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Pocas veces le cuadra a alguien tan bien un puesto como a César Antonio Molina (La Coruña, 1952) el de director de la Casa del Lector, espacio del antiguo matadero de Madrid situado en el muy castizo Paseo de la Chopera. Si Borges imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca, este gallego con apariencia de tribuno de la Revolución francesa, más girondino que jacobino, que se ha recorrido los cafés de París para ver pasar la vida, vive entre libros y los lee con voracidad y aprovechamiento, parece que ni pintado para pilotar esta institución creada por la Fundación Germán Sánchez Rupérez, donde estos días se exhibe una exposición sobre la Agencia efe, con motivo de su 75 aniversario. César Antonio está en su despacho, corrigiendo con tinta roja un original. En El País Fernando Savater hace hoy un elogio de La caza de los intelectuales, un volumen de más de 500 páginas lleno de erudición y brillantes evocaciones, que es el último libro publicado por este profesor sosegado, veterano periodista, activo gestor cultural y exministro que, según el filósofo, «es quizá junto a Jorge Semprún el más generosamente culto de todos». De su paso por la política (que en la solapa del libro, donde hay 25 líneas de biografía, queda reducido a cuatro palabras: «Fue ministro de Cultura») ha surgido este vigoroso ensayo en torno al papel que juegan los intelectuales cuando, después de teorizar, se meten en harina.

Su libro es abrumador, erudito, documentadísimo. Pero los títulos de los libros se ponen en función del marketing. Hablar de «La caza de los intelectuales», ¿no es excesivo?

Bueno, el título que yo había puesto era «Cultura y poder». Y, en el proceso por el que pasan los libros, se estudiaron otros títulos y entre la editorial y yo acordamos este. Pero el título sobre el que yo escribí se llamaba «Cultura y poder».

En ese enunciado de «Cultura y poder» ¿qué pesa más, el poder o la cultura?

Para mí, la cultura. Porque en realidad quien ha movido el mundo, aunque muchas veces fuera de una manera oculta o más oculta de lo que debería ser, ha sido la cultura. La cultura no solo la humanística, digamos la literaria, artística, sino también la científica. Por eso hablo de Miguel Servet y de otros científicos. Quienes han ido cambiando el mundo y quienes lo han hecho avanzar han sido la cultura y quienes la han ejercido, a pesar de los inconvenientes que les ha ido poniendo el poder. ¿Cuál es el poder? Pues es el poder político, el poder absoluto de los príncipes, de los reyes, las ideas religiosas. Por eso al hablar de Servet hablo de Calvino, que es un protestante que se supone que protesta contra la Iglesia Católica porque no tenía libertad para expresarse, para pensar, para reflexionar sobre la divinidad. Precisamente la persona que se rebela contra la Iglesia Católica es la que condena a muerte a Servet, que le está pidiendo que realmente se lleve a cabo la reforma en el sentido del pensamiento.

Es la cultura la que va modificando el mundo y, como decía Azaña, la política es una expresión más de la cultura. Por lo tanto, la política no está fuera de la cultura, está dentro de la cultura y es una expresión de ella. Esa mezcla de intelectuales de todo tipo, de humanistas y científicos, ha sido siempre la que ha movido el mundo.

O sea, los intelectuales. Pero escribe usted en su libro: «Steinbeck era un gran escritor, pero en absoluto un intelectual». Un escritor, ¿no es por definición un intelectual? ¿Qué es un intelectual?

No todos, porque un intelectual es alguien que reflexiona sobre el mundo, sobre su tiempo, su época, dialoga con otros intelectuales de otro tiempo y de otra época y da una opinión sobre su tiempo. Hay una serie de convicciones que él expresa, mientras que un narrador se supone que habla a través de los personajes. No habla él, sino que hablan los personajes. Son personajes de ficción que ayudan también a entender la vida y el tiempo, pero que no expresan directamente la opinión del creador, sino que son personajes de ficción que ayudan a entender. La opinión de un intelectual no se expresa por lo general a través de la ficción, sino a través de la realidad y de lo que piensa él directamente.

Las letras y la política, según un paisano suyo (Romay Beccaría) han de caminar siempre juntas, porque, como decía Ortega, «al político de raza le precede la preocupación intelectual y le sigue la acción propiamente política… Esa nota de intelectualidad que corona la figura del hombre de acción es síntoma que distingue al político egregio del político vulgar». ¿Comparte esta opinión?

Totalmente. El político debía ser también un intelectual, tener también una formación y también tener sus opiniones. El problema está en que los partidos conforman una opinión colectiva y muchas veces es imposible salirse de ella. Y eso es lo que ha ido marcando cada vez más la separación entre el intelectual que piensa libre, independientemente, aunque pueda tener una inclinación hacia un lado o hacia otro, pero es libre e independiente, con la opinión que, cada vez más y con mayor fuerza, se ha ido imponiendo en los partidos como una opinión colectiva de la que nadie se puede separar, ni de la que nadie puede discrepar, y sobre la que muchas veces ni siquiera se puede discutir. Pero, evidentemente, como en Platón, en Aristóteles, Ortega y Azaña y demás, dado que la política es una expresión también de la cultura, los políticos deberían ser personas preparadas, cultas, con una opinión y un respeto hacia esa opinión, que ya digo, hoy es difícil por cómo se ha estructurado el desarrollo del Parlamento y el desarrollo de los partidos.

Su libro produce cierta melancolía. ¿De verdad cree que la cultura está bajo sospecha? ¿No hay muchos ejemplos —usted da varios en su libro— en los que la cultura se ha impuesto a la acción política?

Sí, de hecho siempre se ha impuesto, pero a costa de sacrificios. El parlamentarismo ingles se hizo también desde Cromwell, eliminando al rey y estableciendo una dictadura. A partir de ese momento, el parlamentarismo inglés es el ejemplo de lo que debe ser la democracia, pero se hizo con sangre, con mucha sangre. La constitución norteamericana también se hizo con sangre, porque surgió de una guerra y de gente como Franklin, gente que tenía una formación, que eran científicos, que eran escritores muy importantes. La Revolución francesa, todo lo que pasó, lo mismo, ¿no? Si lo traemos a España, imaginemos lo que costó poner en marcha la Constitución de Cádiz que, aunque se puso luego como ejemplo en muchos países europeos, y se copió, es muy poco liberal. Está muy bien para su época, pero lo que significó fue muerte, disturbios, la llegada de las tropas francesas para imponer otra vez a Fernando VII… Ha costado mucho esfuerzo y mucho trabajo el conseguir eso que decía la Constitución de Cádiz, que la leo siempre a mis alumnos, de que todos los españoles tienen derecho a la libertad de pensamiento, de opinión, y además el deber por parte del Estado de la enseñanza. Pues todo eso que nos parece simplísimo costó mucho. Y nosotros lo hemos visto, pues apenas llevamos cuarenta años de democracia. Con lo cual todavía para los españoles el esfuerzo fue mayor que para otros ciudadanos de Europa.

Y dado que ese esfuerzo fue tan tremendo, ¿cómo ve este momento que estamos pasando ahora en el que un rey abdica y viene un nuevo rey y el clima que se ha creado en torno a esto?

Que un rey abdique o que un rey muera debería ser lo más normal del mundo, porque lo tenemos previsto en la Constitución que aprobamos la gran mayoría de los españoles. Pero este es un país muy convulso para todo y muy emocional y muy latino.

La Constitución ¿debe modificarse?

Que la Constitución se deba modificar o adaptarse es normal, como todo en la vida. Porque hay nuevas generaciones, hay nuevas propuestas, nuevos problemas, nuevos conflictos a los que hay que hacer frente. Pero el eje fundamental que es la Constitución, donde están las normas, hay que mantenerlo, excepto que hubiera pasado algo que hubiera destruido el normal funcionamiento de las normas del Estado. Pero no se puede pensar que en cada momento hay que revisarlo todo, cambiarlo todo, modificarlo todo, deshacerlo todo… La constitución americana se ha mantenido aunque luego cada Estado haga sus decretos. Pero la constitución está ahí. Las de la mayor parte de los países llevan tiempo y se adaptan a las circunstancias. En nuestro caso, existen los procedimientos que hay que llevar a cabo para cuando las personas mueren o ceden sus poderes, como es el caso de la abdicación del rey. Yo lo vería con normalidad y absoluta naturalidad.

No dice usted nada: normalidad y naturalidad.

Sí, eso: normalidad y naturalidad. Y luego, evidentemente, yo creo que hay que revisar la Constitución, hay que readaptarla a los nuevos tiempos, pero su eje tendrá que seguir siendo el mismo, el eje esencial. Y por lo tanto, digo que somos un país emocional y esas emociones hay que controlarlas, porque la razón se debe de imponer a esas emociones que están bien y que son legítimas. Pero la razón nos dice que estos últimos cuarenta años, a pesar de las dificultades y las crisis, han sido los mejores de nuestra historia, con la época de Carlos III, que la tenemos mitificada porque realmente fue importante, como alguna otra época de nuestra historia. Pero, ¿cuándo hubo tanta paz como ahora? ¿Cuándo hubo menos conflictos? ¿Cuándo el país se desarrolló más? ¿Cuándo tuvo una presencia menos violenta o militar, sino pacífica, en el mundo? ¿Cuándo se pudieron desarrollar mejor las artes y las letras? ¿Cuándo hubo una mejor convivencia pacífica, física y psíquica? Pues todo eso hay que valorarlo. En cuarenta años hay evidentemente oscuridades, pero si lo ponemos en una balanza y lo medimos, el tanto por ciento es más positivo que lo poco negativo que también existe. Y eso es lo que nos lleva al pragmatismo y a la razón, que es algo que la política debe tener. Hasta ahora esto ha funcionado bien, aunque en los últimos años hayamos sufrido dificultades como todo el mundo, porque la crisis, desgraciadamente, no solo afectó a España, sino a toda Europa, Estados Unidos, Japón y todos los países. La economía ya no es individual sino colectiva y eso ha podido provocar algunos desconciertos. Pero, ya digo: Constitución, normalidad, naturalidad, pragmatismo y razón.

Efectivamente, es que no hay que aspirar a ser la excepción. El judío Shimon Peres —y en su libro se habla mucho del pueblo judío— dice que Israel es la excepción de la historia, pero quizá se debería aspirar a ser la normalidad de la historia. Esta cosa convulsa nuestra, esta impresión de que se quería coronar al nuevo rey de tapadillo, que no fuera a molestarse alguien. Este no es un país confesional, pero que no haya apenas fastos, ni ceremonias religiosas… Inglaterra saca las carrozas cuando puede…

Pero bueno, en Inglaterra no son latinos y tienen sus cosas mejores y sus cosas peores.

Volvamos a su libro. Cuéntenos la génesis de la obra, escrita cuando usted dejó de ser ministro de Cultura. ¿No corre el riesgo de que se tome como un ajuste de cuentas?

No, porque yo no hablo, para nada, de nadie. El libro no habla de ninguna persona con la que yo he tenido relación en mis seis años de la política. Es una labor más que yo hice con mucho agrado, como tantos otros trabajos que he tenido, públicos o privados. Porque hablo de temas generales teóricos y hablo de grandes maestros del pensamiento, de la filosofía, de la literatura, y por lo tanto esos grandes maestros son Cicerón, son Spinoza, es Séneca, Azaña, Milosz, tantos otros. Por tanto no hay ningún ajuste de nada.

Pero ¿no pudo ser, por seguir con Milosz, «su pensamiento cautivo» mientras fue ministro?

Es lo que yo pensé, eso sí. A través de la lectura del libro se pueden obtener muchas explicaciones y muchas respuestas, pero es el pensamiento que yo tuve en el ejercicio del poder, bueno, el trozo de poder que me tocaba a mí representar. De la misma manera que ya lo hizo Semprún. Lo que pasa es que cuando él escribe «Federico Sánchez se despide de ustedes», sí que habla de su gente, habla de los consejos de ministros, de sus amigos, de sus enemigos. Yo no hablo para nada de eso, pero sí que doy mi opinión sobre lo que es la cultura y sobre lo que no debería ser.

O sea, el libro no es un ajuste de cuentas, pero sí una explicación de lo que quiso hacer como ministro…

Quien quiera leer el libro desde la actualidad verá que es mi opinión sobre lo que debería ser la cultura, sobre todo desde la izquierda o desde el Partido Socialista, desde la socialdemocracia. Lo que significó la cultura y lo que yo traté de poner en práctica sin sectarismo, sin fanatismo, con tolerancia y con sentido de Estado. Porque la educación y la cultura tienen que tener un sentido de Estado y estar por encima de los partidos. Y fue lo que yo traté de hacer. Si yo lo explicara solo basándome en mis ideas, sería de una soberbia extraordinaria. Lo hice a través de aquellas personas con las que yo me sentía muy cercano, de Roma hasta nuestros días, apoyándome en ellas y dialogando con ellas porque me ayudaban a no estar solo en ese discurrir. Esta es la única lectura que se puede hacer, porque todo lo demás es explicar los conflictos de los intelectuales y el poder y no es una hagiografía porque hay momentos en que critico a intelectuales que han sido cómplices, los totalitarismos de izquierdas y de derechas… Quiero decir que también dentro de los intelectuales, aunque por lo general siempre han sido libres, independientes y han pagado de alguna manera las libertades e independencias, también los ha habido cómplices y también hay que hablar de ellos y también hay que criticarlos. Y también he explicado, por qué yo, un profesor universitario, un escritor, un gestor cultural, me había metido en política. Que es la gran pregunta que siempre me hacen. He tratado de explicar por qué Séneca estuvo en política, por qué Cicerón estuvo en política, por qué Azaña estuvo en política, por qué Spinoza huyó y no quiso saber absolutamente nada y es el mayor ejemplo…

¿Por eso le han colocado en la portada del libro, metido en una jaula?

Spinoza es el ejemplo del intelectual, para mí, en estado puro. Él no quiso comprometerse ni en la enseñanza universitaria, ni en todas las propuestas que le hicieron sobre todo los príncipes alemanes, ni tuvo ese pecado, venial, que hemos tenido muchos. Yo comparo el caso de Spinoza con el de Diderot y Voltaire, que tuvieron ese pecado, ya digo, entre comillas y venial. Cuando Federico II llama a Voltaire, acude allí pensando que va a ser el genio y se encuentra con que le dice: «El rey soy yo y usted un súbdito». Es el mismo conflicto de Diderot cuando va a Rusia con la zarina y ella le pregunta: «¿Qué podemos hacer aquí?». Diderot, confiando en sí mismo, le dice: «Pues hacer unas universidades, unas leyes…». La zarina dijo no. Siempre ha habido esa confianza de uno mismo, en que su saber y sus conocimientos se pueden poner en práctica y por qué no vamos a ir a la política. Spinoza dice no, no, yo me voy a trabajar, el trabajo para mí es fundamental, yo voy a contribuir a la sociedad a través de mis obras y de mis pensamientos. Eso es fundamental, sobre todo pensando en la vida que llevó Spinoza, cómo vivió, renunció a todo, renunció al poder, renunció al dinero, y hasta a la sexualidad. En realidad era como un místico, un místico laico. Hay gente que ha renunciado por su obra, por su pensamiento, por su creación, como alguien que va a la vida monástica con la creencia de Dios, y otros, con senti-do laico de búsqueda, de la existencia y del saber, pero no esperando ninguna gratitud suprema sino, simplemente, buscando un camino.

Además de esta preferencia por Spinoza, hay otros nombres como Azaña, Larra, Blanco White, Chaves Nogales… Me gustaría que nos detuviéramos en algunos de los escritores españoles que usted cita.

Yo he buscado las raíces de mi manera de ser, de actuar, de vivir. Y aunque hay muchísimos ejemplos de extranjeros, todos los enciclopedistas franceses, los ingleses desde Milton, yo también quería, como español, buscar mis raíces. Y mis raíces no estaban muy lejos. Pensemos en que san Juan de la Cruz, santa Teresa, fray Luis, Molinos, fueron unos intelectuales que sufrieron también, sufrieron el pensamiento libre, sufrieron represión, porque los metieron en la cárcel, los apartaron… La propia santa Teresa dice: «Es que no me dejan leer». Nos podemos remontar a muchos ejemplos anteriores. Pero partiendo de Carlos III están los ilustrados, una época maravillosa, luego están los afrancesados, los liberales, luego viene la gente de la Institución Libre de Enseñanza, luego viene Ortega, luego viene la Re-pública… Hay toda una enseñanza de querer luchar por tu país, de querer que la educación y la cultura sean elementos fundamentales de tu país, por tratar de respetar el pensamiento religioso, político, la libertad de pensamiento que está en la Constitución de Cádiz, de respetar a todo el mundo. Todo ese espíritu de libertad, ese espíritu de cultura, educación, ¿por qué todo esto? Para la convivencia. Para que no vuelvan a suceder guerras civiles, para que no vuelva a haber conflictos, para que no se vuelva a quemar ni a perseguir a nadie por pensar de una manera u otra… Ese espíritu de tolerancia que Larra y Blanco White y también otros muchos ilustrados defendieron, y eran personas tranquilas, de paz y de orden, y Jovellanos, que era un señor que quería eso.

Y ese espíritu ¿ha perdido sitio en la vida española?

El problema es que en educación no se hizo lo que se tenía que haber hecho, pero desde el primer día. El pacto de Estado que se debió haber hecho una vez aprobada la Constitución, fue el de la educación, y el ejemplo lo tenemos al lado, en Francia. Para Francia la educación es esencial. ¿Por qué nosotros no hemos hecho lo mismo? Y en la cultura, lo mismo. La cultura es esencial para España. ¿Qué somos sin la cultura? La cultura viene desde siglos y nosotros somos algo en el mundo por la cultura. El pacto de Estado por la cultura también existe en Francia. Es que la cultura en Francia es esencial. Lo vemos en Cannes, lo que significa Cannes para el cine, porque es la imagen de Francia. Yo siempre cuento este ejemplo. Estaba en obras el museo Picasso de París y entonces pudimos traer toda la obra de Picasso. La inauguraron los Príncipes, en el Reina Sofía. Esa misma exposición fue a Pekín, como representación de Francia: un pintor español representando a Francia en las olimpiadas de Pekín. Porque Francia sabe que, por encima de todo, está la cultura, y la cultura son los franceses, ellos mismos y los que sean, siempre que los representen. Charles Aznavour, George Moustaki, los hay de todos los sitios y lugares y Francia se siente partícipe de la cultura, venga de donde venga. Pero es que ni siquiera tenemos que haberlo inventado, tenemos un ejemplo vecino, el sitio al que fueron los ilustrados, los afrancesados, los liberales… Francia e Inglaterra, porque Londres también fue fundamental.

Por lo tanto, educación y cultura, una cuestión de Estado. Al día siguiente de haber aprobado la Constitución deberíamos habernos puesto de acuerdo. Había sus peleas, sus historias, sus cosas. No se hizo, hemos venido arrastrando una ley por cada ministro, eso no pasa en ninguna parte del mundo.

Y eso ¿ya no tiene arreglo?

Yo creo que no todo está perdido, creo que todavía estamos a tiempo. Porque esta cuestión de Estado la vamos a tener que llevar a cabo para muchas cosas: para cosas territoriales, inevitablemente, y para otras cosas, como pueden ser la educación, la cultura y otros temas fundamentales del país. Además, no tenemos por qué tener vergüenza o decir que un partido pierde autoridad antesus votantes. El partido, precisamente, tiene que llegar a acuerdos en los que sus propios votantes se sientan solidarios con su país. Y de la misma manera que en la Constitución todos cedieron, más que ganar, cedieron, todo el mundo cedió y todo el mundo se puso de acuerdo, ¿por qué no se podía hacer igual en esto?

No se citan episodios concretos, pero nada más aparecer el libro, se ha recordado la forma en que César Antonio Molina fue cesado, aquello de que se le buscaba una sustituta con «glamour»…

Nada más cesar, el ministro vuelve al ministerio, reúne a sus directores generales, a su secretario y secretaria de Estado y les cuenta la conversación que había tenido con el presidente, ni más ni menos. Yo les expliqué la conversación que había tenido. Y nada más, porque yo no les iba a mentir. Nunca he mentido a mi gente ni a nadie. Y, por lo tanto, yo tenía que darles una explicación, porque no solo se me cesaba a mí, sino que se cesaba a todo el mundo. Yo expliqué lo que se me dijo y desde ese momento lo sabe la gente. ¿Qué eso pueda ser privado o público? En política, todo es público. Entonces un señor me dice una cosa y yo no me esperaba eso, sencillamente. Pero que conste: es una cosa conocida, olvidada, y nada más. No tiene mayor historia y quizás a mí me hizo reflexionar para hacer este libro. De hecho, la primera cosa que hice fue, aunque ya las conocía, leer de arriba abajo las obras completas de Azaña. No lo había hecho así hasta ese momento y me dio pie para meditar por qué a veces pueden suceder estas cosas.

No quiero pasar a la historia por algo anecdótico, no quiero hacer pasar a nadie a ningún plano porque al fin y al cabo lo importante es la labor hecha, el trabajo que has hecho por tu país, cómo ves esa satisfacción entre tus conciudadanos (y yo la he visto permanentemente y la sigo viendo) y nada más. A veces surge esto, pero no le dedico ni una sola línea de las seiscientas páginas que tiene el libro.

Pregunta final, obligada. Si le volvieran a llamar para dirigir un ministerio ¿diría que no?

Yo no entiendo por qué siempre se me hace esta pregunta, de verdad. Una persona tiene etapas en su vida y una vez que las pasa ya no tiene que mirar atrás ni tener melancolía, ni nostalgia ni nada. Yo antes de ser ministro ya era alguien, ya tenía mis libros, ya era profesor y había dirigido muchas instituciones. Y cuando dejé el Parlamento seguí haciendo lo mismo que había hecho toda la vida, igual que hago ahora. Y esto me satisface mucho. Y ahora es cuando yo estoy en el plano de Spinoza, ya he visto el mundo, ya he visto las glorias y las nieblas que tiene la vida, la política y demás, y estoy muy bien donde estoy, creo que haciendo una buena labor, escribiendo mis libros. Y por lo tanto yo ya estoy fuera de la política. Que se olviden porque no hay ya vuelta atrás. Ese tiempo pasó y ahora lo importante para mí es hacer lo que estoy haciendo y seguir escribiendo libros que tengan tan buena recepción como están teniendo.

Después de echarme la bronca por haberle formulado esta última pregunta tan vulgar, César Antonio Molina me obsequia con una cita que le ha mandado alguien esta mañana. Es del Canciller Otto Von Bismark: «La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día en que deje de intentarlo, volverá a ser la vanguardia del mundo».

La caza de los intelectuales es un semillero de citas, que es algo que a César Antonio Molina le gusta mucho, como a mí. En el libro escribe: «Las citas no gastan la narración, sino que la enriquecen». Me dice: «Es que al citar, enriqueces tus pensamientos, haces tuyo lo que han dicho otros, y demuestras que has leído». Se hace tarde para repasar algunas de las que aparecen en su obra. Pero me quedo con una de Santa Teresa, que César Antonio copió de los azulejos de un convento de Ronda: «Poco durará la batalla, y el fin es eterno».


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Periodista. Autor de “Antonio Fontán, un liberal en la Transición”, (Almuzara, 2015)