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Vivimos una época en que la conciencia de crisis se acentúa: crisis económica, sanitaria, demográfica, geoestratégica, europea, política, etc. Y por eso también proliferan los libros que pretenden explorar la naturaleza y causas de esas crisis y sugerir soluciones. En particular, está generando abundante literatura la llamada “crisis económica” que desde 2008 ha marcado nuestras vidas y que la actual crisis sanitaria no hace sino agravar en la conciencia general.

Ryan Avent: «La riqueza de los humanos» (Ariel, 2017)

La llamada crisis actual del capitalismo es analizada por Ryan Avent en La riqueza de los humanos (Ariel, 2017). Su  intención con este libro otear el futuro de la economía mundial a partir de un análisis de lo que sucede hoy (o sucedía antes de ayer, antes de la COVID19). Está muy bien escrito y se lee con facilidad, aunque quizá le sobran unas cien páginas sin las cuales se podría haber dicho lo mismo. El autor, Ryan Avent, es economista y redactor del Economist, es decir, sabe de qué habla y cómo contar una historia, pero como todo observador de la economía con vocación de visionario del futuro selecciona de forma subjetiva -y quizá arbitraria- los fenómenos de la actualidad que considera relevantes y determinantes del próximo futuro. Fiarse o no de esa selección de hechos relevantes es cuestión de fe del lector.

Los poderosos, según el autor, usan su poder para presionar a los poderes públicos en defensa de sus intereses y, en general, todos quieren proteger su posición frente a los advenedizos

Anuncia un futuro en que irán a más los siguientes fenómenos que considera ya están presentes desde por lo menos los años 80 del siglo pasado:

-Cada vez habrá trabajo para menor porción de la población como fruto de la digitalización de la economía.

-En el próximo futuro la capacidad de negociación de los trabajadores será menor y por tanto también lo será su participación en las rentas disponibles.

-El capital social, los intangibles de la economía y la empresa, serán cada vez más relevantes y, por tanto, cada vez será más difícil participar en ellos a los que están fuera de los centros de decisión de primera línea o carecen de una gran formación (ciudadanos de países pobres, trabajadores desempleados procedentes de los sectores industriales desplazados por la robótica y la digitalización, etc.).

-La retribución del capital aumentará  en detrimento de las rentas del trabajo con el consiguiente aumento de las desigualdades sociales.

-Los trabajadores con menos formación en las nuevas tecnologías que vayan perdiendo su trabajo no encontrarán posibilidades de incorporarse a otros puestos de trabajo y este exceso de mano de obra tirará para abajo de los sueldos de todos.

-Se producirá una cronificación del estancamiento económico ante la incapacidad de la demanda para soportar el crecimiento sostenido del consumo en un mundo con una mayoría se encuentra sin trabajo y con rentas salariales con tendencia a la  baja.

Casi nadie se manifiesta dispuesto a compartir sus riquezas con los que menos tienen, sostiene Ryan Avent

Para paliar estas tendencias que provocarán -según el autor- una redefinición del juego institucional y político con alto riesgo de triunfo de opciones radicales y antisistema, Avent apuesta por el fomento de la inmigración hacia los países intensivos en capital social (es decir, los ricos) y por la creación de una cultura de la vida en ocio y sin trabajar, soportada por transferencias tipo renta mínima o similares y/o salarios mínimos crecientes, soportadas a su vez  por un sistema fiscal fuerte y de tipos crecientes.

Esta es la opción ética para el autor, pues –nos dice- “nadie merece ser pobre. Nadie merece ser arbitrariamente rico”  Hay, por tanto, que apostar por redistribuir la riqueza entre todos los humanos y para ello abrir las fronteras de los países ricos a los inmigrantes de los países pobres a fin de que éstos participen en el capital social acumulado por los ricos; y generalizar políticas de transferencias de rentas a los excluidos del mercado laboral por las nuevas tecnologías.

El autor reconoce que no es probable que los responsables políticos y gubernamentales hagan caso a sus propuestas; pues, afirma,  los poderosos usan su poder para presionar a los poderes públicos en defensa de sus intereses y, en general, todos quieren proteger su posición frente a los advenedizos y casi nadie se manifiesta dispuesto a compartir sus riquezas con los que menos tienen.

Avant no es un revolucionario. El tono de sus propuestas es más bien el de un predicador humanista imbuido de una preocupación ético-social por todos los hombres, aunque su análisis es muy discutible y sus propuestas lo son aún más.

El libro de Avant es una lectura agradable, con observaciones interesantes sobre la crisis social actual, pero quizá le falta la profundidad de un observador despierto a la complejidad de los fenómenos humanos a la luz de la historia. Avant se limita a estudiar la actualidad económica y social desde la óptica de  las teorías económicas de moda en el reciente pasado y con un cierto hálito sentimental de beneficencia colectiva.

Avant me recuerda al Marx indignado por las penurias del proletariado de su época y que cree que con determinadas reformas estructurales –curiosamente justo las que él  aconseja- el futuro será mejor para todos. Sin embargo, como en el caso de Marx y más allá de la seguramente loable intención de uno y otro, no hay indicio razonable alguno de que sus análisis y propuestas de solución sean acertados; pues son muy parciales y limitados, al desconocer y no valorar la multifacética realidad de los fenómenos humanos, entre los cuales se encuentra la economía, pero sin que ésta sea conceptualmente autónoma ni auto explicativa de las dinámicas sociales y políticas.

La construcción histórica de las sociedades humanas es fruto de la sicología, los miedos, las esperanzas y las ilusiones de cada uno de nosotros; y, por supuesto, también de las políticas, las dinámicas económicas, el entorno climático y geográfico y mil factores más que influyen, condicionan y determinan en parte las decisiones de gobiernos, empresarios y ciudadanos, sin que se pueda desconocer el peso de las convicciones religiosas y morales imperantes. Obviar este carácter multifactorial de la historia humana y pretender analizar el presente, predecir el futuro y dar recetas para pasar de aquel a éste, solo con los pobres instrumentos de análisis y predicción de la (presunta) ciencia económica es síntoma de fracaso seguro.

 


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