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A veces, cuando nuestros intereses se dirigen decididamente hacia un objetivo, no es raro que en nuestro camino se cruce una buena razón para detenernos. Quizá nuestra mente está ocupada con el pensamiento de aquello que anhelamos y… ¡ah!, algo distinto nos saca del ensimismamiento y nos perturba con su presencia. La belleza se esconde en todos los lugares si se sabe mirar. Es precisamente cuando estamos con una disposición de búsqueda que la vida ilumina mejor nuestros pasos. Ese algo al que nos dirigíamos en un primer momento alimenta de tal forma nuestros deseos y sentidos que los hace capaces de admirar de un modo nuevo aquello en que se posan. ¿Acaso nunca has «descubierto» un cuadro mientras caminabas hacia otro?, ¿o tus ojos no han tropezado jamás con una «nueva» poesía? El descubrimiento entonces no oscurece lo demás, pero ese grito mudo de admiración, ese segundo en que nuestro entendimiento choca contra la nueva imagen, el sagrado estupor que sentimos al encontrarnos con un regalo no esperado, esa admiración momentánea, digo, que produce un calambre en nuestros receptores de belleza, no la olvidarás nunca mientras vivas. Ese descubrimiento será tuyo para siempre. Y tú serás suyo. Nunca más podrás dejar de mirarlo, de admirarte. Siempre serás consciente de aquel momento íntimo en que os encontrasteis por primera vez. Será un secreto que, por mucho que cuentes, nadie podrá entenderlo, porque sólo tú participaste de aquel maravilloso encantamiento.

París. La grandeza de la ciudad sobrecoge. La inmensidad de sus formas te hace pequeño. Su belleza se revela en sus grandiosos espacios, en sus monumentos, en sus bulevares. Pero la magia de París se esconde también en sus rincones. Son ellos precisamente los que regalan el misterio a tu alma. La belleza se esconde tras el quiebro de una esquina, quizá en un callejón solitario, o en la luz. Entonces, inesperadamente, temblamos ante ella, y la grandeza y la perfección dejan de ser cuestión de dimensiones. Una pequeña plaza hace grande una ciudad. Sólo hay que saber mirar, y admirar. Magia.

Rue de Varenne, ése era mi destino cuando desperté aquel día de agosto cerca del Louvre. Durante cuatro años, el número 77 de esa calle albergó a uno de los poetas más misteriosos y fascinantes de todos los tiempos. ¿Mi destino? Estar allí, tocar aquellas piedras, vivir allí unos instantes y respirar el aire creado por sus árboles. Según mi mapa aquella casa se había convertido en un museo; el museo de otro gran artista, Auguste Rodin, propietario de la mansión y huésped del autor de Las elegías. Así pues, Rilke estaba escondido tras las esculturas del escultor parisino. Contemplaría entonces aquellas obras.

De Rodin nunca me sentí deudor. Conocía algunas de sus esculturas más célebres sólo como simples ejemplos modélicos de un tipo de escultura. Le penseur, Le baiser… eran obras archifamosas y habían sido reproducidas una y otra vez en multitud de láminas. Y ahora me daba cuenta de que las vería realmente y casi podría tocarlas, pero también sabía que eso no sería suficiente para conmoverme. Debía haber un descubrimiento.

El sol caía a plomo sobre el jardín de Los Inválidos. Mi inquietud al caminar por el bulevar era creciente. A media altura de la ancha calle se emplaza el Café du Musée y junto a él se abre la Rue de Varenne. Hace esquina el número 79. Pocos metros más allá, en un ensanche de la acera, está el gran portalón de la mansión-museo del escultor. El número 77 colocado en los muros de entrada todavía está clavado en mi carne. Era verdad. Existía. Rue de Varenne 77. Rilke. Toqué las piedras. Lo que vino después fue lo que el poeta y su ciudad me habían preparado para cuando fuera a visitarles.

Desde fuera se puede ver ya la gran fachada del museo, una verdadera mansión. No muy grande, pero de un gusto extraordinario, con el toque parisino propio de los jardines. Belleza. Estaba, pues, junto a las obras de un gran escultor, pero me resultaba extraño y terriblemente molesto que nada me hablara del poeta. Mi resignación duró poco tiempo. Mi severo juicio se desvaneció al atravesar la verja y abrirse ante mí el jardín delantero, entonces, al darme la vuelta, apareció aquella placa colocada en el muro de la entrada, invisible desde fuera:

DANS CET HOTEL
OU IL FIT DECOUVRIR A
AUGUSTE RODIN
RAINER MARIA RILKE
VECUT DE 1908 A 1911

Una reliquia. Mi ánimo creció desmesuradamente. Después quedó colgado en el espejo de la gloria.

Después conocí a Rodin.

Cuando leí la Divina Comedia la historia de Paolo y Francesca me fascinó y lo hizo precisamente por ser una escena natural, nada complicada, incluso pueril. Que un libro sea el nexo que une a los dos amantes resulta simplemente encantador. Pero lo que en una amistad podría mantenerse indefinidamente, aquí no es posible, aquí el libro se convierte en un cómo, en el camino por el que finalmente ascienden los besos. Siempre me he preguntado ¿no es el infierno demasiado castigo? El arte ha expresado de mil formas a los dos amantes. También Rodin cuenta con varias esculturas que presentan la escena recogida por el poeta florentino. Pero hay una que hace temblar el suelo. ¿Qué tiene la mirada de Paolo? ¿Por qué esa mirada de arcilla reconcentra todo el amor del alma? Paolo mira hacia sí mismo en aquella mirada, como si fuera ciego, y el amor el deseo que se hace criatura junto a él. Hay, además, en aquella mirada una nota inmensa de tristeza que rodea a la escena entera. ¿Es posible el amor?, ¿el amor infinito que yo siento por ella es posible que exista? No te vayas, Francesca, no te vayas, permanece conmigo, así, como ahora, para siempre. La mirada de Paolo se convierte en quejido. La mirada de Paolo está viva, sí, como tú y yo. ¿Quién no es capaz de verse reflejado en aquella mirada?

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La fuerza de Rodin radica en la vida de sus obras. Cada una es única, ella, personal. Sus rostros nunca se pierden entre la multitud, son personas, historia, relato. Lo excepcional es que esa individualidad no se limita a los rostros, también sus manos contienen esa poderosa fuerza. También en ellas la unicidad de la persona grita y afirma «yo soy yo». Sus obras misteriosamente remiten al presente. Toda la riqueza del escultor se vacía en cada creación, sus obras poseen esa enigmática fuerza y a la vez son animadas por ella. Vida.

Ahora quiero mostrarte la tierna hermosura de Diane. Un prodigio. Un milagro. La blancura del mármol ya es capaz de oscurecer todo alrededor. Llama a lo sobrenatural, al mundo de los dioses. Ese «atributo coronador de lo terrible» de Melville alcanza en Diane una fuerza asombrosa, ciertamente no fantasmal ni capaz de infundir pánico en el alma. Lo terrible en Diane es el mundo de la perfección, indecible, que sobrepasa la apreciación humana. Ese busto blanco, esa mujer, parece venir realmente de un Olimpo lejano, muy lejano, precisamente por la blancura que irradia.

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Rodin no modeló a la Diana portadora del carcaj. No, no es el rostro enojado por Acteón, ni la Diana presa de la ira y la vergüenza por ser descubierta en su gruta secreta. La Diana de Rodin es la Diana salida del baño tras un día de caza, es la hermana de Apolo, casi niña, en su alegría inmaculada, rebosante de frescura en el valle de Gargafie, muchos, muchos días antes del encuentro con el nieto de Cadmo. Aquí la poesía se encuentra con Rodin, aquí Rodin esculpió versos blancos. Todo es alma. La frente, los ojos, la nariz, la boca… ¡La boca! «Mi alegría muerde tu boca de ciruela».

Te das cuenta de que ya no eres el mismo, ya no podrás olvidar la visita.

El origen del hombre Rodin lo hace piedra, roca. La naturaleza se alía para formar de sus entrañas la criatura humana. Así es Terra, el nacimiento de la humanidad. La tierra negra, bronce, se organiza para formar el cuerpo. La naturaleza erupciona en esa masa informe, todavía brutal, postrada. Terra es genuinamente lo corpóreo, porque lo que emerge bestialmente de la tierra negra, es un hombre sin rostro, sin nombre. ¿Un hombre? Ni siquiera. Está boca abajo. No es sino media criatura. Negra. Carne de alquitrán. Triste carne de alquitrán sin alma.

Pero, si continúas, si atraviesas todavía alguna estancia, entonces… ¡ah!, verás que a esa criatura, a esa incipiente bestia de la tierra, a esa roca de carne, La main de Dieu la ha señalado. La ha sacado del fango y convertido en única. La oscuridad se esconde detrás de la persona, y la blancura del creador refulge en ella, irreconocible. Mármol blanco. La claridad de Dios. El hombre es engendrado de la negra tierra con la luz blanca de la mano de Dios. El escorzo del hombre recuerda la posición del feto en el seno materno. Nace la persona. Hombre y mujer. Ambos amoldados en la palma creadora, mirándose. ¿Y la mano?… ¿Qué pensaba Rodin al esculpirla? Tan cercana, ¡tan humana! Una mano de dimensiones extraordinarias, poderosa, terrible, de venas palpitantes, que recorre los cuerpos de sus criaturas en un recio y tierno abrazo de padre y madre. Dios.

Ignoro si el escultor había leído las Historias del buen Dios de su amigo Rainer. Esa pequeña obra, escrita en 1904, incluye un cuento titulado Historia de las manos de Dios. Un cuento para niños y para aquellos mayores que una vez fueron niños y aún desearían serlo. Dios, mientras modelaba al ser humano allá en el cielo, es avisado por un ángel de las calamidades que ocurren en la Tierra con los demás animales. Dios entonces se pone furioso y decide velar el mundo. Pero con el fin de dar acabamiento a su gran obra, su sabiduría toma la determinación de que sean sólo sus manos las que modelen al hombre, al tiempo que sus ojos mantienen la armonía creada. Y así, mientras Dios está distraído con sus demás criaturas, el hombre, una vez terminado por las manos de Dios pero sin que la mirada de Éste se haya posado sobre él, se escapa hacia la Tierra presa de sus ansias por vivir…

Bien pudo Rodin esculpir esas manos de las que habla el poeta o, quizá, tomar prestada esa imagen para concebir su obra. Lo que no cabe duda es que las manos de Rodin son manos singulares, únicas. Tienen vida propia, crean. La divinidad está en ellas no como parte de un todo, sino como algo propio, esencial. De un modo extraño, al ver esas manos vemos al creador sin intuir —y aún menos sin buscar— figura alguna con que relacionarlas. No. Las manos lo son todo. Dios es sus manos. En La main de Dieu la admiración es casi adoración. Fíjate. Estás mirando a Dios.

Más adelante ves otra mano, y un beso es el reclamo.

En el muro de entrada, junto a la verja negra, una fotografía de El beso te adentra ya en el mundo de Rodin. Es como un «adelante» sin vergüenza, en respuesta quizá al pretendido escándalo que ese beso de mármol ha causado durante tantos años. Una vez que has entrado y estás delante de la piedra blanca, te asombran las extraordinarias dimensiones. Al primer vistazo, la escultura es un juego de contrastes. La esbeltez del hombre es como el contrapunto de la mórbida figura femenina. La mujer cae inerte, y su espalda combada ejerce la atracción gracias a que su brazo atrapa el cuello del amante. El hombre asombrosamente erguido gira el torso en postura imposible. Fuerza y ternura.

Luego ves el secreto. Toda la sensualidad del grupo se pierde precisamente en el reclamo, el beso, un beso ciego, escondido, imposible a la vista. Es entonces cuando el genio de Rodin vuelve de nuevo a golpear tus sentidos. Y es otra vez cuando ves la mano masculina, tan inmensa que bien podría pertenecer a un Hércules, posando suavemente su palma sobre el muslo de la mujer. El beso. Imposible plasmar tal delicadeza. Toda la fuerza de los músculos se diluye en una caricia extrema, un roce apenas incoado. En esa delicadeza está el poder de El beso. Ahí está Rodin. Algunos piensan que los enamorados son de nuevo los amantes del segundo círculo, Francesca de Rimini y Paolo Malatesta. Yo no. Aunque el escorzo de los enamorados de piedra pudiera sugerir el eterno torbellino giratorio de Dante, yo sé que no es así. Los italianos de Dante son de arcilla y besan con la mirada.

Sí. Rodin es un cazador de instantes. Lo fugaz de la vida, el momento, él quiere hacerlo eterno. Sus obras son gestos y miradas eternas que duran un instante. El acto se convierte en historia, el gesto en biografía. El ademán efímero de esas dos manos albas de piedra que se acercan furtivas, recelosas, puede ser hecatombe, tormenta de sentido y existencia. La fragilidad se torna perdurable, sólida, serena, como una Catedral.

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Sientes tu respiración. Tu ahogo momentáneo busca en el aire viciado un narcótico ante tanta pureza, ante tanta presencia. Sientes latidos de un mundo insospechado, escondido, latente. La vida se dilata en cada talla y se convierte en otra de repente, más real, más verdadera. Pero aún te queda ver el llanto de este mundo de tierra en aquel bronce oscuro, tirano e implacable para el hombre.

El mundo desdoblado, sin sentido, lo ha labrado Rodin eterna y fugazmente. Aquí siempre se escapa, siempre vuela el descanso perpetuo. El trasiego incansable del alma encarcelada ha quedado esculpido en Fugit Amor. Hay un enamorado que desea y que encuentra, y que pierde y desea, siempre, siempre. Velozmente se escapa la mujer, la belleza, el anhelo. Pero el enamorado no la pierde de vista, va junto a ella siempre en la mirada. Ahí está, a unos pasos. A una pequeña distancia de espacios infinitos. Es una huida eterna, la voz desenfrenada de un adiós que taladra los huesos. Y es que grita tan cerca que la puede tocar, sí, ¡ya te tengo!, ¡espera, no te vayas! ¡No!, ¿acaso no me quieres? No hay derrota, ni victoria tampoco. La escena parece haber salido de aquella otra piedra de los griegos, aquella misma piedra de doncellas esquivas y éxtasis salvaje que ya cantó el poeta. Solamente el poeta soporta así la vida. Y las piedras son versos.

 

Cabizbajo, doblado ante el júbilo inmenso del ser y la existencia me despedí de allí. Dejaba mi sorpresa colgada en las cornisas de aquella gran mansión número 77 de la Rue de Varenne. Y aún siento a miles de kilómetros mi jadeo emocionado en aquellos rincones misteriosos. Lo llevo aquí, conmigo, en el centro del cuerpo, como una gran condena. Ya no puedo vivir de otra manera. La otra vida, la que vivo entre risas, es una gran mentira, quizá un sueño del que sólo despierto cuando abro bien los ojos y me miro por dentro. La belleza es un peso en el alma que me hace estar cansado y más sediento.

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Al terminar mi visita volví a buscar a Rilke entre las piedras. Él era el hechicero. Le miré entre los árboles y en el cielo y en la tierra que sostenía mi cuerpo, y le dije: Rilke, mi buen Rainer, ¿por qué me has hecho esto? Y entonces comprendí que esas vidas de piedra eran los fieles altavoces de aquellos otros versos, los primeros de Duino:

«Pues lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible, que todavía apenas soportamos,
y si lo admiramos tanto, es porque, sereno, desdeña
destrozarnos. Todo ángel es terrible».


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