Gabriel Pérez Gómez

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La ficción al poder

Recientemente, el paisaje español se ha vuelto a pintar de elecciones y, en estos días previos a la cita con las urnas, los actos de propaganda se van intensificando, como suele ser lo habitual. La cartelería en las vallas y otros espacios públicos, los anuncios en la prensa y en la radio... compaginan el interés comercial y político de cada partido. De manera especial en estos momentos, los candidatos se lanzan a un trabajo agotador para multiplicar su presencia social a lo largo de actos, más o menos forzados que les permiten aparecer en los medios de comunicación. Los políticos parecen firmemente convencidos de que su presencia en los telediarios les va a garantizar unos buenos resultados electorales. La prelación que se establece entre los jefes de campaña es la de que «cuanto más tiempo en pantalla, mejores resultados». De hecho, como se sabe, las juntas electorales (tanto la central como las autonómicas) distribuyen los espacios gratuitos de propaganda electoral en las radios y en las televisiones públicas, de acuerdo con el resultado de los comicios anteriores. El partido con más votos es el que tiene más cuota de pantalla y se lleva los mejores espacios, aquellos en los que la audiencia es potencialmente más alta. De manera análoga, los servicios informativos suelen aplicar el mismo criterio a las distintas formaciones políticas, de tal modo que el vencedor de los anteriores comicios tendrá el «privilegio» de aparecer en primer o en último lugar dentro del bloque electoral y con más tiempo que nadie. Hay quienes sostienen que es mejor el primer puesto porque la audiencia todavía no se ha contaminado con lo que dicen otros y está más dispuesta a recibir el mensaje. Los que mantienen que es mejor el último puesto del bloque se basan en la teoría de la curva de la audiencia, según la cual, cuando un programa funciona, tiene más telespectadores cuando termina que cuando comienza. REFORZAR CONVICCIONES En cualquier caso, da la sensación de que unos y otros no aciertan, porque, en mi opinión, los informativos de televisión no están especialmente facultados para hacer que la audiencia cambie su forma de pensar y, en este caso, su forma de votar. Y el fenómeno es aplicable no sólo a la televisión electoral, sino al conjunto de las informaciones que aparecen en los telediarios. Aunque pueda resultar paradójico, parece que se puede influir más en unos resultados electorales desde la ficción que desde los informativos porque prácticamente todo el mundo presume de tener su pensamiento blindado, de convicciones profundas y de haber pensado mucho las cosas. Nadie quiere reconocerse como un sujeto que cambia conforme sople el viento y, en los telediarios libres, los vientos deben soplar de muchas partes. Las convicciones no se arrancan de una persona porque un candidato tenga un minuto más de presencia en la pantalla que su inmediato rival. En todo caso, las convicciones se refuerzan con aquellas informaciones que se reciben: rechazo, desprecio, odio, indiferencia o identificación con unas siglas o con un personaje que,...

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