Compartir:

Los mexicanos dicen de los españoles «que hablamos golpeado». Igualmente afirman que nos expresamos «como en el teatro». Esto indica que para las maneras suaves, radicalmente afirmativas y un poco suplicatorias del español de los habitantes del antiguo virreinato, la manera de manifestarse de los españoles de aquí es cortante, rotunda y hasta declamatoria.

Esto del lenguaje, «del habla», se las trae. Los especialistas nos abruman con sus teorías. Los académicos sabiamente nos corrigen, con la sana pretensión de la uniformidad lingüística y en unos casos nos amonestan y en otros hasta legitiman lo que decimos adecuadamente, pero que aún no había merecido su bendición.

En el difícil y determinante asunto del español en los medios audiovisuales —radio y televisión— se plantea siempre una cuestión previa: el español que se habla y el español que se escribe. En la radio y en la televisión, ¿tenemos que hablar como hablamos, o se ha de hablar como escribimos? ¿Un telediario o un informativo de radio —otrora también denominados «diarios hablados»— es algo que se dice o es algo que se lee?

La historia reciente nos ofrece algunas pistas. La menguada información de Radio Nacional de España desde su fundación en Salamanca hasta 1977, año en que se posibilita legalmente a las demás emisoras españolas la cobertura de los hechos noticiosos, era una radio leída, enfatizada y solemne. Es verdad que ya antes en algunos espacios, como España a las Ocho y Veinticuatro Horas, y en ciertos temas como la información deportiva municipal, se había ido perdiendo esa especie de rigor formal que desembocó en un gran grito de libertad a partir de la Constitución de 1977.

Como no se puede separar el fondo de la forma, hay que recordar también las inteligentes y denodadas peripecias de las emisoras privadas españolas, que en la larga afonía del régimen anterior tenían taxativamente prohibida cualquier forma de información —y de palabra libre— en sus micrófonos, por tener que conectar con la cadena oficial «con líneas a su cargo».

Cada uno se las ingenió como pudo, con recursos tan divertidos como ofrecer la información política desde una óptica local —que estaba teóricamente autorizada— lo que posibilitó programas como los pioneros Matinal Cadena Ser u Hora Veinticinco. Para instrucción de los más jóvenes y recuerdo de los desmemoriados, hay que insistir en que la radio española hasta esa fecha ya referida de 1977 estaba sometida a una desfallecida censura previa que obligaba a enviar todos los guiones radiofónicos —deportes incluidos— a la caprichosa autoridad del Ministerio. Como la realidad siempre se anticipa a la norma, y mucho más cuando ésta es tan injusta y de tan imposible cumplimiento, la radiodifusión española fue de una manera cautelosa e inexorable superando estos meandros, para desembocar en la libertad que hoy disfrutamos.

En aquella radio tan estructurada, tan guionizada, tan preestablecida, el lenguaje era académico, preciso y cuidadoso, servido inevitablemente por unas voces escogidas, impresionantes, algo distantes y premeditadamente convincentes. En contrapartida, el lenguaje en una radio abierta, a veces confidencial y a veces gritona, en casos espontánea y en casos precipitada, puede conducir a un lenguaje escaso, empobrecido, excedido de imperfecciones, conceptualmente limitado y pobre en matices. En explicable oposición a la solemnidad de antaño nos encontramos en ocasiones con el compadreo de hogaño, en que sobran los excesos y se hace notar una falta de exigencia de profesionales y empresas.

En Gran Bretaña, la BBC ha asumido durante mucho tiempo el papel de ser la referencia, el punto de encuentro y el elemento de unificación de un idioma de tan complicada pronunciación como es el inglés. Los norteamericanos, incluidos los históricamente más britanizados como los de la costa Este, explican eso de que ingleses y americanos «hablamos casi el mismo idioma». En España, la Real Academia de la Lengua, la mayoría de las veces en sintonía con las instituciones similares del otro lado del océano, «fija, limpia y da esplendor». Esa unidad, esa precisión y esa brillantez está claramente amenazada por una gran dispersión geográfica que tiene su más evidente manifestación en los medios de comunicación de masas y muy especialmente en los audiovisuales.

El espontáneo lenguaje de los comentaristas deportivos se constituye a veces en una jerga de difícil entendimiento, no sólo entre españoles y americanos, sino también entre argentinos y mexicanos y entre guatemaltecos y uruguayos. Ese fenómeno es especialmente patente en las producciones dramáticas, inter y extra continentales, de tal modo que a veces produce cierta hilaridad un «culebrón» azteca en los sensibles oídos de los exigentes chilenos. Aunque todavía perdura en los espacios infantiles esa especie de español acumulativo creado hace varias décadas en Miami, los oídos españoles ya han olvidado los telefilmes americanos de Perry Masón, en donde una interrupción era un «receso» y un armario era un «closed».

Curiosamente, si volvemos al principio resulta que un auto sacramental de Calderón o una tragedia de García Lorca no suena extraño en un oído americano, a pesar de la rotundidad —«del golpeo»— de los versos del clásico o del fino lenguaje del poeta granadino «porque estamos en el teatro». Lo mismo ocurre con una comedia de Benavente o de Casona.

Para los tratadistas, la radio es un medio de expresión; para los pragmáticos, la televisión es sencillamente un electrodoméstico. Pronto será difícil distinguir entre un medio y otro, porque todos —prensa incluida— nos llegarán por Internet y la radio tendrá imágenes; la televisión goza ya de unas cualidades sonoras que igualmente están en Internet; y los periódicos accederán a los lugares de trabajo o a los domicilios particulares a través de terminales individualizados.

Pero esa perspectiva, tan identificable y no tan lejana, no puede ocultar la esencia misma de una radio personalizada e íntima que precisa de un lenguaje abierto y convincente, de una televisión en la que la imagen —por esencial— necesita de una palabra solvente y documentada y de un mundo temático que, a través de los medios audiovisuales, no puede prescindir del énfasis del teatro clásico, de la naturalidad del lenguaje cotidiano y que siempre dependerá de las grandes películas de cine, unas en el español de aquí y de allá y otras adecuadamente dobladas para cada sociedad de acá y acullá.

El español de la radio —y de la televisión— pasa un evidente momento de desconcierto ante el panorama de crisis creativa de los medios audiovisuales. Especialmente esa situación se patentiza en la radio, que no ha superado el momento estelar del gran cambio de hace ya un cuarto de siglo, fundamentado en los grandes programas y en las indiscutibles figuras del medio. No se sabe cuál será la radio en español de este nuevo siglo, ni siquiera la de la nueva década. Esa radio precisará de un lenguaje nuevo, de un español más preciso al servicio de una información más solvente y de una programación menos monótona y más anticipadora.

En la televisión nos encontramos con situaciones parecidas. Un espacio tan debatido y denostado como Gran Hermano nos dio una pista que marcó un peligroso precedente. Para hacer realismo a estas alturas hay que acabar con las formas y especialmente con las verbales. El lenguaje de aquellos efímeros héroes de «la cultura popular» hablaban un español totalmente ininteligible que era tan real como abominable.

La palabra es, por encima de todo, una manifestación de libertad. El español de hoy en la radio y en la televisión ha sido el soporte de una gran libertad. Nadie añora el pasado, pero parece irrenunciable que el español de hoy y de mañana se enriquezca y que la libertad no suponga, para algunos, una coartada.


Compartir: