William Gilmore Simms

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Poeta, novelista e historiador

¡Aquellos viejos delirios! o, ¿Quién es el loco?

  Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nornordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña. Hamlet. I  Habíamos pasado una alegre velada. Nuestras estrellas no habían atenuado su poco desdeñable influjo sino a la alborada; y mientras Phoebus se alzaba, «jocundo sobre la cima de las montañas neblinosas», yo me dedicaba a ajustar el pie en el estribo y montar sobre mi noble corcel Príamo, para abrirme camino por un pasaje cercano y a través de estrechos senderos indios hacia mis aposentos, en la pequeña ciudad de C., al borde mismo del Misisipí. Eramos una docena, alegres jaraneros todos, medio ebrios de vino y de risas, y el viaje de siete millas se hizo breve. En menos de dos horas ya me encontraba dormitando cómodamente en mis propias sábanas y soñando con las gemelas del viejo Hansford Owens.  Y bien valían un sueño aquellas preciadas damiselas. En verdad parecían haber pasado ipso facto a formar parte de mi existencia. Acaparaban mis pensamientos, estimulaban mi imaginación y -si no es impertinencia revelar algo del corazón de un voluble muchacho de dieciocho años- allí estaban ellas, en lo más profundo del mío -ambas, permítaseme decir, por cuanto siendo gemelas, estaban dotadas de igualdad de derechos de natura-. Todavía no había yo llegado a determinar cuál de ellas me cautivaba más, si acaso esto fuera posible. Una tenía la piel clara, la otra oscura; una era pensativa, la otra alegre y feliz como un cascabel en manos de Venus. Susannah era mansa como buena hija de Anciano; Emmeline, tan traviesa que bien podría haber turbado al santo más manso del calendario, por muy digna pose que exhibiera en su pedestal. Confieso que aunque pensaba constantemente en Susannah, siempre procuraba a Emmeline primero. Era la morena: una de estas bellezas resplandecientes, chispeantes, efervescentes -perpetuamente desbordante, exultante-, rebosante de apasionantes fantasías que correteaban de puntillas, casi volando, a través de sus pensamientos. Era una criatura que te hacía hervir la sangre en el pecho -que te hacía elevarte por encima de tus pies y soñar, por un instante, que tus talones tenían tanto derecho al mando como tu cabeza. Agraciada también -radiante, si no absolutamente perfecta en sus facciones; su influencia, cual la del sol, te exponía permanentemente a una suerte de resplandor. Cantaba bien, hablaba bien, bailaba bien -siempre ligera y viva-, parecía nunca necesitar descanso y, dicho sea también, rara vez se lo concedía a los demás. La danza era su gracia y gloria suprema. No era ninguna Taglioni ni ninguna Ellsler, no es eso lo que insinúo, pero sin duda era una artista nata. Todo movimiento era un estudio. Toda mirada era vida. Su forma se entregaba a la más dulce exuberancia de la pose y se alzaba en movimiento con una suavidad tan exquisita como si fuera Venus emergiendo sobre la espuma del mar; y puesto que portaba su propia afectación de manera tan natural, te hacía anhelarla y contemplarla como parte esencial de...

Aquellos viejos delirios o quién es el loco

  Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nornordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña. Hamlet.I  Habíamos pasado una alegre velada. Nuestras estrellas no habían atenuado su poco desdeñable influjo sino a la alborada; y mientras Phoebus se alzaba, «jocundo sobre la cima de las montañas neblinosas», yo me dedicaba a ajustar el pie en el estribo y montar sobre mi noble corcel Príamo, para abrirme camino por un pasaje cercano y a través de estrechos senderos indios hacia mis aposentos, en la pequeña ciudad de C., al borde mismo del Misisipí. Eramos una docena, alegres jaraneros todos, medio ebrios de vino y de risas, y el viaje de siete millas se hizo breve. En menos de dos horas ya me encontraba dormitando cómodamente en mis propias sábanas y soñando con las gemelas del viejo Hansford Owens. Y bien valían un sueño aquellas preciadas damiselas. En verdad parecían haber pasado ipso facto a formar parte de mi existencia. Acaparaban mis pensamientos, estimulaban mi imaginación y -si no es impertinencia revelar algo del corazón de un voluble muchacho de dieciocho años- allí estaban ellas, en lo más profundo del mío -ambas, permítaseme decir, por cuanto siendo gemelas, estaban dotadas de igualdad de derechos de natura-. Todavía no había yo llegado a determinar cuál de ellas me cautivaba más, si acaso esto fuera posible. Una tenía la piel clara, la otra oscura; una era pensativa, la otra alegre y feliz como un cascabel en manos de Venus. Susannah era mansa como buena hija de Anciano; Emmeline, tan traviesa que bien podría haber turbado al santo más manso del calendario, por muy digna pose que exhibiera en su pedestal. Confieso que aunque pensaba constantemente en Susannah, siempre procuraba a Emmeline primero. Era la morena: una de estas bellezas resplandecientes, chispeantes, efervescentes -perpetuamente desbordante, exultante-, rebosante de apasionantes fantasías que correteaban de puntillas, casi volando, a través de sus pensamientos. Era una criatura que te hacía hervir la sangre en el pecho -que te hacía elevarte por encima de tus pies y soñar, por un instante, que tus talones tenían tanto derecho al mando como tu cabeza. Agraciada también -radiante, si no absolutamente perfecta en sus facciones; su influencia, cual la del sol, te exponía permanentemente a una suerte de resplandor. Cantaba bien, hablaba bien, bailaba bien -siempre ligera y viva-, parecía nunca necesitar descanso y, dicho sea también, rara vez se lo concedía a los demás. La danza era su gracia y gloria suprema. No era ninguna Taglioni ni ninguna Ellsler, no es eso lo que insinúo, pero sin duda era una artista nata. Todo movimiento era un estudio. Toda mirada era vida. Su forma se entregaba a la más dulce exuberancia de la pose y se alzaba en movimiento con una suavidad tan exquisita como si fuera Venus emergiendo sobre la espuma del mar; y puesto que portaba su propia afectación de manera tan natural, te hacía anhelarla y contemplarla como parte esencial de...

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