Mónica Carbajosa

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A oscura velocidad

Les gusta coger el tren de la noche, sobre las once. Es un trayecto corto de apenas media hora, durante el cual atraviesan un paisaje oscuro y desconocido. Toño, desde la cama de arriba, reproduce con facilidad el movimiento del tren. Maniobrando con su cuerpo hace chirriar la estructura metálica de las literas a la vez que proyecta con la linterna unas luces que recorren con rapidez la pared y luego desaparecen, para volver inmediatamente a presentarse casi en el mismo punto y atravesar de nuevo la pared y extinguirse justo unos centímetros antes de llegar a la estantería de las viejas, ya abandonadas, muñecas de su hermana. Ha conseguido una técnica casi perfecta. Cada vez le es también más fácil imitar la voz del revisor y el tono del jefe de estación porque le apunta ya la voz futura. Había salido a su abuelo, mucho más allá de la coincidencia del nombre. En el juicio no quiso recordar cómo se llamaba el revisor, aquel que  les ofrecía los cucuruchos de golosinas. Su hermana, de haber tenido su edad, hubiera relatado todo con más exactitud. Pero tenía ocho años. Cuando se cansa de empujar el vagón y se le quedan los pies fríos se envuelve en la manta y entrelazando las manos imita los sonidos del tren. Sentado sobre el asiento abatible de la plataforma del cuarto coche del tren correo, los había escuchado y memorizado durante casi un año: el murmullo lejano del tren cuando se va acercando, la sonoridad de su presencia, la voz metálica de los frenos, el soplido de la máquina motora, el silbido de la despedida, el tartamudeo del arranque, el son del trayecto continuo, el jaleo y el jadeo de los soldados en los compartimentos, el sonido y la trayectoria de las gotas sobre los cristales, los silencios de las paradas misteriosas y el eco de la voz del tren tras la despedida. Lo contó en el juicio: en el tren cuidaba de su hermana mientras su madre limpiaba los compartimentos. Le hicieron llevar zapatos cerrados de cordones. Como su abuelo, tiene los pies grandes y anchos. Los zapatos eran negros, porque el negro empequeñece. Debe ser por eso, pensaba, que a su abuela se la ve tan pequeña después de tanto luto. Sobre los zapatos descansaban de más los pantalones. Como es grande, más que grande, grandón, llevaba los pantalones sobrados, flexibles. Llevaba camisa también oscura, de cuellos antiguos, y uno de ellos sobresalía sobre el jersey claro, porque de cintura para arriba la influencia de su madre se va reduciendo para luego estallar bajo un pelo fosco y duro, rebelde, aunque nazca en realidad de mansedumbre. El cuello lo tiene ancho, como la mandíbula, sobre la que cae algo del labio inferior. El cutis, maniáticamente afeitado, y la nariz, grande, como hecha a los  dedos de las manos. Los ojos son, sin embargo, pequeños, y parecen prestados. La juez trataba de imaginar la mariposa ingenua de la que había salido aquel torpe y enorme...

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