Blanca Castilla

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Nueva Revista

La estructura esponsal de la persona

Quizá sea en las Cartas a las mujeres donde Juan Pablo II ha expuesto lo más radical de la realidad humana, concluyendo sus más originales propuestas de la “Teología del cuerpo”, la aportación que según sus biógrafos dejará más huella en el pensamiento y que Weiger ha descrito como “una bomba de relojería preparada para explotar bien entrado ya el tercer milenio”. Bastaría recordar pasajes de la Mulieris dignitatem( 1988), como el de la Unidad de los dos( n.6), el de la reciprocidad como novedad evangélica ( n.24), o aún más, el del “orden del amor” en el nivel “ontológico” del ser ( n.29) . La Carta a las mujeres ( 1995)  es como una “vuelta de tuerca” que llega sorprendentemente hasta el final. Volviendo a indagar en la Creación acerca de los hilos que entretejen la abigarrada estructura humana, redescubre en el libro del Génesis las claves para responder preguntas pendientes. He aquí algunas de sus palabras: «En la creación de la mujer está inscrito desde el inicio el principio de ayuda: ayuda —mírese bien——, no unilateral sino recíproca. La mujer es el complemento del varón, como el varón es el complemento de la mujer: mujer y varón son entre sí complementarios… Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del OBRAR, sino también al del SER… (Ambos) son entre sí complementarios no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad (sexuada)… lo humano se realiza plenamente… Dios les da el poder de procrear… y les entrega la tierra como tarea…, en la que tienen igual responsabilidad. En su reciprocidad esponsal y fecunda…, su relación —interpersonal y recíproca—, es la “unidad de los dos”, o sea una “unidualidad relacional”» nn.7-8. ¿Qué quieren decir estas sorprendentes intuiciones, recogidas en documentos del Magisterio? Su desarrollo requiere un replanteamiento de toda la cosmovisión occidental y una ampliación de la metafísica que, válida para explicar el Cosmos, se queda corta para esclarecer el núcleo del ser humano: ser persona, ser libre, ser relacional, ser sexuado y esponsal, ser familiar –originado y originador-: hijo, padre o madre. En esta línea el personalismo propone que, además de la subsistencia, la persona encierra un aspecto relacional constitutivo, que le hace un ser abierto, no sólo “esencia abierta” (Zubiri), sino  apertura desde su acto de SER, y es descrito como: ser-con (Heidegger), ser-para (Levinàs) o co-existencia (Polo). Sin embargo, desde la Unidad  indiferenciada —que desde el platonismo funda la filosofía—, donde la Dualidad es pobreza y el Otro está jerarquizado, no es posible concebir esa originaria «Unidad de Dos» seres iguales y diferentes del mismo nivel ontológico. Esta «Unidad de los dos» está pidiendo una ontología peculiar para la antropología. LA RECIPROCIDAD, «NOVEDAD EVANGÉLICA» Respecto a la identidad de ser varón o mujer, ni el pensamiento ni la praxis aciertan a conjugar igualdad y diferencia. Para articularlas el Papa funda la igualdad en la mutua reciprocidad: en su hermenéutica de la «ayuda adecuada» ( Gen 2,18) , deja claro...

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