional que cobraban quienes trabajaban en una zona en guerra».

Este grupo tan heterogéneo fue el que se encargó de in- tentar reconstruir un país literalmente en ruinas. Pero Chandrasekaran es testigo de cómo, en muchas ocasiones, las cabezas pensantes dedicaban mucho tiempo a nuevas leyes de tráfico o de protección del diseño de microchips en lugar de atender a las necesidades reales de los ciudadanos de Bagdad. Con todo, Chandrasekaran no se muestra en contra de la concentración de la APC en la Zona Verde, sino de su aislamiento: «Está claro que tenía que haber un sitio en el que los norteamericanos vivieran y trabajaran, pero podría haber sido uno más pequeño y también podría no haber sido el antiguo palacio de Saddam. El problema, en cualquier caso, era que los norteamericanos no salieran a conocer el verdadero Irak, el Irak sin electricidad, sin seguridad y sin trabajo».

Vida imperial en la ciudad esmeralda, un libro vibrante de buen periodismo que circula por la comedia negra pero que no está exento de escenas de acción, le valió a Rajiv Chandrasekaran el muy prestigioso premio Samuel Johnson al libro de no ficción en 2007. Asimismo, fue finalista para el National Book Award y ahora se estrena una película —dirigida por Paul Greengrass, protagonizada por Matt Damon— basada, con ciertas libertades, en el libro en cuestión. Irak sigue estando de actualidad seis años después de la última guerra, pero ya no queda nada de la administración Bremer. Queda el ejército, en cambio. «Estamos condenados de cualquier manera», dice Rajiv refiriéndose a Estados Unidos: «Durante mucho tiempo, los soldados norteamericanos han evitado que los suníes y los chiíes se mataran entre sí. Pero nuestra presencia allí no da como resultado tampoco una reconciliación política. Así que estamos condenados, tanto si nos quedamos como si nos vamos, siempre va a haber un problema».

En cualquier caso, Chandrasekaran confiesa: «Aunque hubiéramos diseñado los mejores planes y hubiéramos enviado a la gente más preparada, estoy seguro de que también habría habido problemas. Eran y son muchos los iraquíes que no están de acuerdo con que haya soldados extranjeros en su tierra. Pero creo que si nosotros, los norteamericanos, hubiéramos entrado en Irak de una manera más inteligente, con más planificación y con equipos de reconstrucción mejor entrenados, podríamos haber prevenido muchos problemas». Cita como errores claros haber disuelto el ejército iraquí y haber apartado del poder y las instituciones a cualquier persona vinculada al partido Baaz, el hegemónico de Saddam.

Vida imperial en la ciudad esmeralda no es en ningún momento, de ninguna manera, una crítica a la invasión de Irak, no se critica el fondo sino la forma, y la sensación que deja la lectura del libro es de desilusión, de fastidio ante una ocasión perdida para reconstruir un país asolado por la guerra y por tantos años de dictadura. Y esa sensación no le pertenece sólo a Rajiv Chandrasekaran, sino que se metía en el cuerpo de los propios enviados norteamericanos, de esos empresarios o soldados o analistas o jóvenes meritorios. Aquello no funcionaba, y lo sabían. Basta este extraordinario párrafo del libro para comprobar cuál era el estado de ánimo y de (in)acción de la misión estadounidense:

«La mayoría de los que estaban en el palacio simple- mente habían desistido y se limitaban a buscar el solaz y la alegría un tanto decadentes que proporcionaba la piscina. Y cuando el sol se ponía, se retiraban al bar Sherezade del Hotel al-Rashid a beber cerveza turca, vino libanés y whisky escocés de tercera categoría. Compraban relojes, mecheros y viejos billetes de banco iraquíes con la cara de Saddam Hussein. Compraban camisetas con leyendas irónicas como “¿Quién es tu Bagdaddy?”. Comían pizza en el Green Zone Café y pollo kung pao en cualquiera de los dos restaurantes chinos que había cerca del palacio. En el gimnasio hacían ejercicios bajo un póster de las Torres Gemelas del World Trade Center. Llamaban gratis a sus amigos de Estados Unidos con teléfonos móviles a cargo del Gobierno. Organizaban sonadas fiestas de despedida y tenían una última aventura. Mandaban correos electrónicos solicitando trabajo en la campaña para la reelección del presidente George Bush, para cuando volvieran a América. Y cuando se cansaban, se retiraban a sus habitaciones a mirar los DVD piratas —dos por un dólar— que vendían por la calle los emprendedores jóvenes iraquíes».


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