Kurt Spang

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Catedrático emérito de Teoría de la literatura. Universidad de Navarra

¿Qué es literatura? Me preguntas

Una invitación al diálogo y a la discusión con el lector en unos momentos en los que la literatura y el libro, dos grandes instancias de nuestra cultura tradicional, se ven particularmente asediadas.

Bellas artes, artes feas

Por lógica, una cosa no puede ser ella misma y su contrario, por tanto, en el caso que nos atañe, es imposible que sea bella y fea a la vez. Sin embargo, numerosas obras de arte demuestran que la convivencia y la coincidencia de estos contrarios es perfectamente posible. Las teorías del arte nos tienen acostumbrados a considerar que toda labor artística se define como creación de belleza 1; no obstante, los artistas parecen empeñados en evidenciar que la belleza en el arte es capaz de saltarse el principio del tertium no datur. Por este y otros motivos considero útil reconsiderar el concepto consuetudinario de estética y belleza para devolverle, si es el caso, el significado más amplio y complejo que posee desde las tempranas muestras de la creación artística. Como afirma Ignacio Yarza, «más allá de la intención del autor y del argumento, una obra será maestra si se realiza con arte, si manifestando belleza hace visible la verdad de aquello que representa, sea bello o feo, bueno o malo.Este punto puede ser particularmente útil para iluminar el enlace entre verdad, bien y belleza».A pesar de la tantas veces tergiversada tesis hegeliana de la «muerte del arte» 2, sigue creándose arte, aunque no siempre convincente, y a pesar del pesimista Adieu a l'estétique de J.-M. Schaeffer 3, se sigue reflexionando sobre la belleza y el arte; hasta siguen escribiéndose estudios de estética como el de Ignacio Yarza 4 que tan profusamente se cita en este artículo o junto con numerosas otros estudios la recién publicada Introducción en la estética hegeliana de A . Gethmann-Siefert 5. Y ello considerando que la inmensa mayoría de los pensadores se ha despedido de la metafísica y de los trascendentales, decisión que, dicho sea de paso, ha de pesar evidentemente sobre sus especulaciones.«En cierto sentido, la reflexión sobre lo bello se presenta como una de las cuestiones más difíciles de la filosofía, uno de los argumentos que ha sido afrontado con mayor empeño por los grandes filósofos. Su presencia está por todas partes y sin embargo, tal vez precisamente por esto, no nos resulta fácil delimitarla, definirla, explicarla» (Yarza 2004, 15-16).Precisamente, la naturaleza polifacética y las innumerables maneras de crear belleza hacen muy difícil su definición concreta y exacta. Y no sólo en las diversas artes en general, puesto que todas poseen sus maneras propias de crearla, sino incluso cada obra de arte individual, siendo única e irrepetible, ostenta una belleza particular que si tiene elementos en común con otras obras, nunca podrá ser exactamente igual a ellas. Todo lo que se diga acerca de la belleza artística no podrá ser más que aproximación y generalización. Ahora bien, ésta es la suerte que corren todas las categorizaciones porque nunca pueden hacer justicia a cada fenómeno individual, tendrán que «sacrificar» los rasgos individuales en aras de la posibilidad de abarcar un conjunto de fenómenos del que se averiguan los elementos comunes.Dos son las perspectivas que suelen adoptarse —también en el orden cronológico— en...

Travesía marítima con don Quijote

Lo que faltaba: don Quijote viajando por el mar. Tal vez, después de tanto Quijote por tierra, tampoco vendría mal mandarle de viaje por el mar para bajar de alguna manera la fiebre desencadenada por tantos afanes quijotescos con ocasión del cuarto centenario.Pero no es eso. El viaje que emprendió Thomas Mann en 1934 por el Atlántico a Nueva York no es más que el motivo externo para que el premio Nobel alemán se llevase como lectura de viaje el Quijote. «El Don Quijote es un libro universal y para un viaje al nuevo mundo es justo lo apropiado», constata Mann1. De ahí el título Meerfahrt mit Don Quijote («Viaje por el mar con Don Quijote»), una mezcla entre apuntes de diario y observaciones y comentarios sobre las lecturas del Quijote, hechas entre el 19 y el 29 de mayo de 1934. De las apenas cien páginas que ocupa este librito, una tercera parte se dedica a apuntes sobre la lectura del Quijote y el resto describe episodios y detalles del propio viaje que era el primero que realizó Mann. Además, seguramente para abultar, la editorial inserta una serie de fotos del matrimonio Mann y de varios barcos transatlánticos que utilizó hasta 1951 para sus viajes a Estados Unidos y a Europa.No es mi intención comentar todas las observaciones muy interesantes que apunta Thomas Mann sobre el Quijote, porque no dispongo del espacio suficiente. En el fondo, el punto que llama la atención es el hecho de que el Quijote pudo interesar y fascinar a nuestro novelista como pudo entusiasmar también a miles de lectores alemanes durante el Romanticismo en el siglo XIX. Hubo muchos alemanes en aquel entonces que aprendieron español sólo para poder leer el Quijote en el idioma original.Una circunstancia que contrasta llamativamente con el actual desinterés y a menudo aburrimiento que suele producir la novela, a pesar de que se considera la pionera y fundadora de la novela moderna.He seleccionado algunas de las consideraciones capaces de explicarnos el interés de Mann por esta obra literaria y capaz quizá también de despertar el interés general por la novela y profundizar en conocimientos, en caso de que ya se haya superado una eventual aversión.OBRA DE TRADUCTORESUna de las primeras observaciones parte del hecho de que Thomas Mann —que no sabía español— leyó la novela en la admirable traducción de Ludwig Tieck, cuya labor Mann elogia profusamente.Pero no es el hecho más destacable para él sino que, en el Quijote el propio Cervantes finge que la novela no es obra suya sino una traducción, la traducción de un libro escrito en árabe por un tal Cide Hamete Benengeli, escritor moro cuyo manuscrito encuentra el narrador en un mercado de Toledo y que manda traducir al castellano a otro moro con el que tropieza por casualidad en el mismo mercado. ¿Por qué Cervantes inventa esta circunstancia?La costumbre de atribuir la autoría de un libro a una persona ficticia no era, y todavía hoy no es rara, porque entre otras...

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