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MIGUEL ÁNGEL GOZALO: Si usted me lo permite, podríamos empezar con una frase de Umbral, que dice lo siguiente: «Lo malo del articulismo es que nos roba el presente. El articulismo supone sacrificar la verdad a la actualidad. En tiendo por verdad la constatación gustosa del presente, el tiempo sin fisuras, el campo sin puertas, la afluencia natural de la vida». Esto que escribía Umbral y yo lo comparto: la actualidad en la que vivimos inmersos estos días de una manera frenética quizá nos supone sacrificar la verdad. ¿Es ese el riesgo del articulismo?

CARMEN POSADAS: Lo que pasa es que yo tengo el problema contrario, porque yo escribo en XL Semanal y ten-go que hacerlo con dos semanas de anticipación. Lo que yo escribo ahora se publica dentro de dos semanas, y eso me complica muchísimo la vida, porque no puedo escribir nada que sea de muy rabiosa actualidad: seguramente a las dos semanas va a quedar obsoleto. Lo que hago es escribir sobre cosas muy atemporales, así que mi caso es al revés: Umbral tenía que escribir todos los días, todos los días tenía que salir con un artículo. En cambio, yo ese problema no lo tengo, tengo otros. Pero ese no.

Esa mirada atemporal nos puede llevar hacia atrás, hasta los clásicos. Dado que Nueva Revista es una publicación de orientación universitaria, dedicada a un público que vive la actualidad, pero quiere asomarse también al pasado del que venimos, ¿qué recomendación daría Carmen Posadas en torno a los clásicos?

Es una enseñanza que tuve hace mil años, cuando fui con mi padre a Pompeya. A papá le encantaba leer a los clásicos y de repente nos empezó a leer a Plinio el Viejo. Y Plinio el Viejo empezaba así: «La juventud de ahora es lo peor que he visto nunca, nunca se ha visto gente tan superficial, tan ignorante…». Todo lo que nosotros decimos ahora, de los jóvenes o de cualquier otra cosa, ya le preocupaba a Plinio el Viejo. Ahí me di cuenta, de que, como dicen los franceses, cuanto más cambian las cosas, más se parecen a lo anterior. Así que eso hay que tenerlo muy en cuenta precisamente cuando uno analiza la actualidad y cuando uno quiere, sencillamente, mirar a su alrededor. Ayuda a relativizar y a saber que todo esto ya ha pasado antes.

¿Y puede Carmen Posadas intentar hacer el papel de su padre con nosotros y recomendarnos qué debemos leer, además de a Plinio el Viejo?

Plinio el Viejo es bastante más divertido de lo que parece.

Seguro que lo leía también Cervantes, que en El Quijote metía de todo. Hay una frase que nuestro primer escritor cuelga del bachiller, que dice: «No hay libro tan malo que no tenga algo bueno», y es de Plinio, no sé si el Viejo o el Joven. Pero, para seguir con los clásicos, ¿qué tenemos que hacer para recuperarlos, en un mundo que vive tan presionado por las maquinitas, por las redes sociales, por el teléfono móvil?

Mi recomendación es, simplemente, que no los olviden. Y vuelvo a una anécdota personal: he descubierto que a mis nietos, a diferencia de lo que les pasaba a mis hijas o lo que me pasaba a mí, no les gusta que les cuentes dos veces el mismo cuento. Es rarísimo, porque a los niños lo que les gustaba era que les repitiese el cuento eternamente. Yo, siguiendo lo que había hecho con mis hijas y lo que mi padre había hecho conmigo, les hablaba de Ulises y les contaba la historia del caballo, y después les hablaba de la Odisea y de las trampas de Ulises una vez más. Y me dicen: «Quiero otro cuento». A mí eso me parece bastante grave, porque la manera en que nosotros hemos transmitido la información, hasta ahora, era a base de repeticiones, siempre a base de repeticiones. Pero, ahora, los niños, cuando les has contado el cuento de Ulises, quieren que les cuentes otro. O sea, que nunca recordarán el cuento de Ulises, porque si lo cuentas solo una vez, no lo van a recordar. Así que mi consejo para todos, y especialmente si son personas vinculadas a la enseñanza, es que nada se aprende si se lee una sola vez. La repetición y el volver a los clásicos es lo que crea un acervo y un poso cultural. Y sin ese poso cultural no se puede entender nada: no puedes entender la literatura, no puedes entender la pintura, vas a un museo y no sabes lo que estás viendo, no puedes entender la música, no puedes entender el presente, porque, como antes he dicho, todo ha pasado ya. Y si no aprendemos en los libros tendremos que aprender en nuestras cabezas. Un golpe en nuestra cabeza que va a ser peor.

Hablando de cuentos. Carmen Posadas empezó con los cuentos. ¿Sigue escribiendo cuentos para niños, o eso lo ha abandonado?

Cada dos años, más o menos, me gusta hacer algo para niños. El año pasado me pidió una marca de chocolates muy conocida que hiciera un cuento para que los mayores volvieran a recuperar la ilusión de la Navidad: era un cuento que un niño le contaba a un adulto. Eso fue el año pasado, así que este año no voy a hacer nada para niños, pero posiblemente el año que viene sí.

Ahora, si me permite el tópico, la pregunta clásica en una entrevista a una escritora: ¿Por qué se escribe?

Mi padre decía que después de lo que habían escrito Cervantes y Shakespeare no tenía nada que añadir, por eso nunca escribió una línea. Mi padre era un gran lector, una persona que aprendió griego para leer a Homero, y ruso para leer a Tolstói. Yo creo que escribir a lo que ayuda es, sobre todo, a ordenar las ideas, a reflexionar. A la gente que tenga un problema, el que sea, yo la recomiendo que lo escriba, porque cuando uno tiene un problema, tiene todas las ideas dando vueltas en la cabeza como si fueran moscardones. La manera de que eso se pose y de tener una visión un poco más fría del asunto, es ponerlo por escrito. Así que escribir ordena las ideas, sobre todo.

Déjeme caer en otro tópico: ¿qué libro se llevaría a una isla desierta? Ya sé que no quedan islas desiertas y que hay que leer de todo. Pero hábleme de sus lecturas preferidas.

El libro que me llevaría a una isla desierta, seguro, es la Biblia, pero no por temas religiosos, que también, sino porque en la Biblia está todo. En realidad, la Biblia no es un libro, es una biblioteca. Hay poesía, hay ciencia ficción, toda la historia de Elías con el carro y de Jonás con la ballena, todo es ciencia ficción; hay novela negra; hay pornografía; hay lo que quieras dentro de la Biblia. Es un libro inagotable y algunos libros en concreto, como el libro de Job, son una pieza de arte, una maravilla como están escritos.

De lo que ha escrito Carmen Posadas, ¿qué destacaría, qué seleccionaría? ¿Hay algún libro por el cuál sienta especial cariño?

Eso es tan difícil como cuando a uno le preguntan a qué hijo quieres más, pero, en fin, a cada uno lo quiero por distintas razones. A Pequeñas infamias porque gané el Premio Planeta con él. Otra biografía de la Bella Otero es un libro que escribí en un momento muy complicado de mi vida. Porque murieron mi padre y mi marido con dos meses de diferencia y yo estaba escribiendo ese libro y me ayudó mucho a pensar en otra cosa, a olvidarme de mí misma y a sumergirme en otra vida que no era la mía, pero que me salvó de mucha pena y de mucha angustia. Y, después, hay otro libro, Hoy caviar, mañana sardinas, al que tengo mucho cariño, porque lo escribí a medias con mi hermano Gervasio y es como un poco las memorias de dos hijos de diplomáticos a los que sus padres arrastran por el mundo, cambiando de colegios o cambiando de país, cambiando de vida cada cuatro años. Le llamé Hoy caviar, mañana sardinas, porque es un poco la metáfora de la vida de los diplomáticos. Un día estás comiendo caviar con la reina de Inglaterra y, al día siguiente, un grasiento bocadillo de sardinas en una «oficinucha» de un ministerio.

El título recuerda el del libro de Cabrera Infante sobre cine, que se llama Cine o sardina. Él no era hijo de diplomático, en su Cuba no había caviar, y su madre le daba a elegir entre cena o cine… Usted, lo de ser escritora, ¿cuándo lo decidió? ¿Cómo fue eso? ¿Una mañana se dijo «voy a ser escritora»?

Bueno, yo me dedico a escribir porque era una niña tan tímida, de esas que cuando la miraban, se tiraba encima la coca-cola, tartamudeaba y cosas así. Además, era la fea de mi familia, todas mis hermanas eran divinas. Y las que hemos sido feas de niñas, seguimos pensando que somos así, que eso no tiene arreglo. Y yo me iba a mi cuarto, y escribía un largo diario, horrible y cursilísimo, que por suerte perdí, que es el comienzo de mi vocación literaria. Por ahí empezó todo.

Oscar Wilde dice que la memoria es el diario que llevamos de una parte a otra.

¿Eso dice Oscar Wilde? Wilde tiene también una frase muy divertida sobre los diarios: «Siempre llevo mi diario conmigo en los trenes, hay que tener algo sensacional para leer entre estaciones».

Y cuando le preguntaban en la aduana si tenía algo que declarar, decía: «Solamente mi talento». Eso era seguridad, aunque la cosa acabara mal. Ciertas niñas tímidas, cuando se consagran como escritoras, ¿conquistan la seguridad?

No, esto de la timidez, no se cura nunca. Es una enfermedad crónica y lo único que se aprende es algún truco para que se note menos. Pero yo siempre pienso que le debo mucho más a mis defectos que a mis virtudes; si yo no hubiera sido esa niña tan acomplejada y tan tímida y tan fea y tan poco graciosa, nunca me hubiera dedicado a escribir.

Me hubiera dedicado a jugar al bridge o algo por el estilo, que es lo que hacían mis amigas. Así que, si estoy aquí, es gracias a mis defectos. En concreto, ese y otros muchos.

Hubo un momento en que usted pertenecía más al mundo del bridge y de la revista Hola, que al de las revistas culturales. Eso ¿cómo se lo quitó de encima?

Con mucho trabajo. Porque para un escritor es letal. Es una cosa terrible. Nadie te toma en serio si estás saliendo todo el día en el Hola. Y me costó bastante. Pero después descubrí el truco, que tampoco es tan complicado y que consiste en no dar cuartos al pregonero. Las personas que salen en las revistas del corazón es porque ellas mismas lo fomentan. La prueba está en que hay muchas personas, de una misma familia, que unos son muy conocidos y otros no los conoce nadie. Para poner un ejemplo que todo el mundo pueda recordar, los hijos de Carmen Franco. Carmencita Martínez Bordiú está en todas partes, pero son seis hermanos y a la mitad de ellos nadie los conoce. O sea, quien no quiere, no sale en las re-vistas del corazón. Es cuestión de no alimentar el monstruo.

Los escritores también tienen hábitos. ¿Cuáles son los suyos?

Yo soy diurna, me levanto muy temprano. Hago una tablita de gimnasia, insignificante, pues son solo quince minutos, pero a rajatabla. Pase lo que pase, caiga quien caiga, yo esa tablita no la dejo de hacer nunca en ninguna parte. Y después me siento a escribir frente al ordenador hasta la hora de comer. Algunos días escribo mucho, y escribir mucho a lo mejor es escribir un folio. Y si no sale nada, corrijo, vuelvo atrás y corrijo lo que ya tengo escrito. Pero me prohíbo terminantemente levantarme de esa silla hasta la hora de comer. Después, por la tarde, leo. Esa es más o menos mi rutina.

¿Podemos saber en qué está metida ahora?

Ahora estoy empezando una novela, pero a pesar de haber nacido un viernes 13, y no ser nada supersticiosa, ten-go una sola superstición y es no hablar de los libros que no existen, porque me dan un mal fario horrendo. Así que si me lo pregunta dentro de unos meses, se lo puedo contar.

¿Alguna manía a la hora de escribir?

Cuando empecé en esto tenía muchas manías. Tenía que escribir a mano, en un cuaderno que se abriera de delante a atrás y no de lado, y hacerlo con un rotulador negro. Y, además, con una manzana cerca, porque me habían dicho que Agatha Christie tenía una manzana en la mesa donde escribía y a mí me encantaba Agatha Christie. Yo tenía una manzana y tomaba té. Toda esa rutina y todo ese ritual… Ahora, como tengo interrupciones, y tengo que escribir en los aeropuertos, en los aviones, en el tren, ya no tengo ninguna manía y escribo donde puedo.

El escritor tiene el reflejo en el público. Ya Larra se preguntaba, en su tiempo, qué es el público y dónde se encuentra. Usted, ¿dónde ha encontrado su público?

Hasta hace poco, nosotros no conocíamos a nuestro público. Ibas a la feria del libro y apenas te encontrabas con gente que te había leído. Ahora el público aparece entre las redes sociales y los clubs de lectura, que son un invento maravilloso. Dios bendiga al inventor de los clubs de lectura, donde se hacen muchos encuentros con lectores. Para mí ha sido de las cosas más emocionantes. Bueno, primero quiero hacer un homenaje a las libreras. Las bibliotecarias, normalmente, son las que organizan esto, y además a pulmón, sin ayuda de ningún tipo. Usando su tiempo libre, incluso trabajando los fines de semana, han conseguido incorporar al mundo de la lectura a muchas mujeres que apenas leían y que habían tenido otras prioridades (criar a sus hijos, trabajar, etc.) y que de repente han descubierto la literatura. Y es que llegas a un club de lectura, y estas mujeres te reciben como si fueras Madonna. Es una emoción. Es realmente extraordinario. Es de las cosas más bonitas que uno puede encontrar. Y, además, cuando te encuentras con esos lectores, te descubren una cantidad de cosas que tú no sabías ni siquiera que habías escrito. Un libro no es lo que un escritor escribe sino lo que un lector lee. Y siempre hay lecturas inesperadas.

¿Le ha hincado el diente al libro electrónico, o no le gusta?

Lo he intentado, pero he fracasado estrepitosamente porque para mí leer es un ritual. Es importante el tacto, es importante el olor, es importante el subrayar; yo creo que el libro, tal como lo conocemos, es un invento perfecto y de momento no se ha conseguido superar. La prueba está que el libro electrónico empezó con mucha fuerza, todo el mundo pensó que iba a acabar con el libro de papel, y ahora se ha estancado y está bajando. La gente, en el libro electrónico, solo lleva novelas rosas y novelas policíacas. Es lo que más se vende en e-book.

Las nuevas tecnologías, ¿no conspiran contra la lectura tal como la hemos venido entendiendo hasta ahora? Me refiero a eso de lo que hablábamos al principio, la tiranía de la actualidad. Esa necesidad de vivir pendientes del teléfono, de mirar el WhatsApp contestando mensajes…

Sí, sobre todo conspira contra la capacidad de prestar atención a algo. Todos picoteamos. Entras en Internet y lees un titular, lees otro titular, lees por aquí y por allá. Con lo cual estás haciendo unas lecturas muy epidérmicas, y yo creo que eso es malo, porque leer requiere una cierta concentración y eso se está perdiendo.

Ha impartido charlas en varios centros Cervantes recientemente, ¿no? Ahí, ¿qué explica?

He estado hace poco en Estocolmo y en Miami. No doy conferencias nunca. A mí me gusta mucho este formato: hago una charla con un interlocutor, y entonces hablamos de lo que surja, un poco como lo que estamos haciendo usted y yo en este momento.

¿También ha encontrado un público receptivo?

Bueno, ahora vengo de Miami, donde estuve hace una semana, y yo iba asustadísima, porque me habían preparado un encuentro de lectores en una biblioteca maravillosa que hay en Miami. Extraordinaria, antigua, una preciosidad. Y yo iba temblando, porque yo siempre soy muy pesimista, diciéndome que no iba a haber nadie. ¿Quién me va a venir a ver en Miami? Bueno, pues estaba hasta arriba.

Es que Miami es un poco España. Comparte valores con nosotros, ¿no?

Además, es una ciudad en la que no hace falta hablar una sola palabra de inglés. En todo el tiempo que estuve, no sé si habré dicho Thank you.

Cuando conocí a Horacio Aguirre, que fundó el Diario de las Américas, un gran periódico en español de Miami, le pregunté la hora y me dijo: «¿Cuál quiere usted, la de la Puerta del Sol o la de aquí? Porque en este reloj llevo la de la Puerta del Sol». Era un periodista de origen nicaragüense, un tipo fantástico, que, por cierto, acaba de morir, y que lo primero que me dijo fue: «Si usted quiere que no se sepa de qué hablamos, hable en inglés. Porque el español lo sabe aquí todo el mundo». Usted, Carmen, ¿cómo ve el papel de España como parte de la comunidad iberoamericana? Porque Nueva Revista también está mirando hacia allí.

Yo tuve la suerte de que la agencia EFE me diera un premio este año, el Premio Iberoamericano de Periodismo, por un artículo que se llamaba Soñar en español, y es un artículo que yo escribí cuando se estaba postulando Trump para la presidencia, y en un momento dado él dijo que lo primero que haría nada más llegar a la Casa Blanca sería cerrar las páginas en español. Es lo primero que dijo. Entonces, me acordé de una frase de Carlos V, que me parece muy bonita. Él decía: «Yo hablo francés con los embajadores, italiano con las mujeres, inglés con los caballos, alemán con los soldados y hablo español con Dios». Y luego añadía: «Y también sueño en español». Entonces a mí me encantó esa frase, soñar en español, porque, mal que le pese a Donald Trump, en este momento hay nada menos que cincuenta millones de personas en Estados Unidos soñando en español. No tiene nada que hacer. Él tiene el caballo de Troya, y en este caso un maravilloso y magnífico alazán con una vía enorme, y eso no va a cambiar, al contrario. Dentro de poco, seguramente Estados Unidos va a ser el mayor país hispano parlante del mundo. Eso no lo para ni Trump ni nadie.

Soñamos en español. ¿Qué habría que hacer para mejorar la enseñanza, no solo del español, sino la enseñanza en general, en el ámbito hispano? En España, hemos acometido una serie de reformas pero ninguna ha cristalizado y ahí seguimos atascados, y se quiere hacer un pacto por la educación. No hemos sido capaces de crear una opinión pública firme, casi sagrada, en torno a la enseñanza. Me gustaría conocer su opinión.

Voy a decir dos cosas muy carcas, pero de vez en cuando las cosas carcas tienen su función en la vida. Una sería recuperar una cierta disciplina: que los alumnos respeten a los profesores. Esto, que parece tan elemental, no se cumple. Con lo cual es muy difícil aprender de alguien de quien ni admiras ni respetas, para empezar. Y la segunda cosa que yo diría es que habría que recuperar una cierta jerarquía respecto a nuestros hijos. Nosotros venimos de una educación muy estricta (no es mi caso, porque mis padres eran muy liberales, pero en general los padres eran de esa mentalidad tan severa de «cuando seas padre comerás dos huevos» o «aquí no se habla si yo no te doy permiso», etc.). Nosotros nos convertimos en unos padres demasiado blandos que permitían todo a sus hijos. Yo me acuerdo que cuando me hacían entrevistas siempre me preguntaban: «Usted, que se lleva tan poca diferencia de edad con sus hijos (yo me llevo veintiún años con mi hija) será su mejor amiga». Y yo respondía: «No. Perdone, no soy su mejor amiga, soy su madre». En aquella época me miraban como si fuera una bruja, un monstruo. ¿Cómo es posible que diga que no es amiga de sus hijos? Me parece mucho más importante ser su madre que su amiga. Yo creo que hay que recuperar un poquito esa jerarquía, porque además los niños agradecen tener un referente. Si te pones de colega con tu hijo no puedes ser un referente.

MÁG: Seguro que eso está también en los clásicos. CP: Seguro que está en los clásicos, seguro que Plinio el Viejo decía «qué horror, qué juventud tan desparramada, que no consigue aprender nada».

PARA EMPEZAR A LEER

En un programa de televisión, Carmen Martínez Bordiú le preguntó a Mario Vargas Llosa, en directo, qué hacía ella para que sus hijos leyeran, porque no eran aficionados a la lectura. Y Vargas Llosa le dijo: «Prueba con El conde de Montecristo, y ya verás cómo sí se aficionan». Usted, ¿qué recomendaría a unos primeros lectores?

Les recomendaría La isla del tesoro. Yo tengo una educación muy inglesa. Tanto en Uruguay, como aquí en España y en Inglaterra, he ido a colegios ingleses, y tienen un sistema que a mí me parece muy bueno y que habría que copiar. Aquí en España, por ejemplo, hay una forma de enseñar literatura que me parece bastante absurda. Para empezar, no te enseñan a leer. Cuando tú das Lope de Vega, siempre te dicen: «Apréndete los títulos de las obras de Lope de Vega», pero jamás ves un texto de él y luego, bastante a menudo, existe la obsesión de recomendar libros que no son para esa edad. Yo me acuerdo de que te decían: «Bueno, niños, para el jueves, La Celestina». Ibas a tu casa desolada y entonces tenías que leerte La Celestina. El mensaje era: «leer es un deber y un aburrimiento». En cambio, en los colegios en Inglaterra lo que hacen es leer en clase, y no solamente leen en clase, sino que cada alumno adopta un papel. En La isla del tesoro, uno es Jim Hawkins, otro es John Silver, el pirata, el otro es el Almirante Trelawney y entonces el mensaje es: «leer es divertido». Eso es muy importante para empezar, porque leer es un hábito. O se tiene o no se tiene. Y la única manera de adquirirlo es leer cosas divertidas. Un niño de diez años no va adquirir el hábito de leer leyendo La Celestina.

(Para cerrar esta tarde de clásicos, a la salida de la entrevista me doy de bruces con el teatro Bellas Artes, al que, de la mano de UNIR Teatro, se ha encaramado Miguel de Cervantes Saavedra, con una función de santos titulada nada menos que El rufián dichoso, nunca representada hasta ahora. Cervantes no tenía tirón teatral, perdía siempre ante Lope. Pero la puesta en escena de esta comedia demuestra, una vez más, que los clásicos están ahí para decirnos algo que debemos escuchar y que Cervantes sigue dando pasatiempo «al pecho melancólico y mohíno», como cuando lanzó mundo adelante, con un mensaje universal, a El Caballero de la Triste Figura).


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.