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El concepto de género aparece después de la Segunda Guerra Mundial en el ambiente de los estudios sobre identidad. En 1958 se estableció un Proyecto de Investigación sobre Identdad del Género (Gender Identity Research Project) en el centro médico de la Universidad de California en Los Angeles. Su objetivo era profundizar en la identidad enferma de intersexuales y transexuales. Poco después, con los hallazgos de este proyecto, el psicoanalista Robert Stoller presentó el término de identidad de género al Congreso Psicoanalítico Internacional celebrado en Estocolmo en 1963. En su presentación, tal concepto surgía en el marco de la distinción entre biología y cultura. Así, mientras el sexo quedaba ligado a las hormonas, los genes y el sistema nervioso -es decir, a la biología-; el género quedaba relacionado con la historia, la sociología, la psicología y la educación. Cuando la cultura se aplicaba a la matriz de la biología, surgía como producto la persona dotada de género.

Con el tiempo, muchos investigadores médicos estudiarían a fondo la interacción entre lo biológico y lo cultural para explicar la conformación y evolución de la identidad de género. En las escuelas de medicina norteamericanas fueron surgiendo clínicas especializadas en el estudio de esta preocupación.

Poco a poco, la inquietud dio paso a la duda sobre si era correcto contraponer biología y cultura; o lo que es lo mismo, sexo y género. Inevitablemente, llegó a hacerse inaceptable cualquier colonización de la biología por parte del artificio de la cultura. Algunos pensadores -la mayoría, pensadoras- comenzaron a replantearse la necesidad de ir más allá de estos binomios conceptuales y de indagar en sus consecuencias políticas. Pronto valorarían como ilicito “este discurso estructurado del mundo como un objeto de conocimiento en términos de la apropiación de los recursos de la naturaleza por la cultura”.

En cierto modo, estas críticas intentaban sacar a la mujer de la categoría de naturaleza. Se la incluía así en la de cultura como un sujeto dotado de un self – o una misma- que colabora tanto en la construcción de los objetos sociales como en la suya propia. Quizá por esto hubo un tiempo en que el sexo biológico -como eje de la feminedad- apestaba a las feministas que intentaban superar las limitaciones de la mujer. Hay que tener en cuenta que biología y lo biológico, en términos políticos, equivalía casi al cien por cien al cuerpo humano y a los imperativos corporales que impedían cualquier elevación en el contenido de la vida de las mujeres.

Dentro del feminismo se propondrá como acción inmediata defender las identidades de género que tradicionalmente se han rechazado por no ser coherentes con el modelo bipolar, conocido como heterosexual. El objeto es destruir esa univocidad del sexo femenino en cuyo seno se hace imposible pensar en la liberación de la mujer. Había que acabar con el mundo de “o lo uno o lo otro”.

La teoría del género considera que la tendencia a regular la vida partiendo de la polaridad entre los sexos nos obliga a creer –vulguis no vulguis– en que la maternidad es natural, mientras que la paterndad es necesaria; y ello sirve luego de matriz intuitiva, y a veces explícita, al pensamiento y al comportamiento. En la tradición occidental -que se mantiene en la modernidad- la maternidad se ve a simple vista, mientras que la paternidad se infiere. La idea de que la mujer hace niños y el hombre se hace a sí mismo, lo mismo que algunos otros corolarios de estas creencias básicas, son el fundamento de una visión del poder y de las relaciones comunitarias entre los sexos que aconsejan por su irracionalidad replantearse el asunto. Un primer paso será desmontar los mecanismos que hacen que un individuo adquiera una identidad política estrechamente asociada a su sexo.

En esta línea se reivindicará que las identidades de género no son solo dos, ya que a lo largo de las diversas edades y condiciones por las que pasa una persona en su vida surgen otras posibilidades para el individuo. El proyecto feminista se propondrá ahora desmontar y dejar inservibles todas las categorías binarias que hacen imposible cualquier movimiento emancipatorio de la mujer. Una gran cualidad de la literatura sobre el género es haber centrado el problema y ofrecido planteamientos que suscitan la acción por parte del ciudadano.

Otra orientación -también muy fecunda- en los escritos sobre el género partirá de la base de que la mujer, como tal, es una construcción del hombre que controla y administra los resortes del poder externo. Por eso se encaminará a desmontar ese constructo -casi un tí-tere esclavizado- de la sociedad masculina que es la mujer. Un mu-ñeco cuya constitución está enraizada biológicamente en un mundo violentamente sexuado, es decir, la sociedad machista.

¿Y qué formas nuevas de subjetividad política podemos esperar si estos ataques de la teoría del género al orden existente aciertan en su diana y logran sus propósitos?.

El género en la vida política

“Gender”, género en inglés, tiene un significado político en contraposición a “sex”, o sexo, que no ha pasado a otras lenguas. En concreto, en castellano, catalán o francés la palabra género ha quedado para designaciones gramaticales o para asuntos relacionados con la sintáxis.

Para ser exactos, habría que atribuir al inglés americano el surgmiento de este término que ha pasado a ser emblemático de la lucha feminista por romper los moldes patriarcales.

El primer uso del término “gender”, en el sentido que hoy se utilza en la lucha feminista, se debe a Gayle Rubin, una estudiante de doctorado en la Universidad de Michigan en 1975, y brota dentro de la tradición progresista norteamericana. En principio, el término “gender” aparece ligado al concepto de clase, para después complcarse la existencia dando cabida a otros conceptos críticos para la emancipación de la mujer, tales como la raza o la orientación sexual.

Un tema central en la resistencia feminista es, como hemos anticpado, la construcción del sujeto, punto que en gran medida el femnismo siente ser la clave de la postración de la mujer. La idea de que la mujer sea una construcción del deseo del hombre no ha dejado nunca de ser una preocupación en la literatura feminista.

En el mundo moderno el sujeto ha sido siempre controvertido. Por una lado, es el portador de los derechos generados en el ámbito democrático; por otro, es la pieza clave que, con su concurso, genera la sociedad moderna.

Hay que aclarar que, ya antes de la revolución de 1989, la teoría del género había soslayado la posibilidad de que la transformación buscada pudiera venir de regímenes tiránicos.

La división público/privado

Carole Pateman -la voz más audible en este punto- mantiene que el problema central del feminismo en la democracia no se habrá resuelto hasta que se reelabore la inadecuada distinción entre público y privado. Es más, para esta autora “la crítica total del feminismo a la oposición liberal entre privado y público todavía aguarda su filósofo” (Pateman,”Critiques of the Public/Private Dichotomy”, en Feminism and Equality, Phillips (ed.), New York University Press, Nueva York, 1987).

La idea de los demócratas más abiertos -el liberalismo progresista y la socialdemocracia- es que, gracias al juego democrático, las mujeres han podido ir entrando en el ámbito de la ciudadanía. Así, en la actualidad pueden votar, poseen derechos políticos y está en camino su plena integración. Una inclusión que ha de llegar antes o después, pero al fin y al cabo irremediablemente. Esto significa que, a pesar de las imperfecciones que pueda tener el liberalismo, las mujeres se han soltado de una situación en la cual no eran siquiera visibles en el ámbito público. Según esto, la afirmación de los valores liberales, la idea de que nadie debe permanecer esclavo -recuérdese a John Locke- y el individualismo han permitido todos estos avances de la mujer.

En consecuencia, el liberal considera que la historia ha llegado al siglo XXI con todas estas mejoras gracias a su democracia. Y piensa también que si se dan hoy críticas feministas al modelo, ello es posble gracias a que la filosofía liberal y su ethos emancipador de lo humano lo permiten.

En este cuadro los colores con que se pinta la democracia occdental son radiantes. Sea cual sea su situación actual, parece deducirse que su contribución a la emancipación de la humanidad ha sido monumental. En concreto, se piensa que su aportación a la liberación de la mujer, de los esclavos o de los países dependientes ha sido crucial.

En cierto modo, si entendemos que la lucha de los verdaderos demócratas contra los falsos demócratas y los antidemócratas se centra en torno a la idea doble de inclusión/exclusión, las feministas deberían estar entusiasmadas con los resultados obtenidos. Es evdente que en algunos países democráticos las mujeres actúan en los parlamentos, en las profesiones y hasta en el poder ejecutivo. Incluso hay casos en que la mujer no sólo accede a los poderes del Estado, sino que predomina en ellos. Y si tomamos a estos países como adelantados de la cultura occidental -en una historia mundial que imita a occidente-, ya tenemos un camino abierto para pensar que la vergonzosa exclusión de esa mitad femenina de toda la población del planeta está condenada a desaparecer.

No obstante, la teoría del genero considera que si atendemos a la degradación moral, a la desorientación popular, a los malos modos de los líderes y al disgusto hacia esta democracia que se perciben en los países adelantados, el asunto se oscurece. Porque se obtiene la impresión de que la ampliación de la ciudadanía no ha servido para poner acabar con la brutalidad del racismo, la segregación sexual, la xenofobia, el retraimiento egoísta y la desconfianza. Desalienta ver que en países donde se ha roto la barrera que impedía la entrada de las mujeres o las minorías, no se han producido apenas ideas democráticas nuevas. No han llegado los frutos teóricos que se esperaban. Todo lo más que se observa es una depresión honda e inconfesada por ver có-mo, con tales añorados cambios, no ha brotado una nueva visión de la política. ¿Se trata de una queja injusta?

El disgusto del patriarcalismo

Una idea muy fructífera del pensamiento feminista es poner el lberalismo y su alto concepto de sí mismo frente al espejo. Se hace patente entonces que la teoría política -prácticamente la de cualquier signo- siempre ha mantenido como pilar fundamental su concepción patriarcal de la sociedad. Es decir, la existencia de un ámbito público que sólo se hace posible gracias a que la esfera de lo reproductivo queda al cargo de las mujeres y así se puede liberar de ella a los hombres. Está en el origen de la democracia el que, para alcanzar el nivel político y el estatus de ciudadano, los individuos tengan que estar desembarazados de lo domestico-reproductivo y de las faenas consuetudinarias. Se trata de una tarea necesaria que hay que cumplir, pero que no pueden llevar a cabo aquéllos cuyo trabajo eminente ha de ser el ejercicio del liderazgo y la notabilidad ciudadana.

El pensamiento liberal -con sus injertos socialdemócratas- que sustenta la democracia occidental afirma unitariamente la existencia de dos ámbitos complementarios, el público y el privado. En lo pú-blico se concitan los ciudadanos más responsables para tratar de los asuntos que atañen a la seguridad y el bienestar de la polis.

Por el contrario, la vida privada sigue arrastrando algo de su valoración en la Grecia clásica; allí se trataba de una zona de deficiencia moral en donde el ciudadano no vivía lo común o público, es decir lo político. De hecho, de los habitantes que poblaban y actuaban en lo privado, tan sólo una minoría eran ciudadanos.

Claro que esta división implica otras como sociedad y gobierno, moral y poder, masculino y femenino. Los estudiosos del género concluirán que todas las dicotomías evocan aquella primordial de la dvergencia sexual. Por debajo de sus ideas, el liberal supone que la mayor fuerza del hombre, su disposición muscular y su superior capacidad para la abstracción le abocan al trabajo de lo público, al cudado de lo que es de todos y de ninguno en concreto; mientras que la proximidad de la mujer a los cuidados de la fertilidad, el embarazo, el parto, el amamantamiento, la higiene y la crianza de los infantes la destinan a hacerse cargo del ámbito de lo particular, concreto y carnal; a tener los pies bien en la tierra – o también en el fango orgánco-, como se suele decir de ella. Este es el esquema que se repite en múltiples circunstancias y planteamientos sociales.

Pero, ¿y la poca fuerza física de los ancianos? ¿y la infertilidad de las mujeres posmenopáusicas o solteras sin hijos, o lesbianas? ¿Altera esto para algo el esquema liberal? ¿Deben hacerse salvedades en estos casos? ¿Y el escollo de la minoría de edad y su definición a efectos políticos?

Para los escritos de género, el concepto de espacio público interno adquiere especial relevancia; ya que en el mundo interno del indivduo no se puede hacer abstracción de sexo, raza, edad, nacionalidad u otras vivencias profundas. Se tata de un ámbito en donde existen objetos que no responden al contexto, sino que emergen de dentro afuera y son inalterables a la acción externa de la ley; a ese exterior en donde impera moralmente la legitimidad. En el mundo interno son más importantes los conceptos de crédito, convicción, abandono o, incluso, de inundación emotiva.

Una técnica muy querida a la democracia contemporánea es llegar a lo político a partir de la destilación de la vida cotidiana y después de hacer una fuerte abstracción. Con ello se intenta salvaguardar la vida rica del self del ciudadano, privada del agobio entrometido de la política -con sus impuestos, fiscalización y manipulaciones-, sguiendo el refrán liberal de que cuanto más política, menos libertad. Con este procedimiento objetivo se diseña un escenario, la vida pública, lleno de valores y reglas y abierto a la gran mayoría; y se piensa que se está construyendo algo de mucho precio para, en última instancia, ofrecérselo a todos. Algo que va a estar ahí -como las grandes termas, las pirámides, la plaza de San Pedro o los museos del Washington monumental- esperando siempre las visitas y pacíficamente ofertado al ciudadano.

En esta atmósfera parece que todos nos encaminamos hacia un mismo régimen democrático y que el problema en sí va a estar en ver quién va más deprisa por la vía de democratizar más y más nuestras sociedades. Es patente que ya no se plantea la controversia sobre qué tipo de democracia queremos, si liberal, socialista, socialdemócrata o ácrata; prácticamente, ya no. Las disputas fundamentalistas sobre modelos de sociedad han pasado a ser irrelevantes. Todo lo que se quiere es transparencia, buena administración, riqueza productiva y garantía de los derechos fundamentales -y, a poder ser, de los no tan fundamentales- del individuo. Se da por sentado que, haciendo eso, la vida nos va a dejar alcanzar la autodeterminación y ser más felices: tendremos una calidad de vida. Sin duda evitaremos la violencia, la escasez y la falta de nutrición material e inmaterial.

Casi nadie duda de que la democracia nos ha de traer eso automá-ticamente; y el ejemplo indiscutible de la democracia occidental, sobre todo la norteamericana, es casi un comprobante cien por cien. Trabajo, eficiencia y un sistema político perfectamente comprobado en la epopeya occidental han dado paso a la era de la democracia.

Personalidad de género: vida adulta

En el camino de la biología a la cultura, en el que la ciencia moderna se ha movido con soltura, una de las claves del crecimiento de los individuos y de los pueblos ha sido la identidad. Si un sujeto ha de responsabilizarse de sus actos, habrá de buscar un medio de hacer que esos muchos personajes que se suceden a través del tiempo usando el mismo nombre correspondan a alguien común que no cambia. En cierto modo se hace necesario desmentir la sugerencia de Thomas Hobbes en la que avisa de que en el mismo cuerpo se suceden diferentes sujetos.

¿Cómo se puede establecer un contrato con efecto duradero si no hay sujetos duraderos? Y si estamos fundamentando nuestra sociedad en el individuo, ¿cómo se pueden aceptar contratos firmados por individuos y que han de durar en el tiempo, si no tenemos individuos que perduren a través del calendario?.

El problema de arreglar un contrato viene a ser el mismo de arreglar un encuentro entre seres que en gran medida viven sin tiempo ni espacio; y cuyo rostro, ideas, sentimientos y cuerpo físico se tranforman sin parar. El encuentro en un tiempo y espacio concretos que no sean zarandeados por el tiempo incesante, viene a ser un problema parecido al de la perdición humana; y que simboliza la Torre de Babel con su base en la tierra y “la cúspide en el cielo” llamando a evtar la dispersión.

Esa identidad, o igualdad a sí mismo, implica un alto grado de abstracción y una superación del materialismo y del biologismo, ya que lo que se mantiene constante es algo diferente a lo comprobable materialmente.

El problema de hallar una identidad en el seno de una sociedad es consustancial al de encontrar un lugar en la vida pública. Y aquí está la novedad de la teoría del género: eso es para un chico radicalmente diferente que para una chica.

En la democracia liberal las diferencias de género quedan entre los posos de la persona a la que previamente se ha sometido a abstracción para lograr ese ente de teorización que es el individuo. Pero lo cierto es que, en el camino de encontrar un yo que sea responsable de lo que nuestra persona va a hacer o sentir en público, esta diferencia de género se muestra decisiva.

Una de las teóricas que más lejos ha sabido llevar este argumento es Nancy Chodorow, apoyándose a su vez en una amplia tradición de pensamiento y experiencia clínica psiconalítica, básicamente norteamericana.

Chodorow parte de la diferencia entre identificación personal e identificación posicionai (Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering, The University of Colorado Press, Boulder, 1979). Reconoce que sentirse o buscar ser igual que otro ser humano es algo que hacemos de forma inconsciente. Y en su afán de buscar las raíces del concepto de identidad, revisa primero el mecanismo de identificación.

La identificación personal se lleva a cabo de manera difusa, copiando la personalidad general de otra persona a la que se toma como modelo. Esta copia incluye valores, actitudes y rasgos de comportamiento.

Resulta diferente la identificación posicionai, en la que la igualación se lleva a cabo con los rasgos específicos de otra persona. Este método no lleva necesariamente a la internalización de valores o acttudes de esa persona tomada como modelo.

Los niños recurren usualmente a la identificación personal, lo que implica sentimientos positivos de cariño hacia una persona presente. La identificación posicionai es residual y reactiva; activándose cuando la identificación personal no es posible. La identificación en este caso se lleva a cabo sobre lo percibido en el exterior, a veces de manera bastante deforme. Se copian aspectos concretos de una persona.

Chodorow apunta que, al estar la madre más presente, ello condciona el tipo de identificaciones utilizadas por los niños. Para empezar, la niña tendrá un modelo continuo y presente que le facilitará su camino hacia la adultez como mujer; y naturalmente teniendo en cuenta que habrá también otros modelos.

El niño, por su parte, busca desarrollar su identificación genérica y su rol masculino sin contar con la presencia continua de su padre. Eso no obsta para que, llegado el momento, se apropie de rasgos masculinos ajenos que después temerá se le vuelvan en su contra. Chodorow explica que probablemente el chico tendrá que exorcizar más adelante esos rasgos que se ha apropiado.

La identificación de un chico con su padre implica ajuste psicoló-gico, mientras que de la chica con su madre no, ya que surge de dentro a fuera.

El resultado de esta escenificaciones es que el crecimiento de las identidades se realiza con una abrumadora presencia de la madre, fgura constante y a la que se entrega lo que podríamos llamar los poderes de la presencia, ciertamente importantes, sin ningún tipo de salvaguarda. Es una entrega normal y estandarizada socialmente, esté o no cualificada psicológicammente esa madre para asumir tan fuertes poderes.

Por otra parte, las mujeres son esposas y madres en la familia moderna y se definen siempre en su aparición social en relación a otro sujeto, mientras que los hombres aparecen con frecuencia ocupando roles y puestos universales.

Las actividades atribuidas a uno u otro género son distintas. Las femeninas son el resultado de una conexión continua con los niños y, por ello mismo, de una preocupación constante por lo que les afecta. Su trabajo específico en la familia viene a ser todo lo relacionado con el mantenimiento y la reproduccción.

Estos trabajos suelen tener una continuidad rutinaria y repetitiva, sin progreso personal; y es de señalar que, aun cuando los dos miembros de la pareja compartan la carga, siempre recae en la mujer una responsabilidad residual. Se suele decir de un hombre que hace de canguro de su bebé, pero jamás se dirá eso de una mujer.

¿Y los padres? ¿Cuál es su papel? Chodorow replica que éstos con frecuencia aparecen asociados al logro de la independencia. El padre está mucho tiempo fuera de casa y generalmente alejado de las labores de mantenimiento y pura rutina. Su implicación con el mundo público le situa habitualmente en un ámbito en donde se pretende que rijan valores como la puntualidad más afinada, la disciplina en el trabajo y el pudor más estricto en la custodia de los sentimientos. Son personajes anclados en el espacio de los encuentros, los compromisos y las identidades estables. Más que de vida de identidades, podríamos hablar del mundo de las entidades, donde todo permanece en su ser, por mucha que sea su movilidad; y en donde lo que se dice, hace o firma tiene efectos que no prescriben en años; e incluso en toda una vida, como puede ser el buen nombre público de una persona o famlia.

Dada su situación de inmersión en el océano de las fantasías y lo no consciente, en donde tiempo y espacio son blandos y confusos, la madre es una figura que representará tanto el progreso mágico como la regresión más desmesurada, pero sin autonomía estable. Se mueve en un mundo en el que siempre hay marcha atrás, cosa impensable en el espacio público administrativo.

Para entrenarse como individuo que jugará su partido en el espacio de los hechos unidireccionales, externos y sin retorno, ese chico tendrá que deshacerse de las ataduras al mundo de lo materno y, a pesar de vivir constantemente sumergido o rodeado de esa atmosfera y en ese lodo agraciado, tendrá que renegar de él y rechazar aquellas cualidades que considere femeninas. Probablemente en muchos casos no pueda rechazar algo tan próximo y querido, y se limitará a reprmirlo. Claramente esto le llevará a tener que devaluar a las mujeres y a lo femenino en el mundo actual.

De este modo es incontestable la afirmación de la psicoanalista Alice Balint cuando asegura que “lo que venimos a considerar el desprecio masculino normal hacia las mujeres” viene a ser una actitud necesaria en este marco afectivo. Algo que se hace preciso para que el chico cierre las puertas de un mundo que no puede guardar en su paso a la edad adulta como hombre. Ese desprecio hacia lo femenino le ayudará a liberarse de todo aquello tan querido y que, si lo conserva, le pesará en el futuro.

¿Y la niña? También en ella se dará ese rechazo necesario para crecer y para independizarse, pero en su caso esta hostilidad se ligará con su relación profunda con la madre y se mezclará con su propia autodepreciación.

El desprecio hacia lo femenino

Un punto de reflexión importante para el feminismo es la familia. Esta institución realiza un trabajo fundamental en lo referente a la identidad personal y política. Como se suele decir “las familias crean niños con género, heterosexuales y listos para casarse”. Pero, el problema para el feminismo radica en el hecho de que estas familias, que han sido creadas en torno a la crianza de las madres y al dominio de las varones, crea a la larga incompatibilidades en las necesidades de relación entre hombres y mujeres.

La influencia de esta “célula de la sociedad”, como acostumbra llamarla el pensamiento conservador, es muy amplia; y el feminismo contemporáneo suele ver la segregación de géneros a lo ancho y largo del mundo como uno de sus resultados.

En esta matriz de identidades es especialmente llamativa, por complicada, la situación de la mujer. Las mujeres tendrán sin atender numerosas necesidades afectivas que, al pasar a casarse y quedar sujetas al dominio de un varón, las separarán de sus madres. Ese vínculo tan poderoso como inconsciente, un vínculo sin palabras entre madre e hija, queda desatendido y raramente se satisface con la relación personal entre mujeres adultas. Las relaciones personales entre mujeres llegan a duras penas a ser relaciones primarias que puedan atender esas necesidades mencionadas. Quizá el caso de las relaciones lesbianas sea la única excepción.

Después de casarse, la mujer entra en una dependencia económica que la sitúa socialmente en condición muy precaria. Los tabúes contra la homosexualidad la encerrarán definitivamente en una situación a la que solo queda una salida, quedarse cerca de la madre; o de las hermanas, si las hay, como subrogadas de la madre. Esta proximidad a la madre puede ser aceptada por el varón con facilidad, dado que él habrá tenido que romper previamente sus propios lazos maternos. El esposo probablemente vea con buenos ojos un ambiente femenino protector, algo que le toca como consorte y que no le compromete emocionalmente. Por otra parte, la mujer se encargará, por necesidad de supervivencia, de presentar a su esposo este quedarse en el entorno de su madre como un apoyo ventajoso económicamente; como una ayuda en el cuidado de los nietos; un sustento material si llega el caso; y como alivio de necesidades afectivas que, de quedar insatisfechas, pueden convertir a la esposa en un ser incómodo por sus brotes infantiles o por su exagerada emotividad. Por todo ello, y a la vista de lo que ocurre, se hace fácil lograr el permiso del varón a esta aproximación de su mujer al mundo de la madre y de las hermanas.

Ni que decir tiene que el desgarramiento de la mujer de su mundo materno -por la prevalencia de la madre de un esposo enmadrado o inmaduro, o por tratarse de una emigrante de su cultura o de su país-puede traer consecuencias funestas para la salud mental y física de la mujer.

Ahora bien, la pareja moderna intenta llevar a su extremo el ideal del individualismo que es la autonomía y la redondez del individuo, lo que ha conducido a la “exclusividad conyugal” y al intento de alejamiento de los progenitores de la pareja que se compromete. La mobilidad laboral y la ampliación de mercados empuja en este sentido en las sociedades desarrolladas.

La asimetría que se produce en la crianza de los niños, con una madre siempre presente y un padre ausente durante gran parte de la infancia, lleva a la mujer a una posición difícil. Cuando abandone el hogar materno para casarse con un hombre, encontrará una relación que con frecuencia no le será suficiente. Porque, al revés del caso del hombre, la mujer no encuentra en el marido un rival a la relación afectiva de ella con su propia madre. Ello quiere decir que una mujer no tiene la urgencia de desgajar las presencias de la madre para permitir las presencias del cónyuge; de ahí que, con motivo, el psicoaná-lisis feminista se plantee lo que se ha dado en llamar la necesidad femenina de una tercera persona, la triangularidad innata de la psicología femenina. Su pareja le aporta mucho, pero no le cubrirá jamas esa vinculación tan potente y honda con una persona de su mismo género y a la que primariamente seguirá vinculada e identificada como mujer. La asimetría de la educación familiar provocará una triangulación en las necesidades psicológicas de la mujer que, en el plano psíquico, siempre necesitará esa tercera persona: la madre, una hermana, una mejor amiga o, en su defecto, un subrogado.

En el hombre, por el contrario, no es así. Su crianza fue un proceso que le permitió alcanzar una identidad dual, una relación de dos personas in toto, a través de una presencia que en momentos adopta casi la forma de una fusión de personalidades. Cuando el padre entre en escena como rescate de una identificación tan profunda, el camino será de maduración. Una emancipación en esa sociedad de dos que debe dejar paso, si se quiere conservar la salud mental, a una disgregación necesaria. La figura del padre como liberador de esa posición de entrega a la omnipotencia originaria de la madre debe dejar paso a una nueva relación del joven con su pareja elegida, con frecuencia poco conscientemente, y en la que encontrará de nuevo la satisfacción completa a esas necesidades sentimentales que quedan desatendidas al separarse del hogar materno. El mundo del hombre es, según esta visión, dual. El hombre tendrá una configuración psíquica dual y más radical. Como consecuencia, el mundo de la mujeres y los afectos y temas asociados con él son más complejos y más activos que los del hombre.

Esta explicación que nos da Chodorow de la diferencia de los sexos en su emergencia a la sociedad desde el agujero familiar, ha encontrado bastantes críticas entre otros escritores de género ya que en cierto modo, aunque por otros caminos, viene a reforzar la idea de que anatomy is destiny, “la anatomía es destino”, de tanta aceptación y audiencia heterosexual.

Una conclusión de estas indagaciones es que las mujeres viven y se definen a sí mismas en términos de relaciones. Su orientación heterosexual siempre se halla en diálogo interno con la relación madrehija en su fase más primitiva. Siempre están presentes esos primeros años de vida en los que se conformó su identidad genérica más profunda por medio de la identificación con la mamá.

Cuando una mujer tenga en su edad adulta un niño, el triángulo de su vida se completará y es probable que ello signifique entonces para el hombre que su vínculo heterosexual se está interrumpiendo.

El cuidado de la crianza

La infancia es una grandísima escuela de autoridad y poder, con consecuencias duraderas para toda la vida adulta. ¿A quién, pues, se debe entregar la gravedad de la crianza en una vida que queremos sea de verdad democrática?

Una vez conectada la identidad política con esa elongada crianza, el análisis de esta parte de nuestra vida, por la que todos pasamos con consecuencias fundamentales, salta a primer plano. Si admitmos la rigidez de la vida familar, tal y como la conocemos, y no dgamos su asimetría en las relaciones de género, ya no podremos hablar de cambio o incluso de vida democrática de verdad si no entramos antes de alguna forma a transformar radicalmente estas relaciones sustantivas. No es extraño que intuitivamente todos los grandes maestros de la teoría política hayan dedicado al menos un capítulo a la educación.

Pero el problema es que no estamos hablando de la educación en la línea de los tratados de la correcta orientación de la inteligencia, del ingenio o del entrenamiento de los afectos. No estamos tratando de ninguna terapia política o personal, ni tampoco de cambios pedagógicos, no estamos interesados en sociología alguna. La que hace la teoría del género es apuntar a la entraña misma de la omnipotencia y en uno de los momentos críticos en que el ser humano se ve las caras con este elemento esencial de su especie.

Una solución feminista al problema ha de ser el negar a la mujer la exclusividad del cuidado de los bebés y de los infantes. En princpio, no tiene por qué ser la madre solo la que presencie esa crianza, puede ser el padre o puede ser una tercera persona. Lo importante no es quién es, sino que ese alguien esté presente para que el bebé emerja con un yo integrado y no enloquezca.

Un peligro que hay que evitar, según esta visión del problema, es una excesiva sobreinversión de la madre en el niño. Y, en el mismo sentido, se juzgarán indebidas las familias de un sólo padre, especialmente aquéllas en que la madre sola se hace cargo del niño. Se piensa que esto es malo para los dos, la madre y el niño, ya que el amor y la relación pueden acabar siendo para el niño un recurso escaso, controlado y manipulado completamente por unas solas manos, una sola persona. Una situación de tiranía del mayor alcance imaginable.

El feminismo, a partir de aquí, busca en gran medida parar como sea la dependencia y devaluación de las mujeres; a la vez que ha de frenar el incremento de los miedos a la omnipotencia materna. Esto último, como ya hemos visto antes, siempre acaba redundando en ataques furibundos y más o menos solapados a la mujer.

Una de las propuestas más lógicas, por eso, del pensamiento femnista será la del equal parenting o “responsabilidad compartida” por igual del padre y de la madre; no sólo en la educación, sino también en la crianza de bebés e infantes. Esta corriente del feminismo de los años ochenta será un buen punto de partida para parar la dominación del hombre sobre la mujer, y contrarrestar el miedo cerval de los hombres a esa omnipotencia materna que experimentaron en su día y que les dejo una huella indeleble para su futura vida adulta y su valoración de la autoridad y el poder.

Una consecuencia final de todo esto será el rechazo de esa divsión público/privado en la que no hay sitio, se ignora como si no existiera, la esfera doméstica de la crianza, incluyendo este concepto la nutrición y reproducción. De ser incluidos estos dos últimos aspectos de la vida, el círculo político se alteraría radicalmente y se transformaría esa producción compleja y ya mecanizada de adultos con género que, cuando les llega la hora de mandar en la ciudad, vuelven a afianzar todos los prejuicios y los falsos supuestos sobre la esencia de lo femenino y masculino.

Con todo, el individuo se percibe en el tiempo y en el espacio principalmente como un cuerpo, su cuerpo. Pero si quiere adquirir una identidad propia, personal, ¿deberá lograr que ésta sea distinta de su cuerpo, porque el cuerpo no sabe, ni es un vehículo mediador de conocimiento? ¿El único yo genuino es un yo separado de toda relación contingente?

Estas y otras preguntas están produciendo una corriente de pensamiento de gran valor para renovar la democracia. Y desde luego la teoría del género esta procediendo a una interesante revisión de la flosofía política moderna a la luz de su nuevo enfoque. De sus consecuencias quizá podamos hablar en otra ocasión.


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