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No es exacto que posverdad sea un neologismo jamás utilizado antes y cuyo nacimiento se pueda vincular a un artículo o a un libro de los últimos años, incluso si es un libro que lleva esta palabra compuesta por título como ocurre con Post-truth de Ralph Keyes (2004). Después de la verdad vienen sus consecuencias y reacciones, y es lógico que a cualquiera se le ocurra alguna vez denominar así determinada situación.

Otra cosa es que se haya disparado su uso hasta constituir un fenómeno que el Diccionario de Oxford ha podido catalogar como «palabra del año» en 2016, selección secundada en España por Fundéu en 2017 y seguida de la aceptación oficial que supone la inclusión del término en el diccionario de la Real Academia Española a final del mismo año.

Hemos tenido que llegar a lo que llamamos posmodernidad para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira.

La RAE dice que posverdad es distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Siendo así, no parece especialmente nuevo el fenómeno especificado, por más que la dimensión que proporcionan los medios de comunicación social en el siglo xx, a la que se añaden las redes sociales en el xxi, lo doten de una amplitud verdaderamente nueva.

Pero es la historia del Viernes Santo que cuenta el juicio de Jesús de Nazaret ante Pilatos. «Si sueltas a ese —dicen los acusadores a Pilatos—, no eres amigo del César». Jesús informa: «He nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad». Pilatos exclama: «¿Qué es la verdad?». Pilatos es un escéptico y la opinión pública, debidamente manipulada, no se para a pensar: «¡Crucifícalo, crucifícalo!».

Durante siglos de civilización cristiana, acontecimientos como estos se han vinculado directamente con el imperio de la mentira. Hemos tenido que llegar a las últimas estribaciones de la cultura moderna, de la cultura de la duda, a lo que llamamos posmodernidad, para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira.

La cultura occidental vivía de relatos completos, que se expresan, tanto en la realidad como en la ficción, con un modelo bien determinado. En el ejemplo, conocido por todos, de Caperucita Roja, un remitente (la madre), dota a Caperucita de un objetivo (la entrega de la merienda), dirigido a un destinatario (la abuelita). Relato completo es el del cristiano que se sabe enviado por Dios para la salvación de los seres humanos. O el del marxista que tiene por remitente la Historia y objetivo la sociedad sin clases.

Lo nuevo es la cultura del relato incompleto descrita por Lyotard. Si ante la posibilidad de un remitente nos encogemos de hombros, no hay forma de identificar un objetivo seguro, más allá del propio capricho o del beneficio instantáneo, no hay forma de referirse a la verdad.

El diccionario contiene dos acepciones principales para la palabra verdad: a) conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa, b) juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. En el fondo, no se puede practicar la verdad en la primera acepción, si no se acepta de alguna manera la segunda. Si nos encogemos de hombros ante la posibilidad de saber con seguridad algo, ¿qué significará la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa?

Naturalmente nada de lo dicho descalifica el discurso político en general o, de modo más amplio, el uso de la venerable retórica que ha configurado la marcha de la civilización. La capacidad comunicativa —el lenguaje—, propiedad básica de los seres humanos, no está previsto solamente para transmitir información, sino para persuadir, alabar, criticar, hacer compañía.

Además, la democracia, como dice Sam Leith, es la convicción de que la persuasión debe ser formalmente el centro del debate político, la retórica judicial, principio de toda retórica, sitúa el arte de la persuasión en el lugar de configuración de la sociedad civil. La palabra es el instrumento con que una autoridad no despótica ejerce el poder.

Pero el arte de comunicar y persuadir puede querer transmitir la verdad o simplemente quedarse en conseguir la adhesión. En oposición a las referencias de la retórica clásica, hemos entrado en la era del homo rhetoricus, el tipo humano que carece de interés por la verdad y se mueve únicamente por la «imagen».

Frente a la decadencia de la Retórica, acusada de responder solo a lo verosímil y no a lo verdadero, que ha marcado la historia cultural de los siglos xviii, xix y xx, a principios del xxi se reinstaura una cultura sofística donde la Retórica no es una disciplina atendible para comunicar con eficacia la verdad, sino que todo se reduce a retórica.

También esto viene de lejos. Como recuerda Ricoeur, desde Empédocles, suele decirse que la retórica es la más antigua enemiga de la filosofía porque el arte del bien decir se puede eximir de la preocupación por decir la verdad, la técnica que gobierna las causas que engendran los efectos de persuasión da el temible poder de disponer de las palabras sin las cosas, de disponer de los seres humanos, disponiendo de las palabras. La posibilidad de esta escisión acompaña toda la historia del discurso humano. Por eso la condenaba ya Platón para quien la retórica es a la justicia lo que la sofística a la legislación y «las dos son, en cuanto al alma, lo que son, en cuanto al cuerpo, la cocina respecto a la medicina, y la cosmética respecto a la gimnástica; artes de ilusión y engaño».

Posverdad es manipulación que se señala como nostalgia de verdad.

Esto viene de lejos, pero la perversión que antes se denunciaba ha tomado ahora carta de naturaleza universal. Por ejemplo, no se preocupará el político por la pedagogía que enseñará el bien que encierra la propuesta que ofrece, sino en detectar el estado de ánimo de los que intenta convencer para someterse a él o hacerles al menos creer que se somete.

Nadie podrá mencionar la mentira allí donde no existe de ninguna manera la verdad. En este extremo, cuando uno detecta el horror, normalmente en la acción del otro, se sentirá la ausencia de verdad como un vacío. De ahí la palabra. Posverdad es «manipulación que se señala como nostalgia de verdad al observar la comunicación de un hecho o la adopción de unas actitudes». Se comprende.


(Este artículo apareció en ABC el 5-4-2018. Lo reproducimos aquí con permiso del autor y de ABC).


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.