Arturo Canalda González

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Nueva Revista

Nuevas tecnologías. Nuevos retos en la protección de la infancia

Las nuevas tecnologías han marcado decisivamente el devenir de nuestra sociedad en los últimos años. De una tecnología de «compartimentos estancos», donde la radio, la televisión, los ordenadores y la telefonía tenían su propio protagonismo de forma individual, hemos evolucionado hacia una tecnología de «amalgama», donde ya resulta muy difícil distinguir dónde acaba el teléfono móvil y dónde empieza el ordenador personal. Las diferentes tecnologías se integran entre sí como si fueran un todo y alrededor de estos sofisticados elementos de comunicación se han generado diversas formas de entender la vida.El correo ha pasado a ser electrónico, la fotografía ahora es digital, el dinero es de plástico y nuestra vida empieza a ser de todos gracias a las redes sociales. Si no estás en Tuenti o Facebook, simplemente no existes. Esta realidad se hace mucho más palpable en nuestros hijos ya que, por razones de edad, no han convivido con los sellos de correos, con la película fotográfica o con las cabinas telefónicas de fichas. Nuestros hijos han nacido «digitalizados», con las ventajas que ello supone; Pero también con serios inconvenientes que empezamos a constatar desde distintos ámbitos de protección de la infancia.El concepto de desamparo como elemento determinante a la hora de intervenir cuando se trata de menores de edad es algo que no tiene discusión. Pero a la vista de la realidad actual quizá deberíamos plantearnos una nueva acepción del término e incorporar como elemento indicativo de una posible necesidad de protección el «desamparo tecnológico». Entendido éste no como la falta de medios tecnológicos sino como aquellas situaciones de riesgo para un menor provocadas por un uso inadecuado de las nuevas tecnologías.Cuando en los años ochenta los niños empezábamos a utilizar los primeros ordenadores personales los riesgos que como usuarios asumíamos eran prácticamente inexistentes. Ojos rojos como consecuencia de una prolongada exposición a monitores de rayos catódicos y problemas derivados del sedentarismo ante una pantalla que poco nos ofrecía, salvo rudimentarios juegos y un aburrido sistema operativo. No existían las redes sociales y la comunicación entre ordenadores era el privilegio de unos pocos. En definitiva, un apasionante mundo por descubrir. La única forma que alguien tenía para contactar con nosotros, adolescentes de los ochenta, era a través del teléfono, que como estaba en medio del pasillo y sonaba de forma estridente, suponía una garantía para nuestros padres, que en ese mismo momento «ponían la antena».Pero hoy las cosas son bien distintas para nuestros hijos. En la gran mayoría de los hogares españoles, el ordenador personal con pleno acceso a Internet está en la habitación de los niños. Se ha convertido en una magnífica niñera electrónica que les mantiene entretenidos durante largos ratos y gracias a las redes sociales pueden tener millones y millones de amigos que escapan a cualquier control por parte de los padres.Además, el ochenta por ciento de los chavales mayores de diez años tienen teléfono móvil y la gran mayoría, teléfono móvil con acceso a Internet. Si a esto añadimos que el círculo se...

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