Francisco Pérez de los Cobos

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Catedrático de Derecho del Trabajo. Universidad Complutense
Nueva Revista

El lenguaje de los papagayos

El descubrimiento del mal en el mundo y en sí mismo es una de las grandes pesadumbres que aguardan a cada hombre que nace. El mal habita el mundo y nos habita; su presencia, su asechanza y su fuerza portentosa son para el hombre un enigma. La misma Naturaleza tiene una faz maligna. Escenario permanente de caza y de muerte, la matanza cotidiana no le basta, y de cuando en cuando hace estragos y siembra la Tierra de lacería y de dolor.Al enigma del mal, la Biblia responde en el Génesis con un breve y fascinante apólogo, cuyos componentes son conocidos: Un mandato arbitrario — como todos— referido a un árbol y a su fruta, una serpiente parlante, insidiosa y astuta, una mujer sensual y ambiciosa, un hombre débil que condesciende a la mujer, el quebrantamiento del mandato de Dios, la percepción sensible de la condición caída —nascimur inter faecem et urinam— y la condena de Adán y de su estirpe.Las consecuencias de la Caída son, para el hombre, el trabajo y la muerte. «Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás». Para la mujer, los dolores del parto y el yugo del hombre. «Con dolor parirás los hijos, hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará». Quiere la tradición que la Naturaleza quedase herida por la Caída y que sea la Caída la que explique su faz terrible. Durante el Medioevo se pensó, en este sentido, que el lenguaje de los papagayos era un vestigio del paraíso, donde todos los animales, como la astuta serpiente, hablaban. La Caída los habría despojado de la facultad del lenguaje.En su literalidad, el apólogo bíblico deja, sin embargo, intacto el problema del origen del mal, porque no oculta que el pecado de Adán es consecuencia de la extraña presencia en el paraíso de la serpiente y de su inteligencia tentadora. Eva y Adán cedieron a la tentación de la serpiente, mas la serpiente estaba en el paraíso para tentarlos y vencerlos.La Caída se presenta así como un enigma que abre tantos interrogantes como cierra y ante el que seguramente sólo la aceptación callada del misterio, el silencio perplejo, es respetuosa respuesta. Bien mirado, todo el apólogo del Génesis es una advertencia contra la voluntad de saber, contra el inútil empeño humano de sondear los designios de Dios, que es el Inescrutable. La Caída es la pena que corresponde al que ha querido saber, al que no ha aceptado la limitación en el conocimiento que el Creador ha impuesto. «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio».Nunca un llamamiento a la humildad y al silencio ha sido tan vulnerado, pues la historia entera de la teología cristiana, desde la primera gran construcción de Agustín de Hipona, es una glosa del pecado...

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