Compartir:

Benedicto XVI ha sido el único jefe de Estado al que el presidente Bush ha acudido a recibir en la base aérea de Andrews. Para la preparación del viaje, el presidente de Estados Unidos nombró en el mes de noviembre como embajadora ante la Santa Sede a Mary Ann Glendon, una reconocida intelectual católica que en 1995 fue la jefa de la Delegación del Vaticano en la Conferencia de Naciones Unidas sobre la Mujer en Pekín.

El despliegue de gestos de deferencia hacia el pontífice que ha hecho el actual presidente de Estados Unidos contrasta con la realidad de la relación política entre ambos, así como la profunda divergencia con la que comenzaron las relaciones entre el Vaticano y Estados Unidos hace ahora casi cien años.

En el mes de abril de 1917 el presidente Wilson introdujo a su país en la gran política internacional al involucrarse en la I Guerra Mundial. Pocos meses más tarde, en el mes de agosto de ese año 1917, el entonces pontífice Benedicto XV, lanzó una iniciativa de paz basada en la «fuerza del derecho» y no en la «fuerza del poder». Pretendía conseguir un final del conflicto en el que los contendientes renunciasen a cualquier tipo de indemnización y conquista, regulasen las cuestiones territoriales de acuerdo con las aspiraciones de los pueblos, garantizasen la libertad de los mares, la reducción de armamentos y el arreglo pacífico de disputas a través del arbitraje.

La posibilidad de paz sin victoria fue rechazada por los aliados y dejaron al presidente Wilson el liderazgo en la respuesta al papa. El presidente americano, utilizando una argumentación elaborada por Walter Lippmann, justificó su oposición a cualquier tipo de compromiso de paz alegando que ésta no sería posible sin un cambio en la dirigencia de las potencias centrales.

LA CONFERENCIA DE PARÍS

Menos de dos años después, el 4 de enero de 1919, el presidente Wilson, dentro de la gira preparatoria de la Conferencia de Paz de París, se entrevistó con Benedicto XV. Era la primera vez que se entrevistaban un papa y un presidente de Estados Unidos. Tampoco hubo ningún acuerdo y el interés del Vaticano por poder participar en la Conferencia de París fue rechazado. Para los dirigentes vencedores, la Santa Sede no debía tener ningún tipo de acomodo en el escenario internacional que se disponían a crear.

La Conferencia de París fue un fracaso. Lo que pretendía ser la apoteosis de la modernidad, el escenario en el que los Estados occidentales tenían la oportunidad única de fijar las bases, los principios y las instituciones para la pacífica convivencia entre las naciones, fue una manifestación más de la crisis cultural en la que estaba inmersa Europa y que muchos intelectuales ya comenzaban a detectar (1) .

La frustración que produjeron en Estados Unidos los resultados de la conferencia llevó al país a un nuevo retraimiento de los asuntos europeos e internacionales. El senado vetó la participación de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones.

Los principios que hicieron fracasar la Conferencia de París en 1919 fueron los mismos con los que al final de la II Guerra Mundial, en Yalta y Postdam, se configuró el escenario internacional. Esta vez con el liderazgo exclusivo de Estados Unidos y la Unión Soviética.

A diferencia de lo que ocurrió en 1919, Estados Unidos no se retiró del escenario internacional y la ruptura entre los aliados a partir de 1947 provocó lo que se conoció como la Guerra Fría.

Desde ese momento se abrieron canales informales de cooperación entre el Gobierno de Estados Unidos y el Vaticano, especialmente ante la delicada situación política que vivía Italia y cómo evolucionaban los acontecimientos en Europa central y del este.

EISENHOWER Y JUAN XXIII

Hasta diciembre de 1959 no se produjo un nuevo encuentro entre un presidente de Estados Unidos y un papa. Fue Eisenhower (1953- 1961) con Juan XXIII, en 1959, en el último viaje a Europa de un presidente al que apenas le quedaban ya unos meses de mandato.

Ese encuentro tuvo la virtualidad de iniciar la normalización de las relaciones entre las dos potestades y desde entonces todos los presidentes han mantenido encuentros con los pontífices correspondientes. Aun así, la relación con la Santa Sede para todos los presidentes de Estados Unidos siempre ha tenido una importante vertiente de cara a sus necesidades de política interna. No hay que olvidar que los católicos conforme avanzaba el siglo XX se iban convirtiendo en la minoría religiosa mayoritaria.

KENNEDY Y PABLO VI

Kennedy (1961- 1963) fue el primer jefe de Estado al que recibió Pablo VI en el Vaticano a los pocos días de ser elegido Papa en julio de 1963. En el saludo público, el primer presidente católico en la historia de Estados Unidos, se limitó a estrechar la mano del pontífice.

Asuntos como la situación en el Congo, la descolonización y detener la carrera de armamentos, especialmente los nucleares, estaban entre las prioridades de ambos.

En ese momento, y a pesar de que se estaba celebrando el Concilio Vaticano II, a la Santa Sede le seguía interesando su inserción estable en el escenario internacional.

Por esta razón, y aunque el presidente fue asesinado en el mes de noviembre de ese año 1963, en marzo de 1964 la Santa Sede inició las gestiones para acreditar a un observador en Naciones Unidas mediante el envío de notas al secretario general U Thant, como es la práctica habitual de los Estados. Es evidente que los miembros del Consejo de Seguridad tuvieron que estar al tanto de la preparación del proceso, y que éste se hizo por medio de una paciente labor diplomática, por lo que fue la Administración Kennedy quien tuvo que dar su visto bueno.

PRIMER ENCUENTRO EN SUELO AMERICANO

Mucho más complejas fueron las relaciones con la Administración Johnson por su escalada militar en Vietnam. De todas formas, fue éste el primer presidente en celebrar un encuentro con un papa- —Pablo VI-— en territorio americano, concretamente en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

Pablo VI también se reunió en dos ocasiones con Nixon- —1969 y 1970-— y con Ford- —1975- —. El Papa acompañó los esfuerzos de esas dos Administraciones republicanas en la distensión- —detente-— y lo que se conoció como la «coexistencia pacífica». Apoyó las iniciativas de desarme, así como la que se conoció como ostpolitik, o la política hacia el Este, que incluso hizo que el propio Vaticano se replantease su relación con los países que estaban detrás del Muro de Berlín.

Dentro de esta línea de actuación, la Santa Sede fue uno de los firmantes del Acta Final de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa en Helsinki en 1975. Ese documento ha sido reconocido como uno de los hitos fundamentales en la historia de las libertades de Europa del Este (2)  y constituyó un elemento esencial a la hora de definir las relaciones entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética.

Al mismo tiempo que se llevó a cabo una cooperación informal en asuntos políticos, comenzó a surgir un frente de controversia con la Administración Ford al definir ésta como elemento estratégico para la seguridad de Estados Unidos el impulso y promoción de las políticas de control de natalidad especialmente a través de Naciones Unidas. Ese tema de la agenda internacional añadió un nuevo factor de controversia en la relación, ya que el Vaticano había definido su posición al respecto en 1968 en la encíclica Humanae Vitae.

JUAN PABLO II, EL PRIMER PAPA QUE VISITÓ LA CASA BLANCA

 La presidencia de Cárter (1977- 1981) y la labor de su consejero de Seguridad de origen polaco, Zbigniew Brzezinski, fue un nuevo punto de inflexión ya que ambos iniciaron una etapa de estrecha cooperación con el Vaticano, especialmente en materia de derechos humanos, una vez fue elegido pontífice Juan Pablo II en octubre de 1978.

Juan Pablo II fue, en 1979, el primer papa que visitó la Casa Blanca. Allí se hizo patente una gran sintonía personal. Una sintonía personal que se vio reforzada con los acontecimientos que tuvieron lugar en Polonia en torno al reconocimiento del sindicato Solidaridad y la amenaza de invasión soviética del país.

La presidencia de Reagan (1981- 1989) fue mucho más allá. La instauración de la ley marcial en Polonia en 1981 y el encarcelamiento de Walesa hizo intensificar la cooperación directa entre la Casa Blanca y el Vaticano. El compromiso firme con la libertad por parte de ambos líderes ayudó a que los esfuerzos fuesen en la misma dirección. Para hacerlos más sólidos, en 1984, Reagan dio el paso de establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Ese hecho le facilitó mantener una gran fluidez en los canales de información, especialmente sobre acontecimientos en Europa del Este y América Latina.

Juan Pablo II y Reagan se vieron en cuatro ocasiones, pero especialmente significativo fue el encuentro que mantuvieron en Alaska en 1984 cuando al conocer que se iban a cruzar, ambos hicieron una escala en Fairbanks durante sus respectivos viajes. Es evidente que en esa sintonía personal, y en muchos casos política, estuvo una de las claves en los acontecimientos que en la Europa del Este condujeron al fin del comunismo.

TRAS LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

De esa etapa de estrecha cooperación se pasó a la frialdad con la Administración de George H. Bush (1989- 1993). Bush cambió la política respecto a Europa del Este. Del compromiso con la libertad pasó a pivotarla en la estabilidad de la tambaleante Unión Soviética. Esa falta de sintonía por cómo se enfocaba el futuro de Europa del Este se agudizó con la oposición del Vaticano por la forma de abordar la ilegítima invasión de Kuwait por parte de Irak.

Ante la nueva etapa que se abría para la humanidad con la caída del Muro de Berlín, la falta de voluntad por parte de Bush de resolver por medios pacíficos la invasión de Kuwait fue visto por Juan Pablo II como un error mayúsculo con consecuencias muy negativas.

Como advirtió el pontífice, la guerra, absolutamente justificada de acuerdo con la legalidad internacional, no iba a servir para resolver las tensiones de Oriente Medio, sino que las iba a agudizar, como así fue.

La descarada marginación a la que Bush y su secretario de Estado, James Baker, sometieron a la Santa Sede durante los prolegómenos del conflicto contrastó con la actitud de la Administración precedente.

Este cambio de la relación entre la Casa Blanca y la Santa Sede se agudizó con la Administración Clinton (1993- 2001). En el terreno político especialmente por la crisis en la antigua Yugoslavia y la nula voluntad por parte de Estados Unidos de involucrarse en su resolución. Además, Clinton impulsó una agresiva agenda internacional en los asuntos referentes al control de la población que suscitó una activa reacción por parte del Vaticano.

El propio Clinton es sus memorias recuerda que en la primera reunión que mantuvo con Juan Pablo II, en Denver, en 1993, el Papa le urgió a una implicación más a fondo en los Balcanes, así como a mantener la misión humanitaria en Somalia. No consiguió ni una cosa ni otra. Estados Unidos se retiró de Somalia y tardó muchos meses en intervenir en los Balcanes, cuando los acontecimientos ya se habían desbordado.

Un año más tarde, en el Vaticano, Clinton y Juan Pablo II vieron en el incremento de la liberta religiosa en China y la cooperación con los musulmanes moderados elementos de común interés, pero en dicho encuentro tuvieron una divergencia profunda en torno a las políticas de control de población.

Ese año 1994 fue el año de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Población en El Cairo, en la que se produjo una intensa batalla diplomática entre Estados Unidos y la Santa Sede.

Un año después, en 1995, a propósito de la Cumbre sobre la Mujer en Pekín, el nivel de beligerancia fue menor ya que fue la Unión Europea quien mantuvo las posiciones más extremas contra los principios de la Santa Sede. El propio Vaticano, con la intención bajar la tensión con Estados Unidos, designó a la referida Mary Ann Glendon como su jefa de delegación.

Pocos días después de finalizada la cumbre, Juan Pablo II se reunió con Clinton en Newark. El tema que más impactó al presidente americano durante el encuentro fue la severidad de Juan Pablo II al recordarle que el siglo XX comenzó con una guerra en Sarajevo y que no debía terminar con otra guerra en Sarajevo. A pesar de todos los esfuerzos que trató de hacer la Santa Sede, finalmente, los Balcanes fueron la mayor catástrofe humanitaria en Europa desde la II Guerra Mundial.

Hubo también otra vía de comunicación entre la Administración Clinton y la Santa Sede. A raíz de la visita del Papa a Cuba, y tomando como referente lo ocurrido con Polonia en los años ochenta, la secretaria de Estado, Madelaine Albright, viajó al Vaticano para ver de qué modo se podía impulsar la democratización de la isla. Como consecuencia de ese viaje, Estados Unidos procedió a realizar algunos cambios respecto a Cuba.

DIFERENCIAS CON RESPECTO A IRAK

Con la llegada de George W. Bush (2001- 2009) ha existido una fluida cooperación entre Estados Unidos y la Santa Sede en Naciones Unidas en temas como el control de población.

Pero la abierta confrontación política en un asunto estratégico para Bush como ha sido la guerra de Irak, ha supuesto una brecha ideológica y política insalvable.

La frialdad con que la Santa Sede ha acogido el despliegue diplomático realizado por la Administración en este último viaje a Washington es una muestra de la distancia política que les separa.

La referencia que realizó Benedicto XVI en el discurso en la Casa Blanca a «los esfuerzos pacientes de la diplomacia internacional para resolver conflictos» fue un reproche evidente a la Administración Bush por el unilateralismo con el que ha actuado en los momentos determinantes del mandato.

No sólo eso, también afirmó que la política exterior y el liderazgo de Estados Unidos debe estar basado en principios y no exclusivamente en intereses: «Confío en que su país, basado en la verdad evidente de que el Creador ha dotado a cada ser humano de ciertos derechos inalienables, siga encontrando en los principios de la ley moral común, consagrados en sus documentos fundacionales, una guía segura para ejercer su liderazgo en la comunidad internacional».

EE.UU. COMO MODELO DE LAICIDAD POSITIVA

Pero para la Santa Sede, Estados Unidos es más que la hiperpotencia que es capaz de desplegar su poder en todo el orbe. La importancia estratégica de Estados Unidos para la Santa Sede reside en que puede ser una alternativa al proyecto de la modernidad impulsado mayoritariamente desde Europa.

Tanto en el discurso que hizo en la Casa Blanca como en las declaraciones informales que efectuó en el avión, Benedicto XVI repitió la misma idea sobre el papel referente de Estados Unidos ante lo que definió como «el ataque de un nuevo laicismo».

En las declaraciones informales a los corresponsales anticipó lo que luego diría en la Casa Blanca en un tono más solemne: «Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba compuesto de comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso. Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado. Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente».

No sólo citó a Tocqueville sino que terminó afirmando que el modelo de laicidad que está en el origen de Estados Unidos «me parece que es un modelo fundamental y positivo».

Es más, de un modo breve pero con unas implicaciones profundas, hizo referencia a cómo debían de ser las relaciones entre Estado y sociedad: «Las instituciones laicas viven con un consenso moral que de hecho existe entre los ciudadanos».

Pero fue más allá. Recordó que el papel de las creencias religiosas como motor de los cambios en un país líder como es Estados Unidos «ha sido una constante inspiración y una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en la lucha contra la esclavitud y en el movimiento en favor de los derechos civiles». Aunque el presidente Bush utilizó un lenguaje similar hubo una diferencia. Desde el comienzo del viaje, Benedicto XVI no cejó de pedir perdón por el escándalo de los abusos sexuales. En buena medida este hecho tapó alguno de los mensajes esenciales del viaje. Pero al fin y al cabo, Benedicto XVI es consciente de que si se pretende el liderazgo moral-  —como bien dijo Stalin, el Papa no tiene carros de combate- — es necesario reconocer las faltas y pedir perdón.

Decía Gonzalo Redondo que en la historia ocurren pocas cosas y además muy despacio. Un siglo después, estamos en lo mismo. Seguimos tratando de configurar un mundo que atraviesa una profunda crisis cultural y política en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no somos capaces de hacerlo nacer. En la Casa Blanca, el pasado día 16 de abril, se escuchó una propuesta. •

 

NOTAS

1 Creo que la extensa introducción de Gonzalo Rendondo en el primer tomo de su Historia de la Iglesia en la II República, Rialp, 1993, es el más lúcido análisis que se ha hecho sobre esta crisis cultural, su origen y sus consecuencias.

2 Quizás el testimonio más directo es el de Natan Sharansky en Alegato por la Democracia, Gota a gota, 2006 (reseña en Nueva Revista 108, pág. 155).


Compartir:

Pablo Hispán Iglesias de Ussel es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Navarra. Universidad en la que se doctoró en Historia Contemporánea. Ha desempeñado distintos cargos en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Es autor de varias publicaciones sobre diversos temas como la Economía sumergida, Política monetaria, Política regional, Globalización y temas de la Unión Europea.