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Sin duda uno de los valores más potentes, y posiblemente menos explotados, del ámbito universitario iberoamericano es la existencia y empleo de una de las lenguas de mayor extensión y futuro en el mundo: el español, lengua oficial y de comunicación y enseñanza en más de veinte países. Reparemos simplemente en el hecho de que el español es hoy la segunda lengua de comunicación internacional, hablada por más de 500 millones de personas en todo el mundo (entre hablantes nativos y extranjeros). No pretendo hacer un elogio y ensalzamiento retóricos de nuestra lengua, como a veces oímos en algunos foros, ignorando la realidad que rodea la ciencia y la enseñanza en las universidades. Por ello —y lo digo con total claridad desde el principio— no puedo cuestionar el carácter de «lengua franca» que tiene el inglés, por supuesto.

Es evidente que la lengua inglesa es la más estudiada y usada en el mundo, aunque no sea la que más hablantes nativos tiene. Mientras que el inglés lo hablan, como lengua materna, alrededor de 400 millones de personas (incluso un número inferior, según algunas fuentes), el español es hablado hoy, como primera lengua, al menos por unos 420 millones (y posiblemente más, dado el incremento acelerado de población en algunos países latinoamericanos y por el crecimiento de la población hispana en los Estados Unidos).

Pero, al mismo tiempo, es incontrovertible que el inglés es la lengua más extendida como lengua extranjera, o segunda lengua, en todo el mundo. Las diversas estadísticas existentes nos dicen que entre 1.500 y 1.700 millones de personas (entre hablantes nativos y extranjeros) utilizan el inglés para comunicarse en situaciones y contextos muy diversos. Frente a esas cifras, son apenas algo más de 500 millones los que usan el español. Es decir, el número de hablantes que usan el inglés como lengua no materna, aprendida en la escuela o en otros contextos, es elevadísimo, mientras que —de acuerdo con el Informe 2013 del Instituto Cervantes (El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2013, Madrid: Instituto Cervantes, 2013)— los estudiantes de español en el mundo apenas alcanzan los 20 millones (p. 21). Estamos, por tanto, muy lejos de esos 1.100 o 1.300 millones de hablantes de inglés como segunda lengua (pensemos en muchos países africanos, en la India, o incluso en Europa, donde dominan el aprendizaje y el uso del inglés en los entornos educativo y económico).

No obstante, las perspectivas de crecimiento para el español son indudablemente muy buenas, y así lo apuntan todas las proyecciones estadísticas, como las que estiman que en tan solo una década Brasil tendrá unos treinta millones de hablantes de español como segunda lengua, o que Estados Unidos será el primer país de habla hispana del mundo hacia la mitad del siglo XXI, con una población de hablantes de español superior incluso a la de México. Aun así, no es esperable, de manera realista, que el español sustituya al inglés en el siglo XXI como lengua de comunicación internacional, y una de las razones fundamentales de ello es que el inglés es predominante en el ámbito de la ciencia (como en otro tiempo fue el latín), incluso en España y los países de habla española.

Así lo demuestran todas las cifras que manejamos, tanto en lo relativo a la producción científica como en lo que concierne al liderazgo de centros de enseñanza superior en el mundo. Los rankings de universidades, que a veces nos obsesionan tanto —por la presión que suponen sobre nuestra financiación y nuestras estrategias—, constituyen asimismo otra prueba de ese dominio del inglés como lengua de enseñanza internacional al más alto nivel. Es sabido que los primeros puestos de esas clasificaciones son ocupados de manera casi exclusiva por universidades de habla inglesa (las de Estados Unidos, el Reino Unido, Australia o Canadá). Es más: el uso extendido del inglés en sistemas universitarios europeos como los escandinavos, el holandés o el alemán, sobre todo en el nivel de posgrado, es una de las razones (no la única, por supuesto) que explican su buena posición en algunas clasificaciones internacionales, ya que es una lengua que permite atraer estudiantes y profesores internacionales de todas las partes del mundo, y especialmente de Asia y África, donde el español tiene todavía un nivel de penetración muy escaso.

Sin embargo, debemos reflexionar asimismo sobre otro hecho que también revelan esos rankings, y es la calidad de la enseñanza y de la producción científica en un buen número de universidades españolas y en un grupo importante de universidades iberoamericanas (sobre todo en países como México, Colombia, Brasil, Argentina y Chile). Rankings de sesgo claramente anglófono, como el «qs World University Ranking» (entre otros), ponen de manifiesto que, entre las 700 mejores universidades que selecciona, hay varios cientos de centros de enseñanza superior de los países citados. Sabemos también, por ejemplo, que según datos aportados por Thomson Reuters (Essential Science Indicators), en 2011, la producción científica española situaba a nuestro país en el noveno puesto a nivel mundial y en el decimonoveno en citas por documento.

Dicho esto, es también indiscutible que la presencia y visibilidad de revistas científicas en español es escasa a nivel mundial, aun ocupando el español la tercera posición. De acuerdo con los datos aportados por el citado informe del Instituto Cervantes de 2013 (tomados del «ISSN International Center»), en 2012 se publicaban en el mundo 577.267 revistas científicas (publicaciones seriadas) en inglés, 346.831 en francés, y 84.655 en español. La diferencia entre el inglés (e incluso el francés) y el español es claramente muy grande. Y en cuanto al impacto de las revistas se refiere, aunque el de las revistas españolas en el JCR (Journal Citation Reports) es bajo (1,18% en 2011), es constatable también que se ha producido un incremento muy importante en el periodo comprendido entre 2005 y 2010, pues en esos años el porcentaje de revistas españolas en el JCR aumentó un 278%.

En conclusión, podríamos decir que hay mejoras (y notables), pero que el hecho objetivo es que todavía hoy las revistas en español no ocupan una posición relevante en el JCR. Como el índice de impacto, medido precisamente a través del JCR es un factor fundamental en el prestigio de un artículo científico, es claro que la preferencia de los científicos a nivel internacional es publicar sus principales hallazgos en revistas incorporadas en el JCR, y esto significa, en el año 2011, en el 97% de los casos, publicar en lengua inglesa, pues esa es la lengua del 97% de las revistas incluidas en el JCR.

Los datos que aporta también una publicación reciente, El español, lengua de comunicación científica (Madrid-Barcelona: Fundación Telefónica-Ariel, 2013), coordinada por José Luis García Delgado, José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez, son asimismo muy elocuentes. Así, podemos constatar que en ámbitos como las ciencias experimentales, la tecnología o la medicina, la lengua dominante para el intercambio científico es el inglés. Quizá el lector piense que eso es así en esas áreas, pero que en humanidades o ciencias sociales seguramente las cosas pintarán mejor para el español.

Veamos. Es cierto que en ciencias sociales, por seguir con el foco puesto en las revistas, las cifras y porcentajes son mejores que para las ciencias experimentales, de la salud y tecnologías, pero solo un poquito mejores, apenas dos puntos porcentuales superiores. De hecho, las revistas de ciencias sociales que fueron consideradas en 2010 en el JCR son 2.731, de las que 2.384 se publican en inglés (el 87,29%). En español solo se publicaban entonces 81 (47 en España, diez en México, nueve en Chile, seis en Colombia, cuatro en Argentina, tres en Venezuela, una en Brasil y una en Estados Unidos), lo que representa el 2,97% de las revistas. Si puede servirnos de consuelo, se indexan en el JCR muchas menos revistas publicadas en otras lenguas, como en portugués (17 revistas; el 0,62%), en francés (23 revistas; el 0,84%) o en alemán (51 revistas; el 1,87%).

El hecho de que solo 81 revistas de ciencias sociales publicadas en español se incluyan en el JCR es un elemento que debe movernos también a la reflexión, dado que según datos del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) son 1.921 las revistas de este ámbito que se publican en español en papel y 884 en formato electrónico (en España y América Latina), es decir, un total de 2.805. En contraste, un país pequeño y no anglófono, como Holanda, tiene 174 revistas indexadas en el JCR; la razón es fácil de imaginar: 158 de ellas están publicadas en inglés. Sin embargo, un país de la potencia de Francia (y en especial en este ámbito de las ciencias sociales) solo tiene 25 revistas indexadas (de las que solo una se publica en inglés). Que Australia tenga 85 es claramente un factor de distorsión derivado de la lengua de publicación, pues creo que nadie podrá sostener con argumentos de peso que las ciencias sociales que se hacen en Australia o en Holanda sean globalmente superiores a las francesas.

Si acudimos a datos diferentes a los del JCR como la base de revistas indexadas en Scopus, es cierto que estamos un poco mejor, pues esta base de datos recoge 142 revistas en ciencias sociales publicadas en países iberoamericanos en 2012 (79 en España); pero eso significa solo un 3,6% del total de revistas de este ámbito en el mundo, ya que el número recopilado en Scopus es bastante superior al del JCR 4.572, de las cuales 3.915 eran consideradas activas en abril de 2012 (en lugar de las 2.731 de JCR en 2010).

Sin embargo, en las áreas humanísticas y de ciencias sociales, no son solo las revistas, sino también los libros, los instrumentos empleados para dar difusión al nuevo conocimiento… Es natural que así sea, si consideramos que las reflexiones en ciencias sociales y en humanidades están muy vinculadas a las propias materias y a la cultura que las genera y, en muchas ciencias sociales y humanidades, a las lenguas propias de esas culturas. Por tanto, frente a la «dictadura» de los factores de impacto de las revistas en el JCR están los libros publicados en la(s) lengua(s) propia(s) de cada cultura, y junto a los libros también los espacios compartidos para el debate, como son los congresos y reuniones científicas en el ámbito iberoamericano, y evidentemente la formación universitaria que proporcionan nuestros centros de enseñanza superior. Ahí ciertamente el español es dominante, y ello es indiscutible.

No podemos olvidar, en este sentido, que una de nuestras mayores fortalezas es la unidad del idioma y la riqueza de la literatura que en él se expresa. Conviene reflexionar, por tanto, sobre el papel que la literatura en español puede desempeñar, y de hecho ya desempeña en ciertas esferas, como factor de cohesión cultural, educativa y de conocimiento compartido por la veintena de naciones que, en Europa y América, tienen este idioma como su lengua oficial, o cooficial. Hemos de recordar que la extensión geográfica y la influencia cultural del español es tal que sobrepasa las fronteras nacionales, para constituir un territorio distinto que, como decía Carlos Fuentes en el momento en que recogía el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes del año 1987 en la Universidad de Alcalá, es el «territorio cervantino», el que viene definido por la implantación de nuestra lengua:

Yo comparto el Premio Cervantes, en primer lugar, con mi patria, México, patria de mi sangre pero también de mi imaginación, a menudo conflictiva, a menudo contradictoria, pero siempre apasionada con la tierra de mis padres.

México es mi herencia, pero no mi indiferencia; la cultura que nos da sentido y continuidad a los mexicanos es algo que yo he querido merecer todos los días, en tensión y no en reposo. Mi primer pasaporte —el de ciudadano de México— he debido ganarlo, no con el pesimismo del silencio, sino con el optimismo de la crítica. No he tenido más armas para hacerlo que las del escritor: la imaginación y el lenguaje.

Esta referencia al lenguaje es lo que le lleva, a lo largo de un bello y emotivo discurso, a reivindicar como su patria también el «territorio de la Mancha», la patria cervantina, de modo que la conclusión de sus palabras es todo un manifiesto:

Gracias, entonces, por darle a mi pasaporte mexicano y manchego el sello de vuestra calidad espiritual.

Ahora abro el pasaporte y leo:

Profesión: escritor, es decir, escudero de don Quijote. Y lengua: española, no lengua del imperio, sino lengua de la imaginación, del amor y de la justicia; lengua de Cervantes, lengua de Quijote.

Si nuestra fortaleza numérica es la de esos más de cuatrocientos cincuenta millones de personas en todo el continente americano y en España que tenemos el español como lengua materna —sin duda, un potencial económico y geoestratégico de grandes dimensiones—, no nos olvidemos de utilizar ese instrumento para poner en valor nuestros tesoros culturales y educativos —valores del conocimiento compartido, en último término— que representan aquellos escritores galardonados con el Premio de Literatura Miguel de Cervantes en sus casi cuarenta años de existencia (desde 1976).

Son escritores no solo de España naturalmente, sino de muchos otros países americanos como Argentina, Chile, Colombia, Cuba, México, Paraguay, Perú o Uruguay. Entre todos ellos podemos encontrar ópticas ideológicas y estéticas muy diversas, que abarcan buena parte del espectro político e intelectual de nuestros países: los que incluyen las de Jorge Luis Borges o Elena Poniatowska, pasando por las de Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Alejo Carpentier, Juan Gelman, Guillermo Cabrera Infante, Álvaro Mutis, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Jorge Edwards, Carlos Fuentes, Gonzalo Rojas o Nicanor Parra, o las de los españoles Jorge Guillén, Rafael Alberti, María Zambrano, Miguel Delibes, Camilo José Cela, José Hierro, o tantos otros. Ellos encarnan los principios básicos de la imaginación creadora, que se expresa en el «territorio de Cervantes», y que posee un carácter vivificador y revitalizador de nuestras sociedades y de nuestros sistemas educativos y culturales.

Entiendo que las naciones iberoamericanas poseemos un tesoro común considerable en este acervo de escritores distinguidos con el Premio Cervantes, y que sería justo y adecuado que, entre todos, y con la implicación directa de los gobiernos de nuestros países, se le diera a ese tesoro la adecuada visibilidad y difusión en nuestro sistema educativo. Esto nos permitiría profundizar en las fortalezas de nuestro territorio cervantino, cuya base, como decía Carlos Fuentes, es el español: «no lengua del imperio, sino lengua de la imaginación, del amor y de la justicia; lengua de Cervantes, lengua de Quijote».

Si lográramos convertir a nuestros Cervantes de los siglos XX y XXI en materia de lectura y estudio en nuestros centros educativos, creo que estaríamos favoreciendo los principios básicos de la integración iberoamericana, como son el entendimiento, la comprensión y la cooperación entre nuestras naciones. ¿Qué mejor manera de hacerlo que nuestros escolares y universitarios leyeran y debatieran esos textos que constituyen hoy la base de nuestra imaginación y nuestra expresión propia? No solo los de su propio país, por supuesto, sino también los de los otros, para que, con esa lectura, contribuyamos a fortalecer la integración y la cohesión educativa y cultural iberoamericanas.

Además, es que en esas obras de los escritores galardonados con el Premio Cervantes están soberbiamente expresados los valores de la convivencia, la idiosincrasia de nuestros pueblos, el mestizaje de nuestras culturas, el sentimiento de nuestras raíces, el conflicto de nuestras sociedades, el horror a veces de regímenes dictatoriales, pero también la esperanza de los cambios que traían el aire nuevo de la democracia y la libertad.

En muchos de los discursos pronunciados en la Universidad de Alcalá por los premiados en el momento de recoger de las manos del rey de España su galardón, viven asimismo las palabras de Cervantes, palabras no solo de gratitud por el reconocimiento de la comunidad hispanohablante, sino palabras de reivindicación de nuestras herencias en común, de evocación por supuesto de la figura del creador del Quijote, pero también de sus valores eternos: la educación, la libertad, la patria, y naturalmente el exilio —un fenómeno que une a los escritores más allá de las fronteras nacionales, y de las ideologías—. Decía también el uruguayo Juan Carlos Onetti en 1980 al recibir el premio, lleno de emoción por gozar en España de la libertad que su país le había negado:

Yo, que sufrí amargamente años atrás la derrota de un gobierno legítimo español, y que he sido toda la vida un demócrata convencido, nunca imaginé que me llegaría el día de hacer un elogio público y sincero a un Rey, a un monarca en cuanto tal, es decir: por el hecho mismo de ejercer la jefatura del Estado. Hoy lo hago fervorosamente, y querría que todas las repúblicas de América se enteraran de ello.

Ojalá estas reflexiones y palabras de nuestros grandes escritores nos ayudaran a poner verdaderamente en valor nuestra lengua y nuestra literatura como el instrumento poderoso que es en nuestros sistemas educativos, un instrumento de valores, de cohesión, de integración y de fortaleza, que nos enorgullece, y debe enorgullecernos, porque es mucho lo que, entre todos, atesoramos, y lo que sin duda nos hace grandes en el concierto de las naciones del mundo.

Las publicaciones en forma de libro y las actividades de congresos, así como la formación universitaria, que mayoritariamente tienen lugar en español en nuestro gran espacio iberoamericano constituyen, como se decía antes, un factor de fortaleza único, que hay que explotar y fomentar. Usemos a nuestros grandes escritores, y logremos de este modo incrementar también nuestra presencia en español en todos los ámbitos científicos, y de manera primordial —claro está— en el de las humanidades y ciencias sociales. A modo de conclusión, reproduzco del Informe 2013 del Instituto Cervantes que he citado antes la siguiente afirmación: «El español es un instrumento esencial para la difusión de los resultados de los estudios científicos relacionados con el hispanismo o con el conjunto del territorio hispanohablante» (p. 49). Si estuviéramos hablando de un territorio pequeño, o de una población escasa, sin duda eso sería poca cosa. Pero no es el caso: hablamos de un gran espacio de excelencia en español.


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