Sir Roger Douglas

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El arte de lo posible

Roger Douglas, recién nombrado ministro de Economía de Nueva ‘Zelanda, propuso en 1984 un programa de reformas radicales con la intención de convertir su país en el más libre del mundo. Desde ese momento, él y un pequeño grupo de dirigentes del Partido Laborista hubieron de hacer frente a innumerables intereses creados y a arraigadas situaciones de dependencia del Estado, además de vencer alguna oposición interna en su propio partido. Lo hizo con tanta efectividad que, años después, ni uno solo de los puntos centrales de su revolución en favor de la libertad de mercado ha sido discutido. Douglas explica en este artículo, originalmente aparecido en Liberty, cómo convertir el liberalismo en “el arte de lo posible”.Los políticos de todo el mundo tienden a rehuir las reformas hasta que se ven forzados a ellas bajo la ineludible presión de algún desastre social o económico de particular gravedad. Si se cierran en banda ante la necesidad -tan patente- de emprender cambios, es porque suelen creer que una actuación decidida de su parte únicamente atraerá sobre sí y su Gobierno la mayor de las calamidades políticas. Conforme el país se encamina a la crisis y los problemas son más notorios, cada vez más se van convenciendo de que hacer algo que no sea actuar justo antes de las elecciones tan solo otorgará ventaja a sus oponentes políticos. Justifican su posición haciendo creer que éstos son unos tramposos y están pendientes solo de su propia ganancia, y que el bienestar del país les importa poco o nada. Cuando la situación económica es tan seria como para que la preocupación se manifieste públicamente, los partidos siguen con frecuencia escurriendo el bulto con el recurso a sobornos electorales con los que distraer la atención de los votantes de los problemas reales. O, llegado el caso, como recientemente ha ocurrido en Nueva Zelanda, intentando distraer su atención propagando acusaciones e infundios sobre actuaciones presuntamente malintencionadas de otros miembros de la comunidad.Nada de esto tiene por qué ser así. Aquí argumentaré, en directa contradicción con estas creencias, que la supervivencia política depende de la adopción de decisiones de calidad, que las componendas y medidas de compromiso solo conducen a la insatisfacción del votante, y que dejar que las cosas sigan como están equivale al suicidio político. La verdad es más bien que los políticos pueden lograr el éxito político sin por eso dejar de emprender reformas estructurales que beneficien al conjunto de la nación, y que no tienen por qué esperar a que el desastre social o económico les fuerce a ello. Las lecciones aprendidas en Nueva Zelanda desde 1984 son nítidas: allí donde se conciben y ejecutan políticas de verdadera calidad (reformas impositivas, reformas de los mercados financieros, de las empresas estatales y del mercado de trabajo) las urnas muestran la aprobación constante de los votantes; allí donde, por el contrario, se queda corto el Gobierno y deja de instaurar políticas ajustadas a un baremo tan rigurosamente exigente (en la reforma de la educación, la...

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