Carlos Llinàs

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Universidad Ramón Llull. Barcelona

Armando Pego Puigbó, XXI Güelfos

Existen dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor. En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos. El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su...

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