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En poco más de mes y medio, hemos tenido la ocasión durante este año 2007 de observar cómo la globalización tiene dimensiones muy distintas. Primero fue en junio, en Rostock, Alemania, donde se realizó la reunión del G-8, el grupo de naciones más ricas del mundo, cuyos mandatarios estaban rodeados de 13.000 policías que les protegían de 25.000 violentos manifestantes antiglobalización -que siguieron acciones coordinadas mediante una tecnología globalizada- y que se impusieron a un grupo mucho más numeroso de personas que deseaban hacer una marcha pacífica reivindicando un mundo en el que se actuara enérgicamente contra la pobreza. Luego, a fines de julio, fue el lanzamiento de la última novela de Harry Potter, de cuya versión inglesa se vendieron en un fin de semana del orden de nueve millones de ejemplares, puestos a la venta en 93 países, de lenguas, culturas, religiones y niveles de renta completamente diversos.

Un fenómeno que tiene manifestaciones tan distintas es indudablemente difícil de definir y de enfocar desde el quehacer educativo. Pero lo es también que la responsabilidad del cuidado de la joven generación exige abordar ambos empeños, por lo que mi trabajo tendrá una doble finalidad. La primera pretenderá describir las principales novedades sociales introducidas por la globalización y que entiendo deben estar presentes en cualquier intento que se realice por definirla, pretensión que no puede ser exhaustiva pues basta con acudir a Google para comprobar que la palabra globalización allí se encuentra en unos diez millones de documentos, lo que convierte en imposible la tarea de dibujar un horizonte para ella en el que todos convengan. La segunda se orienta hacia la búsqueda de algunos criterios que los educadores hubieran de tener en cuenta para ayudar con su tarea a los jóvenes, de modo que sean capaces de enfrentarse a las nuevas necesidades emergentes. Comencemos así con la primera parte de este artículo.

NOVEDADES SOCIALES INTRODUCIDAS POR LA GLOBALIZACIÓN

Pienso que hay cinco no vedades sociales básicas en nuestros días que han de tenerse en cuenta a la hora de describir el fenómeno de la globalización, que son las siguientes:

1. El mundo no es hoy una aldea global sólo en lo referente a la transmisión de noticias, como era la primitiva descripción de McLuhan. Se ha desarrollado una progresiva integración de las economías, integración que incluye tanto las condiciones de producción, distribución y comercio como los flujos financieros. En esa integración cabe distinguir entre los medios tecnológicos que la hacen posible y las instituciones que sirven de motor de la integración. Estas instituciones no son sólo los Estados tradicionales: son, principalmente, nuevas organizaciones políticas como la Unión Europea, organizaciones intergubernamentales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, así como poderosas empresas multinacionales.

2. El nivel de integración de las economías es muy superior al que se ha dado en otros tiempos, tanto por el perfeccionamiento de la tecnología -y por la rapidez con que las innovaciones tecnológicas se hacen operativas en cualquier lugar del planeta- como por la influencia que ese conjunto de instituciones, muy distintas de los Estados tradicionales, pueden tener sobre la vida económica de un país.

3. Es evidente que la globalización ha influido sobre el domicilio de las personas y sobre la localización geográfica de las empresas, provocando dos fenómenos contrarios. En efecto, por una parte muchos han sido quienes han emigrado a países desarrollados atraídos por lo que veían en la televisión y con la seguridad de que allí tendrían un futuro mejor, lo que ordinariamente era cierto. Por otra parte, la globalización también origina fenómenos de deslocalización de las empresas, que abandonan los lugares desarrollados, donde deben pagar altos sueldos, para pasar a producir en países con mano de obra barata.

Las consecuencias son muy distintas. La deslocalización plantea problemas en los lugares abandonados por las empresas, aunque también produce el beneficio de generar riqueza en personas que viven en regiones poco desarrolladas y que no se ven así obligadas a emigrar para mejorar su nivel de vida. Pero, por otra parte, tampoco conviene olvidar que, teniendo en cuenta que la globalización se basa en gran medida en la libertad contractual, ese conjunto de movimientos no sólo ha llevado a que creciera el desempleo en países desarrollados sino, incluso, que también aumentara en otros poco desarrollados. Además, la política avariciosa de algunas empresas multinacionales ha conducido a la creación de muchos trabajos inaceptables, con condiciones laborales pésimas, hasta el extremo de que la Organización Internacional del Trabajo publicó hace pocos años un Report1 en el que manifestaba su preocupación por la disminución de lo que llama el trabajo decente, que es el que se elige libremente y proporciona ingresos suficientes para satisfacer las necesidades económicas y familiares básicas. Desde otra perspectiva, los cambios de domicilio señalados, alcanzan, aunque en condiciones de vida muy distintas, tanto a personas de escaso nivel de formación como a altos ejecutivos de empresas multinacionales, que terminan formando una nueva clase social acostumbrada a vivir de modo siempre provisional, rodeada de otros colegas igualmente muy bien pagados que provienen de naciones muy diversas. Ese nomadismo, en todos los casos, lleva consigo una serie de problemas culturales, que hemos de abordar a continuación.

4. El fenómeno de la globalización no se limita al ámbito económico, sino que tiene también importantes y variadas repercusiones en el ámbito de la cultura. Es obvio, en primer término, que el espíritu de la globalización está unido, de hecho, a una ideología mercantilista, consumista e individualista, en la que el dinero pasa a ocupar el lugar más relevante, dejando a un lado los compromisos afectivos con los conciudadanos. Esto tiene traducciones distintas, según la situación socioeconómica de los interesados. Los altos ejecutivos, al disponer de abundantes medios económicos, suelen pasar temporadas en su patria con cierta frecuencia, e incluso generalmente terminan en ella sus días cuando se han jubilado. Así, ordinariamente, se mueven en una cultura cosmopolita, con escaso arraigo en compromiso ciudadano alguno, aunque sin romper sus lazos originarios. La situación es distinta con los trabajadores de base. En efecto, la primera generación de inmigrantes huyó del hambre y del subdesarrollo, y estuvo dispuesta a pasar por todo con tal de mejorar sus condiciones de vida, frecuentemente con la esperanza de volver a su patria. Pero bastantes de ellos no han podido volver, como tampoco sus hijos. Así se ha producido, con el tiempo, un lamentable fenómeno social.

Los padres, en efecto, no se encontraban animados a participar en la vida cívica, también porque en los barrios en los que se podían alojar eran de aluvión, muy escasamente estructurados para facilitar el desarrollo cívico y cultural. Los hijos, por su parte, se han criado ya en unas circunstancias económicas mejores que las de sus padres, si bien con frecuencia no se han sentido acogidos ni respetados, sino que muchos de ellos se han sentido marginados y excluidos del fluir ciudadano, viviendo en un número desproporcionado de veces de las prestaciones sociales o de actividades delictivas. Nadie, como observaba Jean Daniel, les ha transmitido amor al lugar donde, digamos que por azar, nacieron, por lo que no es raro que no se consideren movidos a identificarse con el país del que hoy son ciudadanos, siendo fácil que en ellos crezca más el odio que el patriotismo y más el deseo de vivir sin trabajar que la ilusión por construirse un futuro honrado. Ello ha producido enfrentamientos, a veces de especial virulencia, entre los hijos de quienes vinieron y los nacionales: ejemplos de todo esto quizá sean los violentos incidentes que desde principios de siglo se han producido en diversas ciudades europeas.

5. El asunto se complica cuando descubrimos formas más amplias de influencia cultural como consecuencia de la globalización. Señalemos las dos que considero de especial importancia. La primera se refiere al fenómeno de la extensión universal de los productos norteamericanos relacionados con el ocio y a la fuerza modeladora sobre las culturas locales que hoy tienen los programas de televisión y las películas norteamericanas. La extensión de estos productos a veces se achaca al poder del dinero. Realmente creo que es obligado reconocer que tal extensión está basada, sustancialmente, en la capacidad de atracción que los creadores de estos instrumentos de ocio han conseguido imprimir a sus realizaciones, pues la experiencia muestra que los productos de entretenimiento europeos necesitan con frecuencia de subvenciones estatales para sobrevivir, del mismo modo que las numerosas creaciones de otros países, como India o China, levantan, en su gran mayoría, un escasísimo interés fuera de sus fronteras, con alguna excepción en el caso de recientes directores de cine iraníes, chinos o japoneses.

Ahora bien, la influencia de la globalización sobre las culturas locales no se reduce a la fuerza que, como se ha comprobado, tienen los patrones de la cultura americana del ocio para modelar formas de comportamiento -modos de vestir, marcas de ropa y tipos de comida, etc.- en lugares muy alejados de los Estados Unidos, ni se limita a la nueva complejidad en la tarea de organizar la convivencia entre grupos con identidades culturales diversas. El problema radica en que la globalización introduce una nueva dimensión a las dificultades ordinarias del pluralismo social, pues añade un elemento de obligatoriedad para la aceptación de algunos valores, que antes no estaba presente. En efecto, parece indudable que la gestión de la globalización lleva consigo la extensión de algunos valores, entre los que citaríamos, basándonos en la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas2, la promoción de sistemas políticos democráticos caracterizados por el respeto a los derechos humanos de todos sus miembros, por la práctica universal del imperio de la ley y por la igualdad en el trato jurídico, económico y educativo entre varones y mujeres, capacitando a éstas con un poder que muchas veces les ha sido negado. Comparto plenamente estos valores. Pero es indudable también que hoy día no son aceptados por millones de personas. Más aún, un cierto porcentaje de quienes no los aceptan, entienden como un agravio intolerable no sólo que estos valores pretendan imponerse, sino, incluso, simplemente, que se propaguen públicamente. Además, es frecuente oír la afirmación de que los valores reales que la globalización impone no son los citados en las declaraciones oficiales, sino los que se descubren implícitamente en los productos norteamericanos relacionados con el ocio o en ciertas ideologías sociales que dan la clave interpretativa de lo que se presenta con sonoras palabras. Así, lo que se afirma como igualdad jurídica, económica o educativa de la mujer con el varón, dicen, realmente lo que busca es un modelo de sexualidad polimorfa, del mismo modo que el presunto respeto a los derechos humanos lo que intenta es propagar un tipo de ser humano desarraigado, individualista y egocéntrico, perfectamente representado por la teoría de la elección racional, teoría que implícitamente deja claro que sólo es racional quien se mueve por un interés egoísta. Por ello, algunos consideran que con la globalización no sólo aumenta la distancia entre quienes tienen más y quienes tienen menos, sino que se descalifica la dignidad de quienes no compartiendo los valores citados, se ven, sin embargo, hostigados para aceptarlos.

Este conjunto de notas ha de encontrarse en la base de una nueva descripción de la globalización, que supere las definiciones al uso, que suelen ser simplemente economicistas. Reuniendo así los elementos principales que hemos detallado, mi propuesta es que la globalización significa el fuerte incremento de las interacciones entre los pueblos de la tierra tanto en extensión como en intensidad y profundidad, de modo que no sólo son muchos los que abandonan los lugares en los que nacieron, sino que los nuevos medios tecnológicos y las nuevas instituciones transnacionales -que con frecuencia concentran el poder de decisión en muy pocas personas- afectan seriamente tanto a las estructuras nacionales de control sobre la economía como a la eficacia de las normas culturales tradicionales que orientaban los comportamientos de las personas o los grupos sociales. La experiencia actual muestra que los resultados de la globalización unas veces son positivos -al hacer posible el aumento de conocimientos y de nuevos modos de entender al ser humano, así como de oportunidades vitales para muchos- del mismo modo que en otras ocasiones son negativos, como cuando incrementan el número de personas que se sienten excluidas del sistema social, al estar fuera de la sociedad del conocimiento, sin posibilidad alguna para influir en la marcha de la sociedad y con muy escasa capacidad tanto para producir como para consumir.

LOS EDUCADORES ANTE LA GLOBALIZACIÓN

Los educadores no somos economistas ni políticos, sino que nos movemos en el ámbito de la ayuda al pleno desarrollo individual y social de las jóvenes generaciones, dentro del marco cultural del momento. En ese sentido hemos de pensar cómo cualificar mejor a la juventud ante los retos a los que debe responder, cómo enseñar a proteger a los débiles, cómo aprovecharse de las ventajas que comporta la disminución de las distancias en el mundo actual y cómo evitar las dimensiones negativas de los nuevos escenarios en los que se mueve la humanidad. Leemos en la Declaración de Laeken: «Ahora que ha terminado la guerra fría y que vivimos a la vez en un mundo mundializado y atomizado, Europa debe asumir su responsabilidad en la gobernanza de la globalización. El papel que debe desempeñar es el de una potencia que lucha decididamente contra cualquier violencia, terror y fanatismo, pero que tampoco cierra los ojos ante las injusticias flagrantes que existen en el mundo. En resumen, una potencia que quiere hacer evolucionar las relaciones en el mundo de manera que no sólo beneficien a los países ricos sino también a los más pobres. Una potencia que quiere enmarcar éticamente la mundialización, es decir, ligarla a la solidaridad y al desarrollo sostenible»3. Sin caer en un eurocentrismo improcedente, entiendo que algunas de estas ideas propuestas hace unos años para el trabajo de la Unión Europea convendría que fueran atendidas en todos los centros de poder del planeta.

Bastantes de los asuntos que hemos señalado se escapan del ámbito de la educación. Pero entre los desafíos que la globalización plantea hay algunos a los que los educadores hemos de responder, entre los que me detendré en los cinco siguientes:

1.El primer desafío es de carácter cultural. La discusión sobre el multiculturalismo planteaba cómo convivir con el diferente, y en ella tenían sentido conceptos como el de tolerancia, respeto o reconocimiento. Ahora bien, todos estos planteamientos se solían mover dentro de un ambiente intelectual -en cuyo desarrollo tuvo no poca importancia la UNESCO- que consideraba tabú pretender analizar críticamente cultura alguna, tanto por una cierta sacralización del relativismo y del apego a los propios orígenes como por un razonable temor al imperialismo de las culturas propias de los países más fuertes. La globalización, por el contrario, requiere a las culturas locales no para que se conformen con sus modos tradicionales, sino para que incorporen determinados valores que se consideran universales, como los previamente citados, incorporación que no implica la desaparición de todas las diferencias culturales, pues son valores que permiten un margen para la configuración de identidades culturales distintas. La globalización, por consiguiente, reclama a los ciudadanos que estén dispuestos a cambiar lo que se oponga en su cultura a los valores citados, así como les mueve a descubrir la importancia del mestizaje cultural, de ese mestizaje que significa la suma de lo viejo con lo nuevo y de lo nuevo leído desde lo viejo, que introduce elementos emergentes de dinamismos endógenos y de sinergias capaces de conseguir resultados más nobles y más finos, asumiendo renovadamente unas antiguas palabras de Dewey. Concretamente, el reto que tienen los países que reciben un flujo considerable de emigrantes, con formas de vida distintas a las que son habituales en el país receptor, no puede ser respondido con la obsesión por el mantenimiento de la identidad originaria tanto por parte de los grupos dominantes como por los que han inmigrado -obsesión que concluye con una balcanización, frecuentemente obstaculizadora de una razonable cohesión social-, ni con un asimilacionismo en la identidad nacional, dominado por el ideal del pensamiento único. Evidentemente, más tendrán que cambiar los que llegan que los que están, pero no habrá mestizaje posible si los nacionales o los que vienen de fuera sólo pretenden que cambien los demás, o si quienes han llegado se limitan a hacer uso de las posibilidades que se les ofrecen, esperando un momento propicio para hacerse con el poder y entonces imponer a todos su propia visión del mundo.

Ahora bien, esta tarea es francamente compleja. Primero, porque muchos la ven, simplemente, como una provocación de los fuertes, de los nacionales. Segundo, porque pretender desarrollar esa capacidad crítica en todos los ciudadanos es un empeño quizá excesivo, así como no faltan quienes entienden que cualquier mestizaje es inaceptable, en la medida en que ello exige una modificación de los propios planteamientos. Y tercero, porque algunos consideran, como ya se ha señalado, que los defensores de la globalización más que buscar el análisis crítico de las culturas o más que promover ciertos valores universales, lo que aspiran es, simplemente, a socializar en otros valores nada universales. La experiencia muestra que nadie ha encontrado una fórmula perfecta. Pero es obvio que el acierto pasa no simplemente por reunir en la misma sala a unos y a otros, sino por evitar cualquier medida que hiciera nacer el odio y el enfrentamiento y por impulsar políticas sociales y educativas que promuevan la cohesión dentro de cada sociedad y el sentimiento cívico de pertenencia, especialmente entre los ciudadanos que forman parte de grupos minoritarios o cuyas raíces se encuentran en otros países, políticas que faciliten la mutua comprensión así como el éxito en la sociedad de los inmigrantes. Hace años me parecieron interesantes pero exageradas unas palabras de Claudio Magris en El Danubio cuando, recordando la derrota del gran visir turco Kará Mustafá en 1683 a las puertas de Viena, decía lo siguiente: «Es posible que se aproxime el momento en que las diversidades históricas, sociales y culturales muestren violentamente las dificultades de la convivencia; nuestro futuro dependerá también de nuestra capacidad para impedir que se encienda esta mina de odio y que nuevas batallas de Viena transformen a los hombres en extranjeros y enemigos»4 . Hoy pienso que no son exageradas sino muy oportunas.

2. En bastantes pueblos españoles era normal que una persona mayor preguntara a una joven a quien acababa de conocer: ¿Tú, de quién eres? Ser de alguien expresa la importancia de la pertenencia y de la historia compartida, en la construcción y desarrollo de la personalidad, así como en el modo de comportarse. La globalización hace peligrar ese poso que es tan importante para que el ser humano no se deje arrastrar por la fuerza de los intereses egoístas más bajos. Asistimos en estos tiempos a una sorprendente interpretación de la memoria histórica, que es usada como mero disfraz del odio, el resentimiento y el sectarismo. Pero hay una interpretación correcta de la memoria histórica, que desea evitar el presentismo que origina los frecuentes cambios de residencia o el alud de informaciones diarias, que cortan los hilos que nos unen con el pasado y que convierten en ridículas las tradiciones. Cómo conseguir que, junto al sentimiento de pertenencia nacional, se cuiden los lazos que los comunitaristas defienden y promueven, es un reto al que los educadores hemos de encontrar respuesta, pues esos hilos no tienen por qué balcanizar la sociedad sino que por su mayor cercanía con la persona permiten dar un sentido de mayor profundidad al modo de insertarse en el tiempo y en el espacio 5.

3. El acceso inmediato a fuentes prácticamente infinitas de conocimiento es una de las características de la globalización, que se constituye en el otro desafío al que hemos de responder los educadores. Hay quienes creen que esta novedad compromete la importancia del maestro, o incluso su supervivencia, en cuanto se extienda la enseñanza mediante el uso de la red. Creo que es exactamente lo contrario, si hablamos del buen maestro. En efecto, el conocimiento hoy accesible a casi todos es sólo el material sobre el que se construye el auténtico saber, gracias a la capacidad crítica y argumentativa del profesor. La experiencia muestra que en Internet encontramos casi todo, del mismo modo que sabemos que se visita principalmente lo más pernicioso. La acción educativa, así, ha de dirigirse a enseñar a buscar, a alejarse de lo destructivo (para qué vamos a recordar los crímenes tremendos realizados gracias a los actuales medios de contacto y difusión conseguidos a través de la red), a descubrir lo significativo y a construir el razonamiento con los nuevos datos a los que se tiene acceso. Por otra parte, la enseñanza a través de la red nunca será más que una oportunidad para quienes no podrían acceder a ella presencialmente: nadie la elegirá en igualdad de condiciones, por sus obvias limitaciones, y todos la hemos de ver con alegría en cuanto supone una mejora del nivel educativo de quienes no podrían mejorarlo con una enseñanza presencial.

4. La sociedad globalizada tiene un especial desafío en lo referente al nivel de calidad en los resultados del trabajo, que permita afrontar la competencia, pues difícilmente se desarrollará hoy día una economía encerrada en límites autárquicos y proteccionistas. Esos límites siguen siendo defendidos por algunos, que rechazan cualquier apertura. Pero, en realidad, quienes defienden esas posiciones de rechazo a la apertura, quienes presentan esos síntomas agorafóbicos, suelen formar parte de la élite cercana al poder político de un país, que no desea perder sus ventajas. La tarea de los educadores, como ya se ha dicho, no es política, pero si desea ayudar a los jóvenes en el marco cultural del momento, deberá esforzarse por promover una cultura de la calidad y del esfuerzo que aspira a la obra bien hecha y que no teme a la competencia internacional. Naturalmente no todos los estudiantes tienen las mismas capacidades, y por ello los sistemas educativos deben poder responder a las diferencias de intereses y capacidades, sabiendo proporcionar una especial cualificación a los más brillantes, y poniendo los medios para atender a los más vulnerables, que no pueden simplemente pasar a engrosar las filas de los fracasados y excluidos, sino que han de buscarse con imaginación procedimientos para que no abandonen tempranamente el sistema educativo, y para que lo que aprendan, aun procurando ofrecer un currículo más cercano a sus deseos, no por ello les deje sin conocer las claves imprescindibles para desarrollar una existencia verdaderamente humana y para sobrevivir en una sociedad del conocimiento.

5.La globalización tiene consecuencias específicas en la educación ética que se proporciona en la escuela, ya que ha abierto un nuevo campo para la conducta ética -entre los que señalaría el aumento de la capacidad de engañar a los demás presentando como propios trabajos ajenos- pero, sobre todo, obliga a un compromiso mucho más exigente con la solidaridad, la responsabilidad y la compasión. Solidaridad, ya que como decía Guardini, hay que cambiar una cultura de dominio por otra de servicio, lo que no son sólo palabras bellas pero vacías. En efecto, con esta expresión queremos indicar una cultura que atienda los derechos básicos que se derivan de la dignidad humana de otros, también de aquellos que, geográficamente, se encuentren muy alejados de nosotros, una cultura así no regida simplemente por los resultados económicos, sino también preocupada por los beneficios sociales a corto y a largo plazo, lo que impide caer en el fanatismo de la desregulación y en una visión mitologizada de la libertad contractual.

Obviamente, tal cultura de servicio ha de enseñarse a todos, sin excepción alguna, pero primeramente a los grupos sociales dominantes, que son los llamados a hacer posible, ya desde la escuela, la inclusión social de los menos favorecidos socialmente, inclusión, por supuesto, que no se reduce a un trato económico justo. Responsabilidad, que quizá ha de enseñarse especialmente a estos grupos menos favorecidos, para que no caigan en actitudes victimistas, según las cuales todo debe recibirse de los demás, como si enseñorearse de la propia existencia fuera un atributo reservado de los miembros de los grupos más poderosos. Compasión, que todos han de practicar para cuidar a los débiles y a los dependientes, atendiendo a sus diversas necesidades, que van desde la protección ante el infortunio o la vejez, a la preocupación para que todos puedan disponer de un trabajo decente, y para que estén en condiciones de superar los fenómenos de desconcierto laboral denunciados por Sennett, cuando señala las dificultades que hoy no pocos tienen al no serles posible desarrollar una carrera lineal progresiva en el mismo tipo de trabajo. Solidaridad, responsabilidad y compasión, que facilitan cortar las raíces del odio y que animan a todos a sentirse miembros de un país común, ayudándoles a comprometerse con las exigencias centrales de una ciudadanía activa.

A veces se ha tenido una visión reductiva de la escuela, como si sólo tratara de socializar cansina y ciegamente en los valores dominantes. Quizá los peligros de la globalización puedan tener el efecto positivo de movernos a redescubrir la aspiración a la calidad, la reflexión crítica y las virtualidades éticas y cívicas que dan sentido a los sistemas educativos, si quieren ser fieles a las expectativas con que los ciudadanos los crearon.

NOTAS

1) O.I.T. (2004), Por una globalización justa: crear oportunidades para todos. Vid, especialmente pp. 69-70.
2) United Nations Millennium Declaration, Resolution Adopted by the General Assembly, 18 de septiembre de 2000.
3) Unión Europea Declaración de Laeken, 15.XII.2001, Ap. I.
4) C. Magris. El Danubio, Barcelona, Anagrama, p. 165.
5)Cfr. M. T. Canonico Homo: quaestio teorética prima, Rivista di Scienze dell’Educazione, 45:2, mayo-agosto, 2007, pp. 50-60.


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