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Iniciaba Vargas Llosa su libro de 2012, La civilización del espectáculo, afirmando que en toda la historia nunca se había escrito tanto sobre la cultura como en el tiempo actual y que, a la vez, lo que habíamos conocido como cultura hasta ahora estaba «a punto de desaparecer». ¿Cómo no darle la razón ante la reciente venta de una escultura invisible por 15.000 euros por parte del artista italiano Salvatore Garau? A su vez, ¿no manifiesta esto, de nuevo, la necesidad –la urgencia− de seguir ensayando sobre el momento intelectual que vivimos, de sus grandezas y aflicciones?

La causa de la crisis de la cultura radica en la crisis del ser humano y, por tanto, para reconstruir lo humano la cultura es el camino más corto

Esta es la propuesta de José María Carabante, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, colaborador en varios medios culturales, crítico literario y escritor. En esta ocasión, nos entrega noventa páginas de reflexión sobre nuestro tiempo, dividido en siete breves ensayos, bajo el título genérico de La suerte de la cultura (Marcial Pons, 2021). Pero, a diferencia del Nobel de Literatura citado, esta lectura contagia un tono de profunda esperanza: porque la causa de la crisis de la cultura radica en la crisis del ser humano y, por tanto, para reconstruir lo humano la cultura es el camino más corto.

La suerte de la cultura. LHG, Madrid 2021. 90 págs. 11'40 €
La suerte de la cultura. LHG, Madrid 2021. 90 págs. 11’40 €

¿Cómo es posible que en un mundo tan avanzado, atravesemos una crisis cultural tan profunda? Carabante responde que «la excesiva atención prestada a la exploración científica del mundo, resta peso a lo simbólico». Y ese olvido conduce al «hombre desmediado», al ser humano desconectado del necesario misterio de la mediación cultural, al que habrá que ver cómo sanar.

Se necesita, entonces, liberar a la cultura de los antihumanismos de moda, entre los que destaca, entre otros, la proliferación de las nuevas tecnologías que, junto a sus aspectos positivos, pueden «devorar lo simbólico», aquello que nos distingue como seres humanos. Además, nos ofrece una regla para orientarnos: «Recordar que la cultura está en estrecha relación con lo humano es, precisamente, la forma de la que disponemos para tomar conciencia de sus contornos; en definitiva, la manera de ofrecer un criterio que nos permita depurar lo cultural de sus fraudes».

Pero junto a la presentación cóncava de la cultura como crisis ruinosa, Carabante también sabe detectar su convexidad: la exacerbación de la cultura, una especie de beatería de la cultura con independencia de su contenido. Y al denunciar ese «puritanismo cultural», señalará también su nocivo imperialismo, su propensión a hostigar a quien piense diferente. Y para defender la libertad intelectual, contraatacará exponiendo cómo nace el sano pluralismo: «Heródoto escribió un libro universal [Historia] no por ser griego, sino porque se propuso algo tan noble como celebrar las “admirables y grandes obras de helenos y bárbaros”. ¿Existe una forma de expresarse más inclusiva?».

Uno de los muchos brillos de este libro es que aparecen entrelazados muchos  autores clásicos y contemporáneos. De este modo, se sirve de la reflexión de Walter Benjamin y de René Girard para ensayar la conexión entre el comienzo histórico de la cultura y lo sagrado, pues la supieron detectar ambos pensadores. Y en los tiempos actuales de desencantamiento, de pragmatismo y desacralización, le sirve para plantear si ahora la cultura será «capaz de inmunizarnos, de una vez para siempre, frente a la incursión de lo abominable». La respuesta de Carabante es firme: «Auschwitz sugiere que no». Por eso necesita distinguir la cultura como solo entretenimiento, de la cultura como cultivo de lo humano. Porque solo en este segundo caso se vuelve a conectar cultura y espíritu, y solo entonces la cultura será alimento del espíritu, y este «siempre vivifica».

¿Qué aflicciones padece la cultura como consecuencias de la depauperización espiritual señalada? Ahora recurrirá a la Escuela de Frankfurt, en especial a Adorno, para señalar cómo enferma la cultura cuando capitula ante la rentabilidad. Y asentado esto, diagnosticará tres enfermedades de «la sobredosis de una cultura indiferente a la persona»: la exaltación del yo, con su correspondiente absolutismo identitario; el dominio de una mentalidad relativista, que anula la posibilidad de convivir e imposibilita la pluralidad al no existir la posibilidad de desvelar alguna verdad comunitariamente; y el pragmatismo utilitarista, que pervierte hasta el sentido de la propia cultura.

«Ha sido Nietzsche el que con más acierto ha propuesto el camino para la reconstrucción de la cultura»

Pero llega el momento de plantear soluciones para alimentar la cultura: «Ha sido Nietzsche el que con más acierto ha propuesto el camino para la reconstrucción de la cultura». Y del pensador alemán nos transcribe esta preciosa cita: «Se ha de aprender a mirar, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y a escribir». Bajo estas líneas trasparecen las fuentes de mediación simbólica que reclama Carabante como necesidad humana de primera magnitud.

Se trata, entonces, de superar el nihilismo ambiental, y de recuperar el asombro. Porque la visión nihilista «nos devuelve a la caverna». Por ello, la suerte de la cultura dependerá de una «propedéutica de la mirada para contemplar lo que nos rodea como el caudal simbólico que es». Y esto es atender a la realidad como un don, lo cual, además, posibilita para descifrar nuestra propia naturaleza. Así podremos distinguir lo verdadero de lo falso, lo feo y lo bonito, lo bueno y lo malo: «Verdad, belleza y bien componen los caminos por los que debe transitar la cultura si no quiere que expire lo más sagrado y singular que poseemos».

EDUCAR LA MIRADA

Pero educar la mirada no es tarea fácil. Y menos aún en el tiempo que corre. Por eso, el libro se cierra proponiendo un cambio de perspectiva revolucionario: el de pasar de actores a espectadores de lo real. Así podremos ser «huéspedes de lo real y huéspedes de nuestra propia naturaleza». Cuánta sintonía con los versos de Octavio Paz, cuando canta: «Tal vez amar es aprender / a caminar por este mundo. (…) / Aprender a mirar. / Tu mirada es sembradora. / Plantó un árbol. / Yo hablo / porque tú meces los follajes».

Quizás todo el que lea estas líneas se considere enamorado de la cultura. Pero, atención: amar –y comprender− es un nuevo aprender a mirar. Y en esta civilización fatigada a la que, por cierto, pertenecemos todos, esta lectura gradúa nuestra vista cansada.


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