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La pregunta presidía el cartel que anunciaba el congreso: «¿Qué libros deberán conservarse cuando todos  los textos estén accesibles digitalmente?». Para buscar una respuesta a este audaz interrogante se reunieron en el Congreso Internacional «La Biblioteca de Occidente en Contexto Hispánico», celebrado en Madrid y San Millán de la Cogolla entre los días 17 y 22 de junio de 2013, un centenar de hispanistas de 35 nacionalidades. ¿Estamos ante un súbito Farenheit 451 que, como en la famosa novela de Ray Bradbury, ponga en peligro la letra impresa? ¿Va a condenar a la hoguera al libro la era digital como si hubiera una nueva Inquisición, la del olvido? ¿O deberemos intentar que el libro, los libros que contienen unas pocas palabras verdaderas, sigan siendo un artículo de consumo masivo y que algunos de ellos constituyan un elemento indispensable que hay que conservar en nuestros hogares?

Este ha sido el espíritu que ha animado la discusión promovida por el profesor Miguel Ángel Garrido Gallardo, catedrático de universidad y profesor de Investigación del CSIC, en este encuentro internacional, patrocinado por la Fundación UNIR y que ha contado, para su organización con el apoyo de la Universidad Internacional de La Rioja, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española). La pregunta en torno a los libros que deberán conservarse, además de ser una sugerencia para quienes no han leído los libros que se seleccionen, como dice Garrido, y una forma de suscitar debate, como dice el también catedrático José Carlos Mainer, implica una mirada al pasado de la literatura, pero es también una apuesta de futuro. ¿Qué libros hay que salvar para la inmensa mayoría? ¿Qué obras deben agruparse en un pequeño anaquel de un mueble doméstico, en un hogar donde la lectura sea una sana costumbre y una prueba de preocupación intelectual? «Un libro es una batalla», ha escrito el precoz y triunfante novelista Jöel Dicker en torno a la lucha que supone escribir. Salvar los libros esenciales es otra batalla que merece la pena.

Para conversar con el hombre que ha impulsado este ambicioso proyecto acudo a su despacho del rutilante Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, situado en ese Madrid periférico de la llamada Ciudad Lineal. En medio de edificios bajos y aburridos, en un Madrid lleno de talleres y con sabor a lo que antes se llamaba las afueras (donde aparcar el coche es, no obstante, una penitencia), este edificio de ladrillo y cristal supone un toque de arquitectura moderna, funcional y despersonalizada. Garrido se sienta bajo un retrato que le hizo Inocente Aguilera. En la pared hay también un dibujo de Pedro Salinas, el gran poeta que en tiempos ocupó el puesto que él tiene en el Consejo.

Considerado una de las primeras autoridades en semiótica en el ámbito de la Filología Hispánica, Miguel Ángel Garrido Gallardo ha obtenido este año el Premio Javier Marías de la Comunidad de Madrid en el apartado de Investigación. Las razones esgrimidas por el jurado me facilitan la entradilla a esta entrevista: «La importancia de sus contribuciones a tareas académicas y el gran número de publicaciones en el área de la Teoría de la Literatura, así como por su trayectoria, notoriedad y prestigio». Esa trayectoria incluye el asesoramiento de revistas españolas e internacionales, la dirección de colecciones bibliográficas, la presidencia de congresos y un largo etcétera en tareas de investigación. La notoriedad y el prestigio se dan por añadidura. Además, es editor-director de Nueva Revista, publicación que ha participado activamente en la puesta en marcha de este congreso.

Lo malo (o lo bueno, mejor dicho) de las entrevistas, y más si es con alguien tan cordial y estimulante como este profesor, sabio y locuaz (en alguna entrevista se ha definido como «bocazas»), es que uno se dispersa y habla de todo. Es la receta del maestro Gay Talesse: acercarse al interlocutor sin agresividad y sin prisas, queriendo averiguar cómo es. Empezamos hablando de grandes entrevistadores, como González Ruano, Soler Serrano o Salvador Pániker, de escritores como Pla o como Pedro Salinas, que nos mira desde su dibujo… Hasta que recuerdo aquello que Ortega decretó en Buenos Aires: «Argentinos, a las cosas». Así que a las cosas: esto es, al congreso que me ha traído hasta aquí.

Lo primero, ¿qué balance hace usted del congreso?

El congreso, realmente, no pretendía hacer un canon. Se trata de hacer una biblioteca doméstica y los criterios son híbridos. No se intentaba decir «estos son los mejores libros posibles». Eso es una quimera. Los mejores cien libros, ¿por qué? Un libro es el mejor según qué persona, qué circunstancia, qué momento histórico, qué hora del día, qué situación psicológica se tiene: es una convención. Y luego, ¿con qué criterio? Hay una serie de criterios mezclados. Por ejemplo, como se dijo en el congreso, Galdós es uno de los cien escritores que no deben faltar, y no falta. Pero quizás entre las obras de Galdós no hay ninguna que sea una de las cien primeras. Con el criterio híbrido pones una buena obra de Galdós para que Galdós esté representado. Queremos hacer una biblioteca desde la perspectiva occidental. Se trata de llevar una biblioteca de culto a la casa de la familia media de habla española.

Eso supone una labor de reducción de lo que es la literatura universal. Pero, ¿no es un poco pretencioso, una misión imposible, querer contenerla en cien volúmenes?

Es una misión imposible, por eso no es un canon. Yo aceptaría que alguien haga una lista como la que yo he hecho, que se discutió en una sesión memorable, y seguramente estaría de acuerdo en que alguien hiciera una lista, en la que no coincidiera ningún título con los míos, aunque eso también es una exageración: que no coincidiera prácticamente ninguno de los cien libros.

Pero la lista que va a salir adelante es la que ya conocemos, que empieza en la Biblia y se remata con García Márquez, ¿no?

UNIR, con Cilengua, que es una institución del Gobierno de La Rioja, va a publicar esa biblioteca. Durante este año se van a encargar los cien libros y luego, por la experiencia que tengo de otras colecciones que he dirigido, después de encargados todos a la vez, se van publicando con una cierta periodicidad, objetiva, establecida, cronológica, pero también según te los van entregando. Si no los encargas a la vez lo que puede producirse son atascos y vacíos enormes. Cuando dentro de un año se empiecen a publicar, a mí me gustaría que salieran con una periodicidad quincenal.

Eso sería estupendo. Ya tenemos la lista de los cien propuesta por usted al congreso. ¿Cómo fue recibida?

Hay unanimidad con la Biblia y con el Quijote. Todo lo demás es discutible. ¿Por dónde empezar? Por la publicación de esta lista, que es arbitraria, porque hay que empezar de alguna manera. Luego, seguramente, vamos a poner en la web la posibilidad de que la gente pueda corregirla de la siguiente forma: «Yo quiero que se incluya este autor o que se incluya esta obra». Pero no se lo admitiremos si no dice qué obra o qué autor deben ser sustituidos. Porque lo de los cien es una convención, que tomamos como inamovible, una convención que significa tener, con realismo, una biblioteca de referencia, aunque a lo mejor lo que se lee luego es la versión electrónica, que seguramente meteremos en una solapa del propio libro. Pero que en las casas se diga: esta es la gran herencia de esa cultura de los siglos XIX y XX que llamamos literatura; aquí tenemos una biblioteca de culto.

Miguel Ángel Garrido se levanta hacia la librería, abre los brazos y abarca entre ellos la distancia de algo más un metro. «Este es el espacio que ocuparán los cien volúmenes», me dice. «Mirando una estantería en mi casa se me ocurrió que sería estupendo que todo el mundo pudiese llenar un anaquel así».

«In illo tempore» (cuando la televisión era una, grande y en blanco y negro) RTVE sacó, en colaboración con la editorial Salvat, una colección muy manejable que estaba muy bien.

Sí. Y luego, también en RTVE, salieron otros libros de tapa negra que no estaban todos tan bien. En esa colección yo publiqué el peor libro de mi vida, por el que el crítico del periódico Pueblo, Dámaso Santos, me dio un palo en toda regla con una reseña que titulaba Mal libro con buen método. El libro era Literatura y sociedad en la España de Franco y creo que tenía toda la razón él, que seguramente pensó que un chico joven que acababa de salir de la Facultad y se dedicaba a cosas de teoría debía saber mucho de método. Pero que el que sabía de novelas era él. Y el que debía ganar las diez mil pesetas que te daban en mano era él, que las necesitaba, mientras que yo, que tenía el sueldo de la Facultad (mil pesetas, no se vaya a creer), con cuatro datos y mucha teoría, hacía un libro… Como tenía razón, le escribí una carta diciéndole que aceptaba la crítica y que supiera que iba a hacer todo lo posible para que nunca más me pudiera hacer una reseña tan dura.

O sea, que ha habido otros intentos de bibliotecas…

Sí, pero no eran de una biblioteca literaria universal. Este intento, en cierta medida, es único, porque lo que ha habido son grandes colecciones. Ahora la Real Academia Española está publicando una colección de literatura española, muy bien editada, como ha hecho la Biblioteca Castro, que es una fundación que publica los grandes libros de la literatura española, con los textos muy depurados. La dirigía Domingo Ynduráin. Hay muchas. Y está esa colección francesa en la que desde España nos hemos mirado todos, «La Pléiade». Pero «La Pléiade» son cientos de tomos, magníficamente editados. Esto nuestro tiene que tener rigor académico, pero debe ser una biblioteca que solamente trata de que la gente no se olvide de eso tan importante que es la literatura, ahora que la literatura está asediada por otros tipos de comunicación.

Me cuenta Garrido que el secretario general de la Academie Française, el francés Michel Zink, que estuvo en el congreso y presentó una ponencia muy bien escrita, le vino a decir que los libros que se pretende editar son como los de esas colecciones de volúmenes muy bien encuadernados, que llenan la biblioteca, pero que nadie los lee, solo los enseñan. Como pasaba antes en España con los libros de lujo de la editorial Aguilar. Pero el animador del congreso le replicó: «Mire, yo quiero que los lean también, pero si no los leen, alguien los leerá algún día. Pero que queden en cada casa esas referencias, como la Biblia, como el Quijote», está bien.

Pero ¿no conspiran los libros electrónicos contra el anaquel de la biblioteca?

Yo no estoy en contra del libro electrónico, porque como decía muy bien Zink, un tipo puede decidir: «Yo me voy a leer una edición de La Galatea en la biblioteca virtual Cervantes que patrocina el Banco Santander y entro en el ordenador y me la voy leyendo, o la meto en el e.book y me la voy leyendo en un viaje». Sin embargo, no hay que vincular esa obra de culto, esa obra importante de alta literatura, al hecho de que tenga que leerse en papel. Si estoy esperando el tren, y se retrasa, o el avión, me compro una novelilla de aventuras que luego tiro, porque es de usar y tirar. No es automática la relación entre la importancia del texto y el medio. Lo que sí se va a intentar con esto, que yo creo no se ha intentado antes, es que la contundencia física de una biblioteca que recoge nuestra herencia cultural, puesta en los hogares, nos llame la atención. Que esté ahí, recordándonos siempre que merece la pena.

A usted, ¿cómo le vino esta idea?

Me vino la idea porque ahora mismo es un debate universal la cuestión de que algo tan importante para la formación de la persona humana como la literatura, no solo en la tradición oral, sino en la cristalización del libro (que obliga a ir a leer el libro, un tipo de comunicación que tienes que seguir hasta el final, que no puedes manipular, que tienes que acoger, y, solo una vez leído íntegramente, contestar si quieres), ese tipo específico de comunicación que es el de la literatura, pero de la literatura porque se da en el libro, podría desaparecer con la desaparición del libro. Ese es el debate.

Y usted cree que hay que dar la batalla por el libro.

Sí. Y da lo mismo que el libro sea electrónico o de papel, como acabo de decir. Se ha difundido aprensión, porque se han confundido dos cosas. Efectivamente, no es lo mismo leer un libro que utilizar las posibilidades que da el mundo ciber, o sea el mundo de Internet. No es lo mismo un texto en el que tú pinchas un icono y piensas: «A ver este qué dice», y entonces pinchas otro icono y de uno vas a otro, que lo de leer literatura. Ese tipo de operación en Internet, que tiene mucho de juego y que ahora sigue mucho más la nueva generación, es un tipo de comunicación que no es la literaria. No es que sea mala, sino que es otra cosa. Y también está restando espacio al tiempo que, hipotéticamente, se podría dedicar a la literatura. Pues bien, la literatura, asediada por el cine, por la radio, por la televisión, por el vídeo, y ahora asediada también por la comunicación ciber, es una cosa importantísima y vamos a ver cómo salvamos esa herencia, un mínimo de esa herencia. Por eso se me ocurrió esta idea, en ese contexto de discusiones, de reflexiones.

Hay que salvar la herencia… Pero ¿solo con cien libros?

Sí, aunque al final, la biblioteca, si esto funcionara bien, si la idea resulta que tiene respuesta, no tiene por qué ser de cien exactamente, cien y los siguientes…

La respuesta puede ser polémica. Por ejemplo, en su lista figura García Lorca, con Romancero gitano. Y ¿si alguien opina que es mejor Poeta en Nueva York?

Figúrese que empezaran a proponer masivamente Poeta en Nueva York, me lo pensaría. Si no, no. También por eficacia.

Hay que reconocer que la lista está muy pensada y es, toda ella, de absoluta solvencia. Desde los clásicos latinos y griegos a las plumas contemporáneas, el nervio de la gran literatura recorre todos los nombres. Casi nadie esencial se queda fuera. Pero, como es natural, la selección es opinable. ¿Por qué de Camus se elige El extranjero y no La peste? ¿Por qué Kafka está con El castillo y no con La metamorfosis? Repaso con Garrido alguna otra obra, y discrepo en la asignada a García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba. Mi voto sería para Cien años de soledad. El crítico José Carlos Mainar también votaría por la evocadora historia de don Aureliano Buendía. «Para esa elección, hay dos razones —me dice Miguel Ángel Garrido—: la extensión, y el año».

La biblioteca es hasta el sesenta y dos, ¿por qué?

Porque ya sí que sería imposible, una misión imposible, reducirse a cien libros, hasta hoy, con cincuenta años más de una producción tan enorme. Hay que dejar que el tiempo decante el listado de las obras. ¿Por qué tan a rajatabla, cien? Porque por algún lado hay que empezar. ¿Por qué tan a rajatabla, 1962? Más cincuenta años, 2012, año en que se ha hecho el listado. Más discutible que lo de García Márquez es lo de Proust, del que he elegido Jean Santeuil. ¿Por qué? Como En busca del tiempo perdido son cinco enormes tomos, selecciono una obra pequeña que tiene el mismo diseño que la otra. Así el lector puede saber de qué va.

En dos entrevistas que le han hecho últimamente, José Grau para ABC e Ignacio Amestoy para El Mundo, insiste en que la sociedad actual está enferma de superficialidad.

Esta es una gran fijación que tengo. A lo mejor tengo que ir al psiquiatra, pero estoy absolutamente convencido de ello. El común denominador del enorme problema de la crisis de entre siglos —final del siglo XX y principios del siglo XXI— es la superficialidad. Se concreta en lo siguiente: con un móvil hoy puedes estar hablando continua y gratuitamente, porque resulta que hay una oferta las veinticuatro horas del día y con todo el mundo. Y sucede que no tienes nada que decir. Oigo las conversaciones en los viajes de AVE y en los ascensores del metro, y es tremendo…

Usted observa a la gente en el metro. ¿Cómo cree que le ve la gente? ¿Como un profesor serio, con mucha publicación, premiado, lo último con el Julián Marías…

No lo sé. Supongo que como un profesor serio y viejo. Lo de serio lo lamento, claro, pero así es la vida. Un día, al salir de dar clase de Teoría de la Literatura en la Complutense, donde he estado hasta hace muy poco, le dije a un alumno que quería hablar conmigo (ya sabe que con los alumnos se habla al final de las clases) que me acompañase a la cafetería, invitándole a desayunar. Se negó y dijo que me esperaba a la puerta. Lo comenté con un colega, el catedrático Tomás González Rolán: « ¡Qué raros que son los chicos de hoy!» Y él me replicó: « ¿Que son raros? ¿Qué hubieras hecho tú si don Sebastián Mariner te hubiese dicho: “Pase conmigo a la cafetería”? Lo mismo». Es una señal de que la vida pasa. Empecé a sentirla cuando la gente se empeñaba en cederme el sitio en el metro…

¿Qué considera usted que es lo más importante que ha hecho en su vida?

Yo soy muy del ten con ten. Con motivo del premio Javier Marías me preguntaban muchas veces que si estaba satisfecho. Yo creo que uno debe dar de sí lo más que pueda al servicio de los demás. Pienso que el trabajo es el primer medio que tiene el ser humano para cumplir su destino. Pero pienso que es un error garrafal ponerse un objetivo máximo inmóvil, fijo, porque si uno se pone un objetivo máximo siempre será un desgraciado. Porque el que llega a Papa lamentará no haber llegado a Emperador, y viceversa. La verdad es que tengo buen humor y he intentando hacer eso lo más que he podido, y, doy gracias a Dios, en la vida me ha ido fantástico.

Casi no me atrevía a decírselo, pero yo, que soy periodista, tengo que confesarle que creo, como Ben Bradley, el que fue director del Washington Post cuando el famoso «affaire Watergate» y consiguieron echar a Nixon, que la esencia del periodismo es la superficialidad. Lo cuenta en sus memorias: fue la primera lección que le dieron en este oficio…

La gran tragedia es, por ejemplo, que podemos formar una opinión pública con una serie de personas que no saben lo que están diciendo. Cuando tratan de lo tuyo, te das cuenta de que no saben lo que están diciendo y piensas: «Dios mío, cómo están informando…».

Al final, nos ponemos a hablar de las cosas que pasan, de la opinión pública, que Ortega decía que es la suma de las perezas individuales, de La rebelión de las masas, que está en esa clave, de la política que padecemos Y mientras me acompaña a la salida tiene tiempo de citar al Papa Benedicto: «A mí me dijo Ratzinger que, en su opinión, el problema moral más grande de esta hora es que se nos presenta como absolutamente igual al sabio y al necio, al santo y al criminal, y no hay forma de discernirlo».

Como despedida, me entrega un texto de su cosecha, dieciocho apretadas páginas, llenas de reflexiones agudas y de referencias bibliográficas, sobre el futuro de la literatura y el libro, en las que analiza la obligada convivencia entre la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Internet.

«Ahí está todo lo que pienso sobre lo que hemos hablado», me dice. Apunto una frase que el profesor ha escrito en torno a la supervivencia de la literatura y el libro: «La literatura tiene un futuro asediado, pero tiene futuro». Pienso que, de haber sido su alumno, yo sí me hubiera atrevido a tomar con él una «relaxing cup of café con leche» si me hubiera invitado a desayunar.


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Periodista. Autor de “Antonio Fontán, un liberal en la Transición”, (Almuzara, 2015)