Compartir:

En esta obra -deliciosamente escrita, como todas las de Maaluf– el escritor libanés, afincado en Francia desde los años setenta del siglo pasado, realiza una especie de autobiografía que se convierte en una historia del mundo desde la fecha de nacimiento del autor (1949) hasta la actualidad. En el libro se nota la calidad literaria del gran novelista, la perspicacia del periodista, la fuerza del observador de primera mano y la reflexividad del pensador con fondo. A la par, pienso que lastra el análisis de nuestra época que hace Maaluf el peso excesivo de la experiencia personal del autor a la hora de identificar y valorar los factores determinantes de la actual crisis de civilización. 

Maaluf nació en Líbano en una familia cristiana emigrada desde Egipto cuando este país inició su transformación en un país intolerante a partir  de los estadillos sociales que dieron lugar a la asunción del poder por parte de Nasser en 1952. La misma experiencia vivió Maaluf en su país natal que se fue transformando desde la “Suiza del Oriente Medio” –como fue conocido el Líbano en cierta época por integrar amigablemente y en paz a razas, lenguas y religiones diversas- en el actual Estado fallido, dividido en facciones en guerra colonizadas por otros países y sometido a los avatares de intereses bélicos ajenos. 

Amin Maaluf: «El naufragio de las civilizaciones»

En El naufragio de las civilizaciones,  Maaluf da por supuesto que el fracaso de lo que denomina “sociedades o civilización de Levante” (es decir, del territorio cultural y político que vivió de joven) es el origen y el paradigma de la actual crisis de civilización que afecta al mundo entero. Según su percepción, el mundo árabe de su juventud –cosmopolita, abierto- ha cedido a la tentación de la intolerancia y el fanatismo y así ha generado unas fuerzas destructoras de todas las civilizaciones (ahí está como ejemplo dramático el terrorismo islámico) y es espejo o precedente de fenómenos que se pueden advertir a escala universal hoy: particularismos, exaltación de las identidades únicas y excluyentes, nacionalismo identitario, etc. 

El mundo árabe ha cedido a la tentación de la intolerancia y el fanatismo y es, según el autor, precedente de fenómenos que se pueden advertir a escala universal hoy

Estas tesis no son nuevas en MaalufResponden a preocupaciones habituales en él desde hace décadasYa en su obra Identidades asesinas, de 1998, refleja estas mismas ideas que, por otra parte, siempre han estado presentes en su producción literaria. Los personajes y situaciones de las obras que he leído de Maaluf (León el africano, La roca de Tanios, Samarcanda) reflejan historias y ambientes de personas que construyen su vida por encima de sus identidades originarias por razón de religión, país, raza o lengua. 

El libro comienza y acaba evocando la idea del naufragio: “la imagen que me obsesiona desde hace unos años es la de un naufragio” (pág. 13) afirma en el prólogo. Y en el epílogo (pág. 275) nos dice como conclusión del libro: “Qué triste sería que el transatlántico de los hombres siguiera navegando así hacia su perdición, inconsciente del peligro, convencido de ser indestructible, como tiempo atrás el Titanic, antes de hundirse, …”. 

En los dos primeros capítulos (hasta la pág. 140) el relato se circunscribe prácticamente a Egipto y Líbano y en general al mundo árabe musulmán del Oriente Medio. Es en ese mundo limitado y en esa época concreta donde el autor ve el naufragio de una civilización por la exaltación partidista de las distintas identidades (religiosas, étnicas y culturales). El caso del Líbano, su patria, se convierte para él en paradigmático y lo extrapola al posterior diagnóstico de lo que está pasando en todo el mundo en la actualidad. Esta es la parte más autobiográfica de la obra y también quizá la más interesante,  pues en ella se puede apreciar cómo Maaluf va conformando su visión del mundo y la historia. Estamos ante un ejemplo significativo de cómo todo observador de la historia es tributario de su biografía personal y de su época, con las luces y las sombras de una y otra. Maaluf tiene la honradez intelectual de exhibirnos éstos sus condicionamientos analíticos, cosa que no es muy frecuente en otros autores que pueden llegar a vender sus prejuicios subjetivos como si de evidencias incontestables se tratase y además sin explicitar tales prejuicios. 

A final del capítulo I (págs. 73-74), Maaluf confiesa con transparencia sus prejuicios biográficos en el análisis de la actualidad de nuestro mundo con las siguientes palabras: 

 “¿Acierto cuando le doy tanta importancia a mi región natal, a sus peculiaridades sociológicas y a las tragedias que la enlutaron? 

Lo que me incita a hacerlo es que las turbulencias del mundo árabe musulmán se han convertido en estos últimos años en manantial de una angustia predominante para la humanidad entera. Es evidente que algo grave e incluso inaudito ha ocurrido en esa región y ha contribuido a trastornar nuestro mundo y a desviarlo del camino que habría debido ser el suyo. 

Tendré ocasión de volver más de una vez sobre esta cuestión que me obsesiona y está en el meollo de este libro”  

Como confiesa el autor, la experiencia de su juventud le “obsesiona y está en el meollo” de la obra que comentamos. Por eso, creo conveniente reflexionar sobre esa obsesión que está en el meollo de El naufragio de las civilizaciones. 

La honestidad intelectual de Maaluf obliga a su lector a plantearse si las claves de explicación de una época y un lugar son extrapolables a otros lugares y épocas; es decir, si caben obsesiones al acercarse a la historia de los hombres. Y yo creo que no; porque la única clave permanente de tal historia es la libertad personal y ésta por definición es impredecible. 

No hay naufragio posible que no sea evitable y Maalouf también está de acuerdo en esto y por eso escribe su libro

Por supuesto que la libertad humana como agente de la historia es condicionada por múltiples factores: la cultura, las tradiciones, el lenguaje, las creencias, la educación recibida, la fe religiosa o su falta, la genética, el medio ambiente, las patologías médicas o morales de cada cual, las pasiones, etc. Pero la libertad sigue omnipresente siempre: ante las mismas circunstancias uno puede reaccionar como Caín o como Abel, como Judas o como Pedro, como cobarde o como héroe, como abyecto o como santo. Por lo tanto, del pasado y de las experiencias ajenas se puede aprender siempre, pero no indican lo que va a suceder; pues en la historia humana –tanto en la personal de cada uno como en la colectiva de los pueblos- el futuro siempre está en nuestras manos y no está preescrito. 

Como nos recordó Victor Frankl  en El hombre en busca de sentidosomos capaces de entrar en el horno de cremación de un campo de concentración nazi rezando o desesperados. Esta libertad última nadie nos la puede arrebatar. Y por la misma razón cada uno de nosotros podemos cambiar el futuro presuntamente anunciado por los precedentes históricos de situaciones similares o por lo sucedido en otros lugares o civilizaciones. El futuro siempre está en nuestras manos. No hay naufragio posible que no sea evitable y Maaluf también está de acuerdo en esto y por eso escribe su libro: para avisarnos de lo que conduce al naufragio y darnos la posibilidad de reorientar nuestro rumbo a partir de esa información. 

En concreto y como europeo, pienso que Maaluf no valora suficientemente lo que puede significar para nuestro próximo futuro la fuerza del humanismo y la libertad que sembró en nuestra conciencia histórica el cristianismo, por oscurecido y atacado que esté hoy este venero de creatividad antinaufragios. También creo que minusvalora Maaluf el potencial de la sociedad estadounidense para revivir y proyectar hacia el exterior su constitutivo amor a la libertad. Y podría citar otros muchos factores potencialmente antinaufragios que están sembrados a nuestro alrededor y encarnados en muchos de nuestros contemporáneos. 

En todo caso, el futuro no está escrito. Lo escribimos nosotros mismos. 

NUESTRO MUNDO ACTUAL VISTO POR MAALUF

El tercer capítulo (págs. 141 a 202) abre su perspectiva a todo el mundo a partir de 1979, fecha elegida por el autor como símbolo de un cambio significativo manifestado por fenómenos varios como la eclosión del conservadurismo de Thatcher/Reagan, la elección de Juan Pablo II, la revolución islámica de Jomeini en Irán, la llegada de Deng Xiaoping al poder en China, etc. El autor cree reconocer en el mundo que crean esos sucesos algo similar a lo que vivió el Líbano y en general el mundo musulmán de Oriente Medio en los años anteriores. En el capítulo cuarto (págs. 205 a 269) -bajo el significativo título de “Un mundo en descomposición“- Maaluf expone una especie de diagnóstico general de nuestros días preñado de tristezas como él mismo dice: descomposición, naufragio, … son sus palabras para describir esta época.  

Este es un resumen de la tesis del libro: «Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí».

En las págs. 224-225 podemos encontrar un resumen de la tesis de fondo del libro: “Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí. Nunca me decidiré a admitir que la etnia, la religión o la raza sean cimientos legítimos para edificar naciones” . 

En las últimas páginas del libro,  Maaluf analiza otros factores tristes –según la terminología del autor-de nuestra época: la incapacidad de EEUU para liderar el mundo, el aparente fracaso de la UE, la crisis ecológica, la amenaza de la robotización, etc. 

La última parte del libro insiste en este peligro: “lo que caracteriza la humanidad actual no es una tendencia a agruparse dentro  de conjuntos muy amplios, sino una propensión a la fragmentación, al fraccionamiento y, a menudo, a la violencia y la acritud” (pág. 205); “la tendencia a la fragmentación y el tribalismo está comprobada en todas partes (…) existen, en el seno de todas nuestras sociedades y también en la humanidad entera, cada vez más factores que fragmenten y cada vez menos factores que cimenten” (pág. 206); “las tempestades identitarias han empozoñado el ambiente del planeta entero y de todas y cada una de las sociedades” (pág. 218). 

Además de  estas críticas, Maaluf destina otras a un liberalismo que desmonta el Estado y se olvida del ideal de la igualdad, a quienes no son conscientes de la gravedad de la crisis ecológica, etc. Pero el centro de gravedad de su percepción del inminente naufragio se centra en su convicción de que todo el mundo está cometiendo el error de las ciudades de Levante: fraccionarse en identidades mutuamente excluyentes en vez de construir una identidad compartida sobre la base de la pluralidad originaria. 

En definitiva, el naufragio que obsesiona a Maaluf no es inevitable (como él mismo advierte), pero es cierto que es posible, si no aprendemos de la historia que nos cuenta de cómo perecieron aquellas “civilizaciones de Levante” que el autor nos presenta como un paraíso perdido. 

ENSEÑANZAS PARA UN CIUDADANO EUROPEO DE HOY

Como toda obra que pretende explicar una época histórica compleja a partir de una causa preponderante elegida sobre la base de la experiencia personal del autor, el análisis de Maaluf peca de un cierto subjetivismo reduccionista. Aun así creo que la perspectiva y la mirada del autor a nuestro último siglo es útil para pensar nuestro mundo y acertada en muchas de sus apreciaciones. Lástima su obsesión con el naufragio inminente; que se entiende desde la perspectiva particular y biográfica del autor, pero que quizá podría matizarse con una mirada más atenta y abierta a otros aspectos, marcos y ambientes geográficos y morales de este último siglo de nuestra historia común.  

No hay que obsesionarse con el naufragio, sino prevenirlo. 

La experiencia vital de Maaluf y sus análisis pueden aportar luces significativas a cualquier europeo de hoy pues es cierto que en Europa vivimos actualmente las tentaciones de lo que según Maaluf fue destructor de “las civilizaciones de Levante”: la conversión de las identidades personales en exclusivismo identitario político. Recordemos lo que nos dice en las págs. 224-225 de esta obra: “Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí. Nunca me decidiré a admitir que la etnia, la religión o la raza sean cimientos legítimos para edificar naciones”.  

Suscribo esta afirmación del autor de El naufragio de las civilizaciones y veo como un peligro inmediato para Europa que puedan llegar a ser mayoritarias en algunos de los países que hoy integran la UE las ideas que Maaluf rechaza en la frase transcrita que constituye quizá la esencia del mensaje que el autor quiere transmitirnos con su obra. 

Para España, este libro tiene una lectura específica, pues somos una nación construida sobre una pluralidad de reinos y lenguas que hoy puede tener la tentación de destruirse a sí misma por la pretensión de algunos de convertir en identidad político-estatal cada una de esas identidades culturales y lingüísticas  que hasta ahora nos han permitido ser una nación plural. España es hoy un Estado organizado constitucionalmente sobre la pluralidad y diversidad que está en la raíz de nuestra historia común. Si convirtiésemos esa riqueza en causa de división política, tendría razón Maaluf: el naufragio sería inevitable y repetiríamos la triste experiencia de las “civilizaciones de Levante” cuya muerte lamenta Maaluf en su obra. 

Para Europa, la obra de Maaluf es una advertencia de que por la vía de la fragmentación, el particularismo y el egoísmo identitario no se avanza, sino que se retrocede hacia la barbarie y la violencia. 

Para todos, este libro es una invitación a pensar que más allá de que seamos católicos, judíos o musulmanes, ateos o religiosos, progresistas o conservadores, ricos o pobres, … compartimos mucho. Y que podemos primar lo que compartimos –sin perjuicio de la natural diversidad- sobre lo que nos separa; y que esta es siempre mejor solución que la contraria. Así se evitan los naufragios. 


Compartir: