José Mateos

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La voz de la sangre

Estábamos camino de Tuzla, por una carretera de esas con pivotes a los lados, tan estrecha y sinuosa que, a veces tras una curva, la imprevista llegada de un camión casi nos mandaba a la cuneta. La carretera tenía varios tramos sin asfaltar y bajo el coche rebotaban las piedras. Papá protestaba mientras conducía con la cara pegada al cristal delantero, tratando de sortear los baches del camino. Pasado el río Bosna, papá notó que se encendía una lucecita roja en el salpicadero del piloto. —Algo no va bien— dijo señalando a un termómetro pequeño e iluminado. Cuando nos echamos a un lado de la cuneta, el motor ya había dejado de funcionar y emitía un sonido entrecortado y descorazonador. —También es mala suerte… —¿Y ahora qué hacemos? Papá me dijo que saliera. Salí, y al rato yo empujaba el coche mientras él trataba de ponerlo de nuevo en marcha. Un olor a gasolina y cable chamuscado invadió el aire, que era frío y desapacible. —Nada, me parece a mí... Desde la ventanilla de atrás lo vi palpando una ranura que había debajo del salpicadero. Presionó una palanca y abrió el capó. Se levantó y ambos echamos un vistazo al motor. Al abrir, vimos el humo que salía de un agujero gelatinoso, lleno de grasa. —No toques nada que puede estar hirviendo— me dijo. Papá se limpió las manos en el pantalón y respiró con fuerza. —Lo mejor es esperar a que se enfríe y después ya veremos. Una vez dentro, traté de buscar en la radio una emisora de música y sólo conseguí alcanzar zumbidos y voces vacilantes. Me di por vencido y apagué la radio. —Si tenemos suerte puede que pase algún camión. —¿Cuánto crees que nos darán? —le pregunté. Íbamos a Tuzla para tratar de vender algunos objetos que se amontonaban en la parte de atrás: un casco de kevlar, una radio, un lote de libros, el cabezal de una cama y un fusil automático. No nos hubiera importado canjearlo por aspirinas o por un saco de sal para pasar el invierno. —¿Por todo? —No, por el fusil. —¿Sólo por el fusil? Ni idea. Me pasé la mano por el pelo e hice un amago de bostezo. —¿Lo usaste alguna vez? —Sí, alguna vez— dijo papá volviendo su rostro hacia mí. Luego se hurgó con un dedo en la oreja, como si no oyera bien, y miró hacia delante. —Mira, una liebre. —¿Dónde? —Por allí. ¿No la ves? —¿Dónde? —Ya nada. Se ha metido en aquellos matorrales. Hubo un momento de silencio. —Bueno, si crees que no es asunto mío...— insistí. —¿El qué? —Ya sabes…— y señalé hacia atrás con la cabeza. —No, no me importa. A un lado del coche se podía distinguir, allá abajo, el río, por donde ahora se levantaba una leve gasa de niebla, casi imperceptible; y ante nosotros, la cinta blanca del trayecto que aún nos quedaba por delante, una curva tras otra. A veces, por un instante, aparecía el sol entre dos nubarrones y entonces los charcos se iluminaban y resplandecían las franjas de hierba que había a los lados de la carretera. Papá miraba de vez en cuando hacia allí, hacia el confín...

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