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La revolución bolchevique en Rusia ha cumplido un siglo. Al mismo tiempo, en mayo de 2018 se conmemoró en Tréveris el bicentenario del nacimiento de Marx. Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, afirmó en la apertura de este evento que el inspirador de las dictaduras marxistas fue “un ciudadano europeo ejemplar”. Philippe Nemo, en Qué es Occidente, afirma que Europa tuvo que padecer el comunismo marxista para comprender que era “una traición a su tradición”, pues despreciaba la ley, negaba la razón, eliminaba la libertad y actuaba de forma violentamente atea. En cualquier caso, con Marx o contra Marx, nadie puede negar que, doscientos años después de su nacimiento (1818), un buen número de ideologías están inspiradas en el marxismo.

Marx lamenta que la filosofía solo pensara el mundo: se hacía necesario transformarlo.

Marx, quizá el más grande de los ideólogos, lamenta que la filosofía haya sido un saber teórico, destinado a interpretar el mundo. El marxismo acabará con ese estatus pasivo y se dedicará a transformar la sociedad. Será una teoría formada sobre la praxis. Un saber tan práctico -dirá- como sembrar y recoger patatas. La génesis de las ideologías la resumen Marx y Engels en este breve apunte histórico: “Cuando el mundo antiguo estaba declinando, las viejas religiones fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVIII las ideas cristianas cedieron su puesto a las ideas filosóficas, la sociedad feudal libraba su última batalla con la burguesía, entonces revolucionaria”.

Primera edición del Manifiesto del Partido Comunista, Londres, 1848. © Wikimedia Commons

Marx estudió derecho, historia y filosofía en las universidades de Bonn y Berlín. Engels, hijo de un gran industrial alemán, se escandalizó al conocer de primera mano la situación de los obreros en Gran Bretaña. Ambos pensaban que el motor de la historia era la economía, y se empeñaron en “descubrir la ley económica que preside el desarrollo de la sociedad moderna”. Les tocó vivir el conflicto insostenible entre el proletariado y la burguesía capitalista. Entre las soluciones que se imaginaron hubo diversos socialismos pacíficos a los que Marx despreció como “utópicos”. Esos socialismos hacen el juego a la burguesía porque “repudian toda acción política, y sobre todo, toda acción revolucionaria, y se proponen alcanzar su objeto por medios pacíficos, ensayando abrir camino al nuevo evangelio social por la fuerza del ejemplo, por las experiencias en pequeño, condenadas de antemano al fracaso”.

Estamos ante una nueva versión del optimismo ilustrado que conduciría a la sociedad sin clases.

Frente a ese socialismo utópico, los autores del Manifiesto defendieron un socialismo “científico”, deducido racionalmente de las supuestas leyes históricas y económicas que anunciaban la disolución del sistema capitalista. Diagnosticaron que -en todo el mundo y a lo largo de la historia- las injusticias, las violencias y las desigualdades económicas y sociales tenían su origen en la defensa y acumulación egoísta de los propios bienes. Por último propusieron cortar por lo sano, suprimir de raíz la propiedad privada y dejar todas las propiedades en manos del Estado. Es el Estado quien se encargaría de poner esos bienes en común, y así surgiría la justa y pacífica sociedad comunista sin clases. Estamos ante una nueva versión del optimismo ilustrado, encarnado en dos pensadores que contagiarán su convicción y su pragmatismo a varias generaciones de líderes obreros y políticos. En cuanto a las acusaciones lanzadas contra el comunismo en nombre de la religión, de la filosofía y de la ideología en general, “no merecen un examen profundo”, dirá.

El propósito urgente es la destrucción de la burguesía, constituir a los proletarios en clase única, conquistar el poder político.

Estas ideas –y las citas anteriores- aparecen en el Manifiesto Comunista, un texto programático redactado por Marx y Engels, publicado en Londres en 1848. Se trata de uno de los escritos políticos que más han determinado la historia posterior. Comparable, en ese sentido, a la República platónica, a La ciudad de Dios, El Príncipe y El contrato social. Su experiencia como periodistas les sirve a sus autores para redactar un texto vigoroso. Al mismo tiempo, su brevedad, la finalidad revolucionaria y el tono visceral lo convierten en un poderoso panfleto con vocación abiertamente subversiva: el Manifiesto quiere claramente ‘cambiar el mundo’, no se conforma con ‘pensarlo’.

Desde el principio queda claro que el propósito inmediato de los comunistas es hacer que los proletarios tomen conciencia de clase social. Después vendrá “una revolución declarada, en la que el proletariado fundará su dominación por el derrumbamiento violento de la burguesía”. El enemigo está perfectamente identificado: “Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su disposición las mujeres y las hijas de los proletarios -sin hablar de la prostitución oficial-, encuentran un placer singular en ponerse los cuernos mutuamente”. La primera misión de los proletarios de cada país será acabar cuanto antes con su propia burguesía. Al enumerar a grandes rasgos las fases del desenvolvimiento histórico del proletariado, Marx habla de “la guerra civil latente que mina la sociedad”, y que acabará estallando en forma de revolución.

Los autores proponen a los comunistas y a todos los partidos obreros el mismo propósito urgente: constituir a los proletarios en clase social, la destrucción de la supremacía burguesa y la conquista del poder político. Deterministas radicales, piensan que la suerte está echada, porque “el desenvolvimiento de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía el terreno sobre el cual ha establecido su sistema de producción y de apropiación. Ante todo produce sus propios sepultureros. Su caída y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.

Tras la revolución, el proletariado arrancará el capital a la burguesía y centralizará todos los instrumentos de producción en manos del Estado. Así, organizado en clase directora, hará aumentar rápidamente la cantidad de fuerzas productivas. “Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio sino por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción”.

Los comunistas deben apoyar en los diferentes países todo movimiento revolucionario contra el estado de cosas social y político existente. En todos esos movimientos se pondrá por delante la cuestión de la propiedad: “La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones de propiedad tradicionales; nada de extraño tiene que (…) rompa de la manera más radical con las ideas tradicionales”. A los burgueses capitalistas dedican Marx y Engels estas palabras: “¡Estáis sobrecogidos de horror porque queremos abolir la propiedad privada! Pero en vuestra sociedad la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros. Precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes existe para vosotros. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de privar a la inmensa mayoría de toda propiedad. En una palabra, nos acusáis de querer abolir vuestra propiedad. Efectivamente, eso es lo que queremos”.

Los dos autores aseguran que, con la victoria de la revolución proletaria, desaparecerá el antagonismo de las clases en el interior de las naciones, y también la hostilidad de nación a nación. Es decir: tras la rebelión en la granja llegará el mundo feliz. Ante semejante futuro luminoso, los comunistas no deben disimular sus opiniones y sus proyectos. Deben proclamar abiertamente que sus propósitos no pueden ser alcanzados sino por el derrumbamiento violento de todo el orden social tradicional. “¡Que las clases directoras tiemblen ante la idea de una revolución comunista! Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar”.

Se trata de un texto programático que al final no ha logrado ser profético.

Pasado el bicentenario se han alzado algunas voces planteando si realmente había algo que celebrar. El texto del Manifiesto tenía mucho de programático, pero tal vez no de profético. El marxismo se ha mostrado como una respuesta falsa a los ideales del hombre: no solo subordina al individuo (a la persona) bajo la idea general de Revolución o de Historia, no solo está dispuesto al sacrificio de todo lo que haga falta para conseguir sus metas en el tiempo (propiedad, tradición, religión, familia…), sino que en la práctica parece que lo que verdaderamente quiere ‘la Humanidad’ no es hacer universal la figura del proletario, sino la del burgués, la del consumidor: preferimos los centros comerciales y los programas de la televisión a la lucha de clases. Bajo este punto de vista, la profecía marxista ha resultado profundamente miope. Desde el de la libertad humana y los derechos fundamentales, sus frutos son más que decepcionantes, sangrientos.


© de la imagen principal: shutterstock_551878717


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José Ramón Ayllón (Cantabria, 1955) estudió Filosofía y Letras en las universidades de Oviedo y Valladolid. Desde hace 20 años da clases de literatura, ética y filosofía. Es autor de “Querido Bruto”. Asimismo, ha publicado la novela juvenil “Vigo es Vivaldi” y varios ensayos: “En torno al hombre”, una introducción a la filosofía renovadora, “Desfile de modelos”, que quedó finalista en el Premio de Ensayo Anagrama 1996, “Ética razonada”, “¿Es la filosofía un cuento chino?” y “El hombre que fue Chestertón”, este último de la editorial Palabra, publicado en 2017.