Genaro Chic García

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Catedrático de Historia Antigua. Universidad de Sevilla

De una sociedad ancestral a una sociedad moderna

Señala A. Fontán, en una glosa de J. Ortega y Gasset, que «la cultura es un conjunto de hábitos intelectuales y morales que liberan al hombre de la prisión semianimal de la pura naturaleza y le permiten entrar en el ámbito humano de la libertad». Una «libertad» que, paradójicamente, sólo se logra con una previa sumisión, consentida y sublimada, a una serie de principios. La libertad como hecho cultural se ejerce en función de la existencia previamente admitida de una serie de valores, que no son sino estructuras de la conciencia sobre las que se construye el sentido de la vida en sus diferentes aspectos.La vida y la muerte como fin particular de la misma no se nos muestran sino como facetas de la existencia. Matamos para vivir y no comemos nada sin destruirlo. Y la vida, que parte en cada uno del nacimiento, está destinada en cualquier caso a la muerte individual. La existencia es colectiva y nuestra vida es sólo individual. Pero lo que introduce lo individual en lo colectivo es el hecho de la reproducción. Algo en lo que genéticamente, en el caso de la especie animal humana, participan tanto el macho como la hembra, pero que a la hora de pasarlo al campo del sentimiento indiscutiblemente está ligado de manera muy predominante a la madre. Se podría decir que mientras la mujer es un «ser para la vida», el varón es un «ser para la muerte». Si uno vive su vida en la continuidad, el otro lo hace en el enfrentamiento, lo que tiene repercusiones en todos los ámbitos de la existencia de ambos.]Como «ser para la muerte», el hombre vive de manera más intensa la agresividad física. Él es el guerrero, el que lucha por hacerse notar y con tener el premio de cubrir con más facilidad a las hembras, aliviando de esta manera sus pulsiones vitales. No hay que olvidar que mientras la mujer nace con  decenas de miles de ovocitos en su overa, y una vez alcanza la madurez va soltando sus huevos mensualmente, el varón sólo entonces empieza a producir el líquido seminal que ha de transportar su semilla o esperma. Y ese líquido seminal se acumula en las correspondientes vejigas o vesículas de manera constante, lo que le hace vivir en una tensión —de la que se puede ser más o menos consciente, pero que nunca falta—El combate lleva a la jerarquización social. Y el actor dominante tiende naturalmente a imponer los ritmos de conducta a los otros miembros de su grupo. Será el que regule el acceso a las hembras, tanto el acceso propio desde luego, como, por necesidades de cohesión del grupo de guerreros, la de los demás. Será su virtus, su valor personal, el que los demás tengan que seguir, transformándolo de esta manera en valor social. Puede suceder, con el paso del tiempo y el desarrollo de comunidades estables, que los demás miembros tengan que verse en la práctica obligados a interiorizar, en un proceso reactivo,...

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