Santiago Miralles

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Diplomático y escritor. Director General de la Casa de América

Julio Martínez Mesanza, Gloria

Colección Poesía Adonáis, Rialp, Madrid, 2016, 64 págs., 9,50 euros Julio Martínez Mesanza aclara en una breve nota al final de su Gloria que escribió estos versos entre agosto de 2005 y marzo de 2016 y que los compuso en Madrid, Túnez y Tel Aviv. La racionalidad cartesiana («abstracta» y tal vez «imperdonable») hace que él mismo sitúe en el tiempo y en el espacio sus poemas; pero esas dos coordenadas no explican lo que el lector acaba de experimentar: que tiene en sus manos una joya que solo raramente encuentra quien busca en la poesía belleza, emoción y verdad. Hablemos del tiempo. Estos treinta y seis poemas han necesitado once años de gestación, lo que pone de manifiesto una vez más que Martínez Mesanza es un escritor minucioso y sosegado. Hay que esperar para que las ideas y las imágenes se hermanen con los vocablos hasta lograr endecasílabos redondos que fluyen con ritmo y elegancia. Es posible que algún poema haya brotado en un solo día; pero ha necesitado largos periodos de maceración, quizás de ensoñación, para que salga armado y victorioso de su cabeza, y necesitará después de un pausado trabajo de ajuste. Sin duda, el poeta es su crítico más feroz, el más exigente de sus lectores, y por eso ha tardado tanto tiempo y ha dejado por el camino bellos cadáveres, algunos de los cuales pueden atisbarse en los blogs que ha mantenido durante esta década. Porque a las exigencias de fondo y forma se añaden las de la coherencia interna del conjunto. Al igual que en sus libros anteriores, un hilo de oro enlaza todos los poemas y justifica la presencia de cada uno de ellos en esas páginas. Gloria es la crónica del alma. El alma, lo sabe el poeta ante una Madonna de Bellini, es inextinguible, aunque camine «en los ríos de niebla» o tenga que rezar ante «Nuestra Señora de los laberintos», por otro nombre «Nuestra Señora de los indecisos». Agitada por el viento que sopla incesantemente, el alma «devora dones», busca «ante las puertas cerradas», «en el desdén de quien amamos», en las equívocas estelas de las galeras, en «las zarzas del tiempo», «en el juego, la geometría y la guerra» que la gobiernan. El alma tantea entre las tinieblas, la apatía y «el infierno tibio» para aprender a cantar a la Creación, a los dones y la gracia que Dios derrama en el mundo. Resuenan los carros de Kipur o la carga de los húsares (y ahí reconocemos al Martínez Mesanza fascinado por los símbolos de la estrategia militar y la belleza de los campos de batalla); pero Gloria es por encima de todo un libro intimista en que lo divino se vislumbra en el mar, en el cielo y en la pereza de las naranjas que reciben la lluvia que las limpia, porque la merecían «como merecen todos los que esperan». El poeta contempla otra Virgen, la de Van Eyck, y percibe un «claro en el cielo incomprensible / que dice imagen, gloria y esperanza»....

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