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Entre febrero y marzo de 2011, el Museo del Hermitage de San Petersburgo exhibió una selección de obras maestras del Museo del Prado. Nunca la primera pinacoteca española había presentado tantas y tan importantes piezas de su colección. Meses después, el 7 de noviembre, los Reyes de España inauguraban la exposición «El Hermitage en el Prado», colofón a las celebraciones del año dual España-Rusia.

La muestra trajo a Madrid ciento setenta piezas de orfebrería, pintura, escultura y artes decorativas que abarcan desde el siglo IV a. C. hasta la década de los años treinta del siglo XX y que permanecerá instalada en las nuevas salas del museo hasta el 25 de marzo de 2012.

Hay que recordar, antes de aterrizar en la exposición, que el Museo del Hermitage conserva más de tres millones de objetos en un conjunto de edificios situados en torno al Palacio de Invierno, residencia de los zares de Rusia. Y que a las obras de arte que reunieron los Romanov hay que añadir importantísimas colecciones de nobles y magnates rusos. A Madrid ha venido una selección de un centenar y medio de piezas que intentan abarcar todas sus colecciones. Tarea difícil. ¿Lo consigue?

La tarea más complicada, si intentamos conocer lo que es el Hermitage, es hacernos una idea de sus edificios. Se trata de un monumento único en la historia de Rusia. Sus paredes hablan de Pedro I el Grande (1672-1725), de Catalina de Rusia (1729-1796), del fallecimiento —a causa de las heridas— de Alejandro II (1881)… Luego sería sede de la Duma y del Gobierno Provisional. Es el gran monumento de la historia y arte ruso. Resulta obvio que trasladar ese mundo a otro museo es tarea harto complicada, pero es lo que intenta el Prado con la puesta en escena de las primeras salas de la exposición. Algunos muebles y retratos regios pretenden ambientar la huella que dejaron los siglos en las paredes del palacio. Pero son las doce vistas de Patersson (Suecia, 1750-San Petersburgo, 1815), Chernetsov (Luj, 1802-San Petersburgo, 1865), Krendovski (Moscú, 1810-Manuilovka, 1853) y otros, las que mejor recogen el ambiente externo y los salones de los edificios en los que viven las obras de arte que vamos a contemplar.

Por eso, cuando llegamos a la sala que alberga El oro de Siberia ya hemos asumido que el Hermitage no es un museo al uso, sometido a los criterios modernos de museología, sino un palacio anclado en la historia, que es historia en sí mismo y que custodia momentos fundamentales de la cultura occidental.

Quizá por eso sorprenda más la colección de objetos de oro que, procedente de los antiguos nómadas de Eurasia, comenzó Pedro I y que ha seguido aumentando hasta nuestros días. Los kurganes o enterramientos cubiertos con túmulos de Siberia escondían piezas de oro: aderezos, broches, peines, torques y brazaletes que van desde el siglo V a. C. hasta el I d. C. El oro siberiano es el aperitivo para los objetos que se exhiben en la misma sala: el oro griego, la orfebrería oriental y la occidental. Son quizá los objetos pertenecientes a esta última sección los que sorprenden por su belleza y riqueza. La llamada Arqueta de Eduvigis, fechada en Nüremberg en 1533, es una pieza de plata, piedras preciosas y semipreciosas, perlas y esmalte, difícil de olvidar y que eclipsa a las joyas y orfebrería zarista si no fuera porque el Ramo de acianos con espigas de avena en un jarrón, realizado por la casa Fabergé hacia 1900, consigue hacernos creer que el agua que contiene no es una ficción sino el resultado de la imaginación de un mágico joyero que, cuando no construía huevos para la Pascua zarista, se empeñaba en objetos imposibles de una belleza perturbadora.

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Peine con escena de batalla (finales del siglo V – principios del siglo IV a. C.). Oro, 12,6 × 10,2 cm. Norte del mar Negro, cuenca del río Dniéper.

Quizá pasen inadvertidos a lo largo de la exposición algunos jarrones de piedras duras —nueve en total— que parecen meros objetos decorativos. Son piezas de los siglos XVIII y XIX, todas trabajos rusos, pero que recuerdan los esplendores del Palacio de Invierno. Los dos jarrones de malaquita, de casi un metro de altura, están realizados con 87 kilogramos de la verde piedra pulida. Todo un monumento a la fastuosidad imperial.

Pero no nos engañemos. Quizá porque el Prado es mayoritariamente un museo de pintura, el plato fuerte de la muestra es la colección de cuadros, esculturas y dibujos de arte occidental que, desde Pedro I, los zares adquirieron para que sus vastos territorios nunca se desentendieran de la influencia refinada y culta de sus tierras más europeas. El problema es que la presencia de tantas obras puede despistar de la belleza individual de cada una de ellas, algo por otro lado muy propio del Hermitage. Si han tenido la suerte de recorrer sus salones, llega un momento en el que el visitante se siente derrotado por el aluvión de objetos, salas y pasillos. Y uno busca refugio en lo individual para sobrevivir al cansancio y al síndrome de Stendhal.

Algo parecido puede ocurrir en el Prado. Por eso les emplazo a detenerse, aunque sea solo un momento, delante del dibujo a carboncillo de La Virgen con el Niño de Alberto Durero. Es sabido que el pintor del Renacimiento alemán era un dibujante excepcional, pero hay manos y pies que son difíciles de olvidar: no se arrepentirá.

Como tampoco lo hará si se detiene delante del Fauno de Baccio Bandinelli. Aunque este busto se atribuyó durante siglos al propio Miguel Ángel, en 1912 Ernest von Liphart lo adscribió a su rival y coetáneo Bandinelli. Sea de quien fuere, es una obra que procede de la famosa colección Guistiniani y que no deja indiferente al espectador. Y es que la cuestión de las atribuciones también ha afectado al Hermitage, pero no siempre para mal. Es el caso, ya hablando de pintura, del Descanso en la huida a Egipto con santa Justina de Lorenzo Lotto. Hay que agradecer a los responsables del museo ruso que incluyeran esta pieza entre las prestadas al Prado pues actualmente se están mostrando los lottos del Hermitage en la Academia de Venecia y esta obra tenía que estar en la ciudad de los canales. Se trata de una pintura recientemente restaurada y que, con tal motivo, ha pasado a integrarse entre los autógrafos indiscutibles del pintor veneciano. El pésimo estado de conservación, los repintes y los añadidos laterales distorsionaban una obra que hoy podemos ver en sus colores originales: un descubrimiento para los fans del pintor renacentista.

Pero hablando de pintores renacentistas y venecianos, la obra que resulta ser todo un espectáculo es sin duda el San Sebastián de Tiziano. Es incomprensible que este cuadro permaneciera hasta 1898 en los almacenes del museo y que, hasta 1912, figurara como boceto o estudio preparatorio. Pintado en los últimos años de vida del maestro, su limpieza causó una profunda impresión por la fuerza de su colorido y la expresión de su rostro. El dibujo casi desaparece para que la materia pictórica se convierta en protagonista indiscutible. Las obras de Veronés —magnífica su Piedad—, Annibale Carracci, Rubens, Van Dyck, Rembrandt y Frans Hals, aun siendo sobresalientes, palidecen junto a esta maravilla.

He dejado para el final la referencia al Tocador de laúd de Caravaggio. Aunque los responsables del Metropolitan de Nueva York siempre han ponderado su Tocador sobre este, al verle al natural resulta difícil competir con la sensualidad de esta obra maestra. El tiempo se pasa contemplando todos sus detalles: bodegón, florero, dibujo de las manos, expresión del rostro y boca… Si no fuera porque está en una sala plagada de otras piezas capitales, este caravaggio merecería la visita a la exposición él solo.

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Tañedor de laúd (1595-1596). Caravaggio (Michelangelo Merisi da Caravaggio). Óleo sobre lienzo, 94 × 119 cm. San Petersburgo, State Hermitage Museum.

Pero es necesario hacer también una referencia a los cuadros de la escuela española. Aunque el Prado posee obras de todos ellos, el Almuerzo de Velázquez de la etapa sevillana es magnífico, aunque está sucio como un tizón. Y los Apóstoles del Greco y el Ribera son obras importantes si no fuera porque un pequeño Bodegón de Pereda captura la vista como si de un imán se tratara. Del resto de las obras merece algo más que un parón la terracota del Éxtasis de santa Teresa de Bernini, uno de los últimos trabajos preparatorios para la obra que hoy guarda la iglesia de Santa María de la Vittoria en Roma.

El Prado ha situado en la segunda planta del edificio de Moneo la selección de pintura moderna y contemporánea. Monet, Renoir, Gauguin, Rodin, Cezanne, Rousseau, Picasso —con cuatro obras—, Malevich… son algunos de los pintores representados. La Conversación de Matisse y la Mujer con sombrero negro de Van Dongen me parecen las mejores obras. Devuelven la sonrisa a un paseo por el Hermitage dentro del Prado. Un viaje a un museo dentro de otro que quizá en lo variado de su contenido tenga su mayor fuerza y atracción. El éxito de visitantes así lo confirma. No es fácil acertar. Y los dos museos lo han vuelto a conseguir.


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