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Rafael Moneo (Tudela, 1937) no es muy aficionado a las entrevistas. Él habla con el lápiz, con el ordenador y con los materiales de construcción. Pero acepta recibir a Nueva Revista a los pocos días de obtener el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el primero de los ocho correspondientes a 2012, en su 32ª edición. Su estudio del madrileño barrio de El Viso es luminoso, blanco y armonioso como su arquitectura. El arquitecto navarro, que tiene múltiples premios—entre ellos el más prestigioso, el Pritzer, el Nobel de su oficio, obtenido en 1996—, anda ajetreado con sus múltiples trabajos y apura el tiempo al máximo. Empezamos hablando de sus nietos (tiene cinco): «Los nietos te hacen recuperar la condición de que eres miembro de una especie. La individualidad es aquello que valoramos más los humanos y aquello que nos parece casi lo único sustantivo que tenemos. Los nietos nos hacen entender lo que somos, y no asumir una actitud de tristeza radical».

Moneo viste de blanco, usa tirantes, lleva el pelo alborotado y se detiene para la foto ante la maqueta del museo de Bellas Artes de la Universidad de Navarra, una obra en marcha. Este gran especialista en museos —el de Mérida ha conquistado el reconocimiento mundial— cuenta entre sus últimas obras con el Museo de Cartagena, con la fantástica recuperación de un teatro romano que estaba escondido bajo tierra, como una flor dormida en la Historia, una parroquia en San Sebastián y un laboratorio de Física y Biología en Nueva York, en la Universidad de Columbia.

Arquitectura serena y pulcra

El jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Artes ha dicho de Moneo que es un «arquitecto español de dimensión universal, cuya obra enriquece los espacios urbanos con una arquitectura serena y pulcra». Es obligado preguntarle qué le parece ese retrato, que apunta su condición de maestro reconocido en el ámbito académico y profesional, que deja una huella propia en cada una de sus creaciones, al tiempo que conjuga estética y funcionalidad. «A mí me gustaría que el jurado tuviera razón, porque es cierto que, en tiempos en que el valor individual ha tenido tanta fuerza como para hacernos creer que todo proyecto arquitectónico tenía que ascender a la categoría de obra de arte, seguramente no adquirirá la condición igualitaria que ha tenido hasta ahora. En el pasado, muchas veces la arquitectura ha tratado de resolver las exigencias y dificultades que tenía con esos atributos de serenidad y pulcritud, de que habla el jurado, y que me gustaría que estuviesen en mi obra».

Metidos en materia, Moneo se para a comentar el prodigio cartagenés. «No se tenía memoria escrita de que bajo el barrio más castigado estuviese un teatro romano. En la labor de saneamiento de aquel barrio, al que nadie tenía cariño, se encontraron con los cimientos de unas casas, unas gradas que se identifican con algo que tuvo que ver con los romanos, y fue apareciendo un teatro realmente estupendo que hace pensar que Roma echó el resto en Cartagena para demostrar que los que llegaban podían sustituir a quienes habían ocupado antes la ciudad. El problema era cómo incorporar eso a la ciudad. Los arqueólogos fueron muy estrictos: el monumento había que conservarlo con ese carácter documental que no permitiese intervenciones superpuestas exageradas. La fortuna fue que, buscando un acceso fácil, pudimos engarzar la idea de algo que pudiera ser un museo con un último espacio del itinerario museístico, que era el espacio abierto del teatro. El teatro ha quedado metido en lo que es la ciudad».

La ciudad, la inexcusable preocupación de un arquitecto. Moneo vive en Madrid, pero ha residido, como docente, en Lausanne, en Nueva York, en Harvard y en Barcelona, donde fue profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. ¿Qué caracteriza, urbanísticamente, a las dos principales ciudades españolas, Madrid y Barcelona?

Historia de dos ciudades

«Son dos ciudades muy distintas ¿no?, dice. El encanto de Barcelona es esa secuencia en el tiempo muy clara, que va de la ciudad romana, de la ciudad medieval, de un periodo menos intenso bajo los Austrias y, luego, el modo inteligente de asumir la cultura del siglo XIX como «el Ensanche». Y lo va haciendo englobando todos los pequeños núcleos de población que hay en torno, lo que da a la ciudad esa especie de condición canónica de lo que se piensa que una ciudad es en el tiempo, aderezado luego con monumentos muy valiosos y con la fortuna de haber incorporado a un arquitecto tan potente como Gaudí. En cierto modo, Barcelona es una ciudad de libro, aunque luego digamos que trasciende la dimensión estricta de una ciudad para convertirse en cabeza de todo un territorio, que es también el encanto y el atractivo de Cataluña. Una condición orgánica que da sentido a las ciudades y que encuentra esa cabeza reconocida en territorio».

—¿Y Madrid?

—Es exactamente lo contrario. Bueno, lo contrario tampoco. Es una ciudad más inorgánica, más fruto de una visión más abstracta, en el sentido de crear ese centro asociado al poder por parte de Felipe II, que establece ese punto neurálgico, un centro gravitatorio que le permite conectar con todas las costas desde donde le llegan correos.

Y entonces se encuentra con un pueblo modestísimo. En realidad la capital de España hubiera debido ser Sevilla, hubiera podido ser Lisboa, o algunas de las ciudades castellanas, Valladolid, Segovia, Toledo, ciudades a las que Felipe II veía con recelo, simplemente por el hecho de haberse enfrentado a su padre con los Comuneros. Escoge esta ciudad pequeña que tiene ese carácter pueblerino, con una trama de caminos de una estructura geográfica rural. Todavía las calles son Alcalá, Hortaleza o Atocha, que se eligen buscando la toponimia de entonces. El encanto de Madrid es esa modestia y esa falta de monumentos por un lado, y ese respeto a la topografía, que hace de una calle como «La Castellana», la calle más importante, que organiza y articula la ciudad con otro tipo de organicidad, como una respuesta a la topografía siempre tan clara. Madrid salta a la nueva posible «Castellana», que es la Avenida de Abroñigal, la M-30, ya con menos fortuna.

Un Madrid nuevo

«Sobre esta ciudad más caprichosa y anárquica, donde efectivamente las instituciones van dejando sobre la Castellana edificios importantes —el Hospital, el Prado, la Casa de la Moneda, las casas de la nobleza— sobre esta ciudad, que tiene también ese modesto pero discretísimo «Ensanche» en el barrio de Salamanca, sin la amplitud de miras de Cerdá, pero que tiene, sin embargo, esa pulcritud que los arquitectos madrileños aprenden de Villanueva», señala Rafrael Moneo, se ha sobrepuesto, después de la muerte de Franco, este Madrid de una escala nueva, en la que la potencia de las infraestructuras, el descaro en el uso de las autopistas, lo cercan de un modo en el que realmente la nueva demografía crea un Madrid que todavía no hemos asumido. Lo que hoy es Madrid, la suma de aglomerados y de barrios importantísimos, el ciudadano de Madrid no lo tiene asumido. Vive todavía la vida de barrio. En este aspecto, Madrid tiene esta condición metropolitana que le ha hecho perder algo de lo que era su identidad y que solo se recupera en un centro que todavía disfruta de la entereza y la claridad de una segunda Castellana».

—¿Cuáles son las grandes debilidades de Madrid y Barcelona?

—La debilidad de Madrid seguramente es también su virtud, y es que quienes se consideran madrileños tengan menos respeto a la autoestima a la hora de valorar su ciudad. El barcelonés es mucho más amante de su ciudad y se reconoce más en ella. En cierto modo, el madrileño hoy puede considerarse más moderno, en el sentido más vulgar de la palabra. Pero es una modernidad que en el fondo es muy lesiva: no disfruta de esa protección que da el sentido de comunidad que me parece que todavía hay en Barcelona.

—Hay un canadiense, Richard Florida, autor de un libro, Las ciudades creativas, en el que sostiene que elegir dónde se vive es la decisión más importante de la vida. Aquí en España, ¿cambiamos mucho de ciudad? Parece que poco…

Ciudades compradas

—Algo de elección también hay. El español que tiene conciencia de que ese desarraigo le va a permitir vivir como quiere, todavía elige Madrid.

—¿Dónde se están haciendo bien las cosas, urbanísticamente?

—El urbanismo es algo más complejo que el diseño urbano. Todavía la visión de una ciudad como trazado es la visión que tenemos de urbanismo, pero seguramente no es eso. Sería deseable que las fuerzas tan diversas que intervienen en la configuración de una ciudad estuvieran presentes, que es lo que en realidad persiguen. En el fondo hay una inmanencia en la relación entre demografía, historia y ciudad heredada que hace difícil pensar que alguien es capaz de hacer bien las cosas. Las fuerzas son tan difíciles de someterse a las bridas de un planificador que ni tan siquiera las ciudades del Golfo, por ejemplo, lo consiguen: son ciudades compradas, como objetos. La propia China, tan astuta en el establecimiento de las políticas con que se relaciona con Occidente, comprando indiscriminadamente la cultura urbanística occidental —que es lo que ha hecho— está produciendo ciudades en las que uno lamenta no encontrar todavía ese carácter propio. Estamos en un momento en el que quizá a la nueva ciudad habrá que considerarla como una pérdida. Al final, todo el mundo usa lo que han sido instrumentos urbanos y arquitectónicos con una conciencia de la globalidad, que disuelve ese carácter que nos permitía hablar de identidad de las ciudades. Me gustaría que las ciudades siguieran manteniendo esa fuerza que es difícil explicar cómo se produce, pero que todavía nos permite hablar de ciudades distintas, como Madrid y Barcelona.

Moneo busca las palabras y extrema la precisión ¿El Estado de las Autonomías ha ayudado a que algunas ciudades recuperen algo de su carácter? «Se han cuidado los aspectos patrimoniales, desde el punto de vista monumental, se ha atendido a la vivienda… Algo se ha mejorado. Pero, en general, las ciudades han sufrido, en su escala, este mismo proceso de pérdida de mecanismos de respuesta al medio y de producción propia que permitiese garantizar su identidad. Yo vengo ahora de Cádiz. El Cádiz antiguo, más allá de Puerta de Tierra, es maravilloso. Te encuentras una ciudad intacta. La idea de ciudad que los gaditanos tuvieron en el siglo XVIII está allá, con una integridad admirable. Y la ves como una ciudad nueva. Todo lo que pasa al otro lado de la Puerta de Tierra, todo lo que pasa en la bahía de Cádiz, es ya otra cosa. Es absorción. Por regla general, las infraestructuras las manejamos con poco respeto. Cuando no se disponía de muchos medios para relacionarse con la geografía, el resultado en el fondo era menos doloroso, por decirlo así, más próximo a ese ideal ecológico que es tan difícil de definir y que parece justificar tantas cosas sin razón hoy.

Vuelta a la racionalidad

La crisis económica, otro asunto ineludible. ¿Está afectando a un mundo tan cercano a la famosa «burbuja inmobiliaria»?. «Está afectando a todo. Algo contribuirá a imponer una cierta austeridad y una racionalidad. En el fondo, cuando la racionalidad se pierde, por más que en algunos momentos esa pérdida sea satisfactoria como muestra de poder de los humanos, al final seguramente pasa la factura. La pérdida de la racionalidad es muy grave. Cuanto más impunemente trabajas con los instrumentos de que dispones, más grave es la cosa. Los nuevos puertos o las nuevas autopistas, en el caso de Madrid, por ejemplo, prácticamente son una especie de muralla».

Hay que terminar una charla que Moneo hace esclarecedora. A veces sus respuestas recuerdan aquello que Juan de Mairena pedía a sus alumnos en su clase de Retórica y Poética: los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa es «lo que pasa en la calle». En este caso la calle es la Puerta del Sol. Pregunta: ¿Qué le parece el que se quiera retirar el luminoso de «Tío Pepe»?. Respuesta a lo Juan de Mairena: «Hay aspectos anecdóticos que si uno es capaz de medir con cierta sensibilidad, pueden verdaderamente permitir las excepciones a la norma, que siempre son gratas. Yo no diría que eso es un gran logro. Pero la ciudad, afortunadamente, se resiste a la norma».

—O sea, que no le importa que lo quiten.

—No me importa que lo dejen.

El final de la entrevista gira en torno al proyecto de un gran espacio para ocio y juego —Eurovegas— que se disputan las dos ciudades de las que tanto hemos hablado, Madrid y Barcelona. El profesor de arquitectura, mientras se quita las gafas de la frente y coge un sombrero panamá para irse dando un paseo hasta su casa, bajo el sol cordial de Madrid, el discípulo de Sáenz de Oiza, que también fue premio Príncipe de Asturias en 1993, suelta una frase rotunda: «A mí no me gustaría que viniese a Madrid. Si la sociedad española tiene que redimirse, no tiene que redimirse vendiendo la Piel de Toro».


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.