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Ya vuelve el español donde solía. A lo largo de su compleja historia, los parajes más visitados por los españoles han sido los del desencanto y la frustración. Y esa vieja tradición comparece otra vez. A estas alturas, ya se van difuminando los recuerdos de la originalidad y la capacidad de innovación que —en el proceso de transición de la dictadura a la democracia— sorprendieron incluso a sus protagonistas. ¿Qué se hizo de aquella creatividad, de aquel arrojo? No solo se manifestaron en el terreno político, sino que también brillaron en la comprensión del tiempo histórico, en la articulación de los caminos para construir nuevos entramados para toda una sociedad y, sobre todo, en ese estilo de vida y de pensamiento propios de una determinada sociedad, al que llamamos cultura. Pero pronto se nos olvidó lo que habíamos hecho. Y volvimos a descreer de las poderosas ideas que nos habían movido.

Lo que acabo de recordar no es, en modo alguno, motivo para instalarnos definitivamente en el pesimismo cínico, que tan bien se aclimata en estos pagos. Todo lo contrario. Si en la historia reciente logramos salir del sometimiento y la chapuza, resulta patente que —como pueblo— tenemos capacidad de remontar las situaciones más desfavorables. Solo hay algo imprescindible: no esperar que otros nos saquen las castañas del fuego. Nadie lo hará por nosotros, mejor que nosotros, si nosotros no lo hacemos. Desde luego no lo van a acometer nuestros presuntos mentores europeos, ni el gobierno de turno, ni los dueños de los canales de opinión pública (menos aún partidos políticos o sindicatos, cuyas capacidades parecen agotarse en el acarreo de personal hacia las manifestaciones callejeras).

La clave se encuentra donde casi nadie la busca: en la cultura. Con esta palabra no me refiero, naturalmente, al ministerio del mismo nombre que aparece y desaparece según las legislaturas, ni a las iniciativas lúdicas de las comunidades autónomas, ni a las actividades recreativas de los bancos, ni a los museos que han proliferado en toda población que supere los diez mil habitantes. Me refiero al cultivo serio y sistemático del arte, la ciencia y el diálogo social; a la actitud reflexiva de instituciones y personas; a la madurez ciudadana de quienes se atreven a enfrentarse con buenos argumentos a los poderes establecidos. Y, a estas alturas, casi no me atrevo a mencionar a las universidades que, salvo contadas excepciones, se han dejado instrumentalizar y manipular por aprendices de brujo, con un resultado semejante al descrito por Ortega: la universidad como «cosa triste, opaca, inerte, casi sin vida»; cuando lo cierto es que a las escuelas superiores les corresponde el papel clave de tomarse toda la libertad del mundo para investigar, enseñar, renovar y proponer salidas viables a callejones sin aparente escape.

Lo que necesitamos en España es una cultura de lo nuevo. Pero lo inédito nunca está disponible como algo mostrenco. No se encuentra —por decirlo con Heidegger— «a la mano». No vale copiar soluciones de países más adelantados. Lo nuevo solo tiene un origen: el pensamiento vital, lúcido, dialógico, incansablemente trabajado. Las ocurrencias felices no solucionan nada. Y tampoco nos sirve el apaño de recurrir a las nuevas tecnologías, porque Mr. Google no sabe nada que no se sepa ya.

La experiencia histórica —también la nuestra, tanto antigua como reciente— demuestra hasta la saciedad que las innovaciones de fondo (no las modas, ni los tópicos, ni los estilos) surgen de grupos abarcables, capaces de estudiar en equipo los problemas teóricos y prácticos, de discutir implacablemente sobre ellos, y de intentar llevarlos a la práctica con esa virtud tan olvidada como imprescindible que es la valentía, el coraje social.

Me atrevo a decir que —a contrapelo de nuestra situación actual— están emergiendo generaciones jóvenes con una mentalidad más abierta, con valores menos ideológicos, con esperanzas todavía no ahogadas. Es preciso detectar esos talentos que se están estrenando en la vertiente nueva de la juventud. No se trata de premiarlos ni de halagarlos, porque de momento tienen que demostrar casi todo sobre su valía, y no hay peor adormidera que el premio anticipado. Tampoco es recomendable, a mi entender, acudir al socorrido expediente de pagarles una estancia en algún país de habla inglesa, porque en el mejor de los casos lo que aprenden allí suele limitarse a técnicas ya ensayadas, cuya aplicación no implica apenas valor añadido.

Para aprender a innovar, es preciso comenzar produciendo algo nuevo, es decir, pensando. A la juventud estudiosa y prometedora hay que darle tiempo y sosiego para comenzar a pensar. Idealmente, el ámbito adecuado para que se produjera esa fulguración sería la universidad. Pero quien conozca lo que ofrecen la mayoría de las universidades españolas a los talentos prometedores, quizá se lo piense dos veces antes de animarles a que se sumerjan en ambientes donde se compite por posiciones de poder, frecuentemente ridículas, y donde no es fácil lograr un ambiente sereno para la investigación ni un entorno acogedor para el diálogo.

El paradigma que nos sugieren otros países, no tan lejanos, es el de unas instituciones no necesariamente vinculadas a las universidades —aunque conectadas con ellas— donde sea posible estudiar con sosiego, pensar con tranquilidad, discutir con otras personas de distintas edades o niveles de formación y comenzar a ensayar vías para la aplicación social de los conocimientos nuevos. Tales instituciones han de disponer de bibliotecas clásicas bien dotadas, junto con el recurso a las nuevas tecnologías —ahora, sí— que permiten abrirse al panorama in-ternacional del conocimiento sin necesidad de multiplicar los viajes ni realizar desmedidas inversiones. Por supuesto, es clave la convivencia y el diálogo entre intelectuales maduros y jóvenes que pronto comenzarán su andadura profesional o científica.

La objeción inmediata a proyectos de esta índole podría más o menos ser esta: las mejores cabezas no tendrán paciencia para permanecer algunos de esos años (que son la clave del futuro profesional) en un entorno excesivamente tranquilo, sin apenas contacto con el tráfago político, empresarial o de investigación aplicada. Lo que sucede es que las advertencias de este tipo revelan precisamente dónde se encuentran los obstáculos que, por parte de personas con edad suficiente como para haber sufrido la decepción de una innovación fallida, se oponen a quienes, por su edad y por su mentalidad más abierta, son capaces de iniciar un nuevo ciclo.

Quienes están en contacto directo con las nuevas promociones de jóvenes con altas capacidades intelectuales saben que, de entre ellos, algunos de los más destacados no aspiran precisamente a ponerse a la cola de las pistas de despegue hacia un éxito que tiene mucho de problemático

o incluso de ilusorio. Tienen ojos en la cara y saben que los partidos políticos son impermeables a las nuevas incorporaciones de quienes son más capaces que los que dominan sus estructuras perfectamente anquilosadas. El mundo empresarial —quizá el sector más dinámico de nuestro país— depara quizá mejores oportunidades de empleos de calidad, pero quien se enrola en una de esas eficaces compañías multinacionales tiene que dejar en la puerta de entrada sus inquietudes intelectuales y, probablemente, sus preocupaciones cívicas concretas. Por otra parte, las oposiciones o concursos a las escalas de la administración pública, ofrecen muy pocas oportunidades de realización profesional, además de compensaciones económicas decrecientes (en algunos campos, por otra parte, los apoyos amistosos o interesados resultan imprescindibles para hacer carrera, y todavía hay algunos jóvenes que no están dispuestos a pagar el tributo de tan temprana decadencia ética).

Lo que acabo de exponer no es un proyecto improvisado, ni siquiera una vaga recomendación, por si a alguno pudiera interesarle. Se trata más bien de una orientación aproximada hacia la cultura de lo nuevo. Por lo que puede percibir cualquier observador mínimamente avisado, las nuevas generaciones todavía no están en nuestro país desencantadas del todo. Aunque a algunos les parezca lo contrario, abundan las individualidades muy reflexivas, con altas exigencias morales, y con la suficiente calma como para emprender una trayectoria formativa y profesional más pausada que las convencionales.

Asistí recientemente a un seminario dirigido por un profesor de una de las universidades más renombradas en Estados Unidos. Habló de algo tan poco conocido entre nosotros como es la educación liberal, centrada en los grandes libros. Los estudiantes que asistían al seminario se sorprendieron, inicialmente, de que algunos de sus mejores colegas norteamericanos estuvieran dispuestos a dedicar los primeros cuatro años de su formación universitaria —el periodo del Grado— a la lectura y discusión de obras clásicas de literatura, arte y pensamiento, que ninguna relación di-recta tendrían con la preparación profesional —en medicina, derecho o cualquier otra especialidad— que después habrían de comenzar casi completamente de nuevas. Y yo me preguntaba si —a la vista de la desafortunada y rígida orientación que el proceso de Bolonia ha impuesto en España a los estudios de Grado— no sería posible (como second best) buscar el remedio intelectual al final de los estudios convencionales, en lugar de al comienzo.

Nuestros «nuevos ciudadanos» están más abiertos al cambio que los «viejos mandatarios». La notoria rigidez que presenta la estructura social española solo se romperá por la vía de la innovación cultural. Si algo va precisamente en contra de las actuales tendencias internacionales es justo la univocidad de los planteamientos y la falta de amplitud en los campos de juego. Y resulta penoso que el arbitrismo oficial vigente se encamine —cuando tan raras veces lo hace— hacia la búsqueda de las vías de renovación por procedimientos burocráticos e imposiciones que no admiten alternativas.

Se ha producido un nuevo episodio del acostumbrado choque entre la «España oficial» y la «España real». La realidad social española apuesta decididamente por la libertad de elección y la pluralidad de opciones; sus nuevos representantes vuelve a confiar en la iniciativa personal y en la eficacia de la estrategia de los pequeños grupos. Pero los sectores oficiales se han automultiplicado, introduciendo nuevos niveles que aumentan los gastos públicos hasta aproximarnos a la ruina nacional, y tratan de cohonestar tal abuso adjudicando a los nuevos burócratas tareas reiterativas, caras o simplemente inútiles.

Claro aparece que el único modo de ir desmontando este gigantesco aparato de control que pesa sobre nosotros consiste en alguna variante —¡pacífica!— de la desobediencia civil o de la pura y simple disidencia. Es lo que en la jerga juvenil se expresa con el giro «pasar de…». Se trata de un fenómeno muy diferente al del «pasotismo» de hace unos años. Porque ahora lo que se pretende es liberarse de una carga inútil, para estar en franquía de dedicarse a tareas creativas y eficaces.

Sería reiterativo señalar que la cultura ha de ser siempre creativa. Porque, si se entiende como transmisión de pautas tradicionales, nos encontraríamos con el oxímoron de una «cultura muerta». La creatividad consiste, igual que la propia cultura, en hacer surgir vitalmente algo nuevo, es decir, en prescindir de los antecedentes directos. En algunos países —los mejor adaptados a la actual situación histórica— se ha aprendido a aceptar la creatividad e, incluso, a celebrarla. Hemos de confesar que entre nosotros la creatividad se padece, si acaso, como algo inoportuno, que viene a interrumpir nuestros ritmos cansinos. Y esto es precisamente lo que resulta imprescindible cambiar.

El mejor sentido de la palabra «modernidad» es justo el de «innovación», como atenimiento a lo actual, entendido como algo que no coincide con lo anterior, sino que es nuevo. En la España reciente — desde un par de siglos largos— hemos tenido problemas con el encaje entre modernidad y tradición. Cuando lo cierto es que, como John Henry Newman advirtió con extraordinaria lucidez, no hay modernidad sin tradición, y que una tradición que no se renueva, sencillamente desaparece. Este hallazgo no ha encontrado entre nosotros una pacífica recepción. De ahí que tengamos casi siempre problemas con la integración de la juventud en el torrente social, y que la educación y —más en concreto— la enseñanza suela ser entre nosotros campo de tensiones y enfrentamientos.

Cuando se llega a un punto de velocidad cero, cuando no se aprecia la solución de problemas estructurales, es señal clara de que ha llegado el momento del relevo. En modo alguno se trata de un empeño decorativo, dirigido a la galería. Tampoco consiste en acudir a la «reserva espiritual», que se guarda para los momentos de apuro extremo. No hay tal posible repuesto. La operación pendiente, sin demagogias de ningún tipo, consiste en dar paso a los jóvenes, a quienes los portugueses, con la finura propia de su idioma, llaman «os novos».

Lo cual no quiere decir, en modo alguno, que en el mundo juvenil no haya problemas. Los hay, y muy agudos. Desde luego, el desempleo de casi la mitad de la población joven es una situación que está más allá de todo límite de seguridad. Somos quizá el país del mundo desarrollado con más alto índice de paro. Se podría pensar que los propios jóvenes no son responsables de esta situación. Pero hay datos que nos hacen pensar en algo distinto. Ya se ha hecho usual la expresión ni-ni, para referirse a los que no estudian ni trabajan, y muchos quizá ni siquiera se empeñan en buscar una ocupación regular y remunerada.

Otro fenómeno preocupante es la proliferación incontrolada de las nuevas tecnologías. Ya comienzan a detectarse el tipo de patologías que afectan a quienes han estado pegados a los ordenadores, móviles o tabletas desde su más tierna infancia. Al parecer, en algunos colegios se han cambiado los libros de texto por tabletas i-pad, en las que se vierten los libros de texto, se desarrolla el contenido de las lecciones, se comunican los alumnos entre ellos y con el mundo exterior. Todos conocemos a chicas y muchachos que viven en un mundo virtual y apenas tienen tiempo para establecer contacto directo con la naturaleza y con las personas de carne y hueso. ¿No lo lamentaremos dentro de no muchos años? ¿Es culturalmente inofensiva la práctica desaparición de los libros de papel impreso? Se suele decir que algo semejante sucedió con la aparición de la imprenta. Pero aquel descubrimiento, como sabemos, supuso un impresionante avance cultural, mientras que hoy por hoy observamos más bien lo contrario con el imperialismo de la electrónica.

Se podría objetar, entonces, que no todo lo nuevo contribuye a la densidad de lo humano, y que el fomento de la innovación en la sociedad no deja de ser un empeño ambiguo. Pero no todo antecedente puede equiparse a lo que está sucediendo en circunstancias posteriores de muy diversa índole. Y, en el caso de nuestro país, lo que sucede es que hay muy poca capacidad crítica para discernir entre las innovaciones positivas y las que pueden resultar, a medio plazo, muy negativas.

Estas paradojas nos hacen ver que ninguna mutación material o externa tiene de suyo un valor indiscutiblemente positivo. Solo las personas conocen y solo ellas pueden realizar cabalmente su vida o fracasar en el empeño. En el caso de nuestro país, se confirma netamente que, si los jóvenes son el factor clave de la cultura actual, la importancia de la enseñanza pasa a primer término.


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Alejandro Llano (Madrid, 1943) estudió en las Universidades de Madrid, Valencia y Bonn. Se doctoró en la Universidad de Valencia, donde fue profesor adjunto hasta obtener la Cátedra de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid. Entre 1981 a 1989 fue decano de la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad de Navarra y en 1991 fue nombrado Rector. En el 2000 fue nombrado Presidente del Instituto de Antropología y Ética de esta Universidad, además, de ser uno de los impulsores del Instituto Empresa y Humanismo. Es Académico de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino.